Epílogo para una Leyenda: El Adiós a Ozzy Osbourne, el Príncipe que nos enseñó a amar la Oscuridad
Ficha del Artista: Ozzy Osbourne
- Nombre Real: John Michael Osbourne
- Nacimiento: 3 de diciembre de 1948, Marston Green, Warwickshire, Inglaterra
- Fallecimiento: Julio, 2025
- Apodos: The Prince of Darkness, The Godfather of Heavy Metal, The Madman
- Bandas Principales: Black Sabbath, Carrera en solitario
- Instrumento: Voz
- Años de Actividad: 1967 – 2025
- Legado: Considerado una de las figuras más influyentes y pioneras en la historia del heavy metal.
«A lo largo de mi vida, he sido un puto loco. Soy un milagro médico. Cuando muera, deberían donar mi cuerpo al Museo de Historia Natural.» – Ozzy Osbourne.
Admito que la noticia me ha dejado helado. Aunque todos sabíamos que este día llegaría, uno nunca está preparado para decir adiós a una leyenda, a un pilar fundamental de la música que ha definido gran parte de mi vida. Esta semana, el mundo del rock y del heavy metal se ha teñido de un luto profundo y sincero con la partida de John Michael «Ozzy» Osbourne. El Príncipe de las Tinieblas, el Padrino del Heavy Metal, ha emprendido su último viaje, dejando tras de sí un legado tan inmenso como controvertido, una estela de caos, genialidad y, sobre todo, un amor incondicional por parte de millones de fans que, como yo, crecimos bajo la sombra de su influencia.
Nacido en los 80, mi primer contacto con la música pesada fue a través de las ondas hertzianas y las cintas de cassette que rulaban de mano en mano. En ese ecosistema sonoro, había un nombre que resonaba con una fuerza casi mística: Black Sabbath. Y al frente de esa apisonadora sónica, una voz inconfundible, quejumbrosa y magnética que parecía canalizar todos los miedos y ansiedades de una generación. Esa era la voz de Ozzy. Escuchar «Black Sabbath», la canción, por primera vez, fue un rito de iniciación. Ese riff de Tony Iommi, lento y ominoso como una procesión fúnebre, y la voz de Ozzy narrando una visión de terror, fue la chispa que encendió la llama del heavy metal en mi interior.
El impacto de Black Sabbath es incalculable. Ellos no inventaron el rock duro, pero sí le dieron su forma más oscura, densa y pesada. Discos como «Paranoid» o «Master of Reality» son la piedra angular sobre la que se construyó todo el edificio del metal. Canciones como «War Pigs», «Iron Man» o «Children of the Grave» no eran solo música; eran himnos de una juventud desencantada, crónicas de la guerra fría, la locura y la alienación social. Y en el centro de ese huracán sónico, Ozzy, con su carisma errático y su presencia escénica hipnótica, se erigía como el perfecto antihéroe.
Sin embargo, como toda gran historia, la de Ozzy con Black Sabbath tuvo su final, o al menos, su primer gran final. Sus excesos, su alcoholismo y su comportamiento impredecible llevaron a su expulsión en 1979. Para muchos, podría haber sido el fin de su carrera. El cantante de la banda más grande de heavy metal, despedido y a la deriva. Pero aquí es donde la leyenda de Ozzy realmente comienza a forjarse, demostrando una capacidad de resiliencia casi sobrehumana.
Ayudado y dirigido por la que se convertiría en su esposa y manager, la infatigable Sharon Arden, Ozzy resurgió de sus cenizas de una manera espectacular. Su carrera en solitario no fue una mera continuación de su pasado; fue una reinvención, una explosión de creatividad que lo catapultó al estrellato de una manera que ni él mismo podría haber imaginado. Y la clave de ese éxito inicial tuvo un nombre propio: Randy Rhoads.
El encuentro entre Ozzy y el joven guitarrista californiano fue una de esas alineaciones cósmicas que ocurren muy de vez en cuando en la historia de la música. Randy, con su formación clásica y su técnica deslumbrante, fue el contrapunto perfecto a la crudeza de Ozzy. Juntos, crearon dos de los álbumes más icónicos de la historia del heavy metal: «Blizzard of Ozz» (1980) y «Diary of a Madman» (1981). Temas como «Crazy Train», con su riff galopante y su solo estratosférico, o la majestuosidad neoclásica de «Mr. Crowley», definieron el sonido del metal de los 80. La trágica y prematura muerte de Randy en un accidente de avión en 1982 fue un golpe devastador, una herida que, creo, nunca llegó a cicatrizar del todo en el alma de Ozzy.
A pesar de la pérdida, Ozzy continuó. Su carrera estuvo marcada por la colaboración con guitarristas excepcionales, cada uno aportando su propio sabor a la música del Madman. Desde el blues rockero de Jake E. Lee en discos como «Bark at the Moon», hasta la llegada de otro pilar fundamental en su sonido: Zakk Wylde. Con Zakk, Ozzy encontró una nueva estabilidad creativa, un socio con el que forjó himnos de la talla de «No More Tears», una balada épica que demostraba que, detrás del personaje del Príncipe de las Tinieblas, había un artista capaz de una sensibilidad y una profundidad emocional sobrecogedoras.
Por supuesto, hablar de Ozzy es hablar también de sus sombras. Sus batallas contra la adicción, sus tristemente célebres incidentes (el murciélago, la paloma, el Alamo…), su imagen de bufón del metal que él mismo, a veces, parecía alimentar. La llegada del reality show «The Osbournes» a principios de los 2000 lo convirtió en una improbable estrella de la televisión, mostrando a un Ozzy vulnerable, a menudo confundido y balbuceante, una caricatura de sí mismo que, para muchos fans de la vieja guardia, fue difícil de digerir.
Sin embargo, creo que incluso en esa etapa, su humanidad, su torpeza y el innegable amor que profesaba por su familia, lo acercaron aún más a su público. Vimos al hombre detrás del mito, al padre y al marido, luchando con sus demonios a la vista de todos. Y eso, en lugar de disminuir su leyenda, la hizo más real, más tangible.
A lo largo de los años, su voz, castigada por décadas de excesos y el inevitable paso del tiempo, fue perdiendo parte de su potencia, pero nunca su esencia. Incluso en sus últimos trabajos, como «Ordinary Man» o «Patient Number 9», se podía sentir esa melancolía única, esa capacidad de sonar a la vez poderoso y frágil. Colaborando con una nueva generación de artistas, Ozzy demostró que su música seguía siendo relevante, que su influencia trascendía generaciones.
La relación del mundo del heavy metal con Ozzy ha sido siempre de un amor incondicional, casi paternal. Lo hemos visto caer y levantarse innumerables veces. Hemos celebrado sus triunfos y hemos lamentado sus tropiezos. Lo hemos defendido de las críticas de los puritanos y hemos explicado pacientemente a los no iniciados que detrás del maquillaje y las locuras, había un artista genuino, un pionero que, junto a sus compañeros de Black Sabbath, puso la primera y más importante piedra del género que amamos.
Para mí, como para tantos otros que nacimos en los 80 y descubrimos el metal en nuestra adolescencia, Ozzy ha sido una constante. Su música ha sido la banda sonora de fiestas y de momentos de soledad, de viajes en coche y de noches de insomnio. Sus pósters han adornado nuestras paredes y sus camisetas han sido nuestro uniforme. Ha sido nuestro loco particular, nuestro padrino oscuro, el tipo que nos recordaba que estaba bien ser diferente, que en la oscuridad también se puede encontrar belleza y que, a pesar de todos los golpes, siempre se puede encontrar una razón para seguir adelante.
Hoy, el tren loco finalmente ha llegado a su última estación. El Príncipe de las Tinieblas descansa. Pero su música, su voz y su leyenda son eternas. El eco de su risa maníaca y el sonido de su voz quejumbrosa resonarán para siempre en los anales del rock. Nos deja un legado inmortal, un cancionero que seguirá inspirando a futuras generaciones de músicos y fans. El mundo es un lugar un poco más silencioso y mucho menos divertido sin él. Gracias por todo, Ozzy. Larga vida al Príncipe.
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