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John Ford y Monument Valley: Cómo La Diligencia creó la iconografía del western.

Póster de La Diligencia

Ficha Técnica

  • Título original: Stagecoach
  • Año: 1939
  • Duración: 96 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: John Ford
  • Guion: Dudley Nichols (Relato: Ernest Haycox)
  • Música: Richard Hageman, W. Franke Harling, John Leipold, Leo Shuken
  • Fotografía: Bert Glennon (B&W)
  • Reparto: John Wayne, Claire Trevor, Thomas Mitchell, Andy Devine, John Carradine

Mi Valoración

3/5 – Una historia simple, pero una ejecución que cambió el cine para siempre.

«Varios personajes, a cada cual más diferente, inician un largo, duro y peligroso viaje en una diligencia. Entre ellos, un fuera de la ley en busca de venganza, una prostituta a la que han echado del pueblo, un jugador, un médico borracho y la mujer embarazada de un militar. Las relaciones entre ellos, durante el accidentado trayecto por el Monument Valley, serán difíciles y tensas, pero la necesidad de sobrevivir al continuo ataque de los indios hará que surja la solidaridad.»

Tráiler

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Crítica de un Treintañero a un Clásico de 85 años

Ver una película de 1939 habiendo nacido en 1988 es una auténtica locura. Es un ejercicio de humildad, de perspectiva y, sobre todo, de amor al cine. Porque seamos sinceros, ¿se puede amar de verdad el séptimo arte sin haber visitado sus cimientos? Hace tiempo que ando barruntando la idea de empezar a insertar clásicos con mayúsculas en mis visionados semanales. Y bueno… Filmin, esa plataforma que es un tesoro para cualquier cinéfilo, me da la opción, así que aquí estoy, enfrentándome al primero de, espero, muchos. Y el elegido ha sido «La Diligencia» de John Ford. ¿El resultado? Un viaje en el tiempo fascinante y, a la vez, una experiencia que me genera sentimientos encontrados, de ahí ese 3 sobre 5. Un 3 por la historia, que hoy nos puede parecer plana, pero se merecería un 5 por el simple hecho de haberla filmado hace más de 80 años y haber sentado las bases de todo un género.

Lo primero que te golpea al ver «La Diligencia» es su aparente simplicidad. La premisa es tan directa como el trayecto del carruaje: un grupo de personas variopintas debe viajar de un punto A a un punto B atravesando territorio hostil. Fin. Hoy en día, que estamos acostumbrados a giros de guion imposibles, multiversos y narrativas no lineales, esto puede saber a poco. Pero ahí radica la primera genialidad de Ford: en la simpleza del qué, para centrarse en el quién y el cómo. La diligencia no es solo un vehículo, es un microcosmos de la sociedad. Una olla a presión sobre ruedas donde las convenciones sociales se evaporan ante el peligro real. Dentro de ese espacio claustrofóbico conviven la virtud y el pecado, el valor y la cobardía, la esperanza y la desesperación.

Personajes en La Diligencia

Y qué personajes. Tenemos a Dallas, la prostituta expulsada de la ciudad, tratada como una paria por los «respetables» pero que demuestra tener más corazón y entereza que todos ellos juntos. El Doctor Boone, un médico alcohólico que parece un despojo humano pero que esconde una competencia y una humanidad que emergen cuando más se necesitan. Hatfield, el jugador sureño y caballero de honor caduco. El banquero Gatewood, epítome de la hipocresía y la avaricia capitalista. Y por supuesto, Ringo Kid. La entrada en escena de John Wayne, con ese rápido movimiento de rifle y esa mirada desafiante, es historia del cine. Ford no solo nos presentó a un actor, nos presentó a un arquetipo, al héroe del western que perduraría durante décadas. Es fascinante ver cómo estos personajes, que hoy nos parecen clichés, fueron en su momento moldes originales que definirían el género.

Como espectador moderno, es imposible no analizar la película con los ojos de 2025. La representación de los nativos americanos es, sin duda, problemática. Son presentados como una fuerza de la naturaleza salvaje y anónima, una amenaza sin rostro que sirve únicamente como catalizador de la acción y para unir a los protagonistas blancos. Es un reflejo de su tiempo, y hay que entenderlo en ese contexto, pero no por ello deja de chirriar. Del mismo modo, el papel de la mujer, aunque Claire Trevor le da una dignidad increíble a Dallas, está supeditado a la redención a través del amor de un hombre. Son aspectos que te sacan momentáneamente de la película y te recuerdan la distancia temporal que te separa de ella.

Pero entonces, John Ford te agarra de la solapa y te vuelve a meter de lleno en su mundo. Y lo hace con un dominio visual que te deja sin aliento. Esto es algo que no envejece. «La Diligencia» fue la primera película que Ford rodó en Monument Valley, y al hacerlo, no solo encontró un escenario, sino que creó una iconografía. Esas formaciones rocosas no son un simple fondo; son un personaje más, un testigo silencioso y majestuoso de la épica humana que se desarrolla a sus pies. La fotografía en blanco y negro de Bert Glennon extrae una belleza cruda y una escala monumental que el color, quizás, habría diluido. Cada plano está compuesto con una precisión pictórica. Ford sabe exactamente dónde poner la cámara para maximizar el drama, la tensión o la grandiosidad del paisaje. No hay un solo encuadre dejado al azar.

La diligencia en Monument Valley

Y luego está la acción. ¡La secuencia de la persecución! Es fácil caer en la condescendencia y pensar que, acostumbrados al CGI y a las coreografías milimétricas de John Wick, una escena de acción de 1939 nos va a parecer rudimentaria. Nada más lejos de la realidad. La persecución de los apaches a la diligencia es una lección de montaje, ritmo y, sobre todo, de riesgo físico real. Cuando ves al especialista Yakima Canutt saltar de caballo en caballo y pasar por debajo de la diligencia a toda velocidad, no hay truco digital. Es un hombre arriesgando el pellejo para crear un momento inolvidable. La tensión es palpable, el polvo se te mete en los ojos y el estruendo de los disparos y los cascos de los caballos retumba de una forma visceral que mucha acción moderna es incapaz de replicar. Es pura energía cinematográfica.

El clímax de la película no es la persecución, sino el enfrentamiento final de Ringo en las calles de Lordsburg. Ford vuelve a demostrar su maestría. En lugar de un tiroteo frenético, nos regala un duelo tenso, filmado con una economía de medios brillante. Los planos de las calles vacías, las miradas, los gestos… todo construye una atmósfera cargada de fatalidad. Es la culminación del viaje de Ringo, y aunque el resultado es predecible, el camino hasta él es cine en estado puro. La resolución de la historia de amor entre Ringo y Dallas, aunque pueda parecer precipitada, ofrece un cierre que, en su contexto, era profundamente satisfactorio y hasta subversivo: los dos parias, los expulsados por la sociedad «civilizada», son los únicos que encuentran un futuro juntos, cabalgando hacia el amanecer, lejos de la hipocresía.

John Wayne como Ringo Kid

En conclusión, mi calificación de 3 estrellas viene de esa dualidad. Como producto de entretenimiento puro para un espectador de hoy, «La Diligencia» puede tener un ritmo más pausado y una trama más lineal de lo que estamos acostumbrados. La historia, en su esqueleto, es simple. Sin embargo, como artefacto cultural, como lección de cine y como obra fundacional, es un 5 de 5 sin discusión. Es una película que hay que ver no solo por lo que es, sino por todo lo que significó y todo lo que vino después gracias a ella. Me alegro enormemente de haber empezado este viaje por los clásicos con ella. Me ha enseñado que, a veces, las historias más «planas» son las que tienen los cimientos más profundos y que el buen cine, el de verdad, tiene un lenguaje que, a pesar de las arrugas, nunca envejece del todo.

Y tú, ¿qué clásico crees que es imprescindible ver para entender el cine de hoy?

¡Déjame tu recomendación en los comentarios!

De The Boys a héroe de acción: La consagración de Jack Quaid en Novocaine

Poster oficial de Novocaine

Ficha Técnica

Título original: Novocaine

Año: 2025

País: Estados Unidos

Dirección: Dan Berk, Robert Olsen

Guion: Lars Jacobson

Reparto principal: Jack Quaid, Amber Midthunder, Ray Nicholson, Jacob Batalon, Betty Gabriel

Género: Acción, Thriller, Comedia

Productora: Paramount Pictures, Tea Shop Productions

Valoración del Experto Amateur

★★★★

4 de 5 estrellas: Pura dinamita de entretenimiento.

Sinopsis

En un atraco a un banco que sale terriblemente mal, un hombre de modales suaves con una rara enfermedad congénita que le impide sentir dolor físico, debe rescatar a su novia secuestrada de los ladrones responsables. Para ello, tendrá que desatar un caos lleno de acción por toda la ciudad y enfrentarse a sus propios límites.

Tráiler Oficial

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Crítica: Adrenalina sin Anestesia

Hay actores que, sin necesidad de tener un Oscar en la estantería, poseen algo intangible, un “no sé qué” que llena la pantalla y te hace conectar con ellos al instante. Jack Quaid es, sin duda, uno de esos talentos. Desde que lo vimos como el sufridor y adorable Hughie en The Boys, ha demostrado una capacidad camaleónica para saltar del drama a la comedia con una naturalidad pasmosa. Y en Novocaine, Quaid no solo confirma su estatus de «chico de moda», sino que se consagra como un héroe de acción improbable, carismático y absolutamente disfrutable. La película no pretende reinventar la rueda, y esa es, paradójicamente, una de sus mayores virtudes. Es un cóctel explosivo que mezcla la adrenalina frenética de Crank: Veneno en la sangre con pinceladas de comedia negra, un thriller de robos y hasta un romance que funciona como el corazón de esta locura. En pleno verano, cuando el calor nos pide a gritos evasión y entretenimiento puro y duro, Novocaine es la dosis de anestesia perfecta para desconectar del mundo.

La premisa es tan sencilla como efectiva: Nathan Caine (un Jack Quaid que parece haber nacido para el papel) es un oficinista apocado y tímido que padece una extraña condición congénita que le impide sentir dolor. Lo que podría parecer un superpoder es, en realidad, una fuente de ansiedad constante; vive envuelto en plástico de burbujas, por así decirlo, para evitar heridas que no notaría hasta que fuera demasiado tarde. Su vida da un vuelco de 180 grados cuando, durante un atraco al banco donde trabaja su novia, ella es secuestrada. Los criminales, creyendo que su insensibilidad al dolor lo convierte en una pieza clave para otro golpe, lo arrastran a una espiral de violencia y caos. Es aquí donde Novocaine pisa el acelerador y no lo suelta. La transformación de Nathan de un hombre gris a una imparable máquina de destrucción (muy a su pesar) es el motor de la película, y el guion lo maneja con un equilibrio fantástico entre la acción más brutal y un humor que surge de lo absurdo de la situación.

Escena de acción de Novocaine
Jack Quaid desatando el caos en una de las frenéticas escenas de la película.

Los directores, Dan Berk y Robert Olsen, entienden perfectamente el tipo de película que tienen entre manos. No se andan con rodeos ni pretensiones. La acción es cruda, directa y, en ocasiones, sorprendentemente creativa. Las escenas de lucha aprovechan la condición del protagonista para regalarnos momentos que son una delicia para cualquier amante del cine de género. Ver a Nathan recibir palizas, disparos y toda clase de castigos sin inmutarse, mientras suelta un comentario nervioso o pide perdón, es hilarante y emocionante a partes iguales. La película bebe directamente de la estética y el ritmo de los thrillers de acción de los 90 y principios de los 2000, pero con un pulido visual contemporáneo. No hay planos innecesariamente complejos ni una edición epiléptica que no te deje ver qué está pasando. La cámara sigue a Quaid en su odisea destructiva con claridad, permitiendo que cada golpe, cada caída y cada explosión se sientan en su justa medida.

Pero no todo es testosterona y adrenalina. Una de las grandes sorpresas de Novocaine es su corazón. La relación entre Nathan y su novia, interpretada por una solvente Amber Midthunder, es el ancla emocional que evita que la película se convierta en un simple espectáculo de violencia sin sentido. Sus motivaciones son claras y, como espectadores, empatizamos con su desesperación. Queremos que la rescate, no solo por ver más escenas de acción, sino porque nos creemos su vínculo. Este componente romántico, aunque sencillo, le da una capa de profundidad necesaria y eleva el conjunto por encima de otras propuestas similares. Además, el guion está salpicado de diálogos ingeniosos y personajes secundarios que, aunque arquetípicos, resultan memorables, especialmente el villano, que disfruta de cada segundo de su maldad sin caer en la caricatura excesiva.

Jack Quaid y Amber Midthunder en Novocaine
La química entre los protagonistas es el ancla emocional de la película.

Por supuesto, la película no es perfecta. Si buscas un thriller con un guion enrevesado y giros argumentales que te dejen boquiabierto, Novocaine no es tu película. Su trama es lineal y predecible en muchos aspectos. Sabes desde el minuto uno cuál será el desenlace, y el viaje no ofrece grandes sorpresas en cuanto a su estructura. Algunas situaciones se resuelven con una conveniencia un tanto forzada y el desarrollo de los villanos podría haber tenido algo más de trasfondo. Sin embargo, estas sombras no logran eclipsar sus luces. La película conoce sus limitaciones y, en lugar de intentar ser algo que no es, se centra en potenciar sus fortalezas: un ritmo endiablado, un protagonista con un carisma arrollador y una honestidad brutal en su propuesta de entretenimiento. Es una hamburguesa gourmet: sabes lo que vas a comer, pero está tan bien hecha que la disfrutas de principio a fin.

En definitiva, Novocaine es una de esas joyas inesperadas que te alegran la cartelera. Es divertida, emocionante y está hecha con un amor palpable por el cine de acción sin complejos. Es la prueba de que no se necesitan presupuestos desorbitados ni tramas metafísicas para hacer una gran película de entretenimiento. A veces, solo necesitas una buena idea, un actor en estado de gracia y la voluntad de pisar el acelerador. Jack Quaid se come la pantalla y nos regala un personaje que ojalá veamos en más secuelas. Es cine para disfrutar, para comer un buen cubo de palomitas y para salir de la sala con una sonrisa y el pulso acelerado.

Jack Quaid en una escena de Novocaine
‘Novocaine’ es la elección perfecta si buscas acción y risas sin complicaciones.

🗣️ ¡Ahora te toca a ti!

Es la elección perfecta si buscas acción y risas sin complicaciones. Una película honesta que entrega exactamente lo que promete. Y tú, ¿qué opinas? ¿Crees que Jack Quaid tiene madera de estrella de acción o lo prefieres en otros registros? ¡Deja tu comentario abajo y abramos debate!

«La Acompañante»: ¿Es Sophie Thatcher la nueva musa del terror inteligente?

Crítica de ‘La Acompañante’: Cuando la compañía perfecta es tu peor pesadilla

Póster de La Acompañante

Ficha Técnica

  • Título original: Companion
  • Año: 2025
  • Duración: 97 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Drew Hancock
  • Guion: Drew Hancock
  • Reparto: Sophie Thatcher, Jack Quaid, Lukas Gage, Rupert Friend, Harvey Guillén, Megan Suri
  • Género: Thriller, Ciencia Ficción, Terror, Comedia Negra

«La muerte de un multimillonario desencadena una serie de acontecimientos para Iris y sus amigos durante un viaje de fin de semana a su finca junto al lago.»

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A veces, te sientas en la butaca del cine sin saber muy bien qué esperar. Ves un póster, lees una sinopsis que parece un cliché y te preparas para otra película de fin de semana que olvidarás antes de que terminen los créditos. Eso pensaba yo de «La Acompañante». Pero, de vez en cuando, el cine te da una bofetada (en el buen sentido) y te presenta algo retorcido, divertido y extrañamente profundo. La ópera prima de Drew Hancock es una de esas sorpresas que te reconcilian con el género del thriller de ciencia ficción, un terreno tan manoseado que encontrar algo con personalidad propia es casi un milagro.

La película arranca con todos los tropos que hemos visto mil veces: una pareja de enamorados, Iris (una magnética Sophie Thatcher) y Josh (Jack Quaid, que ha nacido para estos papeles de «buen tipo con algo que ocultar»), se van de fin de semana a una casa aislada en un lago con los amigos de él. El ambiente es idílico, casi artificial. Desde el primer minuto, algo no encaja. Iris parece demasiado perfecta, demasiado atenta, casi como si estuviera siguiendo un guion. Y, en cierto modo, lo está. El giro, que la película no tarda en desvelar, es que Iris no es humana. Es una «Acompañante», un androide de última generación diseñado para ser la pareja ideal. Pero, ¿ideal para quién y a qué precio?

Escena de La Acompañante

Lo que podría haber sido una versión más de «Ex Machina» o un capítulo alargado de «Black Mirror» se convierte rápidamente en una sátira negrísima y sangrienta sobre las relaciones, la masculinidad tóxica y la codicia humana. Hancock no está tan interesado en las tres leyes de la robótica como en analizar la estupidez supina del ser humano. Los amigos de Josh no son más que un catálogo de arquetipos detestables: el alfa competitivo, la pareja superficial, el conspiranoico… Y en medio de ellos, Iris, una máquina diseñada para complacer, empieza a observar, a aprender y, sobre todo, a detectar las grietas en la fachada de normalidad de sus anfitriones.

El guion es inteligente al jugar con lo que el espectador sabe y lo que los personajes ignoran. Nosotros somos cómplices del secreto de Iris, y eso genera una tensión deliciosa. Cada conversación, cada gesto, está cargado de un doble sentido. Cuando los secretos de los humanos empiezan a salir a la luz, la película se despoja de su piel de thriller psicológico para convertirse en un slasher con todas las letras, pero uno con un cerebro y un sentido del humor corrosivo. La violencia es explícita y festiva, casi catártica. Es como si la película nos dijera: «¿Veis lo que pasa cuando lleváis al límite a quien habéis creado para serviros?».

Sophie Thatcher en La Acompañante

Sophie Thatcher es, sencillamente, el alma de la película. Su transformación de una «esposa-robot» sumisa y de ojos abiertos a una entidad consciente y letal es fascinante. Transmite una ternura inicial que hace que su posterior rebelión sea aún más impactante. Por su parte, Jack Quaid vuelve a demostrar que es uno de los actores más interesantes de su generación, capaz de equilibrar encanto y una ambigüedad moral que te mantiene en vilo. Hay una química innegable entre ellos que eleva el material por encima de una simple película de género.

Visualmente, Hancock sabe sacar partido de su único escenario. La casa junto al lago, un símbolo de estatus y escapismo, se convierte en una jaula de cristal donde los instintos más primarios salen a flote. La fotografía juega con los colores fríos y metálicos para recordarnos la naturaleza artificial de Iris, en contraste con la calidez del entorno natural que los humanos parecen decididos a corromper. No es una película que vaya a revolucionar el lenguaje cinematográfico, pero está rodada con una eficacia y una confianza que asombran para ser un debut.

Sin embargo, «La Acompañante» no es perfecta. Su tercer acto, aunque entretenido, puede resultar un poco más convencional de lo que prometía su arranque. Cae en algunos clichés del «villano que habla demasiado» y la resolución, aunque satisfactoria, podría haber sido un poco más valiente en su mensaje final. A veces, la mezcla de tonos, entre la comedia negra y el terror puro, puede descolocar a quien busque una experiencia más directa. No es una película de terror que te haga saltar de la silla, sino una que te deja con una sonrisa incómoda y un mal cuerpo que dura horas.

Jack Quaid en La Acompañante

Al final, «La Acompañante» es una reflexión muy actual sobre la soledad en la era tecnológica y hasta qué punto buscamos en la tecnología un reflejo idealizado de nosotros mismos, una versión sin los defectos que tanto odiamos. La película plantea una pregunta perturbadora: ¿quién es el verdadero monstruo? ¿La inteligencia artificial que aprende a ser violenta para sobrevivir o los humanos que, con su egoísmo y crueldad, le enseñan el camino? Es una mezcla salvaje entre «Thelma y Louise» y «Terminator», con el comentario social de «Barbie» pasado por un filtro de sangre y vísceras.

En definitiva, es una propuesta fresca, original y muy disfrutable. Un debut prometedor que te hará mirar dos veces a tu asistente virtual y preguntarte qué piensa de ti realmente. No es una obra maestra, pero sí una de esas películas de «culto instantáneo» que se comentan a la salida del cine. Y en un panorama lleno de secuelas y remakes, eso ya es una victoria. Merece la pena, aunque solo sea por ver a Sophie Thatcher repartir justicia poética con la frialdad de un procesador y la furia de una mujer harta de que le digan lo que tiene que hacer.

Y tú, ¿confiarías en una IA para ser tu pareja ideal? ¿O crees que es el primer paso para nuestra propia extinción? ¡Deja tu opinión en los comentarios!

Ozzy Osbourne (1948-2025): Crónica de la muerte del Padrino del Heavy Metal

Ozzy Osbourne - Portada

Epílogo para una Leyenda: El Adiós a Ozzy Osbourne, el Príncipe que nos enseñó a amar la Oscuridad

Ficha del Artista: Ozzy Osbourne

  • Nombre Real: John Michael Osbourne
  • Nacimiento: 3 de diciembre de 1948, Marston Green, Warwickshire, Inglaterra
  • Fallecimiento: Julio, 2025
  • Apodos: The Prince of Darkness, The Godfather of Heavy Metal, The Madman
  • Bandas Principales: Black Sabbath, Carrera en solitario
  • Instrumento: Voz
  • Años de Actividad: 1967 – 2025
  • Legado: Considerado una de las figuras más influyentes y pioneras en la historia del heavy metal.
«A lo largo de mi vida, he sido un puto loco. Soy un milagro médico. Cuando muera, deberían donar mi cuerpo al Museo de Historia Natural.» – Ozzy Osbourne.

Admito que la noticia me ha dejado helado. Aunque todos sabíamos que este día llegaría, uno nunca está preparado para decir adiós a una leyenda, a un pilar fundamental de la música que ha definido gran parte de mi vida. Esta semana, el mundo del rock y del heavy metal se ha teñido de un luto profundo y sincero con la partida de John Michael «Ozzy» Osbourne. El Príncipe de las Tinieblas, el Padrino del Heavy Metal, ha emprendido su último viaje, dejando tras de sí un legado tan inmenso como controvertido, una estela de caos, genialidad y, sobre todo, un amor incondicional por parte de millones de fans que, como yo, crecimos bajo la sombra de su influencia.

Nacido en los 80, mi primer contacto con la música pesada fue a través de las ondas hertzianas y las cintas de cassette que rulaban de mano en mano. En ese ecosistema sonoro, había un nombre que resonaba con una fuerza casi mística: Black Sabbath. Y al frente de esa apisonadora sónica, una voz inconfundible, quejumbrosa y magnética que parecía canalizar todos los miedos y ansiedades de una generación. Esa era la voz de Ozzy. Escuchar «Black Sabbath», la canción, por primera vez, fue un rito de iniciación. Ese riff de Tony Iommi, lento y ominoso como una procesión fúnebre, y la voz de Ozzy narrando una visión de terror, fue la chispa que encendió la llama del heavy metal en mi interior.

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El impacto de Black Sabbath es incalculable. Ellos no inventaron el rock duro, pero sí le dieron su forma más oscura, densa y pesada. Discos como «Paranoid» o «Master of Reality» son la piedra angular sobre la que se construyó todo el edificio del metal. Canciones como «War Pigs», «Iron Man» o «Children of the Grave» no eran solo música; eran himnos de una juventud desencantada, crónicas de la guerra fría, la locura y la alienación social. Y en el centro de ese huracán sónico, Ozzy, con su carisma errático y su presencia escénica hipnótica, se erigía como el perfecto antihéroe.

Un joven Ozzy Osbourne con Black Sabbath

Sin embargo, como toda gran historia, la de Ozzy con Black Sabbath tuvo su final, o al menos, su primer gran final. Sus excesos, su alcoholismo y su comportamiento impredecible llevaron a su expulsión en 1979. Para muchos, podría haber sido el fin de su carrera. El cantante de la banda más grande de heavy metal, despedido y a la deriva. Pero aquí es donde la leyenda de Ozzy realmente comienza a forjarse, demostrando una capacidad de resiliencia casi sobrehumana.

Ayudado y dirigido por la que se convertiría en su esposa y manager, la infatigable Sharon Arden, Ozzy resurgió de sus cenizas de una manera espectacular. Su carrera en solitario no fue una mera continuación de su pasado; fue una reinvención, una explosión de creatividad que lo catapultó al estrellato de una manera que ni él mismo podría haber imaginado. Y la clave de ese éxito inicial tuvo un nombre propio: Randy Rhoads.

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El encuentro entre Ozzy y el joven guitarrista californiano fue una de esas alineaciones cósmicas que ocurren muy de vez en cuando en la historia de la música. Randy, con su formación clásica y su técnica deslumbrante, fue el contrapunto perfecto a la crudeza de Ozzy. Juntos, crearon dos de los álbumes más icónicos de la historia del heavy metal: «Blizzard of Ozz» (1980) y «Diary of a Madman» (1981). Temas como «Crazy Train», con su riff galopante y su solo estratosférico, o la majestuosidad neoclásica de «Mr. Crowley», definieron el sonido del metal de los 80. La trágica y prematura muerte de Randy en un accidente de avión en 1982 fue un golpe devastador, una herida que, creo, nunca llegó a cicatrizar del todo en el alma de Ozzy.

Ozzy Osbourne en su etapa en solitario

A pesar de la pérdida, Ozzy continuó. Su carrera estuvo marcada por la colaboración con guitarristas excepcionales, cada uno aportando su propio sabor a la música del Madman. Desde el blues rockero de Jake E. Lee en discos como «Bark at the Moon», hasta la llegada de otro pilar fundamental en su sonido: Zakk Wylde. Con Zakk, Ozzy encontró una nueva estabilidad creativa, un socio con el que forjó himnos de la talla de «No More Tears», una balada épica que demostraba que, detrás del personaje del Príncipe de las Tinieblas, había un artista capaz de una sensibilidad y una profundidad emocional sobrecogedoras.

Por supuesto, hablar de Ozzy es hablar también de sus sombras. Sus batallas contra la adicción, sus tristemente célebres incidentes (el murciélago, la paloma, el Alamo…), su imagen de bufón del metal que él mismo, a veces, parecía alimentar. La llegada del reality show «The Osbournes» a principios de los 2000 lo convirtió en una improbable estrella de la televisión, mostrando a un Ozzy vulnerable, a menudo confundido y balbuceante, una caricatura de sí mismo que, para muchos fans de la vieja guardia, fue difícil de digerir.

Sin embargo, creo que incluso en esa etapa, su humanidad, su torpeza y el innegable amor que profesaba por su familia, lo acercaron aún más a su público. Vimos al hombre detrás del mito, al padre y al marido, luchando con sus demonios a la vista de todos. Y eso, en lugar de disminuir su leyenda, la hizo más real, más tangible.

Ozzy Osbourne en sus últimos años

A lo largo de los años, su voz, castigada por décadas de excesos y el inevitable paso del tiempo, fue perdiendo parte de su potencia, pero nunca su esencia. Incluso en sus últimos trabajos, como «Ordinary Man» o «Patient Number 9», se podía sentir esa melancolía única, esa capacidad de sonar a la vez poderoso y frágil. Colaborando con una nueva generación de artistas, Ozzy demostró que su música seguía siendo relevante, que su influencia trascendía generaciones.

La relación del mundo del heavy metal con Ozzy ha sido siempre de un amor incondicional, casi paternal. Lo hemos visto caer y levantarse innumerables veces. Hemos celebrado sus triunfos y hemos lamentado sus tropiezos. Lo hemos defendido de las críticas de los puritanos y hemos explicado pacientemente a los no iniciados que detrás del maquillaje y las locuras, había un artista genuino, un pionero que, junto a sus compañeros de Black Sabbath, puso la primera y más importante piedra del género que amamos.

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Para mí, como para tantos otros que nacimos en los 80 y descubrimos el metal en nuestra adolescencia, Ozzy ha sido una constante. Su música ha sido la banda sonora de fiestas y de momentos de soledad, de viajes en coche y de noches de insomnio. Sus pósters han adornado nuestras paredes y sus camisetas han sido nuestro uniforme. Ha sido nuestro loco particular, nuestro padrino oscuro, el tipo que nos recordaba que estaba bien ser diferente, que en la oscuridad también se puede encontrar belleza y que, a pesar de todos los golpes, siempre se puede encontrar una razón para seguir adelante.

Hoy, el tren loco finalmente ha llegado a su última estación. El Príncipe de las Tinieblas descansa. Pero su música, su voz y su leyenda son eternas. El eco de su risa maníaca y el sonido de su voz quejumbrosa resonarán para siempre en los anales del rock. Nos deja un legado inmortal, un cancionero que seguirá inspirando a futuras generaciones de músicos y fans. El mundo es un lugar un poco más silencioso y mucho menos divertido sin él. Gracias por todo, Ozzy. Larga vida al Príncipe.

David Ayer dirige a Statham en «A working man»: una combinación explosiva.

Poster de Rescate Impecable

Ficha Técnica

  • Título original: Levon’s Trade
  • Año: 2025 (Previsto)
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: David Ayer
  • Guion: Sylvester Stallone. Novela: Chuck Dixon
  • Reparto: Jason Statham, David Harbour, Michael Peña, Jason Flemyng, Arianna Rivas
  • Productora: Balboa Productions, Cedar Park Studios
  • Género: Acción. Thriller. Secuestros / Desapariciones

«Levon Cade (Jason Statham) ha dejado atrás su antigua vida en las ‘profesiones oscuras’ para buscar una existencia sencilla como trabajador de la construcción y ser un buen padre para su hija. Sin embargo, cuando la hija adolescente de su jefe desaparece, se ve obligado a recurrir a las habilidades que lo convirtieron en una leyenda en el mundo de las operaciones encubiertas.»

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Statham: La fórmula que no falla

A estas alturas del partido, entrar a una sala de cine para ver una película de Jason Statham es como pedir tu plato favorito en el restaurante de siempre: sabes exactamente lo que vas a recibir, y precisamente por eso lo pides. «Rescate Impecable» (o «Levon’s Trade», como se la conoce en su título original) no viene a reinventar la rueda del cine de acción, ni lo pretende. Y ahí, amigos, reside su mayor virtud. Es una promesa honesta de testosterona, coreografías de combate brutales y un protagonista que resuelve problemas geopolíticos con la misma facilidad con la que tú y yo abrimos un bote de olivas.

La premisa es sencilla, casi un arquetipo del género. Tenemos a Levon Cade, un tipo duro con un pasado más oscuro que el café de madrugada, intentando llevar una vida normalita como obrero. Quiere ser un buen padre, alejarse del lío. Pero claro, el lío es como un ex tóxico: siempre vuelve. Cuando la hija de su jefe desaparece, a Levon no le queda más remedio que desempolvar el arsenal de habilidades que lo convirtieron en una leyenda urbana para las agencias de inteligencia. Es la clásica historia del hombre tranquilo al que obligan a volver a ser una máquina de matar. ¿Nos quejamos? Para nada.

Jason Statham en una escena de acción

Lo que hace especial a esta cinta, dentro de su predecible universo, es la mano de David Ayer en la dirección. Conocido por su estilo crudo y visceral en películas como «Sin Tregua» o «Corazones de Acero», Ayer le imprime a «Rescate Impecable» una pátina de realismo sucio que le sienta de maravilla. No estamos ante la acción limpia y casi de videojuego de otras franquicias. Aquí los golpes duelen, la sangre mancha y las consecuencias se sienten. Cada puñetazo, cada llave y cada tiroteo están coreografiados con una intención clara: mostrar la eficiencia letal de un profesional, sin adornos innecesarios.

Y en el centro de todo, como un sol de violencia contenida, está él: Jason Statham. Este hombre ha creado un personaje cinematográfico que trasciende sus películas. Ya se llame Arthur Bishop, Deckard Shaw o Levon Cade, sabemos que estamos ante el mismo tipo: un antihéroe con un código moral propio, inexpresivo pero carismático, y con una capacidad para el caos que ríete tú de un huracán. Statham no necesita grandes diálogos ni arcos dramáticos complejos. Su cuerpo es su instrumento, y su mirada, su guion. Transmite más con un ceño fruncido que muchos actores con un monólogo de cinco páginas.

La película avanza a un ritmo endiablado. No hay tiempo para el aburrimiento. La investigación de Levon para encontrar a la chica desaparecida se convierte en una excusa perfecta para encadenar una serie de set pieces de acción, cada una más espectacular que la anterior. Desde una pelea en un bar que acaba con más huesos rotos que mobiliario sano, hasta persecuciones en coche que desafían las leyes de la física y tiroteos en almacenes mugrientos que son pura poesía de la pólvora. David Ayer sabe filmar la acción de cerca, metiéndote en el meollo, haciéndote sentir el crujido de cada hueso.

Escena de tensión en Rescate Impecable

Un punto interesante es el guion, firmado nada menos que por Sylvester Stallone. Se nota la mano del viejo Sly, el amor por el cine de acción de los 80 y 90, donde los héroes eran tipos duros y de pocas palabras. La trama, basada en la novela de Chuck Dixon, es directa y sin florituras. No busca giros de guion imposibles ni subtramas que nos distraigan de lo importante: ver a Statham repartiendo estopa. Es una película que va al grano, que respeta al espectador y le da exactamente lo que ha venido a buscar.

El elenco secundario cumple su función a la perfección. David Harbour y Michael Peña aportan ese contrapunto necesario, ya sea como aliados reticentes o como antagonistas con carisma. Son buenos actores que entienden en qué tipo de película están y juegan a favor de obra, sin intentar robarle el foco al protagonista, pero enriqueciendo el universo de la cinta con su presencia. La química entre ellos y Statham funciona, creando momentos de tensión y, a veces, de un humor muy negro que se agradece.

Visualmente, «Rescate Impecable» es oscura y urbana. La fotografía resalta la sordidez de los bajos fondos en los que se mueve Levon. No hay paisajes bonitos ni puestas de sol. Todo es hormigón, neón y acero. Es un mundo hostil, y nuestro protagonista es el depredador alfa que se mueve por él. Esta estética ayuda a construir la atmósfera y a que nos creamos la brutalidad de lo que estamos viendo. No es una película «bonita», y eso es un cumplido.

Statham preparando su próximo movimiento

En definitiva, «Rescate Impecable» es un plato contundente y sabroso. Es puro cine de evasión, una montaña rusa de adrenalina que te atrapa desde el primer minuto y no te suelta hasta los créditos finales. No ganará un Oscar al mejor guion original, pero te dará una de las sesiones de cine más entretenidas del año. Es una celebración del héroe de acción clásico, un género que algunos daban por muerto pero que, gracias a titanes como Statham, sigue más vivo que nunca.

Si eres de los que disfrutan con una buena historia de venganza, con coreografías de lucha espectaculares y con un protagonista que es la personificación de la palabra «imparable», no lo dudes. «Rescate Impecable» es tu película. Es Statham haciendo lo que mejor sabe hacer, y nosotros, como espectadores, solo podemos sentarnos, disfrutar y dar las gracias porque sigan existiendo películas así: honestas, brutales y endiabladamente divertidas.

Pandora: La increíble construcción de mundo en la película Avatar

Avatar: El día que llegué tarde a la mayor fiesta del cine

Póster de la película Avatar

Ficha Técnica

  • Título original: Avatar
  • Año: 2009
  • Duración: 162 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: James Cameron
  • Guion: James Cameron
  • Música: James Horner
  • Fotografía: Mauro Fiore
  • Reparto: Sam Worthington, Zoe Saldaña, Sigourney Weaver, Stephen Lang, Michelle Rodriguez, Giovanni Ribisi
  • Productora: 20th Century Fox, Lightstorm Entertainment
  • Género: Ciencia ficción. Aventuras. Bélico. Romance | Extraterrestres. Ecologismo. 3-D
«Año 2154. Jake Sully, un ex-marine condenado a vivir en una silla de ruedas, sigue siendo, a pesar de ello, un auténtico guerrero. Y por eso ha sido designado para ir a Pandora, donde algunas empresas están extrayendo un mineral extraño que podría resolver la crisis energética de la Tierra. Para contrarrestar la toxicidad de la atmósfera de Pandora, se ha creado el programa Avatar, gracias al cual los seres humanos ‘conductores’ pueden conectar sus conciencias a un avatar, un cuerpo biológico controlado de forma remota que puede sobrevivir en el aire letal. Esos cuerpos han sido creadados con ADN humano, mezclado con ADN de los nativos de Pandora, los Na’vi.»
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=5PSNL1qE6VY&w=560&h=315]

A veces, uno llega tarde a las fiestas. Y no me refiero a llegar media hora después, sino a aparecer cuando ya han recogido, limpiado y solo queda el eco de la música. Eso es exactamente lo que me ha pasado con Avatar. Sí, en pleno 2024, he visto por primera vez la película que reventó las taquillas de todo el mundo en 2009. Y qué queréis que os diga, a pesar del riesgo de que el paso del tiempo le hubiera sentado mal, me he encontrado con una obra maestra que me ha volado la cabeza. Supongo que es la ventaja de no tener expectativas, de llegar virgen a una historia que todos conocían. Y mi veredicto es claro: James Cameron es un genio, y Avatar se ha colado de un salto en mi top 10 personal.

Lo primero que me atrapó, y es algo que me habéis oído decir muchas veces, es el alma de la película. Más allá de los efectos especiales, que incluso hoy, quince años después, siguen siendo espectaculares, está el mensaje. Un mensaje ecologista tan potente, tan radical y tan necesario que te golpea en la cara. La forma en que Cameron nos presenta Pandora, no como un simple escenario de ciencia ficción, sino como un ser vivo, un organismo interconectado donde cada planta, cada criatura, cada Na’vi forma parte de un todo (Eywa), es de una belleza abrumadora. La lucha de los Na’vi no es solo por su tierra; es una lucha por su madre, por la vida misma, contra la avaricia destructiva de los «hombres del cielo». Es imposible no sentirse interpelado.

Escena de los Na'vi en el bosque de Pandora

Recuerdo escuchar durante años las críticas que la tachaban de ser una versión de «Pocahontas en el espacio» o «Bailando con Lobos con pitufos gigantes». Y vale, sí, la estructura del guion es clásica. El soldado que se infiltra en la cultura enemiga y acaba enamorándose de ella y liderando su rebelión no es algo nuevo. Pero reducir Avatar a eso es de una simpleza insultante. Cameron utiliza ese arquetipo universal, esa estructura que sabemos que funciona, como un vehículo para contarnos algo mucho más grande. La usa para que podamos empatizar con Jake Sully y, a través de sus ojos, descubrir la magia de Pandora y la injusticia de la invasión humana. Es un esqueleto familiar que sostiene un cuerpo completamente nuevo y fascinante.

Hablemos del mundo. Pandora es, sin duda, uno de los universos mejor construidos de la historia del cine. No son solo los paisajes de bosques bioluminiscentes o las montañas flotantes «Hallelujah». Es la coherencia de su ecosistema. Los Banshees (Ikran) y su vínculo sagrado con los guerreros, los Direhorses, las plantas que se encogen al tacto… todo tiene un sentido. Cameron y su equipo no crearon un fondo bonito, crearon un planeta con sus propias reglas, su propia biología, su propia cultura. La lengua Na’vi, sus rituales, su conexión neuronal con la naturaleza a través de la «trenza»… todo está pensado al milímetro para que la inmersión sea total. Te crees Pandora, y por eso duele tanto ver cómo las excavadoras la arrasan.

El viaje del protagonista, Jake Sully, es otro de los pilares de la película. Es un personaje roto, un marine postrado en una silla de ruedas que ha perdido su propósito. El programa Avatar no solo le da unas piernas nuevas, le da una nueva vida, una razón para luchar. La dualidad entre su frágil cuerpo humano y su poderoso avatar Na’vi es una metáfora genial. En el mundo humano es un inválido, pero en Pandora es libre, fuerte y capaz de conectar con algo más grande que él mismo. Su transformación no es solo física, es espiritual. Pasa de ser un soldado que sigue órdenes a ser un líder que defiende sus conviciones, encontrando su verdadera identidad en un cuerpo que, teóricamente, no es el suyo.

Jake Sully como Avatar Na'vi

Y claro, no podemos olvidar la tecnología. Viendo la película en una buena pantalla en casa, no puedo ni empezar a imaginar lo que tuvo que ser la experiencia original en 3D en 2009. Debió ser una auténtica revolución, algo nunca visto. Pero lo increíble es que, quitando ese factor sorpresa, los efectos visuales siguen aguantando el tipo de una manera asombrosa. La integración del CGI con los personajes y escenarios es tan perfecta que nunca sientes que estás viendo un efecto digital. Los Na’vi tienen peso, sus expresiones son increíblemente detalladas y sus movimientos son fluidos. James Cameron no usó la tecnología como un truco, sino como una herramienta para contar su historia, para hacer tangible el mundo que había imaginado durante años. Y eso, amigos, es la diferencia entre un artesano y un verdadero artista.

El coronel Miles Quaritch merece una mención aparte. Es el villano perfecto para esta historia. No es un malo de opereta, es un personaje con una lógica interna aplastante, aunque sea una lógica terrible. Él representa lo peor de la humanidad: la arrogancia, la creencia de que la fuerza da la razón y el desprecio absoluto por todo lo que no se puede explotar o destruir. Sus discursos, su cicatriz, su forma de ver a los Na’

Heretic: Análisis del thriller teológico que desafía tu fe

Poster de la película Heretic

Ficha Técnica

  • Título Original: Heretic
  • Dirección: Scott Beck y Bryan Woods
  • Guion: Scott Beck y Bryan Woods
  • Reparto: Hugh Grant, Sophie Thatcher, Chloe East, Topher Grace
  • País: Estados Unidos
  • Año: 2024
  • Duración: 110 min.
  • Género: Terror, Thriller Psicológico
  • Distribuidora en España: DeAPlaneta

Sinopsis

«Dos jóvenes misioneras se proponen convertir a un hombre excéntrico, el Sr. Reed. Lo que comienza como una visita rutinaria para discutir sobre la fe, pronto se convierte en un peligroso juego de gato y ratón. Atrapadas en su hogar, las jóvenes descubren que el Sr. Reed las obligará a cuestionar sus propias creencias en un laberinto mortal donde cada elección podría ser la última.»

Tráiler

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Crítica

Hay películas que ves y olvidas al día siguiente, y luego hay películas como «Heretic». Esas que se te clavan en el cerebro y no te sueltan. Desde que vi el tráiler, supe que esta no era la típica cinta de sustos fáciles. Scott Beck y Bryan Woods, los genios que nos mantuvieron en silencio con «A Quiet Place», regresan, pero esta vez el terror no está en el sonido, sino en las ideas, en la fe y, sobre todo, en la perversión de la misma. Y en el centro de todo, un Hugh Grant que ha decidido colgar su sombrero de galán de comedia romántica para convertirse en una de las presencias más inquietantes que he visto en una pantalla en años.

La premisa es sencilla, casi teatral. Dos misioneras, interpretadas con una vulnerabilidad y fuerza creíbles por Sophie Thatcher y Chloe East, llegan a la puerta de un hombre para hablar de Dios. Pero este hombre, el Sr. Reed, no es un converso potencial. Es un coleccionista de creencias, un arquitecto de laberintos psicológicos. Hugh Grant lo encarna con una amabilidad superficial que esconde un abismo de malevolencia. Su encanto británico, ese que nos enamoró en los 90, se retuerce aquí en algo siniestro. Cada sonrisa, cada pregunta cortés, es una trampa. Es una clase magistral de cómo usar un arquetipo actoral para destruirlo y construir algo nuevo y aterrador.

Escena de la película Heretic

Lo que hace que «Heretic» sea tan efectiva es que no te ataca con monstruos, sino con dilemas. El Sr. Reed no quiere matar a sus víctimas (al menos no al principio), quiere romperlas. Quiere demostrar una tesis: que la fe es la herramienta de control definitiva. Las encierra en su casa, que es menos un hogar y más un tablero de juego existencial. Les da a elegir entre dos puertas: «Creencia» y «No Creencia». Y es aquí donde la película te agarra. ¿Qué harías tú? La elección parece simple, pero en el universo de Reed, ninguna salida es segura. Es una metáfora brillante sobre el libre albedrío y la predestinación, sobre si nuestras decisiones realmente importan cuando el sistema está amañado.

El guion es denso, lleno de diálogos que son duelos intelectuales. El Sr. Reed les da lecciones sobre la historia de las religiones, argumentando que todas son versiones de una idea primigenia: el control. Y mientras lo hace, la tensión se mastica. La casa se vuelve claustrofóbica, un personaje más. La dirección de fotografía de Chung-hoon Chung, que ya nos maravilló en «Oldboy», juega con las sombras y los espacios cerrados para crear una sensación de agobio constante. No necesitas ver la amenaza para sentirla en cada rincón de la casa, en cada palabra de Grant.

No es una película de terror al uso. Es un thriller teológico. Te hace pensar en tu propia relación con la fe, sea cual sea. ¿Creemos por convicción o por miedo? ¿Nuestra moralidad depende de un poder superior o es algo inherente a nosotros? La película no da respuestas fáciles. De hecho, te deja con más preguntas que al principio, y eso, para mí, es la marca de una obra inteligente. Te obliga a participar en el debate, a posicionarte, y te inquieta al mostrarte lo frágiles que pueden ser nuestras convicciones más profundas cuando se enfrentan a una mente brillante y retorcida.

Hugh Grant en Heretic

El desarrollo de los personajes de las dos misioneras es fantástico. No son simples víctimas. Tienen sus propias dudas, sus propias crisis de fe incluso antes de entrar en esa casa. Una es más devota y confiada, la otra más pragmática y escéptica. Esta dinámica interna es el motor que impulsa su lucha por la supervivencia, no solo física, sino espiritual. Tienen que usar su propio conocimiento de la fe para intentar contrarrestar los argumentos de Reed, convirtiendo la película en una batalla de escrituras y voluntades.

El clímax de la película es una auténtica locura. Cuando crees que has entendido el juego, Reed cambia las reglas. Los giros de guion no son gratuitos; cada uno profundiza en la tesis central de la película. El descubrimiento final sobre la naturaleza del «laberinto» y el propósito real del Sr. Reed es desolador y brillante a partes iguales. Es una bofetada de realidad sobre la naturaleza humana y nuestra necesidad de controlar a los demás, la raíz, según la película, de toda religión organizada.

Hugh Grant se merece todos los premios que le puedan dar. Es una transformación total. Olvida al tipo de «Notting Hill». Este es un Grant que se deleita en la oscuridad, que encuentra el terror en la calma y la erudición. Su actuación es tan magnética que, a pesar de ser el villano, no puedes apartar la vista de él. Es un monstruo, sí, pero un monstruo con una lógica impecable (dentro de su locura), y eso lo hace aún más aterrador.

Las protagonistas de Heretic

En definitiva, «Heretic» es una joya. Es cine de terror para adultos, de ese que te perturba a un nivel intelectual y emocional. No es para todos los públicos; si buscas sustos y sangre, quizás te decepcione. Pero si buscas una película que te desafíe, que te haga pensar y que te deje temblando no por lo que ves, sino por las ideas que planta en tu cabeza, entonces has encontrado tu próxima obsesión. Es una voladura de cabeza, un viaje sofisticado a los rincones más oscuros de la fe y la psique humana. Una película necesaria en tiempos donde el dogma y el control parecen estar más presentes que nunca.

Análisis de «La locura»: Un Thriller Psicológico sobre Paranoia y Posverdad

Póster oficial de La locura (The Madness) de Netflix

Ficha Técnica

  • Título: La locura (The Madness)
  • Plataforma: Netflix
  • Año: 2024
  • Creador: Stephen Belber
  • Reparto Principal: Colman Domingo, Marsha Stephanie Blake, John Ortiz
  • Género: Thriller Psicológico, Drama de Conspiración

Sinopsis Oficial

El experto en medios de comunicación Muncie Daniels debe limpiar su nombre después de tropezar con un asesinato […], mientras intenta desentrañar una conspiración que llega hasta las más altas esferas del poder.

Tráiler en Castellano

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=5ltsblv-ifc]

Análisis a Fondo de «La locura»: Anatomía de un Derrumbe

En el vasto y a menudo saturado catálogo de Netflix, surgen ocasionalmente obras que trascienden el mero entretenimiento para convertirse en espejos incómodos de nuestra realidad. «La locura» (The Madness) es una de esas series. Lo que a primera vista parece un thriller de conspiración más, se revela como un profundo y asfixiante estudio sobre la verdad, la percepción y la fragilidad de la cordura en un mundo que ha decidido que ya no le importa la diferencia. Anclada por una interpretación magistral y generacional de Colman Domingo, esta miniserie de ocho episodios no solo te mantendrá en vilo, sino que te obligará a cuestionarlo todo. Es televisión de prestigio, de esa que exige un análisis detallado y que dialoga directamente con los grandes dramas psicológicos y los thrillers políticos de la historia del cine.

El pilar sobre el que se erige toda la estructura es, y debe decirse sin hipérboles, la interpretación generacional de Colman Domingo como Muncie Daniels. Estamos ante un actor en estado de gracia, capaz de comunicar universos enteros con un simple gesto. Domingo no interpreta la paranoia; la encarna. Su transformación es un estudio meticuloso del derrumbe humano: desde la confianza y el carisma del experto mediático hasta la bestia acorralada que mira por encima del hombro en cada esquina. Analiza su fisicalidad: la tensión en sus hombros, la forma en que sus ojos exploran cada habitación buscando rutas de escape o amenazas ocultas, los micro-gestos de pánico que reprime en público para mantener una fachada de normalidad. Es una actuación que se construye tanto en los silencios —cargados de un torbellino de pensamientos— como en los estallidos de furia y desesperación, los cuales nunca se sienten impostados. Domingo nos muestra un hombre que se aferra a la lógica en un mundo ilógico, y su lucha es tan convincente que nos arrastra con él a su abismo personal.

Esta interpretación se ve magnificada por la soberbia dirección de Clément Virgo. En lugar de optar por un ritmo frenético y una acción constante, Virgo elige la cocción lenta, construyendo una atmósfera de pavor casi insoportable que recuerda a las obras de Alan J. Pakula. Su cámara es una entidad subjetiva que se niega a darnos un respiro, pegándose a Muncie, utilizando primeros planos agobiantes y enfoques selectivos que nos atrapan junto a él. El sonido es otro personaje: el zumbido de una luz fluorescente, el crujido de las hojas en el bosque, un teléfono que vibra en una mesa… todo se amplifica para crear un paisaje sonoro que alimenta la paranoia, haciendo que el espectador dude de lo que oye, al igual que Muncie. El contraste visual entre la frialdad de los espacios urbanos, de líneas rectas y asépticas, y la caótica y orgánica amenaza del bosque, sirve como una brillante metáfora visual del conflicto interno del protagonista: la lucha entre su mente racional y los instintos primarios que la conspiración despierta en él.

Escena de Colman Domingo en La locura, reflejando paranoia.
La dirección nos sumerge por completo en la perspectiva de Muncie.

El guion, firmado por Stephen Belber, es una pieza de ingeniería narrativa. La conspiración se desvela gradualmente, con giros que, en su mayoría, se sienten ganados y no efectistas. Pero el verdadero triunfo del libreto no es el «qué» de la conspiración —que, aunque interesante, podría pecar de enrevesado en su tramo final—, sino el «cómo» afecta a sus personajes. La trama funciona como una autopsia brutal de la «verdad» en el siglo XXI. Expone con una precisión quirúrgica cómo los hechos objetivos se han vuelto irrelevantes frente al poder de una narrativa bien construida y repetida hasta la saciedad. La gran ironía de que Muncie sea un experto en medios que ahora es víctima de ellos, es el corazón temático de la serie: nos advierte sobre la fragilidad de nuestra propia reputación en un mundo donde un vídeo descontextualizado o un tuit malicioso pueden redefinir quiénes somos sin nuestro consentimiento. La serie se convierte así en un heredero directo de films como «La Red» o «Enemigo Público», pero actualizando el pánico tecnológico a la era de la desinformación masiva.

«La locura» se atreve a ser profundamente política, y lo hace explorando el racismo sistémico no como un tema secundario o una cuota de corrección, sino como el lubricante que permite que la maquinaria de la conspiración funcione tan eficazmente. La identidad racial de Muncie es instrumentalizada por sus enemigos. Ellos saben, con un cinismo aterrador, que un hombre negro reaccionando con ira y miedo ante una amenaza mortal encaja perfectamente en los prejuicios de una sociedad que está predispuesta a verlo como inherentemente inestable o peligroso. La serie plantea una pregunta devastadora: ¿sería la historia diferente si el protagonista fuera blanco? La respuesta es un silencio atronador que resuena en cada escena, denunciando la «brecha de credibilidad» que sufren las minorías. No se trata solo de que no le crean; se trata de que el sistema está diseñado para no creerle.

Escena de tensión y conflicto en la serie La locura.

De manera paralela y con igual inteligencia, la ficción aborda el estigma de la salud mental. El historial médico de Muncie, sus episodios de ansiedad, se convierte en el arma definitiva para desacreditarlo, un concepto conocido como «gaslighting» llevado a su máxima expresión. Cada una de sus reacciones lógicas ante una situación de peligro mortal es inmediatamente filtrada a través de su diagnóstico para invalidarla. «Está teniendo un episodio», dicen. «Es parte de su paranoia». Esta táctica es una crítica feroz a nuestra tendencia a simplificar y patologizar comportamientos complejos, y a la facilidad con la que usamos la etiqueta de «loco» para desestimar verdades que nos resultan incómodas. La serie nos fuerza a ocupar ese espacio de duda junto a él, a preguntarnos si nosotros mismos no empezaríamos a cuestionar nuestra cordura en circunstancias similares.

En este torbellino, el ancla emocional es la relación de Muncie con su esposa, Cami (una magnífica Marsha Stephanie Blake). Ella representa al espectador: dividida entre el amor incondicional por su marido y la duda sembrada por una campaña de desprestigio perfectamente orquestada. Su personaje evita el cliché de la «esposa sufridora» para convertirse en una agente activa de la trama, cuya propia investigación y decisiones son cruciales. Las escenas que comparten son un oasis de humanidad en medio de la paranoia, mostrando la erosión de la confianza y el esfuerzo titánico por mantenerla a flote. A su lado, la figura de John Ortiz, como un viejo amigo de lealtad ambigua, añade otra capa de desconfianza y complejidad al círculo íntimo del protagonista, haciéndonos dudar de absolutamente todos los que le rodean.

Colman Domingo y Marsha Stephanie Blake en una escena clave de La locura.
La relación del matrimonio es el corazón emocional de la serie.

En conclusión, «La locura» es una obra mayor. Un thriller de conspiración que bebe de los clásicos de los 70 como «La conversación» o «Los tres días del Cóndor», pero que actualiza sus temas para la era digital con una pertinencia escalofriante. Es una serie exigente, que no ofrece respuestas fáciles y que confía en la inteligencia del espectador. Aunque su trama pueda volverse compleja, nunca pierde de vista su núcleo: el retrato de un hombre bueno en un mundo enfermo. Es una producción imprescindible, una de esas raras joyas que justifican la suscripción a una plataforma y que se quedan resonando en tu mente mucho después de que los créditos finales hayan terminado. Es una serie que duele, que incomoda y que, precisamente por eso, es absolutamente necesaria y se eleva como uno de los lanzamientos más importantes del año.

AC/DC en Madrid: Una Apisonadora de Rock and Roll en Directo

AC/DC en Madrid: La Noche en que el Rock and Roll se Hizo Eterno

Hay noches que te marcan a fuego, que se incrustan en tu ADN y se convierten en un pilar fundamental de tu biografía emocional. El 16 de julio de 2026 fue una de esas noches. No fue un simple concierto. Fue una catarsis, la culminación de un viaje de 25 años, una cita con el destino que tenía pendiente desde que era un crío con más sueños que altura. Esa noche, en el corazón de Madrid, en un Riyadh Air Metropolitano que rugía como una bestia mitológica, cumplí uno de los anhelos más profundos de mi alma rockera: ver a AC/DC en directo.

Y no, no me malinterpretéis. No fui a ver a una banda. Fui a presentar mis respetos a los sumos sacerdotes del rock and roll, a los titanes que pusieron banda sonora a mi adolescencia, a los arquitectos de los riffs que me enseñaron que la vida, a veces, solo necesita tres acordes y un estribillo coreado a pleno pulmón para ser perfecta. Porque AC/DC no es solo música. Es una actitud, una religión, una forma de entender el mundo. Y esa noche, comulgué como el más devoto de los feligreses.

AC/DC en concierto

Un Viaje de 25 Años hacia la Tierra Prometida del Rock

Para entender la magnitud de lo que viví, tenéis que viajar conmigo al año 2000. En un mundo sin Spotify, sin YouTube, sin la inmediatez de la era digital, descubrir música era una aventura, una odisea. Y yo, con 12 años, me embarqué en la más grande de todas. Mientras mis amigos se dejaban seducir por los cantos de sirena del pop prefabricado, yo encontré un tesoro, un artefacto de otra galaxia: el «Stiff Upper Lip» de AC/DC. Aquel disco, con su portada desafiante y su sonido crudo, sin aditivos, fue una revelación. Temas como el que da título al álbum, «Safe in New York City» o el himno «All Screwed Up» se convirtieron en mi evangelio. Eran directos, honestos, sucios y, sobre todo, reales. El rock se convirtió en mi refugio, en la barca confortable y fiable que me guiaría a través de las turbulentas aguas de la adolescencia. Y en esa barca, AC/DC eran los capitanes.

A partir de ahí, todo fue tirar del hilo. Descubrí «Back in Black», «Highway to Hell», «Let There Be Rock»… cada disco era un nuevo mandamiento, cada canción una lección de vida. Me aprendí los solos de Angus, imité los bailes espasmódicos, soñé con la gorra de Brian Johnson. Crecí con ellos. Me enamoré con ellos. Me divertí con ellos. Me enfrenté al mundo con ellos. Y siempre, en el fondo de mi corazón, anidaba el mismo sueño: verlos en directo. Un sueño que, por azares de la vida, se fue postergando una y otra vez, convirtiéndose en una espina clavada, en una cuenta pendiente conmigo mismo. Hasta esa noche. Esa bendita noche del 16 de julio de 2026.

El Templo del Rock: Un Metropolitano Vestido de Negro

Llegar al Metropolitano fue como llegar a La Meca. Un mar de camisetas negras, de cuernos de diablo, de parches con el logo de la banda. Hermanos de sangre que, sin conocernos de nada, compartíamos el mismo código, la misma fe. Se respiraba una camaradería especial, esa que solo se encuentra en los grandes eventos, en las citas con la historia. Había gente de todas las edades, padres con hijos, abuelos con nietos, demostrando que el legado de AC/DC es intergeneracional, inmortal. La electricidad en el ambiente era palpable, una energía contenida que amenazaba con estallar en cualquier momento.

Y para calentar aún más el ambiente, tuvimos unos teloneros de auténtico lujo. He de admitir que no los tenía tan controlados, pero The Pretty Reckless fueron una sorpresa mayúscula y gratificante. La banda suena potente, con un hard rock moderno y lleno de garra, pero la que se roba el show es ella: Taylor Momsen. Qué animal escénico. Posee una presencia magnética y una voz absolutamente brutal, rota y poderosa, que te golpea directamente en el pecho. Fueron el aperitivo perfecto, dejando el listón altísimo y demostrando que el futuro del rock con voz femenina está en muy buenas manos.

Angus Young en directo

Los Dioses del Trueno Descienden sobre Madrid

Tras la magnífica actuación de los teloneros, las luces se apagaron. Un rugido ensordecedor sacudió los cimientos del estadio. Y entonces, en las pantallas gigantes, el vídeo introductorio. El tren del rock and roll, desbocado, a punto de descarrilar. Y de repente, el primer acorde. Un sonido atronador, nítido, perfecto. «If You Want Blood (You’ve Got It)». No podía ser de otra manera. Una declaración de intenciones en toda regla. Y ahí estaban ellos. Brian, con su voz de lija y su sonrisa pícara. Cliff, impertérrito, marcando el ritmo con una precisión quirúrgica. Stevie, siguiendo la estela de su tío Malcolm con una solvencia impecable. Matt, aporreando la batería como si no hubiera un mañana. Y Angus. Dios mío, Angus. Con su uniforme de colegial, su Gibson SG y esa energía endiablada que parece no tener fin. Verlo correr, saltar, contorsionarse… es un espectáculo en sí mismo. Un torbellino de rock and roll en estado puro.

Un Setlist Forjado en la Historia del Rock

El repertorio fue un regalo, un viaje a través de las diferentes épocas de la banda. Eché en falta alguna joya, es cierto. Pero con una discografía tan extensa, es imposible contentar a todo el mundo. Aun así, el setlist fue una ametralladora de himnos:

  • If You Want Blood (You’ve Got It)
  • Back in Black
  • Demon Fire
  • Shot Down in Flames
  • Thunderstruck
  • Have a Drink on Me
  • Hells Bells
  • Shot in the Dark
  • Stiff Upper Lip
  • Highway to Hell
  • Shoot to Thrill
  • Sin City
  • Givin the Dog a Bone
  • Dirty Deeds Done Dirt Cheap
  • High Voltage
  • Riff Raff
  • You Shook Me All Night Long
  • Whole Lotta Rosie
  • Let There Be Rock

Encore:

  • T.N.T.
  • For Those About to Rock (We Salute You)

Pero hubo tres momentos que, para mí, destacaron por encima del resto. El primero, «Shoot to Thrill». Esa canción tiene algo especial, una energía desbordante que te obliga a saltar, a gritar, a dejarte la garganta. Ver a Angus desatado, recorriendo el escenario de punta a punta mientras Brian cantaba eso de «I’m gonna pull the trigger»… fue épico. Aquí tenéis una pequeña muestra de esa locura:

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=DDfZNgEpeIQ?si=D6IfaTABsTVRTKFG&w=560&h=315]

El segundo, como no podía ser de otra manera, «Highway to Hell». El himno por excelencia. El estadio entero, al unísono, cantando ese estribillo que es ya patrimonio de la humanidad. Las llamas en el escenario, los cuernos rojos parpadeando en la oscuridad… fue un momento de comunión absoluta, de catarsis colectiva. Todos éramos uno, cantando a pleno pulmón en esa autopista hacia el infierno. Inolvidable.

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=xX7rVU3SA8E?si=QRgAKvkn8NdxuJ7A&w=560&h=315]

Y el tercero, el más personal, el que me tocó la fibra sensible: «Stiff Upper Lip». Escuchar en directo la canción que me abrió las puertas de su universo fue como cerrar un círculo, como saldar una deuda conmigo mismo. El blues corre por las venas de esa canción, y ver a Angus disfrutar con cada nota, a Brian cantando con esa chulería tan suya… fue un regalo. Un regalo que tardé 25 años en recibir, pero que mereció cada segundo de espera.

Brian Johnson y Angus Young juntos en el escenario

Angus y Brian: Las Llamas Eternas del Rock and Roll

Podría pasarme horas hablando de cada miembro de la banda, pero la realidad es que AC/DC, hoy por hoy, son Angus y Brian. Son el alma, el corazón y los pulmones de este monstruo de cinco cabezas. Lo de Angus es de otro planeta. Con 71 años, sigue siendo el colegial más gamberro del rock. No para quieto ni un segundo, su energía es contagiosa. Y su solo en «Let There Be Rock»… eso no fue un solo, fue un exorcismo. Angus, poseído por el espíritu del rock and roll, llevándonos a todos al éxtasis. Y Brian… Brian es la personificación de la resiliencia. Después de sus problemas de audición, nadie daba un duro por su regreso. Y ahí está, cantando mejor que nunca, con una humildad y una cercanía que desarman. Son dos leyendas vivas, dos titanes que se niegan a apagar la llama. Y nosotros, los mortales, solo podemos darles las gracias por ello.

El Legado de AC/DC: Más que Música, una Actitud ante la Vida

Y ahora, con la resaca emocional de esa noche histórica, me atrevo a reafirmarme en lo que dije al principio: AC/DC es la banda más grande de la historia del rock and roll. Y no, no es una hipérbole fruto de la emoción. Es una convicción. ¿Por qué? Porque son la esencia del rock. No hay artificios, no hay postureo, no hay dobles lecturas. Solo hay cinco tíos sobre un escenario, con sus instrumentos, haciendo lo que mejor saben hacer: rock and roll. Un rock and roll honesto, directo, sin fisuras. Un rock and roll que te hace sentir vivo. Los Rolling son majestuosos, Zeppelin son virtuosos, pero AC/DC… AC/DC son la puta calle. Son el sudor, la cerveza, la fiesta. Son el recordatorio de que, a veces, las cosas más sencillas son las más efectivas. Y en un mundo cada vez más complejo y artificial, su mensaje es más necesario que nunca.

El Encore: Un Último Rugido y la Promesa de la Eternidad

Y cuando pensábamos que ya no podíamos más, que nuestro cuerpo no aguantaba ni un decibelio más, llegaron los bises. «T.N.T.». Dinamita pura. Y para rematar, «For Those About to Rock (We Salute You)». Los cañones, el estruendo, la apoteosis final. Un final a la altura de su leyenda. Mientras el humo de la pólvora se disipaba, miré a mi alrededor. Caras de felicidad, de agotamiento, de emoción. Lágrimas en los ojos de muchos. Abrazos entre desconocidos. Todos éramos conscientes de que habíamos vivido algo único, algo que contaríamos a nuestros nietos. Habíamos sido testigos de la historia. Habíamos saludado a los que, sin duda, están a punto de rockear por toda la eternidad.

Salí del Metropolitano afónico, sudoroso, con un pitido en los oídos que me duraría días. Pero con una sonrisa de oreja a oreja y el corazón lleno. Porque esa noche, el niño de 12 años que descubrió «Stiff Upper Lip» cumplió su sueño. Y el adulto de casi 40 que salió del concierto, se sintió, por unas horas, inmortal. Gracias, AC/DC. Por la música, por la energía, por la pasión. Por ser la banda sonora de mi vida. For those about to rock… I salute you.

Rebel Ridge: Crítica de un Viaje a la Corrupción en la América Profunda

@import url(‘https://fonts.googleapis.com/css2?family=Figtree:wght@700&family=Onest:wght@400;500&display=swap’); Póster de Rebel Ridge

Título original: Rebel Ridge

Año: 2024

Duración: 131 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Jeremy Saulnier

Guion: Jeremy Saulnier

Música: Brooke Blair, Will Blair

Fotografía: David Gallego

Reparto: Aaron Pierre, Don Johnson, AnnaSophia Robb, James Cromwell

Género: Thriller. Acción. Intriga | Neo-western

Un exmarine que necesita dinero para poner en libertad bajo fianza a su primo se ve implicado en una gran conspiración cuando se enfrenta a un departamento de policía corrupto en un pequeño pueblo de los Apalaches.

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Cuando el cine de acción te da más de lo que pides

Hay películas que llegan sin hacer mucho ruido, que se cuelan en el catálogo de Netflix una tarde cualquiera y que, si les das una oportunidad, te vuelan la cabeza. Reconozco que me senté a ver Rebel Ridge esperando un thriller de acción más o menos convencional. Un tipo duro, un pueblo corrupto, muchos tiros y poco más. La fórmula la conocemos de memoria. Sin embargo, lo que me encontré fue una grata, gratísima sorpresa. La cinta de Jeremy Saulnier (el genio detrás de Blue Ruin y Green Room) es mucho más que eso: es un neo-western tenso, violento y con un subtexto social que le da una profundidad inesperada y muy necesaria.

La historia nos presenta a Terry Richmond, interpretado por un magnífico Aaron Pierre. Terry es un veterano de la Marina que llega al pequeño pueblo de Shelby Springs con un único objetivo: reunir el dinero para pagar la fianza de su primo. Es un hombre honesto, de andares tranquilos pero con una mirada que denota un pasado complejo. Desde el primer minuto en que pone un pie en el pueblo, las cosas se tuercen. La policía local, liderada por un intimidante Don Johnson en el papel del jefe de policía Sandy, le confisca el coche de forma injusta. Este simple acto de abuso de poder es la chispa que enciende una mecha que no tardará en explotar, destapando una red de corrupción sistémica que ahoga a toda la comunidad.

Escena de Rebel Ridge

Lo que Saulnier hace con maestría es construir la tensión poco a poco, casi de forma artesanal. No estamos ante una película de acción frenética desde el minuto uno. Al contrario, se toma su tiempo para presentarnos a los personajes, para que sintamos la atmósfera opresiva del lugar y la impotencia de su protagonista. Aaron Pierre es el ancla emocional de la película. Su interpretación es contenida pero llena de fuerza. Vemos en él a un hombre bueno empujado a sus límites, un individuo que solo quiere hacer lo correcto en un mundo que parece diseñado para castigar precisamente eso. Su lucha no es solo por el dinero de la fianza, sino por su propia dignidad frente a un sistema que lo ve como un problema, en parte, por el color de su piel.

Y aquí es donde Rebel Ridge eleva el listón. La película no tiene miedo de señalar el componente racial de la historia. Terry no es solo un forastero; es un forastero negro en un pueblo predominantemente blanco del sur de Estados Unidos. Los abusos que sufre, las miradas de desconfianza, la facilidad con la que se le acusa y arrincona… todo tiene una capa adicional de lectura social. No es un panfleto, sino un retrato crudo y realista de cómo el poder y el prejuicio se entrelazan. Saulnier lo integra en la narrativa de forma orgánica, haciendo que la lucha de Terry sea aún más poderosa y universal.

Aaron Pierre en Rebel Ridge

Cuando la acción finalmente estalla, es brutal, seca y contundente. Las secuencias de tiroteos y persecuciones están coreografiadas con una precisión milimétrica, huyendo de la espectacularidad vacía para centrarse en un realismo visceral que te pega a la butaca. Cada bala duele, cada golpe se siente. La cámara de David Gallego nos sumerge de lleno en el caos, haciéndonos sentir la desesperación y la adrenalina del momento. Es en estos momentos donde el pasado militar de Terry sale a relucir, transformándolo en una máquina de supervivencia letal, pero sin perder nunca su humanidad. No es un superhéroe, es un hombre superado por las circunstancias que se niega a rendirse.

Por supuesto, no todo es perfecto. Quizás su duración, de más de dos horas, podría haberse ajustado ligeramente en su tramo intermedio, donde el ritmo decae un poco antes de la apoteosis final. Algunos personajes secundarios, como el interpretado por AnnaSophia Robb, quedan algo desdibujados y nos habría gustado conocer más sobre ellos. Sin embargo, son pequeños detalles que no empañan el resultado final. La interpretación de Don Johnson como el villano de la función es simplemente magnifica, un malo carismático y despreciable a partes iguales, y el veterano James Cromwell aporta su habitual dosis de clase en un papel clave.

Don Johnson en Rebel Ridge

En definitiva, Rebel Ridge es un thriller de acción ejemplar. Una película que te agarra desde el principio y no te suelta, que combina entretenimiento de primera con una reflexión inteligente sobre la corrupción, la justicia y la desigualdad. Es la prueba de que se puede hacer cine de género con cerebro y corazón, que te haga vibrar de emoción pero también te deje pensando. Una de esas joyas inesperadas que te reconcilian con las producciones de plataforma y que, sin duda, se va a colar en mi lista de lo mejor del año.

Y tú, ¿ya la has visto? ¿Crees que el cine de acción necesita más películas como esta?
¡Te leo en los comentarios!

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