- Año: 2019
- Dirección: Charlie Bean
- Guion: Andrew Bujalski, Kari Granlund
- Reparto (voces/humanos): Tessa Thompson, Justin Theroux, Kiersey Clemons, Thomas Mann, Janelle Monáe, Sam Elliott
- Música: Joseph Trapanese
- Fotografía: Enrique Chediak
- Duración: 104 min
- Productora: Walt Disney Pictures – Taylor Made
- Presupuesto: 60 millones USD
- Distribución: Disney+ (estreno )
- Valoración Cultura Provisional: ⭐⭐⭐☆☆ (3/5)
Disney lleva años exprimiendo la nostalgia en CGI y carne y hueso, pero pocas de sus adaptaciones habían nacido con un destino tan claro como La dama y el vagabundo. La elección de estrenarla directamente en Disney+ convertía la cinta en su carta de presentación familiar para la plataforma: una apuesta segura, conocida, amable; el equivalente audiovisual a esa manta mullida que nos negamos a tirar aunque ya tenga más años que la propia cadena de streaming.
Confieso de entrada mis exigencias con la Casa del Ratón: si algo nos han enseñado El rey león o Alicia a través del espejo es que no basta con copiar fotograma a fotograma para tocar la fibra. Y, aun así, esta versión canina me sorprendió gratamente. Quizá porque la historia de amor perruna siempre fue más terrenal que otras fantasías animadas: bastaba cuidar las miradas y la textura del pelaje para que el truco funcionase.
La dirección de Charlie Bean –veterano de la animación que aquí debuta en acción real– apuesta por perros reales asistidos por CGI minimalista: el movimiento de hocicos y cejas, nada más. Esa contención evita el efecto valle inquietante y acerca la película a un feel-good movie de los cincuenta, con planos amplios, luces cálidas y una Nueva Orleans de postal. Al mismo tiempo, la cámara de Enrique Chediak sustituye los colores pastel del 55 por un barniz otoñal que dialoga con la melancolía de sus personajes.
Hablando de personajes: las voces de Tessa Thompson y Justin Theroux inyectan carisma a Lady y Tramp sin perder la esencia original. La química es palpable incluso bajo el filtro digital, y el doblaje latino, por cierto, respeta esa chispa. Entre los humanos, Kiersey Clemons y Thomas Mann cumplen como la pareja Darling-Jim Dear, y Yvette Nicole Brown se luce como tía Sarah, villana accidental con gato incluido.
En la mesa de montaje, Melissa Bretherton marca un ritmo pausado que concede espacio a la ternura: la mítica cena de espaguetis reaparece casi sin cambios, pero la vemos entrar por ojos y olfato, con primeros planos que rozan la textura de la salsa. El sonido ambiente –crujidos de pan, música de mandolina al fondo– subraya una intimidad que la versión del 55 sugería, pero nunca explicitaba.
Joseph Trapanese, por su parte, rehace las melodías clásicas con una orquesta más orgánica y pinceladas de swing. No todo es un acierto: la reinterpretación de «The Siamese Cat Song» apuesta por correctismo y pierde parte de su picardía, aunque evita estereotipos. En general, la banda sonora juega al equilibrio perfecto entre homenaje y actualización, suficiente para que tarareemos sin sentirnos manipulados.
Más allá de las bondades técnicas, lo interesante es el contexto de producción. Esta fue la primera gran revisión Disney lanzada exclusivamente en streaming –mucho antes de que Mulan o Encanto convirtieran el salón en sala de estreno–, y su acogida marcó un precedente: con un presupuesto de 60 millones USD, demostró que la ventana doméstica podía rentabilizar remakes de calibre medio sin arriesgar taquilla :contentReference[oaicite:4]{index=4}. Que la factoría apostara por un título “menor” dentro de su panteón era casi una declaración de intenciones: las producciones A-list seguirían buscando el evento teatral, mientras los clásicos de segunda fila se convertirían en carne de maratón dominical.
⚠️ Spoilers a partir de aquí. Si la cinta de 1955 usaba la llegada de un bebé para hablar de celos y pertenencia, esta versión subraya el tema del abandono animal. El pasado de Tramp se traduce en planos rápidos de jaulas y perreras, y en un par de frases que disparan la empatía: “No me dejaron sin razón, simplemente crecieron”. Esa lectura social –sin caer en sermón– conecta con campañas de adopción y hace que la peripecia final, con un Tramp a punto de ser sacrificado, sea más punzante que su antecesora.
No todo es perfecto: los secundarios caninos (Jock, Trusty, Peg, Bull) se quedan en caricatura simpática y el clímax con la rata resulta menos tenso que el original, quizá por la necesidad de mantener tono familiar a toda costa. Sin embargo, el guion de Bujalski y Granlund introduce diálogos frescos y un estupendo subtexto sobre segundas oportunidades, tanto para animales como para humanos.
¿Es una “muy buena adaptación”? A mi juicio, sí: reinterpreta sin traicionar, emociona donde debe y, lo más importante, justifica su existencia aportando otra textura a la misma melodía. Sin embargo, mi vara de medir Disney sigue siendo severa. Pido riesgo, sorpresa, fuego nuevo bajo la envoltura del recuerdo. Aquí no arde la pantalla, pero chisporrotea lo suficiente para dejar olor a chimenea encendida. Y eso, en la era del content infinito, ya es algo.
En definitiva, La dama y el vagabundo versión 2019 cumple con creces su misión: envolvernos en nostalgia bien dosificada, presentarnos a unos perros irresistibles y recordarnos que los clásicos sobreviven porque cada generación acaba haciéndolos suyos. Quizá no entre en el Olimpo de remakes imprescindibles, pero es imposible no sonreír al ver a Lady mordisquear fideos o a Tramp guiñarle un ojo a la luna. Para una tarde casera con manta y bol de palomitas, pocas compañías mejores.
















