BlackFriday #EliRoth #SlasherMovie #Terror2023 #Gore #FinalGirl #PatrickDempsey #CineDeTerror #PelículasRecomendadas #CineCinéfilo #TerrorSinFiltro

- Título: Black Friday
- Director: Eli Roth
- Guion: Jeff Rendell
- Reparto principal: Patrick Dempsey, Nell Verlaque, Addison Rae, Milo Manheim, Rick Hoffman
- Año: 2023
- País: Estados Unidos
- Género: Terror, Slasher
- Duración: 106 minutos
- Distribuidora: TriStar Pictures
- Idioma original: Inglés
Hay películas que nacen para hacer historia, y otras que nacen para hacernos pasar un rato brutal. Black Friday, dirigida por Eli Roth, no va a cambiar el rumbo del cine ni falta que le hace. Es una fiesta sangrienta, descarada y autoconsciente, construida con bisturí afilado sobre las reglas del slasher. Y lo hace sin pedir perdón, sin complejos, con la sonrisa torcida de quien sabe que lo que está ofreciendo es un caramelo envenenado para los fans del género. Y sí: se disfruta. Mucho.
Eli Roth: el carnicero que nunca se fue
El director de Hostel y Cabin Fever vuelve a sus raíces con esta película que funciona como secuela espiritual de Thanksgiving (2007), aquel falso tráiler convertido en culto. Aquí Roth saca el bisturí y lo afila con calma: no tiene prisa por matar, porque sabe que cada asesinato debe doler. Que cada escena tiene que ser un golpe visual y visceral. Y que un buen slasher no vive solo del cuchillo, sino del ritmo, del humor ácido, de los personajes al borde del colapso… y de un asesino que te ponga los pelos de punta con solo aparecer.
Black Friday no es solo sangre. Es una crítica salvaje al capitalismo, disfrazada de espectáculo gore. Es decir: es Roth en estado puro.

El viernes más negro de América
Todo arranca con una apertura de tienda en el famoso «viernes negro», esa jornada post-Thanksgiving donde Estados Unidos pierde la cabeza por conseguir una tostadora con descuento. Roth convierte esa fiebre consumista en una escena de terror absoluto: avalanchas humanas, codazos, muerte en los pasillos, todo grabado con móviles mientras los dependientes no dan abasto. El mensaje está claro desde el principio: esto va a ser una masacre y no solo con cuchillos. El propio sistema es el primer asesino.
Este arranque es brillante, brutal y con una dirección de cámara que hace sentir la claustrofobia de la multitud. Y cuando el asesino enmascarado entra en escena, ya no hay vuelta atrás.
La máscara del peregrino
El slasher vive o muere por su asesino, y Black Friday lo tiene claro. Aquí nos encontramos con una figura vestida como un peregrino —guiño delicioso a la tradición americana de Thanksgiving— que se pasea con una máscara inexpresiva y una cuchilla enorme. No habla. Solo observa. Y cuando actúa, lo hace con precisión quirúrgica. A diferencia de otros slashers modernos, Roth evita el CGI y apuesta por efectos prácticos que duelen. Literalmente. Cada muerte tiene peso. Hay cuerpos que caen con estrépito. Cabezas que ruedan. Y un sentido del espectáculo macabro que saca carcajadas de lo grotesco.
El diseño visual del asesino no es revolucionario, pero funciona porque está bien ejecutado: es ridículo y aterrador a partes iguales. La mezcla perfecta.

El reparto: juventud, veteranía y víctimas con carisma
Uno de los aciertos de Black Friday está en su casting. Aquí no hay estrellas de Oscar, pero sí un conjunto de actores bien equilibrado que entienden lo que están haciendo. Y lo hacen con gracia.
Patrick Dempsey interpreta al sheriff con un aire ambiguo y encantador, como si estuviera jugando a ser el héroe pero con algo oculto. Nell Verlaque es la final girl perfecta: inteligente, decidida, sin caer en clichés pasivos. Junto a ellos, un grupo de adolescentes interpretados por actores como Addison Rae, Milo Manheim y Gabriel Davenport aporta frescura y energía. Son guapos, son insoportables (como debe ser en un slasher) y su destino está sellado desde el minuto uno, pero se agradece que incluso los más planos tengan carisma y algún momento para brillar antes de caer bajo la cuchilla.
Lo que hace bien Roth aquí es que no se limita a usar estereotipos. Juega con ellos. Les da un par de vueltas. Les pone diálogos ingeniosos. Y cuando llega el momento de matarlos, lo hace con estilo.
Gore bien servido, tensión bien medida
Uno va a ver Black Friday esperando sangre. Y la hay. A borbotones. Pero no es solo cantidad: es calidad. Cada muerte está coreografiada con un sentido estético y cruel que recuerda por momentos al Argento más salvaje o al Raimi de los buenos tiempos. Hay trampas que harían llorar de envidia a Jigsaw, y planos que se quedan grabados por lo incómodos que resultan. No por el susto, sino por la textura. Aquí se nota el oficio.
La tensión está bien dosificada. No hay abuso de jumpscares. Lo que hay es atmósfera. Silencios. Escenas que se estiran como chicle antes del hachazo. Y un montaje que sabe cuándo dejar respirar y cuándo clavar el cuchillo. Literal y narrativamente.
Un giro final que redondea el festín
Sin spoilers, Black Friday guarda un as bajo la manga. Un giro final que cambia la forma en que interpretamos todo lo anterior. No es un twist gratuito, sino uno que cuadra, que encaja, que te hace sonreír mientras piensas “ah, así que era esto”. Es un giro que da sentido a ciertos silencios, a ciertos planos, a ciertos personajes que parecían de fondo. Y ahí está el mérito de Roth: no solo ha hecho un slasher sangriento y divertido, también ha construido una historia que tiene estructura, que se sostiene y que no se desinfla en el último acto.
Ese giro, además, plantea una pregunta moral interesante, una crítica más sutil al sistema que nos empuja a consumir sin medida. Porque Black Friday no deja de recordarnos que en este juego no hay inocentes. Todos querían algo. Y todos lo pagaron caro.
Una película para disfrutar sin culpa
A estas alturas, no tiene sentido pedirle a un slasher que sea “original” en el sentido académico. Lo que se le pide es que funcione. Que dé miedo, que divierta, que sorprenda. Que nos haga mirar por encima del hombro mientras reímos a carcajadas. Y en eso, Black Friday cumple con nota.
No reinventa nada, pero ejecuta con talento. No descubre el fuego, pero sabe cómo prenderle mecha a la gasolina del género. Es una película honesta con su propuesta, construida con oficio, con un reparto en estado de gracia, y con un director que se lo está pasando tan bien que es imposible no contagiarse.
Así que sí: este viernes negro merece una entrada al cine. Merece una pantalla grande, una sala oscura y un grupo de amigos dispuestos a gritar, reír y mirar el carrito de la compra con otros ojos.
Deja una respuesta