Mes: agosto 2025

Ben Affleck y Morgan Freeman contra el apocalipsis: Reseña de Pánico Nuclear (2002

Póster de la película Pánico Nuclear

Ficha Técnica

Título Original: The Sum of All Fears

Dirección: Phil Alden Robinson

Año: 2002

País: Estados Unidos

Guion: Paul Attanasio, Daniel Pyne (Basado en la novela de Tom Clancy)

Música: Jerry Goldsmith

Reparto: Ben Affleck, Morgan Freeman, James Cromwell, Liev Schreiber, Bridget Moynahan, Alan Bates, Ciarán Hinds

Mi Valoración:

★★★★★

«En 1973, un avión israelí que transportaba una bomba nuclear es derribado en el desierto. Casi treinta años después, la bomba es encontrada por un grupo de terroristas neonazis que planean hacerla estallar en suelo estadounidense durante un evento deportivo de masas. Su objetivo es provocar una guerra devastadora entre Estados Unidos y Rusia. El joven analista de la CIA, Jack Ryan, es el único que parece entender la terrible amenaza, pero convencer a los altos mandos de la inminencia del desastre será una tarea casi imposible.»

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Pánico Nuclear: El Thriller de Catástrofes que el Tiempo Olvidó

A veces, te apetece una de esas películas. Ya sabes a cuáles me refiero. Una de esas que te ponen al borde del asiento, con el mundo pendiendo de un hilo y un héroe que, contra todo pronóstico, tiene que salvar el día. El cine de catástrofes y los thrillers de espionaje tuvieron su época dorada, y en ese mar de producciones, algunas se convirtieron en clásicos y otras, injustamente, quedaron flotando en el limbo del «me suena haberla visto». Hoy quiero rescatar una de estas últimas: Pánico Nuclear (The Sum of All Fears). Puede que no sea la obra maestra que redefinió el género, pero os aseguro que es una joya para los que, como yo, disfrutamos con una buena dosis de tensión global, conspiraciones y un par de actores que llenan la pantalla sin esfuerzo.

Estrenada en 2002, la película llegaba con la difícil tarea de reiniciar la saga de Jack Ryan, el famoso analista de la CIA creado por Tom Clancy. Dejábamos atrás a Harrison Ford y a Alec Baldwin para dar la bienvenida a un Ben Affleck en plena cresta de la ola. ¿Era el actor adecuado? El debate sigue abierto, pero lo que es innegable es que Affleck le da al personaje un aire diferente, más vulnerable y menos experimentado, lo que en el contexto de esta historia funciona sorprendentemente bien. No es el agente curtido que todo lo sabe; es un analista brillante pero sobrepasado por los acontecimientos, un tipo que se ve arrastrado a un torbellino de decisiones que podrían costar millones de vidas. Y ahí, en esa fragilidad, reside parte del encanto de su interpretación.

Ben Affleck como Jack Ryan en una escena de Pánico Nuclear

Pero si Affleck es el corazón dubitativo de la operación, Morgan Freeman es el cerebro sereno y la autoridad moral. Como William Cabot, el Director de la CIA, Freeman hace lo que mejor sabe hacer: ser Morgan Freeman. Su presencia es magnética, su voz impone un respeto casi reverencial y cada una de sus escenas eleva el nivel de la película. La química entre él y Affleck es uno de los pilares de la cinta. Vemos una relación de mentor y pupilo, donde la experiencia y la calma de Cabot guían los impulsos y el conocimiento teórico de Ryan. Es una dinámica que nos creemos, que nos importa, y que sirve como ancla emocional en medio del caos geopolítico que se desata.

La trama es puro Tom Clancy: una bomba nuclear perdida durante la Guerra del Yom Kippur es encontrada por traficantes de armas y vendida a un grupo de neonazis con un plan diabólico. No quieren conquistar el mundo, sino destruirlo enfrentando a las dos superpotencias, Estados Unidos y Rusia. Su plan: detonar la bomba en suelo estadounidense y hacer que parezca un ataque ruso. Sencillo, ¿verdad? Lo que hace que la película funcione es cómo va tejiendo la red de tensión. Vemos las piezas del puzle encajar lentamente mientras nuestros protagonistas corren a contrarreloj, a menudo sin saber exactamente contra qué luchan. La película se toma su tiempo para presentar a los villanos, sus motivaciones y la logística de su plan, lo que le da una capa de realismo que da verdadero miedo.

Y entonces llega el momento que, para mí, define la película y la eleva por encima de la media. La escena del estadio de fútbol americano en Baltimore. No voy a entrar en demasiados spoilers, pero la forma en que se construye la secuencia es magistral. La normalidad de un evento deportivo, la multitud, el presidente de los Estados Unidos entre los asistentes… y de fondo, la amenaza silenciosa que solo nosotros, los espectadores, y un desesperado Jack Ryan conocemos. La explosión y sus consecuencias son impactantes, no tanto por el espectáculo visual (que también lo es), sino por el caos y el pánico que desata. La huida del presidente, con el convoy presidencial tratando de abrirse paso entre el apocalipsis, es una de esas escenas que se te quedan grabadas. Es cruda, es visceral y te hace sentir la magnitud de la catástrofe de una forma que pocas películas consiguen.

Morgan Freeman como William Cabot en Pánico Nuclear

Después de la detonación, la película cambia de marcha. Pasa de ser un thriller de investigación a una carrera contrarreloj para evitar el holocausto nuclear. Aquí es donde el guion brilla, mostrando la fragilidad de la paz mundial. Vemos cómo los malentendidos, la desinformación y las presiones políticas pueden llevar a los líderes más poderosos del mundo al borde de la aniquilación mutua. La tensión en el Pentágono, en el Kremlin y a bordo del Air Force One es casi insoportable. Los protocolos se activan, los misiles se preparan y todo depende de si un analista de la CIA puede hacer llegar el mensaje correcto a las personas adecuadas. Es una reflexión escalofriante sobre lo cerca que podemos estar del fin del mundo por culpa de un simple error de comunicación o de una mala interpretación.

Claro está, la película no es perfecta. Siendo un «experto amateur» y no un crítico profesional, puedo permitirme señalar sus fallos sin destriparla. El ritmo a veces es irregular, especialmente en su primer acto, que puede resultar algo lento mientras se colocan todas las fichas en el tablero. La subtrama romántica entre Jack Ryan y la doctora Cathy Muller (interpretada por Bridget Moynahan) se siente un poco forzada y metida con calzador, como si fuera una exigencia del estudio para añadir un toque humano que la película no necesitaba con tanta urgencia. Quita tiempo a lo que de verdad importa: la conspiración y la tensión política.

Sin embargo, estos pequeños tropiezos no impiden que el conjunto sea tremendamente entretenido. La dirección de Phil Alden Robinson es sólida y funcional, sabe cómo manejar las escenas de acción y, lo que es más importante, cómo generar suspense en despachos y salas de control. La banda sonora del legendario Jerry Goldsmith acompaña a la perfección, subrayando la gravedad de la situación sin resultar estridente. Es cine de catástrofes hecho con oficio, con respeto por la inteligencia del espectador y con un par de actuaciones protagonistas que sostienen todo el tinglado con una solvencia admirable.

Escena de tensión política en Pánico Nuclear

En definitiva, «Pánico Nuclear» es mucho más que «otra película de acción con Ben Affleck». Es un thriller político sorprendentemente relevante, incluso hoy en día. Nos recuerda que las mayores amenazas no siempre vienen de enemigos declarados, sino de actores invisibles que explotan nuestras debilidades y desconfianzas. Es una película que merece ser redescubierta. No os cambiará la vida, no es «El Padrino» de los thrillers de espionaje, pero os dará dos horas de entretenimiento de calidad, con momentos genuinamente memorables y una sensación de peligro inminente muy bien conseguida. Por eso, aunque mi valoración se quede en dos estrellas sobre cinco, es una de esas películas que dejan un buen sabor de boca, una de esas que recomiendas a un amigo en una tarde de domingo con un: «Oye, ¿te acuerdas de aquella…? Pues deberías volver a verla».

Y tú, ¿qué otra película de catástrofes o espionaje crees que ha sido injustamente olvidada por el gran público?

Crítica de «La corona partida»: El eslabón perdido entre ‘Isabel’ y ‘Carlos’

Póster de La corona partida

Ficha Técnica

Título: La corona partida

Dirección: Jordi Frades

Guion: José Luis Martín

Año: 2016

Duración: 116 min.

País: España

Reparto principal: Irene Escolar, Rodolfo Sancho, Raúl Mérida, Eusebio Poncela, Ramón Madaula, Jordi Díaz, Fernando Guillén Cuervo, Úrsula Corberó.

Nuestra Valoración

★★★★☆

(4 de 5 estrellas)

«Tras la muerte de la reina Isabel, Juana de Castilla se convierte en reina y heredera al trono. Su marido, Felipe el Hermoso, es ahora rey consorte. Sin embargo, Felipe no está dispuesto a renunciar al poder y trata de incapacitar a su esposa para reinar. Para ello, no duda en usar en su contra el amor incondicional que ella le profesa. A la vez, Fernando de Aragón, padre de Juana, no le pone las cosas nada fáciles a su yerno: para él lo primero es la defensa de los intereses de Aragón, aunque para ello tenga que luchar contra su propia hija.»
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Crítica: La Pieza que Faltaba en el Puzle de la Historia

Voy a ser sincero desde el principio: el cine histórico español, a veces, me produce una pereza monumental. No es por falta de historias, que en España tenemos para aburrir, sino por una sensación recurrente de que todo acaba pareciendo un telefilme de sobremesa con pelucas y ropajes algo acartonados. Consumo series como si no hubiera un mañana, y ahí sí que hemos dado un salto de calidad. Pero con las películas, siempre entro con el ceño fruncido. Dicho esto, y como me pasa a menudo, estoy aquí para tragarme mis palabras y celebrar una de esas excepciones que te reconcilian con un género. «La corona partida» es, para mí, una de ellas. Me ha gustado, y mucho. No solo por el necesario baño de «actualización» histórica que supone, sino porque es una película honesta, bien contada y con un reparto que mezcla a la perfección la energía de jóvenes promesas con el peso de veteranos con galones.

Lo primero que hay que entender sobre «La corona partida» es su naturaleza de «película puente». No es una historia que nazca de la nada. Es el nexo de unión, la pieza del puzle que faltaba entre dos gigantes televisivos como fueron ‘Isabel’ y ‘Carlos, Rey Emperador’. Y ese, que podría haber sido su mayor hándicap —depender demasiado de la TV— se convierte en su gran virtud. Jordi Frades, el director, consigue algo muy difícil: crear una obra que se sostiene por sí misma, pero que a la vez regala a los seguidores de las series un cierre y una apertura absolutamente satisfactorios. La película arranca justo donde lo dejó ‘Isabel’, con la muerte de la Reina Católica y el caos político que se desata. De repente, el tablero de ajedrez de Castilla se queda sin su pieza más poderosa, y todos los lobos empiezan a moverse. Fernando de Aragón, un Rodolfo Sancho que ya tiene el personaje metido en la piel, quiere mantener el control. Felipe el Hermoso, el marido de la heredera, llega desde Flandes con la ambición desatada. Y en medio de todo, Juana, la legítima reina, convertida en un premio, en una excusa, en un peón en manos de los dos hombres más importantes de su vida.

Fernando el Católico y Felipe el Hermoso

La tensión entre Fernando (Rodolfo Sancho) y Felipe (Raúl Mérida) es el motor de la trama.

La historia, en esencia, es la de Juana I de Castilla, a quien la historia, escrita por hombres, apodó «la Loca». Y aquí la película acierta de lleno. Lejos de presentarnos una caricatura de una mujer desquiciada por los celos, nos muestra el retrato de una víctima. Una mujer atrapada entre el deber, un amor tóxico y la ambición desmedida de un padre y un marido que la ven como un obstáculo para el poder. Irene Escolar está, sencillamente, magnífica. Su Juana es frágil pero con una fuerza interior que pugna por salir. Vemos su lucidez, su desesperación, su amor incondicional y enfermizo por un Felipe que la manipula sin piedad. Es una interpretación llena de matices, que te obliga a empatizar con ella y a cuestionar esa etiqueta de «loca» que tan fácilmente le colgaron. Cada escena suya es un pequeño estudio sobre el sufrimiento y la impotencia. Te la crees. Sientes su angustia y su rabia contenida, y eso es mérito absoluto de la actriz.

Frente a ella, los dos hombres que se disputan el reino. Rodolfo Sancho retoma su papel de Fernando de Aragón con una solvencia impecable. Su Fernando es un personaje complejo, lleno de grises. ¿Es un padre que sufre por su hija o un político calculador que no quiere soltar el poder? La película deja que sea el espectador quien lo juzgue. Por otro lado, Raúl Mérida compone un Felipe el Hermoso odiosamente carismático. Es el galán, el guapo, el príncipe europeo que llega para modernizar la austera corte castellana, pero bajo esa fachada se esconde un tipo egoísta, manipulador y cruel. La química entre los tres es el corazón de la película, un triángulo de poder, amor y traición que funciona a las mil maravillas y que te mantiene pegado a la pantalla, aunque ya sepas cómo acaba la historia.

A nivel de producción, la película luce espectacular. Se nota que viene del universo de RTVE, que sabe cómo hacer ficción histórica de calidad. El diseño de vestuario, las localizaciones en castillos y palacios reales (la Catedral de Burgos, el Castillo de Guadamur…), la fotografía… todo contribuye a crear una atmósfera creíble y absorbente. No tienes la sensación de estar viendo un producto de segunda categoría, sino una película con ambición cinematográfica. Las escenas en la corte, con sus intrigas palaciegas, sus susurros en los pasillos y sus pactos secretos, están rodadas con un pulso que recuerda a un thriller político. Porque, en el fondo, eso es «La corona partida»: un thriller sobre la lucha por el poder en uno de los momentos más convulsos de la historia de España. No hay grandes batallas épicas, la guerra aquí es psicológica, se libra en los despachos y en las alcobas.

Juana y Felipe en la corte

La compleja y tóxica relación entre Juana y Felipe, el centro de la tragedia.

El guion de José Luis Martín es otro de sus puntos fuertes. Condensar años de historia, con sus idas y venidas, concordias y traiciones, en menos de dos horas es una tarea titánica, y sale bastante airoso. El ritmo no decae, y aunque hay muchos nombres y personajes secundarios (genial, como siempre, Eusebio Poncela como el Cardenal Cisneros), la trama principal nunca se pierde. Se centra en el drama humano de sus protagonistas, y eso hace que la historia, por muy lejana que nos parezca, se sienta universal. La lucha por la herencia, las tensiones familiares, la manipulación emocional… son temas que resuenan hoy en día. Quizás, si tuviera que ponerle un «pero», sería que algunos personajes secundarios, como el de Úrsula Corberó, se sienten un poco desaprovechados, pero es comprensible dada la necesidad de enfocarse en el trío protagonista.

Lo que más me ha gustado, en definitiva, es el cariño y el cuidado con el que está contada la historia. Se nota que hay un respeto profundo por los personajes y por el periodo histórico. No es una simple lección de historia, sino un intento de entender las motivaciones, las pasiones y las debilidades de estas figuras que solo conocemos por los libros de texto. La película humaniza a Juana, le da una voz y una perspectiva que durante siglos le fue negada. Te hace preguntarte qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido diferentes, si hubiera tenido la oportunidad de reinar sin la sombra de un padre y un marido devorados por la ambición. Es una reflexión muy poderosa sobre el papel de la mujer en el poder y sobre cómo la historia la escriben siempre los vencedores.

En resumen, «La corona partida» es una película más que notable. Una propuesta valiente y necesaria que demuestra que se puede hacer cine histórico de calidad en España, entretenido, riguroso y emocionante. Es la película perfecta tanto para los que siguieron las series como para los que simplemente quieran disfrutar de un buen drama histórico sin necesidad de conocimientos previos. A mí me ha quitado la pereza de golpe y me ha dejado con ganas de más. Una recomendación sin fisuras para cualquiera que disfrute con las buenas historias, estén ambientadas en el siglo XVI o en la actualidad. Una joya que, quizás, no tuvo todo el reconocimiento que merecía en su momento y que vale mucho la pena redescubrir.

Y tú, ¿qué piensas? ¿Fue Juana una reina incapacitada por la locura o una mujer brillante silenciada por la ambición de los hombres que la rodeaban? ¡Déjanos tu opinión en los comentarios!

Reseña sin spoilers de Juego de Asesinos: Balas, caos y una policía novata

Póster de Juego de Asesinos

Ficha Técnica

  • Título original: Copshop
  • Dirección: Joe Carnahan
  • Guion: Kurt McLeod, Joe Carnahan
  • Reparto principal: Gerard Butler, Frank Grillo, Alexis Louder, Toby Huss
  • País: Estados Unidos
  • Año: 2021
  • Género: Acción, Thriller

Mi Valoración

★★★★

(2.5 de 5 estrellas)

«En un pequeño pueblo, una comisaría de policía se convierte en el insólito campo de batalla entre un asesino a sueldo profesional, un inteligente estafador y una policía novata que se ve atrapada en el fuego cruzado. Huyendo del letal sicario Bob Viddick, el astuto estafador Teddy Murretto trama un plan para esconderse en un lugar en el que nadie podría alcanzarle: se hace detener y encerrar en una comisaría. Sin embargo, Viddick no es de los que se rinden y la cárcel no será un impedimento para él.»

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Crítica: Balas, Sudor y Clichés en una Comisaría Olvidada

A veces, uno no busca la película que le cambie la vida. A veces, solo quieres sentarte, apagar el cerebro y ver a gente dura haciendo cosas duras. Con esa mentalidad me acerqué a «Juego de Asesinos» (o «Copshop», que suena bastante mejor, seamos sinceros). El principal imán, cómo no, era Gerard Butler. Ese actor que parece que nació con una pistola en una mano y un vaso de whisky en la otra, perfecto para papeles de tipo rudo que no se anda con tonterías. Aquí, la promesa de verlo en un rol de «pseudomalo», un asesino a sueldo, era demasiado tentadora. La premisa es sencilla y directa, casi de manual: un estafador (Frank Grillo) se hace arrestar a propósito para escapar de la mafia, solo para descubrir que en la celda de al lado han metido al sicario que lo persigue (Butler). Y por si fuera poco, un segundo asesino, mucho más psicópata, aparece para limpiar el estropicio. Todo ello en una comisaría aislada y con una policía novata como única defensa. Suena a un cóctel explosivo, ¿verdad? Y lo es, aunque con un regusto a algo que ya hemos probado antes, muchas, muchas veces.

La película arranca con fuerza, estableciendo el tono de thriller de acción setentero que el director Joe Carnahan parece adorar. Hay grano en la imagen, una paleta de colores desaturada y un ambiente polvoriento que te transporta a ese cine de tipos duros y diálogos afilados. Carnahan sabe cómo rodar acción. No hay duda de eso. Las escenas de tiroteos son caóticas, viscerales y, sobre todo, comprensibles. No hay mil cortes por segundo que te impidan saber quién dispara a quién. Aquí las balas duelen, los impactos se sienten y el caos se organiza de una manera que resulta entretenida. El problema es que esta premisa, la del asedio a un lugar cerrado, se ha visto hasta la saciedad. Desde «Asalto a la comisaría del distrito 13» hasta «Jungla de Cristal». «Juego de Asesinos» no inventa nada, simplemente coge los ingredientes conocidos, los mete en una coctelera con Red Bull y los agita con violencia. El resultado es una bebida energética que te da un subidón momentáneo, pero que carece de matices y te deja con un ligero dolor de cabeza.

Escena de acción en Juego de Asesinos

Gerard Butler y Frank Grillo, un duelo de titanes encerrados.

Hablemos de los protagonistas. Gerard Butler cumple con lo que se espera de él. Su Bob Viddick es un profesional, un tipo cansado del negocio pero letalmente eficiente. Tiene carisma, suelta frases lapidarias y sabes que cuando la cosa se ponga fea, él será el último en caer. Es un papel que podría hacer dormido, pero le pone el empeño justo para que funcione. Frank Grillo, otro habitual del cine de mamporros, hace de Teddy Murretto, el estafador escurridizo. Es el contrapunto perfecto a Butler: hablador, cobarde cuando toca y siempre con un as bajo la manga. La química entre ambos, a base de insultos y amenazas a través de los barrotes, es de lo mejor de la película. Sin embargo, y aquí viene la gran sorpresa, la que de verdad se roba la función es Alexis Louder como la agente novata Valerie Young. En un mundo de testosterona y pólvora, ella es el ancla moral y la verdadera heroína. Es creíble como una policía competente pero superada por las circunstancias, mostrando vulnerabilidad, pero también una determinación de acero. Cada vez que aparece en pantalla, eleva el nivel y te hace creer en la situación. Es una pena que esté rodeada de personajes masculinos tan arquetípicos, porque su actuación merecía una película con un guion más pulido.

Y entonces, cuando crees que la dinámica está clara, aparece el verdadero villano: Anthony Lamb, interpretado por un Toby Huss absolutamente desquiciado y maravilloso. Si Butler es un asesino profesional, Huss es un psicópata que disfruta con cada gota de sangre derramada. Llega con su sombrero, su sonrisa de maníaco y un maletín lleno de sorpresas, y convierte la comisaría en su parque de juegos personal. Su actuación es tan excesiva, tan pasada de rosca, que resulta hipnótica. Es el tipo de villano que amas odiar, impredecible y genuinamente peligroso. Cada escena en la que participa es oro puro, y su energía caótica es lo que realmente enciende la mecha de la segunda mitad de la película. Es gracias a él y a la agente Young que la película evita caer en el aburrimiento. Su enfrentamiento es el verdadero clímax, un choque entre el orden y la anarquía pura que te mantiene pegado al asiento, a pesar de que la lógica brille por su ausencia en muchos momentos.

Alexis Louder como Valerie Young

La agente Young, la inesperada heroína en el centro del caos.

No obstante, el guion tiene agujeros más grandes que los que dejan las balas en las paredes de la comisaría. Las motivaciones de algunos personajes son difusas, las decisiones que toman son, en ocasiones, estúpidas, y la policía de todo el pueblo parece haberse ido de vacaciones. Se pide al espectador una suspensión de la incredulidad bastante generosa. ¿Por qué nadie manda refuerzos? ¿Cómo es posible que un solo tipo pueda asaltar una comisaría con tanta facilidad? Son preguntas que es mejor no hacerse si quieres disfrutar del espectáculo. La película funciona a un nivel puramente visceral. Es un chute de adrenalina, un western moderno donde los caballos son coches patrulla y el saloon es una comisaría mugrienta. No hay desarrollo de personajes profundo ni un mensaje trascendental. Lo que hay son diálogos ingeniosos, tiroteos bien coreografiados y un ritmo que, aunque decae en algún momento, sabe recuperarse para el acto final.

En definitiva, «Juego de Asesinos» es comida rápida cinematográfica. No es una comida gourmet, ni siquiera una buena hamburguesa de autor. Es más bien esa hamburguesa grasienta que te comes a las 3 de la mañana y que, en ese preciso momento, te sabe a gloria. Es una película hecha por y para amantes del cine de acción sin pretensiones. La vi por Butler, me quedé por la tensión y la dinámica entre él y Grillo, pero la recordaré por las soberbias actuaciones de Alexis Louder y un Toby Huss que se lo pasa en grande siendo el malo más loco de la función. Es entretenida, sí. ¿Sobrehormonada? También. ¿Pasable? Totalmente. Es el tipo de película que te pones un sábado por la tarde y que olvidas el lunes por la mañana. No aspira a más, y en su honestidad reside su pequeño encanto. Le doy un 2.5 sobre 5, porque aunque el menú es reconocible y algo simple, los ingredientes principales (los actores) están en su punto y consiguen que la experiencia, al menos, no sea insípida.

Toby Huss como el villano

El caos personificado: una actuación memorable y desquiciada.

Y tú, ¿qué otra película de «asedio en un lugar cerrado» consideras que es imprescindible? ¡Te leo en los comentarios!

De odiar a la protagonista a amar la película: Mi viaje con The Florida Project

Póster de The Florida Project

Ficha Técnica

  • Título original: The Florida Project
  • Año: 2017
  • Duración: 111 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Sean Baker
  • Guion: Sean Baker, Chris Bergoch
  • Música: Lorne Balfe
  • Fotografía: Alexis Zabé
  • Reparto: Brooklynn Prince, Willem Dafoe, Bria Vinaite, Caleb Landry Jones, Mela Murder, Valeria Cotto

Mi Valoración

★★★★ (4/5)

Sinopsis

«Una niña de seis años llamada Moonee y su rebelde madre Halley viven en un motel llamado ‘The Magic Castle’, muy cerca de Disney World. A pesar de su duro entorno, Moonee pasa cada día de verano viviendo una vida llena de maravillas, travesuras y aventuras con sus amigos, mientras los adultos a su alrededor luchan con sus propios problemas. La presencia de Bobby, el gerente del motel, representa una figura paterna y un protector para los niños, observando sus vidas con una mezcla de compasión y preocupación.»

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La vida en tecnicolor al borde del abismo

Hay películas que te golpean de frente y otras que se cuelan por las rendijas, poco a poco, hasta que te das cuenta de que te han calado hasta los huesos. «The Florida Project» es de las segundas. Mi primer contacto con ella fue de un rechazo casi visceral. Odié a Halley, la joven madre protagonista, con una fuerza que me sorprendió. Me parecía irresponsable, egoísta, un caos andante que arrastraba a su hija Moonee a un desastre inevitable. ¿Cómo podía alguien vivir con esa falta de previsión, con esa actitud desafiante ante un mundo que, claramente, la estaba devorando? Me sentí frustrado, enfadado. Pero el cine, cuando es bueno, hace algo mágico: te obliga a mirar más allá de tu juicio inicial. Y poco a poco, la película me fue ganando.

El director, Sean Baker, no te da un manual de instrucciones. No te dice a quién querer y a quién odiar. Simplemente te suelta en medio del «Magic Castle», un motel de colores pastel a la sombra del gigante Disney World, y te dice: «mira». Y lo que ves es un microcosmos de la otra América, la que no sale en los folletos turísticos. La «land of the freedom» donde la libertad, para muchos, es solo la de elegir en qué contenedor de basura buscar la cena. Aquí no hay un botón de «start» para empezar una vida de cero, ni un «reinicio» cuando las cosas van mal. Para gente como Halley, la vida es un juego de supervivencia constante, una partida que empezó con las cartas marcadas en su contra. No hay red de seguridad, solo el asfalto caliente y la humedad de Florida.

Moonee y sus amigos en The Florida Project

Y en medio de ese caos, está la inocencia. La inocencia pura, ruidosa y maravillosamente irritante de Moonee y su pandilla. Su verano es una aventura sin fin. Escupir a los coches, pedir dinero para un helado, explorar edificios abandonados… son los reyes de su pequeño y destartalado reino. Su perspectiva es el corazón de la película. Para ellos, el motel no es un símbolo de pobreza, es un castillo morado. No ven la miseria, ven un patio de recreo infinito. Esa es la genialidad de Baker: nos muestra la crudeza de la situación a través de los ojos de quienes apenas son conscientes de ella. Nosotros, como espectadores, vemos el peligro que acecha en cada esquina, pero los niños solo ven la posibilidad de una nueva travesura. Esta dualidad es lo que hace que la película duela tanto y, a la vez, sea tan hermosa.

Mi odio inicial hacia Halley empezó a transformarse en una compasión incómoda. Comencé a preguntarme: ¿cómo se educa emocionalmente a un hijo cuando nadie te ha educado a ti? ¿Cómo enseñas a gestionar la frustración cuando tu vida es una cadena perpetua de frustraciones? Halley es un producto de su entorno, una niña que tuvo una niña, luchando con las únicas herramientas que conoce: la rebeldía, la picaresca y un amor feroz, aunque tóxico y torpe, por su hija. Bria Vinaite, la actriz que la interpreta (descubierta en Instagram, nada menos), está magnética. Consigue que la desprecies y que, al mismo tiempo, entiendas su desesperación. Su relación con Moonee es un torbellino de gritos, risas, complicidad en pequeños delitos y momentos de una ternura desgarradora. Son un equipo contra el mundo, aunque Halley sea, a menudo, su peor enemigo.

Y luego está Willem Dafoe. Su personaje, Bobby, el gerente del motel, es el ancla moral de toda la historia. Es el único adulto funcional en este universo caótico. No es un héroe de capa y espada. Es un hombre cansado, de clase media, que solo intenta hacer su trabajo: cobrar el alquiler, arreglar las máquinas de hielo y mantener un mínimo de orden. Pero, sin quererlo, se convierte en el guardián de estos niños perdidos. Los regaña, los protege, los vigila con una mirada que mezcla la exasperación y un cariño paternal que quizás ni él mismo reconoce. Dafoe está inmenso en su contención. Cada gesto, cada suspiro, cada pequeña amabilidad (como ahuyentar a un posible depredador) nos dice todo lo que necesitamos saber sobre él. Es la decencia personificada en un mundo que parece haberla olvidado. Es el testigo silencioso de estas vidas al límite, el que ve la tormenta que se avecina y sabe que no puede hacer nada para detenerla.

Bobby (Willem Dafoe) en el motel

Lo que me terminó de conquistar fue la estética, o como dicen los expertos, la fotografía. La película es visualmente despampanante. El director de fotografía, Alexis Zabé, utiliza una paleta de colores saturados, casi de caramelo. Los lilas, los turquesas, los naranjas del atardecer… todo es vibrante, casi onírico. Este festín visual choca frontalmente con la precariedad que retrata. Es una decisión brillante. Ese contraste es la metáfora perfecta de la película: la belleza y la alegría de la infancia floreciendo en el terreno más inhóspito. Es un recordatorio constante de que incluso en los márgenes, en la pobreza más cruda, la vida se abre paso con una fuerza y un colorido inesperados. No hay una fotografía gris y sombría para subrayar la miseria; al contrario, se nos muestra la miseria a plena luz del sol, con los colores de un helado derritiéndose en el asfalto.

La película avanza sin una trama convencional. No hay grandes giros de guion, solo la acumulación de pequeños momentos cotidianos que van construyendo una tensión insoportable. Sabemos que el verano no puede durar para siempre. Sabemos que la burbuja de Moonee tiene que explotar. El mundo real, con sus servicios sociales y sus consecuencias, está a la vuelta de la esquina. Y cuando finalmente llega, el golpe es devastador. El final, esa carrera desesperada hacia el lugar más feliz de la Tierra, ha sido objeto de mucho debate. ¿Es real? ¿Es una fantasía? Para mí, no importa. Es la única escapatoria posible. Es la imaginación infantil como último refugio ante una realidad demasiado cruel para ser soportada. Es un grito final de libertad, un portazo a un mundo que les ha fallado a todos.

«The Florida Project» no te da respuestas, te llena de preguntas. ¿Con qué prisma miramos las miserias ajenas? ¿Somos rápidos en juzgar sin entender el contexto? ¿Qué hay de falso y de roto en ese «sueño americano» que se vende a pocos kilómetros, tras los muros de Disney? Salí del cine con un nudo en el estómago y el corazón encogido, pero también con una extraña sensación de gratitud por haber sido testigo de la belleza indestructible de la infancia. Es una de esas películas que se quedan contigo, que te obligan a reevaluar tus propios prejuicios y a mirar el mundo, aunque solo sea por un momento, con el asombro y la resiliencia de una niña de seis años.

Halley y Moonee

Y tú, ¿crees que el final es una huida real o la fantasía de una niña para escapar de una realidad insoportable?

Por qué la dupla Johnson-Swinton no salva «Cegados por el Sol»

Póster de Cegados por el Sol

Ficha Técnica

  • Título original: A Bigger Splash
  • Dirección: Luca Guadagnino
  • Año: 2015
  • País: Italia
  • Duración: 124 min.
  • Reparto: Tilda Swinton, Ralph Fiennes, Dakota Johnson, Matthias Schoenaerts, Aurore Clément, Corrado Guzzanti.
  • Guion: David Kajganich (Remake: Alain Page)
  • Música: Varios
  • Fotografía: Yorick Le Saux

Mi Valoración: Totalmente Prescindible

(2 de 5 estrellas)

Sinopsis

«Las vacaciones de una estrella de rock (Tilda Swinton) y su novio cineasta (Matthias Schoenaerts) en la isla italiana de Pantelleria se ven interrumpidas por la visita inesperada de un antiguo amante y productor musical (Ralph Fiennes) y su joven y seductora hija (Dakota Johnson). Lo que sigue es un torbellino de celos, pasión y, en última instancia, peligro para todos los implicados.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=-y06NVsDBwc?si=1IagCowFnA1Em6xE&w=560&h=315]

Crítica: Crónica de un Bostezo Anunciado

Hay películas que entran en tu radar con la fuerza de un huracán. Ves el cartel, lees el reparto, y piensas: «esto tengo que verlo». Eso es exactamente lo que me pasó con «Cegados por el sol». Tilda Swinton, una de las actrices más camaleónicas de nuestra era; Ralph Fiennes, un monstruo de la interpretación; Dakota Johnson, en plena cresta de la ola post-Cincuenta Sombras; y Matthias Schoenaerts, un actorazo belga que siempre cumple. ¿La premisa? Un drama psicológico bañado por el sol de una isla italiana. ¿El director? Luca Guadagnino, que después haría la aclamada «Call Me by Your Name». Todo, absolutamente todo, apuntaba a peliculón. Pero a veces, como en una ecuación matemática con un error de cálculo, el resultado es catastróficamente decepcionante. Y esta película es la prueba viviente de ello.

La historia, que es un remake de «La Piscina» de 1969, nos presenta a Marianne (Swinton), una estrella de rock afónica recuperándose de una operación de garganta, y a su pareja Paul (Schoenaerts), disfrutando de una paz casi monacal en la remota isla de Pantelleria. Esa tranquilidad se rompe con la llegada de Harry (Fiennes), antiguo productor y ex-amante de Marianne, un torbellino de energía y verborrea incesante. Con él trae a su hija recién descubierta, la enigmática y provocadora Penelope (Johnson). A partir de aquí, se supone que deberíamos asistir a un crescendo de tensión sexual, celos y secretos desenterrados. Lo que obtenemos, en cambio, es un ejercicio de estilo visualmente atractivo pero narrativamente hueco, un melodrama que avanza a trompicones hacia un clímax que, cuando llega, te deja más frío que el agua de esa famosa piscina en invierno.

Escena de la película Cegados por el Sol

El principal problema de «Cegados por el sol» es su incapacidad para generar un interés genuino por sus personajes. Son cuatro seres egoístas y caprichosos encerrados en una jaula de oro, y al espectador, francamente, le da igual lo que les pase. Marianne, al no poder hablar durante gran parte de la película, se convierte en un personaje pasivo, un mero observador de las payasadas de los demás. Paul es un muro de contención, un hombre atormentado por su pasado que apenas deja entrever sus emociones. Penelope es la típica lolita manipuladora, un arquetipo que hemos visto mil veces y que aquí no aporta nada nuevo. Y luego está Harry. Ralph Fiennes se entrega en cuerpo y alma a un personaje excesivo, histriónico y agotador. Hay una escena en la que baila al ritmo del «Emotional Rescue» de los Rolling Stones que es, a la vez, lo mejor y lo peor de la película. Es un destello de energía en medio de un océano de tedio, pero también subraya lo desubicado y cargante que resulta su personaje. No conectas con él, simplemente te cansa.

La película se siente alargada hasta el infinito. Hay muchas escenas de ellos tomando el sol, bañándose en la piscina, comiendo, mirándose con supuesta intensidad… pero nada de eso construye una tensión real. Guadagnino parece más interesado en capturar la luz dorada de Italia y la belleza de sus actores que en contar una historia con sustancia. Es cine para los sentidos, sí, pero el cerebro se queda totalmente desatendido. Se insinúan muchas cosas: pasados oscuros, rivalidades, deseos prohibidos… pero todo se queda en la superficie. Es como si la película tuviera miedo de sumergirse de verdad en las aguas turbulentas que promete. Prefiere chapotear en la orilla, ofreciendo postales bonitas pero vacías de contenido dramático.

Tilda Swinton y Matthias Schoenaerts en Cegados por el Sol

Lo que más me frustra es el potencial desperdiciado. Con ese cuarteto de actores, se podría haber creado un thriller psicológico de primer nivel, un estudio asfixiante sobre las relaciones humanas. En cambio, lo que tenemos es un drama que por momentos parece una parodia, una especie de «Gran Hermano VIP» en una villa de lujo. Las conversaciones pretenden ser profundas y reveladoras, pero a menudo rozan el ridículo. Falta alma, falta conflicto real, falta algo que te atrape y no te suelte. Vi la película esperando sentir la tensión en cada silencio, y lo único que sentí fue el peso de mis párpados luchando contra el sueño.

Y el final… sin entrar en spoilers, digamos que el giro dramático que propone la película se siente forzado y poco convincente. Es un intento desesperado por darle un cierre impactante a una historia que no se lo ha ganado. En lugar de ser la culminación lógica de la tensión acumulada, parece un pegote, una ocurrencia de última hora para despertar al espectador. Incluso se introduce una subtrama con la crisis de refugiados en el Mediterráneo que queda torpemente integrada, como un intento de añadir una capa de relevancia social que no encaja en absoluto con el tono narcisista y ombliguista del resto del metraje. Al final, te quedas con la sensación de haber asistido a las vacaciones de cuatro personas ricas y aburridas, y de que te han cobrado la entrada por ello.

Ralph Fiennes y Dakota Johnson en la película

En resumen, «Cegados por el sol» es una película totalmente innecesaria. Es un envoltorio precioso con nada dentro. Me acerqué a ella por la promesa de un gran duelo actoral y me encontré con un melodrama de sobremesa, de esos que emite Antena 3 un sábado por la tarde, solo que con mejor fotografía y un presupuesto más holgado. Es pretenciosa sin tener con qué, y aburrida hasta decir basta. Las dos estrellas que le doy son un regalo, un reconocimiento al talento de un reparto que merecía un guion infinitamente mejor. Mi consejo de «experto amateur»: si queréis ver un buen drama bajo el sol de Italia, hay cientos de opciones mejores. Esta, podéis saltárosla sin remordimientos.

«¿Puede un reparto estelar salvar una película del aburrimiento absoluto? En este caso, la respuesta es un rotundo no.»

Análisis de «En busca de la felicidad»: Más que una película, un manual de supervivencia

Póster de En busca de la felicidad

Ficha Técnica

  • Título original: The Pursuit of Happyness
  • Año: 2006
  • Director: Gabriele Muccino
  • Reparto: Will Smith, Jaden Smith, Thandiwe Newton, Brian Howe, James Karen, Dan Castellaneta
  • Guion: Steven Conrad
  • Música: Andrea Guerra

Mi Valoración

★★★★★

Una obra maestra que te rompe y te reconstruye.

«Chris Gardner es un vendedor brillante y con talento, pero su empleo no le permite cubrir sus necesidades más básicas. Tanto es así que acaban echándolo, junto a su hijo de cinco años, de su piso de San Francisco. Cuando Gardner consigue hacer unas prácticas en una prestigiosa correduría de bolsa, los dos protagonistas tendrán que afrontar muchas adversidades para hacer realidad su sueño de una vida mejor.»
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Crítica de un Superviviente: Cuando la Felicidad se Persigue a Contrarreloj

Hay películas que ves y olvidas, y luego hay películas que te ven a ti. «En busca de la felicidad» pertenece, sin duda, a la segunda categoría. Confieso que, como me pasó con «Avatar», la tenía en esa lista de «pendientes eternos» que todos cultivamos. Craso error. Verla ahora, con la perspectiva que te dan los años y, sobre todo, la experiencia de haber luchado por sacar un proyecto adelante, ha sido como mirarme en un espejo deformado y, a la vez, increíblemente nítido. Porque la odisea de Chris Gardner, interpretado por un Will Smith que se deja el alma en cada escena, no es solo la historia de un hombre; es el reflejo de la batalla diaria de cualquier autónomo, de cualquier emprendedor, de cualquiera que haya sentido el peso del mundo sobre sus hombros mientras intenta mantener la cabeza fuera del agua.

La película arranca con una premisa que a muchos nos sonará familiar: una inversión que prometía ser el billete dorado a la estabilidad y que se convierte en un ancla. Gardner apuesta todos sus ahorros en unos escáneres de densidad ósea portátiles, unos «trastos» caros y aparatosos que intenta vender a médicos y hospitales con más pena que gloria. Cada puerta que se cierra, cada negativa, es un clavo más en el ataúd de su seguridad financiera y, por extensión, de su vida familiar. Aquí es donde la película da su primer puñetazo directo al estómago. La tensión con su mujer, Linda, es palpable. Ella no es la villana; es simplemente una persona superada por la presión, que ve cómo el sueño de una vida normal se desvanece. Su marcha no es un acto de maldad, sino de pura desesperación, y deja a Chris con la responsabilidad más grande y aterradora de todas: su hijo, Christopher.

Chris Gardner con su hijo

La relación padre-hijo es el corazón inquebrantable de la película.

A partir de aquí, la película se convierte en una clase magistral sobre resiliencia. Lo que más me impactó, y con lo que me sentí dolorosamente identificado, es la gestión del tiempo y de la apariencia. Chris tiene que hacer malabares imposibles: cuidar de su hijo, intentar vender los escáneres que le quedan para poder comer ese día, y a la vez, perseguir una oportunidad que parece una locura: unas prácticas no remuneradas en una prestigiosa firma de corredores de bolsa, Dean Witter Reynolds. La competencia es feroz: jóvenes recién salidos de la universidad, con contactos y sin cargas. Él, en cambio, tiene que estudiar manuales densísimos por la noche, a la luz de las farolas, después de haber recorrido la ciudad cargando con su escáner y con su hijo.

La película no romantiza la pobreza. La muestra en toda su crudeza y humillación. La escena en la que Chris y su hijo tienen que dormir en el baño de una estación de metro es, sencillamente, una de las secuencias más desgarradoras que he visto. El sonido de alguien intentando abrir la puerta mientras Chris llora en silencio, con el pie bloqueando el pestillo y su hijo durmiendo en su regazo, es cine en estado puro. No necesita diálogos. La actuación de Smith, la vulnerabilidad en su rostro, lo dice todo. Es el miedo absoluto, la vergüenza y el amor incondicional de un padre fusionados en un instante devastador. Es el momento en el que tocas fondo, pero sabes que por la persona que tienes al lado, tienes que volver a impulsarte hacia arriba.

Pero lo que eleva a «En busca de la felicidad» por encima de un simple drama lacrimógeno es su inteligencia y su espíritu. Chris Gardner no es una víctima pasiva. Es un luchador incansable, un estratega de la supervivencia. Es fascinante ver cómo optimiza cada segundo de su día: no cuelga el teléfono para ahorrar segundos entre llamadas, bebe agua de los grifos para no gastar, y resuelve un cubo de Rubik para impresionar a un potencial jefe. No pide limosna, pide una oportunidad. No se rinde a la autocompasión, sino que utiliza cada gramo de su ingenio para mantenerse a flote. Esa es la verdadera lección para cualquiera que haya estado en una situación similar: la proactividad frente a la parálisis. La capacidad de seguir adelante cuando cada fibra de tu ser te pide que te detengas.

Chris Gardner en la oficina

La lucha diaria por una oportunidad en un mundo competitivo.

La relación con su hijo, interpretado por un jovencísimo y natural Jaden Smith (su hijo en la vida real, lo que añade una capa de autenticidad brutal), es el ancla emocional de la historia. Es una relación construida a base de pequeños juegos para enmascarar la dura realidad, de promesas susurradas en refugios para indigentes y de una fe inquebrantable del uno en el otro. La famosa escena de la cancha de baloncesto, donde Chris le dice a su hijo: «Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo. Ni siquiera yo. Si tienes un sueño, tienes que protegerlo», no es solo un diálogo motivacional de manual. Es el juramento de un padre que, a pesar de estar roto por dentro, se niega a que su propio cinismo contamine los sueños de su hijo. Es un momento de una honestidad y una potencia arrolladoras.

El clímax de la película, cuando finalmente le ofrecen el puesto de trabajo, es increíblemente catártico. No hay una gran explosión de alegría. Es una emoción contenida, la de un hombre que ha estado aguantando la respiración durante meses y por fin puede soltar el aire. Sale a la calle, se mezcla con la multitud y aplaude. No para que le vean, sino para sí mismo. Es un aplauso silencioso y personal, un reconocimiento a su propia tenacidad. En ese momento, entendemos que la «felicidad» del título no es un estado permanente de alegría, sino la «persecución» (pursuit) en sí misma. Es la lucha, el esfuerzo, la dignidad de no rendirse. La felicidad no es llegar a la meta, sino el camino que recorres para alcanzarla, por muy lleno de espinas que esté.

Celebración final

El momento de la catarsis: la recompensa al esfuerzo.

Como «experto amateur» en cine y en la vida, puedo decir que «En busca de la felicidad» es una película necesaria. Es un recordatorio de que, detrás de cada historia de éxito, suele haber un océano de fracasos, sacrificios y noches en vela. Es un homenaje a la perseverancia, a la importancia de tener un «porqué» (en su caso, su hijo) que te impulse cuando el «cómo» parece imposible. Me ha marcado profundamente porque refleja esa verdad universal: la vida te va a golpear, y muy duro. La cuestión no es si caerás, sino si encontrarás la fuerza para levantarte una vez más. Y Chris Gardner se levanta, una y otra vez, hasta que finalmente, conquista su pequeño pedazo de cielo. Una joya absoluta, un 5 de 5 sin ninguna duda. Imprescindible.

Y tú, ¿cuál es el sueño que proteges cada día contra viento y marea? ¿Qué te impulsa a seguir persiguiendo tu propia felicidad?

¿Por qué Avatar 2 es mucho más que efectos especiales?

Póster de Avatar: El sentido del agua

Ficha Técnica

  • Título original: Avatar: The Way of Water
  • Dirección: James Cameron
  • Guion: James Cameron, Rick Jaffa, Amanda Silver
  • Reparto (voces): Sam Worthington, Zoe Saldaña, Sigourney Weaver, Stephen Lang, Kate Winslet
  • Música: Simon Franglen
  • Fotografía: Russell Carpenter
  • Año: 2022
  • Duración: 192 min.

Nuestra Valoración: 5 / 5

★★★★★

«Más de una década después de los acontecimientos de la primera película, la historia de ‘Avatar: El sentido del agua’ narra la historia de la familia Sully (Jake, Neytiri y sus hijos), los problemas que los persiguen, los esfuerzos que hacen para mantenerse a salvo, las batallas que libran para seguir con vida y las tragedias que soportan.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=FSyWAxUg3Go?si=kJpCyWdXBg_QFcp7&w=560&h=315]

Hay decisiones en la vida que uno se arrepiente de no haber tomado antes. Para mí, una de ellas ha sido esperar hasta este verano para sumergirme, nunca mejor dicho, en el universo de Pandora. Vi la primera ‘Avatar’ y, acto seguido, ‘El sentido del agua’. El error de haber dejado pasar tanto tiempo es algo que me perseguirá, porque la experiencia de ver estas obras maestras en una pantalla grande debe de ser algo que roza lo místico. Pero incluso desde el sofá de casa, la creación de James Cameron te absorbe, te secuestra y te transporta a un mundo que se siente más real que el nuestro. Y esta secuela, amigos, es la confirmación de que la magia no solo no se ha perdido, sino que ha evolucionado a algo mucho más profundo y complejo.

Lo primero que te golpea, como una ola de agua bioluminiscente, es el apartado visual. Decir que es espectacular es quedarse insultantemente corto. Cada fotograma es un lienzo digital pintado con un nivel de detalle obsesivo. El agua, protagonista indiscutible, no es solo agua; es un personaje más. La forma en que la luz se filtra a través de la superficie, cómo interactúa con la piel de los Na’vi y las criaturas marinas, la física de los movimientos… todo está recreado con una verosimilitud que desafía la lógica. Cameron no quería solo mostrarnos un océano alienígena, quería que sintiéramos la humedad, la presión y la majestuosidad de estar allí. Y lo consigue. Es una inmersión total, una experiencia sensorial que justifica cada una de sus tres horas de duración.

Familia Sully en el agua

Pero una película no puede sostenerse solo con fuegos artificiales visuales, y aquí es donde ‘El sentido del agua’ demuestra su verdadera fortaleza: el corazón. La película da un salto temporal y nos presenta a la familia Sully. Jake y Neytiri ya no son solo dos guerreros enamorados, son padres. Y este cambio de paradigma lo es todo. La trama central gira en torno a la protección de la familia, al legado y a los conflictos generacionales. La introducción de sus hijos —Neteyam, Lo’ak, Tuk y la adoptada Kiri— añade una capa de complejidad emocional increíble. Cada uno tiene su propia personalidad, sus miedos y sus anhelos. Lo’ak, el segundo hijo, carga con el peso de no estar a la altura de su hermano mayor, un arco argumental tan universal como conmovedor. Kiri, misteriosamente conectada con Eywa, es el alma espiritual de la película, un enigma que nos mantiene pegados a la pantalla.

El guion toma una decisión valiente al forzar a nuestros protagonistas a abandonar su hogar en el bosque para buscar refugio en los arrecifes, con el clan Metkayina. Este exilio forzoso es el motor del segundo acto y nos permite explorar una nueva faceta de Pandora y, lo que es más importante, del concepto de «ser Na’vi». Aquí la película brilla al hablar de multiculturalidad y del choque que supone ser un refugiado. Los Sully, con sus cinco dedos y su sangre «demoniaca», son diferentes. Tienen que aprender nuevas costumbres, una nueva forma de respirar, de vivir y de conectar con el mar. Este proceso de adaptación está lleno de momentos de humildad, de conflicto y de belleza, recordándonos que el hogar no siempre es un lugar, sino las personas con las que estás.

Criatura marina de Pandora

Por supuesto, no hay luz sin oscuridad. El regreso del Coronel Quaritch, reencarnado en un cuerpo de Avatar, es una jugada brillante. Ya no es solo un villano caricaturesco; es una amenaza más personal, más íntima. Su motivación es la venganza pura y dura contra Jake Sully, y esta obsesión le da una nueva dimensión. La dinámica con su «hijo» humano, Spider, que ha crecido entre los Na’vi, añade un dilema moral fascinante que explora temas de identidad y lealtad. ¿La naturaleza o la crianza? La película no da respuestas fáciles, y esa ambigüedad enriquece enormemente la narrativa.

La acción, cuando llega, es simplemente apabullante. La batalla final es un espectáculo pirotécnico que combina la estrategia militar con la fuerza de la naturaleza. Cameron demuestra, una vez más, que es un maestro orquestando el caos. Pero incluso en medio de las explosiones y los enfrentamientos, el foco nunca se pierde de lo importante: el drama familiar. Cada decisión, cada pérdida, tiene un peso emocional tremendo. No estás viendo a personajes de CGI luchando; estás viendo a una familia luchar por su supervivencia, y sufres con ellos en cada momento. El clímax es agotador en el mejor sentido de la palabra, dejándote sin aliento pero emocionalmente satisfecho.

Escena del clan Metkayina

En definitiva, ‘Avatar: El sentido del agua’ es mucho más que una secuela. Es una expansión lógica y emocional del universo que conocimos. Es una película larga, sí, pero no le sobra ni un minuto. Es un tratado sobre el amor familiar, el respeto por la naturaleza, el dolor de la pérdida y la resiliencia del espíritu. Es una carta de amor al cine como experiencia inmersiva y como vehículo para contar historias que importan. Me arrepiento de no haberla vivido antes, pero me alegro inmensamente de haberlo hecho. Es, sin lugar a dudas, una de esas películas que se quedan contigo, que te hacen soñar con mundos lejanos y, sobre todo, que te hacen sentir.

«El camino del agua no tiene principio ni fin. El mar está a tu alrededor y en tu interior.»

Y tú, ¿qué sentiste al volver a Pandora?

Por qué Plan Oculto de Spike Lee me pareció una pérdida de tiempo

Crítica de ‘Plan Oculto’: Un Atraco Casi Perfecto que se Queda a Medias

Póster de la película Plan Oculto

Ficha Técnica

  • Título original: Inside Man
  • Año: 2006
  • Duración: 129 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Spike Lee
  • Guion: Russell Gewirtz
  • Música: Terence Blanchard
  • Reparto: Denzel Washington, Clive Owen, Jodie Foster, Christopher Plummer, Willem Dafoe, Chiwetel Ejiofor

Mi Valoración

(2 de 5 estrellas)

«Duelo entre un duro policía (Denzel Washington) y un inteligente atracador (Clive Owen) durante un tenso secuestro con rehenes en un banco de Manhattan. De repente, aparece una tercera persona que ha sido contratada por el influyente propietario del banco (Christopher Plummer). Se trata de Madaline (Jodie Foster), una poderosa bróker que tiene una agenda secreta.»
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=1]

Un Plan Demasiado Oculto Para Mi Gusto

Hay películas que te las recomiendan tanto, que las ves en tantas listas de «los mejores thrillers de la historia», que cuando por fin te sientas a verlas, la expectativa es un monstruo gigante. ‘Plan Oculto’ era para mí una de esas películas. Spike Lee en la dirección, un reparto que es básicamente un «quién es quién» de Hollywood… ¿qué podía salir mal? Pues, para mi sorpresa, bastantes cosas. O, mejor dicho, no es que salieran mal, es que simplemente no salieron. La película se quedó en un limbo de intenciones, un quiero y no puedo que me dejó más frío que el interior de la cámara acorazada que tanto se esfuerzan en proteger.

La premisa es fantástica, no nos vamos a engañar. Un atraco a un banco en pleno corazón de Nueva York. Pero no es un atraco cualquiera. El cerebro, Dalton Russell (un Clive Owen que pasa casi toda la película con la cara tapada, un desperdicio), parece tenerlo todo calculado. No quiere el dinero, o eso parece. Los rehenes son obligados a vestirse como los atracadores, creando un caos de identidad que vuelve loca a la policía. Al otro lado, tenemos al detective Keith Frazier (Denzel Washington), un negociador carismático pero con sus propias sombras. Y para enredar más la madeja, aparece Madeleine White (Jodie Foster), una facilitadora de problemas para los ricos y poderosos que tiene su propia agenda. El tablero de ajedrez está dispuesto con piezas de lujo. El problema es que la partida se me hizo lenta, predecible y, sobre todo, anticlimática.

Escena del atraco en Plan Oculto

La tensión inicial se diluye en conversaciones que no llevan a ninguna parte.

El principal problema que le encontré a ‘Plan Oculto’ es su ritmo. Spike Lee se toma su tiempo, muchísimo tiempo, en desarrollar las conversaciones entre Frazier y Russell. Se supone que son duelos dialécticos, llenos de ingenio y dobles sentidos. Y sí, hay momentos brillantes, frases que te sacan una sonrisa. Denzel Washington está, como siempre, impecable. Su personaje tiene ese aire de tipo normal, un poco chulesco, superado por las circunstancias pero sin perder nunca la compostura. Es el ancla de la película. Pero incluso él no puede salvar la sensación de que la trama no avanza. Las negociaciones se estancan, los giros de guion se ven venir a kilómetros y la subtrama de Jodie Foster, que debería añadir una capa de conspiración y misterio, se siente metida con calzador, como si perteneciera a otra película.

Se supone que un thriller de atracos debe mantenerte al borde del asiento. Piensa en ‘Heat’, en ‘Tarde de perros’ o incluso en ‘La casa de papel’. Sientes la urgencia, el peligro, la claustrofobia. En ‘Plan Oculto’, esa tensión es artificial. Los interrogatorios a los rehenes una vez liberados, que se intercalan durante toda la película, rompen constantemente el ritmo y te sacan de la acción principal. Es un recurso narrativo que entiendo en la teoría —crear misterio sobre lo que realmente pasó dentro— pero que en la práctica resulta frustrante. En lugar de aumentar el suspense, lo disipa. Te cuenta el final antes de tiempo, o al menos te asegura que la cosa no acabó en una masacre, quitándole gran parte del peligro inminente que debería sentirse.

Denzel Washington como el detective Frazier

Denzel Washington, lo mejor de una película que no está a su altura.

Y luego está el «gran secreto». El MacGuffin por el que se monta todo este circo. Sin entrar en spoilers, diré que me pareció una decepción mayúscula. Durante dos horas te construyen un misterio alrededor de una caja de seguridad, te hacen creer que dentro hay algo que puede cambiar el mundo, o al menos la vida de gente muy poderosa. Y cuando por fin se desvela… la reacción es un «¿en serio? ¿Todo esto para eso?». Se siente como una justificación floja, casi una excusa para poder llevar a cabo el «atraco perfecto». Un plan tan ingenioso, tan meticulosamente diseñado, merecía una motivación mucho más potente. Al final, el plan es más interesante que el objetivo del plan, y eso es un problema grave.

No me malinterpreten, la película está bien hecha. La dirección de Spike Lee es elegante, la fotografía de Matthew Libatique es excelente y la banda sonora de Terence Blanchard acompaña bien. Pero el cine no es solo técnica. Es emoción, es conexión, es sentir que el tiempo que inviertes vale la pena. Y al terminar de ver ‘Plan Oculto’, mi sensación fue la de haber asistido a un truco de magia muy elaborado en el que el mago se recrea tanto en los preparativos que se olvida de que el público espera un final sorprendente. El conejo que sale de la chistera es pequeño, predecible y ni siquiera es tan adorable como prometía.

Jodie Foster en su papel de Madeleine White

Un personaje con potencial que se queda en una mera distracción.

En definitiva, ‘Plan Oculto’ es una de esas películas que, en mi humilde opinión de consumidor de cine, está tremendamente sobrevalorada. Es un ejercicio de estilo interesante, un escaparate para el talento de su reparto, pero como thriller, como historia que te atrape y te sorprenda, fracasa. Le sobran minutos, le falta tensión y su gran revelación es un anticlímax. Pude haber dedicado esas dos horas a ver dos capítulos de una buena serie, a leer un libro o, sinceramente, a cualquier otra cosa. Le doy dos estrellas, y es por Denzel y por la buena factura técnica. Por lo demás, fue una decepción. Un plan tan perfecto que se olvidó de ser emocionante.

Y tú, ¿crees que ‘Plan Oculto’ es una obra maestra o también te dejó con la sensación de que el plan era mejor que la ejecución?

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