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Entre la memoria y la rabia, La virgen roja irrumpe como un latigazo emocional que nos recuerda lo incómodo que puede ser mirarnos en el espejo de nuestra propia historia. Paula Ortiz vuelve a demostrar que la épica y la intimidad no son polos opuestos, sino vasos comunicantes de un mismo torrente vital. 🌹✨⚡
🍿❤️🔥📽️ Esta cinta —brillante y desasosegante a partes iguales— pone a Najwa Nimri en la encrucijada de un personaje obsesionado con la perfección, mientras Alba Planas encarna a la hija‑prodigio que se resiste a ser moldeada como una estatua de carne. Madre e hija se baten en duelo y nosotros, espectadores, nos convertimos en testigos incómodos de un crimen anunciado. 💔🔪🕰️
⭐🚪💥 Los pasillos polvorientos del Madrid republicano se abren de par en par gracias a la fotografía de Pedro J. Márquez, que filtra la luz como si supiera que cada destello es un recuerdo a punto de oscurecerse. La banda sonora de Guille Galván funciona como un segundo latido, recordándonos que la belleza puede doler. 🎶🩸🌑
👁️🗨️🧐📜 Basada en hechos reales, la historia de Aurora e Hildegart habla de ciencia, feminismo y libertad sexual… pero también de la línea roja que separa el idealismo del fanatismo. No hay moralinas fáciles; hay preguntas que escuecen y silencios que rugen. 🌪️🕊️🩶
🤔👉🏼🎟️ Si buscas una película que te haga tragar saliva y repasar tu propio concepto de «progreso», corre al cine. Verás que algunas heridas tardan casi un siglo en cicatrizar… y que otras acaban de reabrirse. ¿Te atreves a mirarlas de frente? ✊🏼💬🎬
Ficha técnica
Título original: La virgen roja (The Red Virgin)
Año: 2024 • Duración: 114 min • País: España / EE. UU. • Idioma: Español
Dirección: Paula Ortiz
Guion: Eduard Solà, Clara Roquet
Fotografía: Pedro J. Márquez
Música: Guille Galván
Montaje: Pablo Gómez‑Pan
Producción: María Zamora, Stefan Schmitz • Amazon MGM Studios / Elastica Films / Avalon PC
Reparto principal: Najwa Nimri, Alba Planas, Aixa Villagrán, Patrick Criado, Pepe Viyuela
Concebida por su madre Aurora para ser “la mujer del futuro”, la brillante Hildegart Rodríguez lucha por sacudirse el férreo control materno en la convulsa España de 1933, desencadenando una tragedia que marcó la crónica negra y el feminismo de su tiempo.
Hay películas que se sienten como un disparo en mitad de la siesta colectiva. La virgen roja es una de ellas. Desde su primera escena —una hilera de taquígrafos golpeando el teclado al ritmo marcial de las ideas “nuevas”— Paula Ortiz nos invita a un viaje que oscila entre el claroscuro pictórico y la revisión historiográfica más descarnada. La historia de Aurora Rodríguez y su hija Hildegart es tan conocida en archivos criminales como ignorada en la conciencia popular; Ortiz decide iluminarla con la intensidad de un foco teatral, abrazando su dimensión trágica y humana sin temor a la exageración poética.
La puesta en escena se construye sobre dos planos esenciales: por un lado, la obsesión científica de Aurora —esa búsqueda de la perfección eugenésica que bebe tanto de la ilustración como de la soberbia—; por otro, la sed de libertad de una Hildegart que apenas ha cumplido los dieciocho pero ya discute en tertulias radiofónicas con intelectuales de pelo cano. La cámara se mueve entre ellas como un péndulo, sin tomar partido, lo que subraya la ambigüedad moral del relato: ¿víctima o verdugo?, ¿genio o monstruo creado?
Najwa Nimri ofrece un recital interpretativo en la línea de sus papeles más extremos; su Aurora contiene un volcán de miedos bajo una fachada de determinación clasista. Cada gesto, cada timbre destemplado, parece cincelado para mostrarnos la grieta por la que se cuela el fanatismo. Frente a ella, Alba Planas deslumbra con una mezcla exacta de inocencia y erudición precoz: su Hildegart no es la marioneta que su madre cree, sino un ser luminoso que exige derecho a equivocarse. La química tóxica que ambas construyen es el verdadero motor de la película.
Entre las luces más evidentes se encuentra la fotografía, que abraza una paleta cromática situada a medio camino entre el óleo de Sorolla y el claroscuro caravaggista: interiores cálidos bañados en ámbar, exteriores nocturnos donde el rojo de los farolillos republicanos se mezcla con el verde húmedo de los jardines madrileños. Esa dualidad perfila la lucha entre la modernidad y el anquilosamiento social de la época. Asimismo, el vestuario de Alberto Valcárcel no sólo se recrea en el detalle histórico, sino que simboliza el corsé ideológico que oprime a Hildegart —cuellos altos, mangas larguísimas— hasta que los va aflojando discretamente, plano a plano.
Sin embargo, no todo brilla. En su afán por abarcar la dimensión política, judicial y psicológica del caso, el guion a veces peca de excesivo subrayado, especialmente en los pasajes donde los personajes exponen tesis en lugar de conversar. Esa sobreexplicación ralentiza un segundo acto que pide más sutilidad. De igual modo, el montaje se atrapa en su propio laberinto temporal cuando alterna flashbacks sin la claridad suficiente, lo que puede desorientar al espectador menos familiarizado con la historia real.
Donde la película recupera el pulso es en su tramo final: la celebración, casi ritual, de la ruptura definitiva entre madre e hija culmina en la famosa «noche de los disparos», filmada con una crudeza lírica que recuerda a Carmen (también de Ortiz). Los silencios atronadores, el leve temblor del cañón de la pistola y la luz que se cuela por las persianas componen un clímax donde la tragedia griega y la crónica de sucesos se dan la mano sin morbo gratuito.
Mención aparte merece la música original de Guille Galván (Vetusta Morla), quien entrega una partitura de cuerdas rasgadas y pulsos de percusión que acompasan la respiración errática de los personajes. Cuando el violonchelo cede espacio a una guitarra española casi susurrada, la cinta nos recuerda que la melodía puede ser tan opresiva como el silencio.
En definitiva, La virgen roja se aventura en terrenos espinosos —la maternidad como proyecto sociopolítico, la instrumentalización del cuerpo femenino, la manipulación de la sexualidad— y lo hace con una honestidad que desarma, aunque no siempre acierte en el equilibrio entre forma y discurso. Sus sombras no eclipsan sus virtudes: la cinta se coloca junto a La voz dormida o El reino en esa filmografía española que se atreve a rascar cicatrices aún sensibles. La calificación de 4 estrellas sobre 5 no es sólo un elogio; es una invitación a conversar, a discrepar y, sobre todo, a no olvidar.
¿Te atreves a bajar las persianas y dejar que Hildegart debata en tu salón? Entonces, ya sabes qué película ver este fin de semana. 🎬❤️🔥
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