Mes: junio 2025

Review Lady and the Tramp 2019: nostalgia perruna en Disney+

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La dama y el vagabundo ( Lady and the Tramp ) – Live Action Remake
  • Año: 2019
  • Dirección: Charlie Bean
  • Guion: Andrew Bujalski, Kari Granlund
  • Reparto (voces/humanos): Tessa Thompson, Justin Theroux, Kiersey Clemons, Thomas Mann, Janelle Monáe, Sam Elliott
  • Música: Joseph Trapanese
  • Fotografía: Enrique Chediak
  • Duración: 104 min
  • Productora: Walt Disney Pictures – Taylor Made
  • Presupuesto: 60 millones USD
  • Distribución: Disney+ (estreno )
  • Valoración Cultura Provisional: ⭐⭐⭐☆☆ (3/5)

Disney lleva años exprimiendo la nostalgia en CGI y carne y hueso, pero pocas de sus adaptaciones habían nacido con un destino tan claro como La dama y el vagabundo. La elección de estrenarla directamente en Disney+ convertía la cinta en su carta de presentación familiar para la plataforma: una apuesta segura, conocida, amable; el equivalente audiovisual a esa manta mullida que nos negamos a tirar aunque ya tenga más años que la propia cadena de streaming.

Confieso de entrada mis exigencias con la Casa del Ratón: si algo nos han enseñado El rey león o Alicia a través del espejo es que no basta con copiar fotograma a fotograma para tocar la fibra. Y, aun así, esta versión canina me sorprendió gratamente. Quizá porque la historia de amor perruna siempre fue más terrenal que otras fantasías animadas: bastaba cuidar las miradas y la textura del pelaje para que el truco funcionase.

Lady and the Tramp – escena del callejón

La dirección de Charlie Bean –veterano de la animación que aquí debuta en acción real– apuesta por perros reales asistidos por CGI minimalista: el movimiento de hocicos y cejas, nada más. Esa contención evita el efecto valle inquietante y acerca la película a un feel-good movie de los cincuenta, con planos amplios, luces cálidas y una Nueva Orleans de postal. Al mismo tiempo, la cámara de Enrique Chediak sustituye los colores pastel del 55 por un barniz otoñal que dialoga con la melancolía de sus personajes.

Hablando de personajes: las voces de Tessa Thompson y Justin Theroux inyectan carisma a Lady y Tramp sin perder la esencia original. La química es palpable incluso bajo el filtro digital, y el doblaje latino, por cierto, respeta esa chispa. Entre los humanos, Kiersey Clemons y Thomas Mann cumplen como la pareja Darling-Jim Dear, y Yvette Nicole Brown se luce como tía Sarah, villana accidental con gato incluido.

La emblemática escena de los espaguetis

En la mesa de montaje, Melissa Bretherton marca un ritmo pausado que concede espacio a la ternura: la mítica cena de espaguetis reaparece casi sin cambios, pero la vemos entrar por ojos y olfato, con primeros planos que rozan la textura de la salsa. El sonido ambiente –crujidos de pan, música de mandolina al fondo– subraya una intimidad que la versión del 55 sugería, pero nunca explicitaba.

Joseph Trapanese, por su parte, rehace las melodías clásicas con una orquesta más orgánica y pinceladas de swing. No todo es un acierto: la reinterpretación de «The Siamese Cat Song» apuesta por correctismo y pierde parte de su picardía, aunque evita estereotipos. En general, la banda sonora juega al equilibrio perfecto entre homenaje y actualización, suficiente para que tarareemos sin sentirnos manipulados.

Lady y Tramp paseando junto al río

Más allá de las bondades técnicas, lo interesante es el contexto de producción. Esta fue la primera gran revisión Disney lanzada exclusivamente en streaming –mucho antes de que Mulan o Encanto convirtieran el salón en sala de estreno–, y su acogida marcó un precedente: con un presupuesto de 60 millones USD, demostró que la ventana doméstica podía rentabilizar remakes de calibre medio sin arriesgar taquilla :contentReference[oaicite:4]{index=4}. Que la factoría apostara por un título “menor” dentro de su panteón era casi una declaración de intenciones: las producciones A-list seguirían buscando el evento teatral, mientras los clásicos de segunda fila se convertirían en carne de maratón dominical.

⚠️ Spoilers a partir de aquí. Si la cinta de 1955 usaba la llegada de un bebé para hablar de celos y pertenencia, esta versión subraya el tema del abandono animal. El pasado de Tramp se traduce en planos rápidos de jaulas y perreras, y en un par de frases que disparan la empatía: “No me dejaron sin razón, simplemente crecieron”. Esa lectura social –sin caer en sermón– conecta con campañas de adopción y hace que la peripecia final, con un Tramp a punto de ser sacrificado, sea más punzante que su antecesora.

No todo es perfecto: los secundarios caninos (Jock, Trusty, Peg, Bull) se quedan en caricatura simpática y el clímax con la rata resulta menos tenso que el original, quizá por la necesidad de mantener tono familiar a toda costa. Sin embargo, el guion de Bujalski y Granlund introduce diálogos frescos y un estupendo subtexto sobre segundas oportunidades, tanto para animales como para humanos.

¿Es una “muy buena adaptación”? A mi juicio, sí: reinterpreta sin traicionar, emociona donde debe y, lo más importante, justifica su existencia aportando otra textura a la misma melodía. Sin embargo, mi vara de medir Disney sigue siendo severa. Pido riesgo, sorpresa, fuego nuevo bajo la envoltura del recuerdo. Aquí no arde la pantalla, pero chisporrotea lo suficiente para dejar olor a chimenea encendida. Y eso, en la era del content infinito, ya es algo.

En definitiva, La dama y el vagabundo versión 2019 cumple con creces su misión: envolvernos en nostalgia bien dosificada, presentarnos a unos perros irresistibles y recordarnos que los clásicos sobreviven porque cada generación acaba haciéndolos suyos. Quizá no entre en el Olimpo de remakes imprescindibles, pero es imposible no sonreír al ver a Lady mordisquear fideos o a Tramp guiñarle un ojo a la luna. Para una tarde casera con manta y bol de palomitas, pocas compañías mejores.

— Cultura Provisional ⭐⭐⭐☆☆
¿Tú también te rendiste a estos perros o sigues prefiriendo la magia del 55? Cuéntalo en comentarios y recomienda tus remakes Disney favoritos.

Crítica de El contable 2: hermanxs, balas y balances al rojo vivo

😮‍💥🧩 Christian Wolff vuelve a la carga y, esta vez, su calculadora dispara ráfagas más rápidas que nunca. The Accountant 2 (2025) escala el tablero de puzzles que dejó la primera entrega y lo revienta con un cóctel de balística, humor seco y fricción fraternal.

¿Te gustan los rompecabezas? Él es el mayor de todos.

Ficha técnica

  • Título original: The Accountant 2
  • Año: 2025
  • Director: Gavin O’Connor
  • Guion: Bill Dubuque
  • Reparto principal: Ben Affleck, Jon Bernthal, Cynthia Addai-Robinson, Daniella Pineda, J.K. Simmons, Allison Robertson
  • Duración: 125 minutos
  • País: Estados Unidos
  • Género: Thriller de acción
  • Música: Mark Isham
  • Fotografía: Seamus McGarvey
  • Disponible en: Cines (25 abr 2025) y Prime Video (5 jun 2025)
Brax (Jon Bernthal) reflejado en un cristal mientras planea la jugada
El hermano que cambia balas por disculpas… o viceversa.

😉 De entrada, el filme eleva la apuesta: Christian se ve obligado a salir de su retiro numérico cuando un antiguo cliente deja un mensaje críptico antes de morir. El guion de Dubuque transforma la contabilidad forense en thriller familiar: los Wolff —Ben Affleck y Jon Bernthal— se alían para desenterrar una trama de corrupción corporativa que huele a pólvora y dividendos.

🎯 En lo técnico, Gavin O’Connor pule las set-pieces que ya funcionaron: planos-secuencia armados al milímetro y una fotografía que alterna luz de quirófano con neón urbano. Mark Isham repite en la banda sonora, donde los graves electrónicos marcan el pulso obsesivo del protagonista.

Nuevo póster vertical con fecha de estreno 25-4-25
Contabilidad creativa: cerrar cuentas… o abrirlas a tiro limpio.

🤝 El gran hallazgo es la química renovada entre los hermanos: Affleck sigue modulando el autismo de Christian sin caricatura, mientras Bernthal aporta un humor negro que oxigena la tensión. La neurodivergencia, lejos de diluirse, se integra en la dinámica fraternal y encuentra eco en Marybeth Medina (Cynthia Addai-Robinson), ahora aliada estratégica.

🔍 La narrativa abraza la clásica fórmula “investigación-emboscada”, pero añade un nivel de sarcasmo contable: Christian despieza balances en tiempo real mientras las balas silban. El ritmo apenas concede respiro, aunque un par de flashbacks explicativos repitan el tropo didáctico del primer filme.

😐 La exposición, de nuevo, puede lastrar a los impacientes: cada pista se acompaña de un subrayado audiovisual que, aunque funcional, resta misterio. Aun así, la tensión crece hasta un clímax que combina contabilidad y demolición con sorprendente elegancia.

⚠️🛑 Spoilers a partir de aquí. La revelación del verdadero “cliente fantasma” —un gigante fintech que lava dinero vía IA— convierte el último tercio en un asalto cibernético cara a cara. Los Wolff recurren a fórmulas de arbitrage para vaciar las cuentas enemigas en segundos y, de paso, firmar el desahogo balístico más catártico de la saga.

🌍 Con un 76 % “Certified Fresh” y Premio del Público en SXSW, The Accountant 2 confirma que hay sitio para héroes neurodivergentes en el blockbuster contemporáneo. La industria toma nota: las historias de singularidad siguen siendo rentables cuando se narran sin paternalismo.

⚖️ Taquilla mediante (101 M $ globales) y plataforma asegurada, todo apunta a trilogía. O’Connor no reinventa la rueda, pero demuestra que la precisión es el mejor combustible para el suspense.

🙌 Resultado final: adrenalina matemática y hermandad a tiro limpio. ★★★★☆ ¿Ya la viste? Cuéntame si sus números cuadran o si levantarías una auditoría narrativa.

—Cultura Provisional

Autismo, acción y pólvora: así despunta El contable

😮‍💨🔥🧮 Basta un disparo para que el público se aparte de la butaca, basta un buen personaje para que se incline hacia la pantalla. The Accountant —estrenada en 2016 con la promesa de fusionar la elegancia numérica con la violencia milimétrica— cumple ambas máximas durante sus 128 minutos que huelen a pólvora y tinta de impresora. Gavin O’Connor, que venía del drama sudoroso de Warrior, encuentra en el guion de Bill Dubuque un protagonista lleno de fricciones: un genio contable dentro del espectro autista que dedica su talento a “arreglar” los libros de los criminales más peligrosos.

Ben Affleck y Anna Kendrick analizan cifras en una cristalera repleta de fórmulas
Christian Wolff (Ben Affleck) y Dana Cummings (Anna Kendrick) intentando cuadrar la matemática del delito.

Ficha técnica

  • Título original: The Accountant
  • Año: 2016
  • Director: Gavin O’Connor
  • Guion: Bill Dubuque
  • Reparto principal: Ben Affleck, Anna Kendrick, J.K. Simmons, Jon Bernthal, Cynthia Addai-Robinson
  • Duración: 128 minutos
  • País: Estados Unidos
  • Género: Thriller de acción
  • Música: Mark Isham
  • Fotografía: Seamus McGarvey
  • Disponible en: Alquiler digital (Apple TV, Prime Video) y HBO Max
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Christian Wolff revisa meticulosamente una hilera de carpetas idénticas
Orden obsesivo: cada carpeta, un secreto por cuadrar.

😉 Esta ficha no es mero trámite: cada nombre empuja la película hacia un tono quirúrgico que desmonta el cliché del héroe musculoso. Ben Affleck rehúye el histrionismo; su Christian Wolff habla poco, exacto, con una respiración que parece contar pulsaciones como quien hace balance a fin de mes. Durante el rodaje entrenó con contables forenses de la CIA y con veteranos de los Marines para dominar tanto las tablas T como el rifle HK VP9 que empuña 🔫.

🎯 La puesta en escena refuerza esa dualidad. Seamus McGarvey baña los interiores en luz fluorescente, casi clínica, y reserva tonos más cálidos para los escasos ratos de ocio. El resultado recuerda a un cruce entre la pizarra caótica de Una mente maravillosa y la estilización letal de John Wick. Mark Isham, por su parte, firma una banda sonora de pulsaciones graves que acentúa la lógica mecánica de cada disparo.

Ben Affleck y Anna Kendrick discuten en un vestíbulo acristalado
Cuando los números no cuadran, las miradas lo dicen todo.

🤝 El guion no se limita a celebrar la puntería: su mayor acierto es presentar la neurodivergencia no como obstáculo, sino como rasgo identitario. El autismo de Christian no desaparece cuando la trama exige heroicidad; se despliega en su rutina obsesiva —la forma en que corta la panceta del desayuno— y en la honestidad brutal de su conversación con Dana Cummings (Anna Kendrick). Ella parlanchina, él imperturbable: el choque ilumina el centro emocional de la cinta.

🔍 El contrapunto lo aporta Ray King (J.K. Simmons), un sabueso del Departamento del Tesoro que huele sangre en los márgenes contables. Su investigación, sostenida por la agente Medina (Cynthia Addai-Robinson), funciona como metrónomo narrativo: cada hallazgo administrativo anticipa un estallido violento al otro lado del mapa.

😐 No todo brilla igual. La obsesión por explicar cada giro —incluida la infancia militarizada de Christian— ralentiza el segundo acto. O’Connor parece temer que el público no sume dos y dos y, al subrayar motivaciones, diluye parte del misterio.

⚠️🛑 Spoilers a partir de aquí. Cuando descubrimos que Brax (Jon Bernthal) es hermano de Christian, el filme vira hacia un duelo casi shakespeariano: dos hijos moldeados por un padre severo que usan la violencia como idioma familiar. La reconciliación a base de plomo resulta tan artificiosa como efectiva; ambos actores encuentran en la contención física su mejor fraseo dramático 🔄.

🌍 Tras el estruendo queda la pregunta jugosa: ¿qué lugar ocupa la neurodivergencia en el cine de acción contemporáneo? En 2016 The Accountant era rara avis; hoy convive con series como Atypical o The Good Doctor. La diferencia es la mirada: O’Connor no moraliza ni edulcora, muestra una mente distinta negociando con un mundo que exige adaptación mutua.

⚖️ El relativo éxito de taquilla (104 M $ sobre 44 M) y la secuela anunciada prueban que hay hueco para héroes capaces de resolver un sudoku mientras limpian una Glock. No obstante, la industria sigue coqueteando con el tópico del «genio aislado». Cada nuevo intento deberá equilibrar veracidad y espectáculo.

🙌 En definitiva, hablamos de un thriller que pesa cada bala como un decimal en la columna de pérdidas y ganancias. Sus 128 minutos entregan adrenalina de denominación de origen y siembran empatía sobre la singularidad neurológica. ★★★★☆ Si ya la viste, ¿te cuadran mis cuentas o me falta algo en la línea del debe? Recomiéndame otros títulos que traten la neurodiversidad sin paternalismo.

—Cultura Provisional

Quique González y la nostalgia que suena a verdad: “Terciopelo azul” abre las puertas de 1973

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Durante un tiempo pensé que Quique González se había rendido a la comodidad de mirar atrás. Su disco anterior, Copas de yate (2023), era una carta de amor a las canciones que marcaron su juventud, un homenaje sobrio, elegante, casi académico. Pero también era una señal de algo que inquietaba: ¿seguía habiendo canciones nuevas en su guitarra? ¿Quedaban versos por escribir o estábamos ante el inicio de un lento fade out?

La respuesta llega en forma de canción, y no una cualquiera: “Terciopelo azul”. Este primer single de su próximo disco, titulado 1973, no solo es un regreso, es una confirmación. Quique sigue ahí, componiendo, cantando, abrazando su identidad con más claridad que nunca. Y lo hace desde un lugar donde la nostalgia no es una trampa, sino una forma de estar en el mundo.

Volver al origen sin repetir el camino

Grabar con banda en directo, sin excesos ni capas innecesarias, no es algo nuevo en su carrera. Pero en Terciopelo azul hay un matiz distinto. El sonido es cálido, redondo, con una producción que huele a madera, a amplis valvulares, a estudio con luz tenue y músicos concentrados. El mérito es compartido: Toni Brunet repite como productor, rodeado de una banda sólida y sin florituras. Edu Olmedo a la batería, Jacob Reguilón al bajo, César Pop en los sintes, Javier Pedreira y Brunet en guitarras, y Raúl Bernal a los teclados. Todos aportan, pero ninguno eclipsa. La canción respira.

El título remite inevitablemente a la película de David Lynch, y aunque no hay relación directa aparente, ese terciopelo oscuro y suave funciona como metáfora perfecta del tono de la canción: algo hermoso, pero con una sombra detrás. La voz de Quique acaricia el texto con una serenidad que ya no necesita impostar dolor. Hay madurez, hay temblor, pero también hay aceptación.

Una canción que entra sin pedir permiso

“Terciopelo azul” no necesita estribillos coreables ni crescendos épicos. Se mueve con la calma de quien ya ha aprendido que las emociones más intensas no hacen ruido. Es una canción de madrugada, de esas que acompañan mientras piensas sin querer en lo que ya no es, en lo que fue pero no supiste ver. Y ahí está su poder: no te agarra, te observa desde la esquina y se deja descubrir poco a poco.

El videoclip, dirigido por Daniel Molina, captura ese espíritu con una estética sobria y muy cuidada. En lugar de grandes metáforas visuales, vemos lo esencial: músicos tocando, grabando, compartiendo. No hay artificio, no hay narrativa forzada. Hay verdad. Y eso, en estos tiempos de sobreproducción y algoritmos, vale oro.

El año en que todo empezó

El disco completo saldrá el próximo 3 de octubre y llevará por título 1973. No es casual. Es el año en que nació Quique González, pero también una época simbólica para la música: Dylan estaba en transición, Lou Reed lanzaba Berlin, y la canción de autor española se debatía entre la censura y la resistencia. Ese título parece anunciar un viaje personal, quizás no literal, pero sí emocional. Como si el artista decidiera, tras 25 años de carrera, hacerse las preguntas más difíciles: ¿quién soy ahora? ¿qué queda de aquel chaval que escribía canciones por necesidad? ¿Dónde está la raíz de todo esto?

Después de tantos discos —algunos brillantes, otros irregulares pero siempre honestos—, Quique parece haberse dado permiso para mirar atrás no con melancolía, sino con propósito. Terciopelo azul es una carta abierta a ese pasado, pero también una declaración de amor al presente. A lo que queda cuando dejas de correr.

Lo íntimo como fuerza creativa

Hay algo profundamente generoso en la forma en que Quique González se muestra en esta etapa. Su voz ya no busca la perfección ni la rabia juvenil. Busca la emoción, la grieta, la pausa. Y esa manera de interpretar se convierte en una guía para el oyente. No tienes que entender la letra al 100%, ni falta que hace. Lo importante es sentir que lo que dice es verdad. Que no hay pose. Que detrás de cada verso hay una experiencia vivida, un pensamiento masticado, una memoria compartida.

Quizá por eso su música no ha sido nunca masiva, pero sí profundamente querida. Quique es de esos artistas que no necesitan un hit viral para llenar salas. Su público no le exige reinventarse cada vez. Le pide otra cosa: seguir siendo él. Y en ese contrato emocional, Terciopelo azul cumple con creces.

Quique no es tendencia. Es hogar.

En un panorama musical donde todo parece diseñado para durar lo que dura un story de Instagram, encontrar una canción como esta es casi un acto de resistencia. No por reaccionaria, no por anclada en el pasado, sino por apostar por lo atemporal. Quique González no suena a 2025, pero tampoco a 1973. Suena a él. Y eso, en estos tiempos líquidos, es un valor enorme.

El anuncio del disco y este primer adelanto llegan en plena gira veraniega, con paradas en festivales como Azkena Rock y fechas en recintos más íntimos. Todo indica que 1973 será un disco para disfrutar en directo, para sentir en carne viva lo que en el estudio ya suena como un susurro potente.

¿Y ahora qué?

Queda esperar al disco completo. Pero si Terciopelo azul es el tono general, nos espera una obra profunda, emocional, sin artificios. Un disco que probablemente no aparecerá en las listas de lo más escuchado en streaming, pero que sí dejará huella en quienes seguimos creyendo en las canciones como refugio, como espejo, como consuelo.

La pregunta no es si volverá a escribir himnos como “Salitre” o “Vidas cruzadas”. La verdadera cuestión es si aún puede emocionarnos sin repetir fórmulas. Y sí: puede. Y lo hace. Con una canción como esta, lo difícil es no dejarse tocar.

Conclusión:

Terciopelo azul no es solo un single. Es una puerta. Una invitación a volver a lo esencial. A recordar que hay artistas que no hacen ruido, pero que suenan más fuerte que nadie cuando se permiten ser vulnerables. Quique González ha vuelto. O quizás nunca se fue. Lo que está claro es que, con esta canción, vuelve a tocar esa fibra que pocos alcanzan. La de la emoción verdadera.

¿Y tú? ¿La has escuchado ya? ¿Qué te hizo sentir? Cuéntamelo. Que al final, la música se completa cuando se comparte.

Tú no eres el problema, de Elizabeth Caplés: entender el daño narcisista y empezar a sanar

Ficha técnica del libro

  • Título: Tú no eres el problema
  • Autora: Elizabeth Caplés
  • Perfil profesional: Psicóloga clínica, divulgadora (@esmipsicologa)
  • Editorial: Zenith / Planeta
  • Año de publicación: 2023
  • Temas: Narcisismo, autoestima, relaciones tóxicas, trauma, salud mental
  • Formato: Papel y ebook
  • Idioma: Español

Introducción: Cuando un libro te da las palabras que te faltaban

Algunos libros no se leen, se atraviesan. Y Tú no eres el problema, de Elizabeth Caplés, es uno de ellos. Escrito desde la experiencia clínica pero con una voz cercana, emocional y empática, este libro es un refugio para quienes han convivido con personas narcisistas sin saberlo. Un manual sin tecnicismos que pone luz sobre un dolor tan invisible como real.


¿Por qué este libro es tan importante?

Un tema delicado, tratado con honestidad

Hablar de narcisismo no es fácil. Menos aún cuando lo has vivido en primera persona. Elizabeth Caplés logra hacerlo con empatía y claridad, ofreciendo una lectura que no juzga, sino que acompaña. A través de ejemplos reales y situaciones cotidianas, la autora consigue que el lector se reconozca sin sentir vergüenza ni culpa.

Narcisismo: mucho más que ego

El libro desmonta muchos mitos. El narcisismo no siempre grita, no siempre golpea, no siempre se nota. A veces es una frase sutil, una crítica velada, una manipulación silenciosa. Y ese es su poder. Caplés define el gaslighting, el abuso emocional, la triangulación, y cómo estos mecanismos erosionan la autoestima de quien los sufre.


Lo que me removió al leerlo

Personalmente, leer este libro fue abrir una herida que creía cerrada, pero también empezar a sanarla de verdad. Porque a veces has salido ya de la relación, pero sigues atrapado en la duda, la culpa, el miedo. Este libro te ayuda a poner nombre a lo vivido, a entender que no estás loco y que tú no eres el problema.

Hay fragmentos que parecen escritos para ti. Y eso duele. Pero también libera.


Una guía para sobrevivientes

Este no es un libro técnico, ni un tratado académico. Es un libro pensado para quien necesita respuestas, contención y herramientas. Caplés ofrece consejos útiles para:

  • Reconocer un vínculo narcisista
  • Romper el ciclo de culpa y dependencia
  • Recuperar la autoestima y la autonomía
  • Pedir ayuda profesional si hace falta

Además, es una lectura recomendada para familiares, terapeutas y personas que acompañan a quien ha sufrido una relación tóxica. Porque comprender el daño emocional también es una forma de sanar.


Conclusión: Una linterna en medio de la oscuridad

Tú no eres el problema es más que un libro: es una linterna para quienes han caminado demasiado tiempo a oscuras. Es una guía para volver a mirarse al espejo sin miedo, sin vergüenza, sin dudas.

Gracias a Elizabeth Caplés por escribir con tanto respeto, con tanta humanidad y con tanta claridad sobre algo que nos pasa a muchos, pero que pocos saben nombrar. Este libro merece estar en las manos de cualquiera que haya dudado de su voz, de su memoria o de su valor.

Black Friday (2023), de Eli Roth: un slasher para devorar con las manos manchadas de sangre

BlackFriday #EliRoth #SlasherMovie #Terror2023 #Gore #FinalGirl #PatrickDempsey #CineDeTerror #PelículasRecomendadas #CineCinéfilo #TerrorSinFiltro

  • Título: Black Friday
  • Director: Eli Roth
  • Guion: Jeff Rendell
  • Reparto principal: Patrick Dempsey, Nell Verlaque, Addison Rae, Milo Manheim, Rick Hoffman
  • Año: 2023
  • País: Estados Unidos
  • Género: Terror, Slasher
  • Duración: 106 minutos
  • Distribuidora: TriStar Pictures
  • Idioma original: Inglés

Hay películas que nacen para hacer historia, y otras que nacen para hacernos pasar un rato brutal. Black Friday, dirigida por Eli Roth, no va a cambiar el rumbo del cine ni falta que le hace. Es una fiesta sangrienta, descarada y autoconsciente, construida con bisturí afilado sobre las reglas del slasher. Y lo hace sin pedir perdón, sin complejos, con la sonrisa torcida de quien sabe que lo que está ofreciendo es un caramelo envenenado para los fans del género. Y sí: se disfruta. Mucho.

Eli Roth: el carnicero que nunca se fue

El director de Hostel y Cabin Fever vuelve a sus raíces con esta película que funciona como secuela espiritual de Thanksgiving (2007), aquel falso tráiler convertido en culto. Aquí Roth saca el bisturí y lo afila con calma: no tiene prisa por matar, porque sabe que cada asesinato debe doler. Que cada escena tiene que ser un golpe visual y visceral. Y que un buen slasher no vive solo del cuchillo, sino del ritmo, del humor ácido, de los personajes al borde del colapso… y de un asesino que te ponga los pelos de punta con solo aparecer.

Black Friday no es solo sangre. Es una crítica salvaje al capitalismo, disfrazada de espectáculo gore. Es decir: es Roth en estado puro.

El viernes más negro de América

Todo arranca con una apertura de tienda en el famoso «viernes negro», esa jornada post-Thanksgiving donde Estados Unidos pierde la cabeza por conseguir una tostadora con descuento. Roth convierte esa fiebre consumista en una escena de terror absoluto: avalanchas humanas, codazos, muerte en los pasillos, todo grabado con móviles mientras los dependientes no dan abasto. El mensaje está claro desde el principio: esto va a ser una masacre y no solo con cuchillos. El propio sistema es el primer asesino.

Este arranque es brillante, brutal y con una dirección de cámara que hace sentir la claustrofobia de la multitud. Y cuando el asesino enmascarado entra en escena, ya no hay vuelta atrás.

La máscara del peregrino

El slasher vive o muere por su asesino, y Black Friday lo tiene claro. Aquí nos encontramos con una figura vestida como un peregrino —guiño delicioso a la tradición americana de Thanksgiving— que se pasea con una máscara inexpresiva y una cuchilla enorme. No habla. Solo observa. Y cuando actúa, lo hace con precisión quirúrgica. A diferencia de otros slashers modernos, Roth evita el CGI y apuesta por efectos prácticos que duelen. Literalmente. Cada muerte tiene peso. Hay cuerpos que caen con estrépito. Cabezas que ruedan. Y un sentido del espectáculo macabro que saca carcajadas de lo grotesco.

El diseño visual del asesino no es revolucionario, pero funciona porque está bien ejecutado: es ridículo y aterrador a partes iguales. La mezcla perfecta.

El reparto: juventud, veteranía y víctimas con carisma

Uno de los aciertos de Black Friday está en su casting. Aquí no hay estrellas de Oscar, pero sí un conjunto de actores bien equilibrado que entienden lo que están haciendo. Y lo hacen con gracia.

Patrick Dempsey interpreta al sheriff con un aire ambiguo y encantador, como si estuviera jugando a ser el héroe pero con algo oculto. Nell Verlaque es la final girl perfecta: inteligente, decidida, sin caer en clichés pasivos. Junto a ellos, un grupo de adolescentes interpretados por actores como Addison Rae, Milo Manheim y Gabriel Davenport aporta frescura y energía. Son guapos, son insoportables (como debe ser en un slasher) y su destino está sellado desde el minuto uno, pero se agradece que incluso los más planos tengan carisma y algún momento para brillar antes de caer bajo la cuchilla.

Lo que hace bien Roth aquí es que no se limita a usar estereotipos. Juega con ellos. Les da un par de vueltas. Les pone diálogos ingeniosos. Y cuando llega el momento de matarlos, lo hace con estilo.

Gore bien servido, tensión bien medida

Uno va a ver Black Friday esperando sangre. Y la hay. A borbotones. Pero no es solo cantidad: es calidad. Cada muerte está coreografiada con un sentido estético y cruel que recuerda por momentos al Argento más salvaje o al Raimi de los buenos tiempos. Hay trampas que harían llorar de envidia a Jigsaw, y planos que se quedan grabados por lo incómodos que resultan. No por el susto, sino por la textura. Aquí se nota el oficio.

La tensión está bien dosificada. No hay abuso de jumpscares. Lo que hay es atmósfera. Silencios. Escenas que se estiran como chicle antes del hachazo. Y un montaje que sabe cuándo dejar respirar y cuándo clavar el cuchillo. Literal y narrativamente.

Un giro final que redondea el festín

Sin spoilers, Black Friday guarda un as bajo la manga. Un giro final que cambia la forma en que interpretamos todo lo anterior. No es un twist gratuito, sino uno que cuadra, que encaja, que te hace sonreír mientras piensas “ah, así que era esto”. Es un giro que da sentido a ciertos silencios, a ciertos planos, a ciertos personajes que parecían de fondo. Y ahí está el mérito de Roth: no solo ha hecho un slasher sangriento y divertido, también ha construido una historia que tiene estructura, que se sostiene y que no se desinfla en el último acto.

Ese giro, además, plantea una pregunta moral interesante, una crítica más sutil al sistema que nos empuja a consumir sin medida. Porque Black Friday no deja de recordarnos que en este juego no hay inocentes. Todos querían algo. Y todos lo pagaron caro.

Una película para disfrutar sin culpa

A estas alturas, no tiene sentido pedirle a un slasher que sea “original” en el sentido académico. Lo que se le pide es que funcione. Que dé miedo, que divierta, que sorprenda. Que nos haga mirar por encima del hombro mientras reímos a carcajadas. Y en eso, Black Friday cumple con nota.

No reinventa nada, pero ejecuta con talento. No descubre el fuego, pero sabe cómo prenderle mecha a la gasolina del género. Es una película honesta con su propuesta, construida con oficio, con un reparto en estado de gracia, y con un director que se lo está pasando tan bien que es imposible no contagiarse.

Así que sí: este viernes negro merece una entrada al cine. Merece una pantalla grande, una sala oscura y un grupo de amigos dispuestos a gritar, reír y mirar el carrito de la compra con otros ojos.

Lo que esconde Pequeños detalles

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  • Título original: The Little Things
  • Dirección y guion: John Lee Hancock
  • Reparto principal: Denzel Washington, Rami Malek, Jared Leto
  • Año: 2021
  • País: Estados Unidos
  • Género: Thriller, policiaco
  • Duración: 127 minutos
  • Distribuidora: Warner Bros. Pictures
  • Premios destacados: Jared Leto nominado al Globo de Oro y al SAG por su interpretación

Hay películas que no vienen a cambiar la historia del cine. No marcan un antes y un después. No ganan premios ni provocan revoluciones visuales. Pero te atrapan. Te sientas frente a ellas casi por inercia, sin esperar demasiado, y acabas hipnotizado. «Pequeños detalles» (The Little Things, 2021) es precisamente eso: un thriller de ecos noventeros que funciona no por su guion, sino por la tensión que se cuela entre miradas, silencios y gestos contenidos.

Y en eso, este film es magistral.

Rami Malek. Jared Leto. Denzel Washington. Tres nombres que sostienen la historia con una fuerza que trasciende el material que se les ha dado. La química entre ellos no es de fuegos artificiales, sino de brasas que arden lento. Como un duelo de miradas bajo la lluvia.

El argumento gira en torno a un antiguo detective de Los Ángeles, Joe «Deke» Deacon (Washington), que regresa a la ciudad para una misión rutinaria y se ve arrastrado a la investigación de un asesino en serie que recuerda a los casos que destruyeron su carrera. Jim Baxter (Malek), un joven detective brillante y obsesivo, lo acompaña en una espiral de sospechas donde Albert Sparma (Leto), un inquietante reparador de electrodomésticos, parece ser más que un simple excéntrico.

El ritmo es pausado, deliberado. A veces exasperante. Pero esa lentitud es parte de su propuesta: no busca adrenalina, sino desasosiego. El guion de John Lee Hancock (que también dirige) bebe de clásicos como Seven, pero evita el efectismo y apuesta por un final ambiguo, incluso anticlimático, que deja un sabor amargo.

¿Funciona? Depende de lo que busques. Si esperas una montaña rusa, te frustrará. Si te dejas llevar por las atmósferas y la contención, puede que te encuentres atrapado por esa sensación de que algo oscuro respira entre líneas.

Porque a veces, lo que importa no son las grandes revelaciones, sino los pequeños detalles.

Juego de Ladrones 2: Pantera

Título original: Den of Thieves 2: Pantera

Dirección: Christian Gudegast

Guion: Christian Gudegast

Reparto: Gerard Butler, O’Shea Jackson Jr., Toby Kebbell, Michael Bisping

Género: Acción, Thriller, Crimen

Duración: 104 minutos

País: Estados Unidos / Reino Unido / Alemania

Año: 2024

Juego de Ladrones 2: Pantera es una de esas secuelas que no finge ser otra cosa: es una continuación directa, musculosa y explosiva de todo lo que fue la primera. ¿Más profunda? No. ¿Más ambiciosa? Tampoco. ¿Más europea, más violenta, más ridículamente testosterónica? Por supuesto. Y eso, para bien o para mal, es justo lo que esperábamos.

Gerard Butler vuelve con cara de “no he dormido en tres días” y barriga de inspector de kebabs, y eso es exactamente lo que necesitamos. Su personaje, Big Nick O’Brien, ha cruzado el Atlántico tras el gran golpe de Merriman (Pablo Schreiber en la original) y se planta en Londres con resaca, un fusil automático y cara de pocos amigos. ¿La misión? Cazar al escurridizo Donnie, interpretado por O’Shea Jackson Jr., que ha perfeccionado el arte del camuflaje entre la clase criminal europea.

Si en la primera película teníamos Heat en versión Costco, esta vez el modelo de inspiración está más cerca de Ronin, con sus persecuciones por calles estrechas, sus cafés de espías, y sus maletines sospechosos. Y aunque Pantera nunca alcanza la elegancia de aquellas referencias, sí logra algo importante: no aburrir nunca.

La dirección de Gudegast se ha refinado, aunque sin perder ese toque de bar de moteros en plena redada. La violencia sigue siendo cruda, seca, efectiva. Los diálogos… bueno, siguen sonando como si los hubiera escrito un tipo que se comunica principalmente con emojis de calavera, cerveza y explosión. Pero es parte del encanto. Uno no entra a Juego de Ladrones 2 buscando existencialismo. Entras buscando un atraco imposible, una persecución por Londres, y a Gerard Butler gritando “¡dónde coño está el dinero!” mientras se toma un Red Bull con whisky.

Lo mejor de esta entrega es su ubicación. Mover la acción a Europa le sienta bien a la saga. Hay un aire más internacional, una sensación de juego mayor, casi como si esto fuese la versión obrera de Misión Imposible. Las escenas en París, las referencias a diamantes africanos, las conexiones balcánicas… todo le da textura. No coherencia, pero sí espectáculo.

El personaje de Donnie, por su parte, crece. O’Shea Jackson Jr. sigue siendo el tipo tranquilo con mirada de “sé más que tú”, y aquí demuestra que puede sostener la narrativa por sí mismo. De hecho, en varios momentos parece que esta ya no es la historia de Big Nick, sino la de Donnie convertido en leyenda del bajo mundo.

¿Y qué hay del plan del atraco? Una locura. Intrincado, exagerado, rebuscado… pero condenadamente entretenido. Aquí no hay espacio para la lógica. Es como un truco de magia en plena rave: ruido, luces, y cuando te das cuenta, ya te han robado. Eso sí, todo se sostiene por el carisma y el ritmo. Porque aunque el guion tiene huecos como un queso gruyère en huelga, lo que importa es que siempre avanza.

Y sí, hay humor involuntario. Hay frases que harían sonrojar a un guionista de Fast & Furious, pero también hay algo profundamente honesto en todo esto. Pantera sabe lo que es: una película de acción pasada de vueltas, donde el cine se convierte en gimnasio narrativo. Aquí nadie viene a filosofar sobre la justicia social. Aquí se dispara primero y se pregunta después, si es que se pregunta algo.

En resumen:
¿Es mejor que la primera? No.
¿Es más absurda? Sí.
¿Te lo pasas bomba igual? Sin duda.

Juego de Ladrones 2: Pantera es lo que pasa cuando alguien dice “quiero más de lo mismo, pero en Europa y con más acento británico”. Y lo consigue. No tiene la sorpresa de la original, pero se defiende como una bestia herida: a gritos, a golpes, y dejando el escenario lleno de casquillos.

Si te gustó la primera, esta es tu dosis de adrenalina. Si no te gustó… ¿para qué vienes aquí?

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