Ficha Técnica
Título Original: The Summer I Turned Pretty
Creación: Jenny Han
Plataforma: Amazon Prime Video
Género: Drama adolescente, Romance, Coming-of-age
Reparto Principal: Lola Tung (Belly), Christopher Briney (Conrad), Gavin Casalegno (Jeremiah), Sean Kaufman (Steven), Jackie Chung (Laurel)
(4 de 5 estrellas – Un viaje nostálgico que engancha)
«Un triángulo amoroso entre una chica y dos hermanos. Una historia sobre el primer amor, el primer desamor y la magia de un verano perfecto. Cada verano, Belly y su familia van a la casa de la playa de los Fisher en Cousins. Todos los veranos son iguales… hasta que Belly cumple 16 años. Las relaciones se pondrán a prueba, se revelarán dolorosas verdades y Belly cambiará para siempre. Es el verano del primer amor, del primer desamor y de crecer.»
Crítica de un Millennial: El Verano Que Me Enamoré y la Nostalgia de los 2000
Seamos sinceros, los millennials somos un meme andante, y yo, como buen exponente de mi generación, me vi de repente devorando ‘El verano que me enamoré’. Todo empezó cuando mi chica me propuso ver una serie de «chicas». A mis treinta y muchos, uno ya no tiene complejos. Un buen drama adolescente siempre apetece, es como volver a casa. Nos criamos con la pandilla de ‘Compañeros’, los dilemas existenciales de ‘Dawson Crece’, las idas y venidas de ‘Los Serrano’, las conversaciones a mil por hora de ‘Las Chicas Gilmore’ o las lecciones de vida de ‘Cómo conocí a vuestra madre’. Estas series son parte de nuestro ADN cultural, y aunque algunas las descubrí ya de adulto, forman un panteón de iconos generacionales que nos moldearon. Así que, sin saber nada del «hype» que rodeaba a esta serie, me lancé de cabeza.
Lo más curioso fue el viaje. Empezamos a verla y, justo cuando nos enganchábamos del todo, coincidió con el final de su tercera y última temporada. De repente, nuestro algoritmo se inundó de memes, de debates encarnizados, de vídeos-reacción y de la guerra civil digital más importante de la Generación Z: ¿Team Conrad o Team Jeremiah? Fue como descubrir un universo paralelo que había estado bullendo bajo la superficie. Nosotros, ajenos a todo, llegamos a la fiesta justo para el clímax, y la experiencia fue mucho más rica por ello. Ver la serie y luego entender el fenómeno social que había generado fue, sin duda, un plus inesperado y muy divertido. Nos convertimos en espectadores y antropólogos culturales al mismo tiempo.
La premisa es, en apariencia, de una simplicidad aplastante y, por eso mismo, tan efectiva. Dos familias, amigas íntimas de toda la vida, comparten cada verano en una idílica casa en la playa llamada Cousins. Los hijos crecen juntos, forjando lazos que parecen irrompibles. Pero el tiempo pasa, la pubertad hace su magia (o su estropicio, según se mire) y la amistad infantil de Isabel «Belly» Conklin con los hermanos Conrad y Jeremiah Fisher se transforma en un triángulo amoroso con mayúsculas. La tensión es palpable, las miradas significan más que mil palabras y cada decisión de Belly desata un tsunami emocional. Es la receta clásica del drama adolescente, pero ejecutada con un encanto particular que la hace irresistible. En el fondo, es la lucha de dos hermanos, el yin y el yang, por el amor de la misma chica, todo ello envuelto en un ambiente de verano eterno y salitre.
Pero lo que realmente me atrapó, lo que me hizo quedarme y disfrutar cada capítulo, no fue solo el drama central. Siendo honesto, lo que me dio la vida fueron las subtramas. La relación entre Steven, el hermano mayor de Belly, y Taylor, su mejor amiga, es una joya. Pasa de una rivalidad infantil a una conexión genuina, con diálogos chispeantes y una química que a menudo roba el foco. Es el contrapunto perfecto, más ligero y divertido, al denso y melancólico triángulo principal. Y luego está la historia de los adultos, la de Laurel (madre de Belly) y Susannah (madre de los chicos). Su amistad es el verdadero corazón de la serie. Es una relación profunda, compleja, llena de amor incondicional, secretos y un dolor que se siente real. Para un espectador que ya ha dejado la adolescencia atrás, estas historias tienen un peso y una resonancia que enriquecen enormemente la narrativa.
Hay algo en ‘El verano que me enamoré’ que grita «nostalgia de los 2000» a pesar de ser una producción actual. Es una sensación difícil de explicar, pero está ahí. Quizás sea la estética de Cousins Beach, ese lugar que parece congelado en un verano perfecto, un refugio contra el mundo real que recuerda a los escenarios de nuestras series de antaño, como Capeside en ‘Dawson Crece’. Los paisajes, con sus playas de arena blanca, sus muelles de madera y sus atardeceres de tonos pastel, son un personaje más. La fotografía potencia esa sensación de ensueño, de un recuerdo idealizado al que siempre quieres volver. Es un escapismo puro y duro, una invitación a desconectar y sumergirte en un mundo donde el mayor problema es a quién quieres besar en la fiesta de fin de verano.
Y luego está la música. ¡Qué pedazo de banda sonora! Es, sin lugar a dudas, el ancla que conecta la serie con el espíritu millennial. Cada escena clave está impulsada por una canción perfectamente elegida que amplifica las emociones hasta el infinito. El uso recurrente de Taylor Swift no es casual; es una declaración de intenciones. Sus canciones, que narran historias de amor y desamor con una honestidad brutal, son el hilo musical de la vida sentimental de Belly. Pero no solo es Taylor. La selección musical bebe de ese pop-rock y pop alternativo que dominaba las radios en los 2000, creando una atmósfera que se siente familiar, cálida y profundamente emotiva. Es imposible no ver una escena en la piscina o un viaje en coche con los protagonistas y no sentir un eco de tu propia adolescencia, aunque la tuya no fuera en una casa de playa en la costa este americana.
Analicemos el famoso triángulo. Por un lado, tenemos a Conrad Fisher: el hermano mayor, el chico torturado, melancólico, con un mundo interior que nadie parece entender. Es el arquetipo del «chico malo» con corazón de oro, el que te rompe el corazón pero al que no puedes evitar querer. Es un personaje lleno de matices, y su lucha interna con la responsabilidad y el dolor es uno de los motores de la serie. Por otro lado, Jeremiah Fisher: el hermano menor, el sol en persona, el mejor amigo leal, divertido y siempre presente. Es el «golden retriever» humano, la opción segura, el que te cuida y te hace reír. Y en el centro, Belly, una protagonista que evoluciona de una niña insegura a una joven que toma las riendas de su vida y de su corazón, aunque cometa errores por el camino. La serie hace un trabajo excelente en presentar los argumentos a favor de ambos hermanos, haciendo que la elección sea genuinamente difícil y que la división del público en «teams» esté más que justificada. Es una guerra sin cuartel, sí, pero con un «mood» muy Gen Z: la violencia es emocional, no física.
En definitiva, ‘El verano que me enamoré’ ha sido un descubrimiento. Una serie que, bajo su apariencia de simple drama adolescente para un público joven, esconde un corazón universal y atemporal. Es un homenaje a esos veranos que lo cambian todo, al primer amor que te marca a fuego, a la amistad que se convierte en familia y a la dolorosa pero necesaria transición a la vida adulta. Para un millennial como yo, ha sido un delicioso viaje al pasado, un recordatorio de por qué nos enganchamos a este tipo de historias en primer lugar. Es una serie de confort, de esas que te pones para sentirte bien, para soñar un poco y para recordar que, no importa la edad que tengas, un buen drama romántico en un verano eterno siempre será un planazo.
Y ahora, la pregunta del millón…
Más allá de los dramas y los amores de verano, ¿cuál de los dos hermanos crees que realmente entiende y valora a Belly por quién es? ¡Se abre el debate en los comentarios: #TeamConrad o #TeamJeremiah!
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