Mes: enero 2026 Página 1 de 3

Lo que nadie te cuenta de Prisioneros de Ghostland: Una experiencia agotadora.

Póster Prisioneros de Ghostland

Ficha Técnica

  • Título original: Prisoners of the Ghostland
  • Año: 2021
  • Dirección: Sion Sono
  • Reparto: Nicolas Cage, Sofia Boutella, Bill Moseley, Nick Cassavetes
  • Género: Acción / Thriller / Fantástico / Western post-apocalíptico
  • Duración: 103 minutos
  • País: Estados Unidos / Japón
★☆☆☆☆
(1.5 de 5)

En la traicionera frontera de la ciudad de Samurai Town, un ladrón de bancos sin escrúpulos (Nicolas Cage) es liberado de la cárcel por un rico señor de la guerra conocido como The Governor (Bill Moseley). A cambio de su libertad, el prisionero debe aventurarse en un oscuro universo sobrenatural para rescatar a la nieta desaparecida del Gobernador. Pero hay un pequeño detalle: lleva un traje de cuero cargado de explosivos que detonarán si no cumple su misión en cinco días… o si se excita demasiado.

Voy a ser totalmente sincero con vosotros: terminé de ver Prisioneros de Ghostland y me quedé mirando la pantalla en negro durante cinco minutos, intentando procesar si lo que acababa de presenciar era una obra de arte incomprendida o una tomadura de pelo de proporciones bíblicas. Tras pensarlo fríamente, dormir un poco y volver a repasar mentalmente las escenas, la balanza se inclina peligrosamente hacia lo segundo. Estamos ante un caos absoluto que prometía ser la locura definitiva de Nicolas Cage y se queda en un delirio aburrido y sin sentido.

Sobre el papel, la idea sonaba increíble. Sion Sono, el director japonés conocido por su cine extremo, visceral y poético (quien haya visto Love Exposure sabe de lo que hablo), se unía a Nicolas Cage en su etapa más desatada. Nos vendieron esta película como «la más salvaje que Cage ha hecho nunca». Y claro, uno va con las expectativas por las nubes, esperando sangre, gritos, sobreactuación gloriosa y una estética cyberpunk. Lo que nos encontramos, en cambio, es una mezcla indigesta de Mad Max de mercadillo, western teatral y simbolismo japonés que no termina de cuajar por ningún lado.

Escena Nicolas Cage Ghostland

El problema principal no es que la película sea rara. A mí me encanta lo raro. Me fascina el cine que se arriesga. El problema es que Prisioneros de Ghostland confunde ser excéntrica con ser interesante. La trama es una excusa barata: un héroe (Cage) tiene que rescatar a una chica (Sofia Boutella) en un mundo post-apocalíptico llamado «Ghostland». Hasta ahí, todo correcto. Pero la ejecución es tan confusa y el ritmo tan irregular que llega un momento en el que dejas de intentar entender la lógica del mundo y simplemente rezas para que pase algo emocionante. Y lamentablemente, pasan muy pocas cosas que realmente enganchen.

Hablemos del elefante en la habitación: Nicolas Cage. Todos sabemos que Cage es un género en sí mismo. Cuando está bien dirigido, es un genio; cuando se deja llevar por el «Cage Rage», es un meme con patas. Aquí, Cage parece estar tan perdido como nosotros. Sí, grita. Sí, pone caras imposibles. Sí, lleva un traje con bombas pegadas a los testículos (literalmente). Pero su actuación se siente cansada, como si estuviera cumpliendo un trámite para pagar otra deuda más. Hay un momento concreto donde grita la palabra «¡TESTÍCULO!» con toda la fuerza de sus pulmones, y aunque debería ser un momento cumbre de humor absurdo, se siente triste. Es como ver a un mago repetir su viejo truco una y otra vez ante un público que ya no se sorprende.

Visualmente, la película tiene sus luces y sus sombras. Hay que reconocer que el diseño de producción es atrevido. Samurai Town, con su mezcla de arquitectura japonesa tradicional y neones occidentales, tiene un aire visual potente. El uso del color es saturado y agresivo, creando postales que quedarían genial en un fondo de pantalla, pero que no sostienen una narrativa de casi dos horas. Sion Sono intenta crear una atmósfera onírica, casi teatral, donde los personajes se mueven como títeres en un escenario, pero el bajo presupuesto se nota demasiado en los momentos clave, haciendo que lo que debería ser épico parezca una función de fin de curso con disfraces caros.

Escena Sofia Boutella

Y luego está «Ghostland», ese páramo al que envían al protagonista. Se supone que es un lugar donde el tiempo se ha detenido tras un desastre nuclear, lleno de fantasmas y marginados que intentan detener las agujas de un reloj gigante. La metáfora sobre el tiempo, Hiroshima y Fukushima está ahí, lanzada a la cara del espectador sin ninguna sutileza. Sion Sono quiere hablar del trauma nuclear de Japón, y eso es loable, pero lo entierra bajo tantas capas de basura estética y diálogos incomprensibles que el mensaje pierde toda su fuerza emocional. Los «fantasmas» no dan miedo, dan pena, y los villanos carecen de carisma real más allá de su vestuario estrafalario.

Sofia Boutella hace lo que puede con el poco material que le dan. Es una actriz física, con una presencia magnética, pero su personaje es poco más que un objeto a rescatar que de vez en cuando da alguna patada. Es frustrante ver a actores con talento atrapados en un guion que parece escrito en una servilleta durante una noche de fiebre. No hay química entre los personajes, no hay desarrollo, y por lo tanto, no hay tensión. Cuando las bombas del traje de Cage empiezan a pitar, realmente te da igual si explotan o no. De hecho, parte de ti desea que exploten para que la película termine antes.

El ritmo es otro de los grandes enemigos de esta cinta. Para ser una película de acción y fantasía, se hace eterna. Hay escenas de gente caminando, gente gritando coros ininteligibles y planos estáticos que se alargan hasta la extenuación. No es un ritmo contemplativo de cine de autor, es un ritmo de «no tenemos suficiente metraje para llegar a la hora y media, así que alarga esa toma». La acción, cuando llega, es caótica y está mal editada, abusando de cortes rápidos que impiden disfrutar de la coreografía (si es que la había).

Samurais y post apocalipsis

En resumen, Prisioneros de Ghostland es una oportunidad perdida. Podría haber sido una joya del cine de culto, una mezcla explosiva de Oriente y Occidente, una locura divertidísima. Pero se queda en un ejercicio de estilo vacío, pretencioso y, lo que es peor, aburrido. Es una película que se cree mucho más lista y gamberra de lo que realmente es. Si eres un completista acérrimo de Nicolas Cage y necesitas ver absolutamente todo lo que hace, adelante, bajo tu propia responsabilidad. Pero si buscas entretenimiento, coherencia o simplemente una buena película de acción bizarra, aquí no la vas a encontrar.

Me duele decirlo porque quería que me gustara. Quería defender esta rareza. Pero al final, la sensación que te queda es la de haber perdido el tiempo en un sueño febril del que te alegras de despertar. Nick, amigo, te queremos, pero por favor, empieza a leer los guiones antes de firmar. O al menos, asegúrate de que el traje explosivo tenga un detonador real para acabar con nuestro sufrimiento antes.

¿Tú también has sobrevivido a Ghostland?

Me muero de curiosidad. ¿Soy yo el único que piensa que esto no hay por dónde cogerlo o ves algo de genialidad en este caos? ¿Es la peor peli de Nicolas Cage o ese puesto sigue siendo de The Wicker Man?

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Salva Reina no salva ‘Con quién viajas’: Opinión sin filtros

Póster Con Quién Viajas

Ficha Técnica

  • Título: Con quién viajas
  • Año: 2021
  • Dirección: Hugo Martín Cuervo
  • Reparto: Salva Reina, Ana Polvorosa, Pol Monen, Andrea Duro
  • Género: Comedia / Thriller / Road Movie
  • Duración: 87 min
  • País: España
★☆☆☆☆ (1 de 5)

Cuatro desconocidos quedan en el centro de Madrid para ir en coche a Murcia, gracias a una aplicación de viajes compartidos. Durante el trayecto, los pasajeros comienzan a desconfiar del conductor, cuyo comportamiento se vuelve cada vez más extraño, generando una tensión incómoda dentro del vehículo.

A veces pienso que el cine español no da para más. Y me duele escribir esto, de verdad que me duele, porque soy el primero que defiende nuestra industria, que compra entradas el fin de semana del estreno y que intenta convencer a sus amigos de que hay vida más allá de las franquicias de Hollywood. Pero luego me topo con películas como Con quién viajas y se me cae el alma a los pies. Es esa sensación frustrante de ver cómo una buena idea, o al menos una premisa contemporánea y juguetona, se convierte en un intento de comedia fácil y perezosa.

Entiendo perfectamente que la industria necesita rodar, que hay que dar trabajo a los actores, a los técnicos y mantener la rueda girando. Pero, ¿a qué precio? Películas como esta, lejos de sumar, restan. Alejan al gran público de una afición necesaria y vital. Cuando alguien paga una entrada o dedica una hora y media de su vida en una plataforma y recibe un producto tan plano e invisible, la próxima vez se lo pensará dos veces antes de darle al play a una producción nacional. Y eso es lo que más rabia me da.

Escena del coche

La premisa no era mala sobre el papel: un viaje en BlaBlaCar (o similar), cuatro desconocidos, un espacio cerrado y un conductor raro. Es el caldo de cultivo perfecto para un thriller psicológico o una comedia negra negrísima. Teníamos los ingredientes para un Locke a la española o incluso un El método sobre ruedas. Sin embargo, la ejecución es decepcionante. Lo que debería ser una olla a presión de tensión y diálogos afilados se queda en una sucesión de chistes que no aterrizan y situaciones forzadas que no te crees en ningún momento.

El problema principal es el ritmo y el tono. La película no sabe si quiere ser una comedia costumbrista o un thriller de suspense, y al intentar ser las dos cosas, falla estrepitosamente en ambas. La atmósfera claustrofóbica brilla por su ausencia. En lugar de sentir el agobio de estar atrapado en un coche con un posible psicópata, lo que sientes es el agobio de querer que lleguen ya a Murcia para que se acabe la película. Los silencios incómodos no generan tensión, generan aburrimiento.

Hablemos de los personajes, o mejor dicho, de las caricaturas. Tenemos al «rarito», a la chica superficial, al chico «normal» y a la otra chica que pasaba por allí. Salva Reina hace lo que puede, y sinceramente es el único que parece estar intentando sacar algo de jugo a un guion seco como la mojama. Su interpretación del conductor peculiar tiene destellos de interés, pero el guion no le acompaña. El resto del elenco, actores que he visto brillar en otros trabajos, aquí parecen estar con el piloto automático, recitando frases que nadie diría en la vida real.

Primer plano Salva Reina

Visualmente, la película es correcta, sin más. Pero en una película de «cámara única» o espacio confinado, la dirección debe ser virtuosa para mantener el interés visual. Aquí nos encontramos con planos y contraplanos estándar, una iluminación que parece de serie de televisión de sobremesa y una falta de riesgo total. No hay una propuesta estética que eleve el material. Es cine funcional en el peor sentido de la palabra: cumple con enfocar y encuadrar, pero no transmite nada.

Y luego está el mensaje, si es que lo hay. Se intenta jugar con los prejuicios, con cómo juzgamos a los desconocidos por su apariencia o por un par de frases. Pero la reflexión es tan superficial que se evapora al instante. No hay una crítica real a la sociedad de la desconfianza ni una sátira mordaz sobre las nuevas formas de viajar. Todo se queda en la superficie, en el chascarrillo fácil. Es una oportunidad perdida para hacer radiografía social desde el humor.

Sinceramente, ha sido lo peor de mi arranque de 2025. Quizás mis expectativas eran otras, o quizás es que ya estoy cansado de ver cómo el cine español tropieza una y otra vez en la misma piedra de la comedia inofensiva. Me da la sensación de que es un cine hecho por algoritmo, diseñado para rellenar parrilla pero vacío de alma. Falta garra, falta verdad y falta riesgo.

Grupo de actores en el coche

Al final, Con quién viajas es una película invisible. De esas que ves un domingo por la tarde medio dormido y que el lunes por la mañana ya has olvidado completamente. Y eso, para mí, es peor que una película mala pero valiente. Un cero total no por la calidad técnica, que es estándar, sino por la irrelevancia absoluta. El cine debe provocar algo, aunque sea enfado. Esto solo provoca indiferencia.

No quiero sonar pesimista, porque sé que hay talento de sobra en España. Pero necesitamos exigir más. Necesitamos guiones que no traten al espectador como si fuera tonto, y comedias que se atrevan a ser algo más que una sucesión de clichés. Ojalá la próxima vez que Salva Reina coja el coche, el viaje merezca la pena.

¿Soy yo o el cine español necesita un cambio de rumbo urgente?

Quizás he sido muy duro, o quizás tú también estás harto de estas comedias que prometen mucho y no dan nada. ¿La has visto? ¿Te pareció tan «invisible» como a mí?

Déjame tu opinión en los comentarios, prometo leerlos todos (aunque no esté de acuerdo).

Olvida la física, disfruta el caos: Por qué deberías ver Geostorm hoy

Póster Geostorm

Ficha Técnica

  • Título: Geostorm (Geostorm)
  • Año: 2017
  • Dirección: Dean Devlin
  • Reparto: Gerard Butler, Jim Sturgess, Abbie Cornish, Ed Harris, Andy García
  • Género: Acción / Ciencia Ficción / Catástrofes
  • Duración: 109 minutos
  • País: Estados Unidos
★★★★☆ (4/5)

*Valoración basada en el disfrute puro, no en la ciencia.*

Un sistema de satélites diseñado para controlar el clima global y proteger a la humanidad de desastres naturales comienza a fallar misteriosamente, atacando la Tierra. Jake Lawson (Gerard Butler), el arquitecto de la estación espacial, debe regresar al espacio para descubrir la amenaza real antes de que una ‘Geotormenta’ mundial borre todo rastro de vida en el planeta.

Voy a empezar esta reseña siendo totalmente honesto con vosotros, porque aquí no hemos venido a ponernos el monóculo ni a analizar la semiótica del cine iraní de los años 70. Aquí hemos venido a pasarlo bien, a desconectar del estrés de la semana y a ver cómo el mundo se va al garete mientras comemos palomitas. Y en ese sentido, Geostorm es una absoluta maravilla incomprendida. Es una de esas películas que, si se hubiera estrenado en 1996, justo entre Independence Day y Twister, hoy sería considerada un clásico de culto intocable. Pero tuvo la mala suerte de llegar en 2017, en una época donde el cinismo y la necesidad de que todo tenga «lógica científica» nos ha quitado un poco la capacidad de soñar con explosiones absurdas.

Lo primero que te golpea al ver la película es esa sensación reconfortante de «ya he estado aquí antes». Y no lo digo como algo negativo, al contrario. Es como volver a casa. Dean Devlin, que fue el productor y guionista de la mayoría de los éxitos de Roland Emmerich, sabe exactamente qué teclas tocar para hacernos vibrar. Tenemos al héroe renegado que es más listo que nadie pero tiene problemas con la autoridad, tenemos al hermano burócrata con el que se lleva mal, tenemos la cuenta atrás con números rojos gigantes y, por supuesto, tenemos la destrucción masiva de monumentos icónicos. ¿Es cliché? Sí. ¿Nos encanta? Absolutamente.

Pero hablemos del elefante en la habitación, o mejor dicho, del escocés en la estación espacial: Gerard Butler es un tesoro nacional (aunque sea de Escocia, ya me entendéis). Hay algo en este hombre que eleva cualquier material que toca. En manos de otro actor, el personaje de Jake Lawson podría haber sido insoportable o ridículo. Pero Butler le imprime ese carisma de tipo duro con corazón de oro, esa energía de «estoy demasiado viejo para esta mierda pero voy a salvar el mundo igual» que tanto nos gusta. Cuando le ves ponerse el traje espacial, sabes que todo va a salir bien, aunque la física diga lo contrario.

Gerard Butler en el espacio

Butler haciendo lo que mejor sabe hacer: fruncir el ceño y salvar el día.

La trama es deliciosamente absurda. La idea de una red de satélites llamada «Dutch Boy» (El Niño Holandés) que controla el clima lanzando cápsulas para disipar huracanes es tan científicamente improbable que da la vuelta y se convierte en genialidad. La película no te pide que te creas la ciencia, te pide que aceptes las reglas del juego. Y una vez que lo haces, el viaje es frenético. No hay tiempos muertos. En un momento estás viendo una ola de frío congelar instantáneamente una playa en Río de Janeiro, y al siguiente estás en una persecución de coches eléctricos mientras el suelo explota en Hong Kong. Es un buffet libre de catástrofes y tú tienes el plato lleno.

Un aspecto que me sorprendió gratamente es el ritmo. Muchas películas de catástrofes actuales pecan de ser demasiado largas o de tomarse demasiado en serio a sí mismas, intentando meter dramas familiares complejos que a nadie le importan. Geostorm va al grano. Sí, hay una trama de hermanos entre Butler y Jim Sturgess, pero está al servicio de la acción. No hay relleno innecesario. La película entiende que hemos pagado la entrada para ver el caos, y nos lo da en dosis industriales. La edición es ágil, saltando de la tensión claustrofóbica en la Estación Espacial Internacional a la intriga política en la Casa Blanca sin que te pierdas en el camino.

Y hablando de intriga política, qué maravilla ver a actores de la talla de Ed Harris y Andy García pasándoselo bomba. Se nota cuando un actor está allí solo por el cheque y cuando está allí para divertirse. Aquí, Ed Harris, con esa mirada de acero, aporta una gravedad necesaria que equilibra la locura espacial. Ver a leyendas del cine participando en este tipo de blockbusters sin complejos valida nuestra propia experiencia como espectadores. Si Ed Harris se lo toma en serio (dentro de lo que cabe), nosotros también podemos.

Visualmente, la película tiene momentos muy potentes. Quizás el CGI no sea el de Avatar, pero tiene una estética muy particular, muy de videojuego de alta gama, que funciona perfectamente para lo que la historia requiere. La escena de los rascacielos cayendo como fichas de dominó en Hong Kong por el calor extremo es visualmente impactante. O esa ola gigante que amenaza Dubai. Son postales del apocalipsis diseñadas para ser consumidas con la boca abierta. Hay una belleza extraña en la destrucción digital que Geostorm explota muy bien, usando colores saturados y planos amplios para que no nos perdamos ni un detalle del desastre.

Escena de destrucción climática

Cuando el clima se convierte en el villano: un espectáculo visual desatado.

Pero lo que realmente hace que esta película se gane un hueco en mi estantería (y en mi corazón) es su falta de pretensiones. Vivimos en una era de cine de superhéroes interconectados, de universos expandidos y de dramas que buscan el Oscar desesperadamente. Geostorm es una «película de sábado por la tarde» en el mejor sentido posible. No quiere cambiarte la vida, quiere alegrarte la tarde. Es cine honesto. Te promete satélites locos y tormentas gigantes, y eso es exactamente lo que te entrega. Esa honestidad es una cualidad muy infravalorada hoy en día.

También hay que destacar el papel de Abbie Cornish como la agente del servicio secreto Sarah Wilson. En un género que a menudo relega a las mujeres a papeles de «damisela en apuros» o «científica que explica la trama», ella es la que reparte leña en la Tierra. Su escena conduciendo el taxi presidencial marcha atrás mientras dispara es uno de los momentos más «badass» de la película. La química con Jim Sturgess funciona porque es ligera y divertida, sin empalagar. Es refrescante ver a una pareja de acción que colabora de igual a igual para salvar al presidente (y al mundo).

La banda sonora, aunque genérica en algunos puntos, cumple su función de elevar la épica. Esos trombones y percusiones fuertes cada vez que algo explota son la «comida reconfortante» auditiva de los fans del cine de acción. Acompaña perfectamente el crescendo final, donde la cuenta atrás llega a los segundos finales. Porque, seamos sinceros, ¿qué sería de una película así sin una cuenta atrás que se detiene en el último segundo? Es un cliché, sí, pero es NUESTRO cliché. Es parte del ritual.

Reflexionando un poco más a fondo, Geostorm también nos habla, aunque sea de forma muy rudimentaria, sobre nuestra ansiedad climática. Aunque la solución que plantea es pura fantasía tecnológica, el miedo subyacente es real. Ver la naturaleza desatada es un terror primario. La película canaliza ese miedo y nos da una fantasía de control: la idea de que, si somos lo suficientemente listos y valientes (y tenemos a Gerard Butler), podemos domar a la bestia. Es una catarsis necesaria en tiempos donde a veces nos sentimos impotentes ante el cambio climático real.

No puedo dejar de mencionar el diseño de producción de la estación espacial. Es gigantesca, laberíntica y llena de piezas móviles. Me recordó a esas naves de las películas de ciencia ficción de los 80, donde todo parecía usado y funcional, no como las naves inmaculadas de Apple Store que vemos en el cine moderno. Se siente como un lugar donde la gente trabaja y suda. Ese realismo sucio ayuda a aterrizar (perdón por el juego de palabras) la trama espacial y hace que el peligro se sienta más físico y menos virtual.

El equipo en acción

Tensión, miradas intensas y tecnología imposible. La fórmula perfecta.

En conclusión, si te acercas a Geostorm buscando fallos de guion, los vas a encontrar a patadas. Si buscas rigor científico, te va a dar un derrame. Pero si te acercas a ella con el corazón abierto de un niño que solo quiere ver cosas grandes chocando y héroes improbables triunfando, te vas a encontrar con una joya. Es una carta de amor al cine de catástrofes de los 90, firmada con cariño y pirotecnia. A veces, la mejor cultura no es la que te hace pensar, sino la que te permite sentir y disfrutar sin barreras.

¿Placer culpable o genialidad?

«A veces necesitamos que el cine sea simplemente eso: un espectáculo ruidoso que nos haga olvidar que mañana es lunes. Geostorm no pide perdón por ser lo que es, y por eso la aplaudo.»

¿Y tú? ¿Eres del equipo ‘Ciencia estricta’ o del equipo ‘Gerard Butler lo arregla todo’? ¡Te leo en los comentarios! 👇

Vaqueros, política y violencia: Lo que Yellowstone nos enseña de EE.UU

Póster Yellowstone

Ficha Técnica

Título: Yellowstone

Año: 2018 – 2024

Creador: Taylor Sheridan, John Linson

Reparto: Kevin Costner, Kelly Reilly, Luke Grimes, Wes Bentley, Cole Hauser, Kelsey Asbille, Gil Birmingham

Género: Western / Drama / Thriller

Duración: 5 Temporadas (aprox. 60 min/cap)

País: Estados Unidos

★★★★☆ (4 de 5)

John Dutton lidera una familia de terratenientes en Montana que controla el rancho más grande de los Estados Unidos. En un mundo donde la frontera sigue siendo salvaje, los Dutton deben proteger su legado de promotores inmobiliarios, una reserva indígena y el primer parque nacional de América, usando métodos que desafían la ley y la moral.

Acabo de terminar Yellowstone. La he visto en un par de semanas, del tirón, sin anestesia y casi sin respirar. Me he quitado la tirita que tantos años llevaba pegada y, con ella, mi causa pendiente con Kevin Costner. He de reconocer que la serie me ha entusiasmado, especialmente las tres primeras temporadas, que me han parecido grandiosas pese al devenir, a veces errático, de algunos personajes en la recta final. Estamos ante una serie sólida, con una historia de base muy potente, pocos extras innecesarios al principio, mucha música country que te araña el alma y, sobre todo, muchos animales y una naturaleza que abruma.

La historia sigue a la familia Dutton, cuyo patriarca, John Dutton, es una especie de señor feudal moderno en Montana. Toda la trama gira obsesivamente en torno al concepto del rancho, de la pertenencia a la tierra y la lucha contra las grandes corporaciones que quieren explotar ese paraíso como si fuera una extensión más de Utah, Los Ángeles, Seattle o Nueva York. Conceptualmente es fascinante y liosa a la vez: nunca terminas de saber si estás ante una familia dictatorial que ejecuta la ley a su antojo o ante el último bastión de amantes de la naturaleza castiza, defendiendo lo rural frente a la voracidad del cemento.

John Dutton Kevin Costner

El patriarca que mira al futuro sintiéndolo perdido.

Hablemos de John Dutton. Viudo, con cientos de enemigos y una palabra que va a misa. No tiene miedo a incumplir todas las leyes existentes ni a ejecutar lo inejecutable con puño de hierro. Es un personaje complejo: a veces es el villano de su propia historia, pero de repente se le ve cojear como el hombre de campo que es, y se vuelve vulnerable, empalagoso incluso, hablando de un pasado que añora y de un futuro que siente perdido desde el minuto uno. Es el rey de un reino que se desmorona, y Costner lo borda.

Luego está Beth Dutton. Ella encarna el mal socialmente hablando, pero con un carisma arrollador. Desadaptada, violenta, caprichosa y, ciertamente, en muchas ocasiones insoportable. No ha sido mi favorita, pero entiendo que la idea era encumbrarla como la antiheroína definitiva. Una mujer rota por su pasado que vive por y para los deseos de su padre. Se considera a sí misma peor que la muerte y, pese a que a veces quieres que desaparezca, nos regala los mejores diálogos de la serie. A su lado, Rip, el capataz. Su historia de amor viaja en paralelo, unida por una lealtad inquebrantable pero tóxica, siempre ensombrecida por la figura del patriarca. La inclusión de Carter (ese «mini-Rip») en la cuarta temporada intentó darles humanidad, pero siento que esa trama no terminó de fraguar del todo.

El contrapunto moral lo ponen Kasey Dutton y su esposa Mónica. Kasey, el hijo menor, comienza como la oveja negra, un militar retirado casado con una mujer indígena de la reserva que, irónicamente, es la mayor amenaza territorial para el rancho de su padre. Su evolución es la más humana y cercana a la realidad de quienes leen estas líneas. Kasey sufre procesos reales de búsqueda de identidad junto a Mónica y su hijo Tate. Su final es, posiblemente, el único que me dejó un buen sabor de boca, el único que sentí cerrado y digno. Hablar de Mónica es hablar también de Thomas Rainwater, el presidente de la reserva. Al principio se presenta como un enemigo formidable, pero su arco gira hacia una complicidad extraña con John Dutton: ambos encuentran un terreno común en el amor sagrado a la tierra, frente al enemigo común del capitalismo salvaje.

Familia Dutton Yellowstone

Una dinastía en guerra contra el mundo y contra sí misma.

Pero no todo funciona. Jamie Dutton es el gran damnificado. Creo sinceramente que es víctima de su familia y de las expectativas tóxicas de su padre. Él y Beth son las dos caras de la moneda de John, pero Jamie acaba siendo el saco de boxeo de los guionistas. No esperaba el final que le deparó Taylor Sheridan. No he entendido los porqués, más allá de que, al descubrirse su condición de «bastardo» en la tercera temporada, parece que perdió todo derecho a la redención a ojos del creador. Jamie representaba el peligro de la civilización y la política moderna, todo lo que los Dutton odian, pero su desenlace me pareció cruel e inexplicable, casi un castigo narrativo injusto.

Y aquí entramos en las sombras de la producción. Taylor Sheridan, creador y showrunner, a veces se pierde en su propio ego. La autopromoción se vuelve casi innecesaria y cansina: esas escenas repetitivas donde él mismo sale exhibiendo caballos, dando vueltas y vueltas durante minutos que no aportan nada a la trama, rompen el ritmo. Es una indulgencia que se perdona porque el resto es bueno, pero cansa. Además, las tramas de las cinco temporadas a veces sufren de inconsistencia: personajes que parecen tener peso desaparecen sin explicación, y subtramas enteras quedan inconclusas o se resuelven de forma apresurada.

Sin embargo, los secundarios salvan el día. Mención especial al «Bunkhouse» (los barracones), con Lloyd y Jimmy a la cabeza. Jimmy tiene uno de los mejores arcos de crecimiento, pasando de ser un inútil a un hombre, y su relación con Lloyd representa el choque entre el pasado y el futuro de lo que significa ser vaquero. Es en esos momentos, entre caballos, polvo y cervezas al atardecer, donde la serie respira verdad.

Vaqueros Yellowstone

La vida en el Bunkhouse: lealtad, violencia y hermandad.

Más allá del drama familiar, Yellowstone invita a una reflexión profunda sobre la política y el poder. ¿Es el rancho una democracia? En absoluto. Es una autocracia regida por la violencia necesaria para mantener el orden. La serie pone sobre la mesa la causa india de las reservas americanas, no como un adorno, sino como una herida abierta. El bien y el mal se difuminan en Montana: John Dutton es el héroe porque defiende la tierra, pero sus métodos son los de un villano. La democracia parece no servir cuando se trata de frenar la avaricia corporativa, y la serie parece sugerir que, a veces, hace falta un monstruo para proteger el paraíso.

Para terminar, si como a mí esta serie te despierta el gusanillo del universo creado por Sheridan, debes saber que existen precuelas que explican cómo los Dutton llegaron allí y por qué defienden ese valle con la vida. Si quieres una guía de visionado cronológico para entender el linaje completo, este sería el orden correcto:

1. 1883: El origen. El viaje brutal de la primera generación desde Texas a Montana. Pura poesía visual.
2. 1923: La supervivencia. Harrison Ford y Helen Mirren defendiendo el rancho durante la Gran Depresión.
3. Yellowstone: La actualidad. El desenlace del legado.

¿Héroes o Villanos?

«Yellowstone nos hace preguntarnos si el fin justifica los medios cuando lo que está en juego es el hogar. ¿Tú de qué lado estás: de los Dutton o del progreso?»


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The Equalizer 3: Denzel Washington vuelve a demostrar por qué es eterno

The Equalizer 3 Poster

Ficha técnica

Título original: The Equalizer 3

Año: 2023

Dirección: Antoine Fuqua

Reparto: Denzel Washington, Dakota Fanning, Eugenio Mastrandrea

Género: Acción, Thriller

Duración: 109 minutos

País: Estados Unidos

Valoración

★★★★☆ (4 de 5)

Robert McCall cree haber dejado atrás su violento pasado, pero cuando se instala en un pequeño pueblo del sur de Italia descubre que sus nuevos amigos viven bajo el control del crimen organizado. Cuando los acontecimientos se vuelven mortales, McCall sabe exactamente qué hacer: convertirse en el protector de los oprimidos.

The Equalizer 3 fue una de esas películas que vi casi sin pensarlo demasiado, pero que acabaron dejándome una sensación muy especial. No solo porque Denzel Washington siempre funciona —eso ya lo damos por hecho—, sino porque aquí hay algo distinto, algo más reposado, más crepuscular, más consciente del paso del tiempo. Cuando la vi a principios de 2025 sentí una conexión inmediata con el personaje, como si Robert McCall y yo estuviésemos en un punto parecido: mirando atrás, recordando todo lo vivido, pero sin renunciar a seguir adelante.

Esta tercera entrega de la saga no intenta reinventar nada. Y lo digo como algo positivo. Sabe perfectamente lo que es y lo que quiere ofrecer: acción directa, justicia personal y un protagonista que se mueve entre la calma absoluta y la violencia más implacable. Pero esta vez, el escenario italiano lo cambia todo. Italia no es solo un fondo bonito, es casi un personaje más, y eso se nota desde el primer minuto.

Equalizer haciendo amigos

Ver a McCall haciendo amigos, integrándose poco a poco en la vida del pueblo, es algo que no habíamos visto tan claramente en las anteriores películas. Aquí hay más silencios, más miradas, más pequeños gestos cotidianos. Antoine Fuqua parece interesado en mostrarnos al hombre detrás del justiciero, al tipo cansado que solo quiere tomarse un café tranquilo y ver pasar los días sin sobresaltos.

Y es ahí donde Denzel vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes. No necesita discursos largos ni escenas exageradas para imponerse. Le basta con estar. Con caminar. Con mirar. Su presencia llena la pantalla incluso cuando no hace nada aparentemente importante. Es un actor que envejece con una elegancia brutal, y esta película lo aprovecha al máximo.

El pueblo italiano en el que se refugia McCall es precioso, pero también está podrido por dentro. Esa dualidad entre belleza y corrupción es uno de los grandes aciertos del film. Todo parece tranquilo, casi idílico, hasta que empiezas a rascar un poco y descubres que la mafia controla cada rincón, cada negocio, cada vida. Y claro, ahí es donde McCall no puede quedarse de brazos cruzados.

El pueblo italiano

La violencia en The Equalizer 3 es seca, directa y, en muchos momentos, incómoda. No es una película que glorifique la sangre porque sí, aunque tampoco se corta cuando tiene que mostrarla. Cada estallido de acción parece justificado, casi inevitable. McCall no disfruta matando, pero tampoco duda cuando sabe que es necesario. Es un código moral muy claro, aunque discutible, y la película no intenta suavizarlo.

Me gustó especialmente el ritmo. No va con prisas, y eso puede desesperar a algunos, pero a mí me pareció muy acertado. Deja que la historia respire, que conozcamos a los personajes secundarios, que entendamos lo que está en juego. Cuando la violencia llega, lo hace con más fuerza precisamente porque se ha tomado su tiempo.

El personaje de Dakota Fanning aporta un contrapunto interesante. No roba protagonismo, pero sí sirve para ampliar el mundo de McCall y recordarnos que su lucha no es solo personal. Hay algo casi melancólico en su relación, como si ambos supieran que pertenecen a un mundo que nunca termina de encajar del todo.

Problemas en The Equalizer 3

No todo es perfecto. Hay momentos en los que la película parece repetirse a sí misma, como si siguiera un manual demasiado conocido. Algunos villanos son un poco planos y ciertos conflictos se resuelven de forma demasiado rápida. Pero incluso con esos defectos, el conjunto funciona porque el corazón está en el sitio correcto.

The Equalizer 3 se siente como una despedida, aunque nunca se diga explícitamente. Hay algo de final de etapa, de cierre de círculo. Ver a McCall caminando por esas calles italianas, aceptando quién es y lo que representa, resulta sorprendentemente emotivo para una película de acción.

Para mí, fue una de las películas que más disfruté en 2025. De esas que puedes volver a ver sin cansarte, porque siempre encuentras un gesto nuevo, una mirada distinta, una escena que te había pasado desapercibida. Acción pura, sí, pero también una reflexión sobre el paso del tiempo y las segundas oportunidades.

Denzel Washington nunca se agota. Nunca baja el nivel. Y en una saga como The Equalizer, ambientada además en mi querida Italia, era muy difícil que algo saliera mal. Puede que no sea la mejor película de acción de la historia, pero sí una de las más honestas dentro de su género.

¿Puede un hombre encontrar la paz después de haber vivido toda su vida entre la violencia, o simplemente aprende a convivir con ella?

Terror de consumo rápido: Análisis de El Juego del Ascensor (Elevator Game).

Póster El Juego del Ascensor

📂 Ficha Técnica

  • 🎬 Título: El juego del ascensor (Elevator Game)
  • 📅 Año: 2023
  • 🎥 Dirección: Rebekah McKendry
  • 👥 Reparto: Gino Anania, Verity Marks, Alec Carlos, Nazariy Demkowicz
  • 👻 Género: Terror / Sobrenatural / Creepypasta
  • ⏱️ Duración: 94 minutos
  • 🌍 País: Estados Unidos
★★★☆☆ 3 de 5 | Entretenimiento Cumplidor

El adolescente Ryan se une a un grupo de recién graduados que dirigen una serie web dedicada a desacreditar leyendas urbanas. Sin embargo, Ryan tiene un secreto: su hermana desapareció meses antes y él cree que ellos —y un peligroso desafío online llamado ‘El Juego del Ascensor’— son los responsables.

Hay tardes de domingo en las que uno no busca descubrir el sentido de la vida, ni maravillarse con la fotografía de un director sueco de nombre impronunciable, ni siquiera sufrir de verdad con un terror elevado al estilo A24. Hay tardes en las que el cuerpo solo te pide algo sencillo, algo que entre fácil, que se digiera rápido y que cumpla la función básica de mantenerte mirando a la pantalla sin exigirte demasiado esfuerzo neuronal. El juego del ascensor es exactamente esa película. Es la hamburguesa de un euro del cine de terror: sabes que no es alta cocina, sabes que los ingredientes no son de primera calidad, pero, maldita sea, te quita el hambre y hasta la disfrutas mientras dura.

Estamos ante una cinta que nace de una fuente inagotable de folclore moderno: las creepypastas. Para quienes no pasaron su adolescencia en foros de Reddit a las tres de la mañana, el «Juego del Ascensor» es una leyenda urbana originada en Corea (y popularizada globalmente en Internet) que asegura que, si realizas una secuencia específica de botones en un ascensor de un edificio de al menos diez pisos, puedes acceder a otra dimensión. Una dimensión donde el cielo es rojo, las luces fallan y, lo más importante, no debes interactuar con la mujer que sube en el quinto piso. La premisa es jugosa, simple y aterradora en su concepto minimalista. La película toma este material base y, con mucha honestidad y pocas pretensiones, construye un relato funcional.

Lo primero que llama la atención es que la película es muy consciente de la época en la que vive. Los protagonistas no son investigadores paranormales victorianos, sino un grupo de creadores de contenido para YouTube. Tienen un canal llamado «Nightmare on 24th Street» (un guiño simpático, aunque obvio) y se dedican a desmitificar leyendas urbanas. Este punto de partida es interesante porque justifica por qué demonios alguien querría hacer algo tan estúpido como invocar a un espíritu en un ascensor: por los likes, por los patrocinadores, por la audiencia. Es una crítica muy suave, casi de fondo, a la cultura del clickbait, pero sirve perfectamente para mover la trama.

Escena del ascensor

La tensión en el espacio cerrado es uno de los pocos recursos que la cinta explota con inteligencia.

Ryan, nuestro protagonista «infiltrado», es el típico chico tímido con una motivación oculta: encontrar a su hermana desaparecida. Aquí entramos en el terreno de los clichés más absolutos. El guion no se esfuerza en reinventar la rueda. Tenemos al líder carismático y algo imbécil del canal, a la técnica sensata, al gracioso del grupo y a la chica escéptica. Son arquetipos con patas, piezas de ajedrez colocadas para ir cayendo una a una o para sufrir las consecuencias de su incredulidad. Y, sinceramente, no me molesta. En este tipo de producciones, a veces se agradece la familiaridad. Sabes quién va a morir, sabes quién va a sobrevivir, y el juego consiste más en ver el «cómo» que el «qué».

Visualmente, la película tiene sus luces y sus sombras, nunca mejor dicho. Hay un esfuerzo notable en la iluminación cuando las cosas empiezan a torcerse. El uso de colores saturados, especialmente esos magentas y azules neón cuando el ascensor empieza a hacer de las suyas, le da un toque muy de cómic, muy «estética streamer», que le sienta bien. No es una película fea, aunque se nota que el presupuesto no daba para grandes alardes. El escenario del edificio de oficinas vacío de noche es un clásico que siempre funciona; esos pasillos largos, idénticos y estériles tienen algo inherentemente inquietante que apela a nuestro miedo a la soledad en espacios públicos.

Hablemos del terror. ¿Da miedo *El juego del ascensor*? Depende de tu umbral. Si eres un veterano del género que desayuna viendo *Martyrs*, esto te parecerá un cuento de Disney. Pero si buscas sobresaltos efectivos, la película tiene un par de momentos bien construidos. Juega mucho con el *jumpscare*, el susto de subida de volumen repentina, que es el recurso fácil, lo reconozco, pero eficaz para mantenerte despierto. Sin embargo, hay algo en la representación de la «Mujer del Quinto Piso» que me resultó genuinamente perturbador. El maquillaje y la actuación física de ese ente tienen un punto de valle inquietante (uncanny valley) que funciona bastante bien.

El ritmo es otro de sus aciertos. Al durar poco más de hora y media, la cinta no pierde mucho tiempo. La introducción de los personajes es rápida, la explicación de las reglas del juego es clara (y repetida para que no te pierdas), y una vez que se meten en el ascensor, la cosa va rodada. No hay grandes valles de aburrimiento, aunque sí hay momentos donde la lógica interna de la película se tambalea. Hay decisiones de los personajes que te harán gritarle a la pantalla: «¿Pero por qué no sales de ahí?», «¿Por qué te separas?». Lo de siempre, vamos. Pero es parte del pacto que firmamos al ver un *slasher* sobrenatural de bajo presupuesto.

El grupo de youtubers

El equipo de «Nightmare on 24th Street»: carne de cañón lista para el sacrificio viral.

Me parece interesante reflexionar sobre cómo el cine está adaptando estas leyendas de internet. Hace unos años tuvimos la desastrosa película de *Slenderman*, y comparada con aquella, *El juego del ascensor* es una obra maestra. Se nota que la directora, Rebekah McKendry, tiene cariño por el material y entiende el lenguaje del terror moderno. No intenta elevar la leyenda a una mitología compleja e incomprensible; respeta la simplicidad del ritual: botones, pisos, no mirar, no hablar. Esa fidelidad al «creepypasta» original es algo que los fans del terror online agradecerán enormemente.

Sin embargo, no todo es positivo. La película sufre notablemente en su tramo final. Como suele pasar en estas historias, el misterio es mucho más atractivo que la resolución. Cuando empiezan a explicar el «por qué» de todo, la magia se diluye un poco. Las reglas que parecían férreas al principio empiezan a ser flexibles según le convenga al guion para salvar a tal o cual personaje. Y los efectos digitales (CGI) en el clímax… bueno, digamos que se nota dónde se acabó el dinero. Hay ciertos efectos de distorsión y fantasmas digitales que sacan un poco de la inmersión, pareciendo más un filtro barato de TikTok que una producción cinematográfica seria.

A nivel sonoro, la película cumple sin destacar, aunque tiene sus matices. La banda sonora es la típica mezcla de sintetizadores y golpes de graves para acentuar los sustos, nada memorable que vayas a buscar en Spotify después. Pero lo que sí funciona a las mil maravillas es el diseño de sonido del propio ascensor: los chirridos metálicos, el «ding» de llegada a planta, el zumbido eléctrico. Consiguen convertir una caja metálica cotidiana en una trampa mortal sonora. Esos detalles son los que demuestran que, detrás de la fachada de «película barata», hay gente técnica que sabe hacer su trabajo.

Es curioso cómo este tipo de películas ocupan un lugar necesario en el ecosistema cultural. No podemos estar viendo obras maestras intensas todos los días. A veces necesitamos este «cine de confort» macabro. *El juego del ascensor* es perfecta para ver con amigos, con pizzas y ganas de comentar las estupideces que hacen los protagonistas. No te va a cambiar la vida, no te va a dejar pensando en la muerte durante semanas (como me pasó con *Hereditary*), pero te va a regalar 90 minutos de evasión pura y dura. Y eso, en los tiempos que corren, tiene su valor innegable.

Terror sobrenatural

Cuando los efectos son prácticos y el maquillaje toma el control, la película gana enteros.

En conclusión, si vas buscando una joya oculta del terror indie que revolucione el género, sigue buscando, porque aquí no la encontrarás. Pero si lo que quieres es una adaptación digna de una leyenda urbana famosa, con un ritmo ágil y unos cuantos sustos bien colocados, dale una oportunidad sin miedo. Es una película honesta: te ofrece exactamente lo que promete el póster. Ni más, ni menos. Es hábil en su ejecución técnica limitada y sabe jugar sus cartas para no aburrir. A veces, la falta de pretensión es la mejor virtud de una obra.

Así que, la próxima vez que subas a un ascensor y estés solo, quizás te lo pienses dos veces antes de pulsar los botones en un orden aleatorio. O quizás no, y simplemente te rías recordando los clichés de esta película. Sea como sea, *El juego del ascensor* logra su objetivo: entretenernos con nuestros miedos más irracionales a la tecnología cotidiana. No pasará a la historia del cine, pero ha salvado mi tarde de domingo, y con eso me basta.

¿Te atreverías a jugar?

Yo confieso que una vez intenté lo de «Verónica» frente al espejo y salí corriendo antes de terminar. 🕯️👻

¿Sois de los valientes o de los que prefieren ver estas cosas desde la seguridad del sofá como yo? ¡Os leo en comentarios!

El día que Denzel secuestró un hospital: Recordando «John Q» veinte años después

Poster oficial de John Q

Ficha Técnica

  • Título original: John Q
  • Año: 2002
  • Dirección: Nick Cassavetes
  • Reparto estelar: Denzel Washington, Robert Duvall, James Woods, Anne Heche, Kimberly Elise
  • Género: Drama / Thriller social
  • Duración: 116 minutos
★★★★☆

4.5 de 5 estrellas provisionales

«John Q. Archibald (Denzel Washington) es un hombre común que trabaja en una fábrica y se desvive por su familia. Su vida da un vuelco dramático cuando su hijo pequeño colapsa durante un partido de béisbol y es diagnosticado con una grave enfermedad cardíaca. Al descubrir que su seguro médico no cubre el trasplante de corazón necesario para salvar la vida del niño, y ante la fría burocracia del hospital, John toma una decisión desesperada: secuestrar la sala de emergencias para exigir que pongan a su hijo en la lista de donantes.»

Voy a ser totalmente sincero con vosotros desde el principio: tengo una debilidad enorme por el Denzel Washington de principios de los 2000. Quizás es la nostalgia hablando, no lo sé, pero hay algo en esa época del cine, justo antes de que todo se volviera franquicias de superhéroes, que me toca la fibra. Y «John Q» es, para mí y para mucha gente de mi generación (los que crecimos en los 80 y maduramos en los 90/00), una de esas películas pilares. No soy un crítico de cine de Cahiers du Cinéma, solo soy un tipo que ve muchas películas y que se emociona fácilmente, y os digo que pocas veces he visto a un actor echarse una película a la espalda con la fuerza bruta y el carisma con el que lo hace Denzel aquí. Es la definición de «ese padre que todos querríamos tener», un tipo dispuesto a pelear como gato panza arriba contra el mundo entero si tocan a los suyos. Y vaya si pelea.

La película arranca de una manera casi engañosamente tranquila. Nos presenta la vida de los Archibald. Son gente normal, currantes, que viven al día y hacen malabares con las facturas. Denzel interpreta a John, Kimberly Elise a su mujer, Denise. Tienen una química increíble que te hace creerte esa familia desde el minuto uno. Vemos los problemas cotidianos, el coche que casi no arranca, la preocupación por llegar a fin de mes, pero también vemos un amor a raudales en esa casa. Es vital que la película dedique tiempo a esto, porque necesitamos entender qué es lo que está en juego. Necesitamos enamorarnos de esa pequeña unidad familiar para que, cuando llegue el golpe, nos duela tanto como a ellos. Y el golpe llega seco, rápido, en un partido de béisbol, cuando el pequeño Mike se desploma. Ahí empieza la verdadera pesadilla.

Lo que sigue es, sinceramente, una de las críticas más feroces que el cine comercial de Hollywood ha hecho al sistema sanitario estadounidense. Y digo «feroz» porque, aunque a veces la película peque de ser un poco melodramática (que lo es, no nos engañemos), la situación de base es terroríficamente real para millones de personas. La escena en la que John se enfrenta a la administradora del hospital (una Anne Heche que hace un trabajo excelente siendo la cara fría de la burocracia) y al cirujano estrella (James Woods, brillante como el médico arrogante que ha olvidado su juramento hipocrático por el dinero) es desgarradora. Es la impotencia hecha escena. Ver a un hombre fuerte, trabajador, que ha hecho todo «bien» según las reglas de la sociedad, siendo tratado como un número, como basura, simplemente porque su seguro tiene letra pequeña, es algo que te hierve la sangre. Es en este punto donde la película deja de ser un drama familiar para convertirse en un thriller de denuncia social.

Denzel Washington y Kimberly Elise en un momento tenso

La desesperación de unos padres ante la burocracia médica.

Y llegamos al punto de no retorno. El momento en que John Q. Archibald decide que ya no va a pedir más favores. La escena en la que saca la pistola y cierra las puertas de la sala de urgencias es magistral en su ejecución. No es la acción de un terrorista entrenado, ni de un villano de película de acción. Es el acto torpe, tembloroso y absolutamente desesperado de un padre acorralado. Nick Cassavetes, el director, maneja muy bien la tensión en este espacio cerrado. De repente, el hospital, ese lugar de sanación, se convierte en una olla a presión. Y aquí es donde Denzel Washington simplemente se sale del mapa. Su actuación no es la de un tipo duro al uso; puedes ver el miedo en sus ojos, la duda, y al mismo tiempo, esa determinación inquebrantable de que su hijo no se va a morir ese día.

Dentro de la sala de rehenes, la película se convierte en un estudio de personajes fascinante. Los rehenes son un microcosmos de la sociedad: tenemos al tipo de clase alta que cree que su tiempo vale más que el de los demás, a una embarazada a punto de dar a luz, a un chico de la calle herido, a médicos y enfermeras asustados… Lo interesante es cómo la dinámica cambia. Al principio, John es el «malo», el loco con el arma. Pero a medida que pasan las horas y la gente empieza a entender *por qué* está haciendo lo que hace, la lealtad empieza a cambiar. Es casi como una versión acelerada del Síndrome de Estocolmo, pero basada en la empatía pura y dura. La gente empieza a ver que el verdadero villano no es el hombre con la pistola, sino el sistema que lo empujó a cogerla. Hay momentos de humor negro, de tensión extrema y de humanidad compartida dentro de esas cuatro paredes que funcionan increíblemente bien.

Mientras tanto, fuera del hospital, se desata el circo mediático y policial. Y aquí tenemos otro duelo actoral de altura. Por un lado, Robert Duvall como el negociador de la policía, Grimes, un tipo veterano, cansado, que entiende perfectamente la posición de John y que intenta resolver la situación sin que nadie salga herido. Duvall aporta esa calma y esa humanidad necesaria para equilibrar la intensidad de Denzel. Por otro lado, tenemos al jefe de policía interpretado por Ray Liotta, que solo ve una situación táctica que hay que resolver por la fuerza para ganar puntos políticos. Este choque entre la policía empática y la policía militarizada es otro de los temas secundarios interesantes que toca la película. Y cómo no, los medios de comunicación, convirtiendo la tragedia personal de un hombre en un espectáculo nacional, con la gente de la calle vitoreando a John como si fuera un héroe popular moderno, un Robin Hood de la sanidad.

John Q tomando el control de la sala de urgencias

El momento en que un hombre común cruza la línea por amor.

Pero volvamos a Denzel, porque realmente es el motor de todo esto. Hay escenas en esta película que se me quedaron grabadas a fuego. La conversación telefónica con su mujer mientras está atrincherado, donde la fachada de tipo duro se rompe y vemos al marido asustado, es brutal. O el momento en que, desesperado porque el tiempo se acaba y el corazón para su hijo no llega, toma la decisión final, la más extrema de todas. No voy a hacer spoilers graves por si alguien no la ha visto (¡corred a verla!), pero el clímax de la película, la resolución que John plantea, es uno de los momentos más tensos y emotivos que recuerdo haber visto en un thriller de este tipo. Es el sacrificio definitivo, planteado con una crudeza que te deja sin aliento. Denzel maneja esa intensidad sin caer en la sobreactuación, manteniendo siempre esa dignidad del trabajador que solo pide lo justo.

Mucha gente criticó la película en su momento por ser demasiado manipuladora emocionalmente. Y, a ver, no voy a mentir, lo es. «John Q» sabe exactamente qué botones pulsar para hacerte llorar y para hacerte enfadar. Utiliza la música, los primeros planos del niño enfermo y los discursos apasionados para llevarte exactamente a donde quiere. ¿Pero sabéis qué? Como consumidor medio de cine, a veces eso es exactamente lo que quiero. Quiero una película que no se ande con sutilezas, que me agarre por el cuello y me obligue a sentir algo intenso. No todo el cine tiene que ser sutil y cerebral. A veces necesitamos este tipo de catarsis emocional, este grito primario contra las injusticias del mundo, aunque esté envuelto en un paquete de Hollywood un poco brillante.

Además, creo que la película ha envejecido terriblemente bien, por desgracia. Veintitantos años después, el debate sobre la sanidad en Estados Unidos (y la privatización en otros lugares) sigue exactamente igual, o peor. Las historias de gente arruinada por facturas médicas o a la que se le deniegan tratamientos vitales por tecnicismos siguen llenando los periódicos. Por eso «John Q» sigue resonando tanto hoy en día. Porque aunque la situación del secuestro sea extrema, la premisa base, el miedo a no poder salvar a un ser querido porque no tienes suficiente dinero en el banco, es un miedo universal y muy actual. La película funciona porque conecta con esa ansiedad básica de la clase trabajadora.

El desenlace con la policía rodeando a John Q

El tenso enfrentamiento final entre la ley y la justicia moral.

El desenlace de la película es agridulce, como no podía ser de otra manera. No hay una solución mágica donde todo el mundo sale ganando sin consecuencias. Las acciones de John tienen un precio, y él está dispuesto a pagarlo. La escena final, el juicio mediático y legal, y la última mirada entre padre e hijo, te dejan con un nudo en la garganta pero también con una extraña sensación de esperanza. Es la confirmación de que, a veces, hay que romper las reglas para hacer lo correcto, aunque el sistema te castigue por ello. Es un mensaje peligroso, quizás, pero increíblemente potente en el contexto de la historia.

En resumen, «John Q» no será una obra maestra del cine de autor, pero es una película condenadamente efectiva. Es un thriller trepidante que te mantiene pegado al asiento, sí, pero sobre todo es un drama humano con un corazón enorme, impulsado por una de las mejores interpretaciones de la carrera de Denzel Washington. Es la película que cimentó su imagen como el héroe del hombre común, el tipo capaz de enfrentarse a gigantes con nada más que su voluntad y su amor de padre. Si sois de los que os gustan las películas que os hacen sentir cosas intensas, que os hacen enfadaros con el mundo y luego reconciliaros con la humanidad, tenéis que revisitar este clásico de los 2000. Es amor de padre a raudales y tensión de la buena.

¿Hasta dónde serías capaz de llegar tú por salvar la vida de un hijo si el sistema te diera la espalda? ¿Crees que el fin justifica los medios en un caso como el de John Q? ¡Os leo en los comentarios! 👇

Gareth Edwards y su opera prima: Por qué Monsters es un somnífero visual

Cartel de la película Monsters

Ficha Técnica

  • Título original: Monsters
  • Año: 2010 (Visionada en 2025)
  • Duración: 94 min. (Parecen 300)
  • Dirección y Guion: Gareth Edwards
  • Reparto principal: Scoot McNairy, Whitney Able
  • Género: Ciencia Ficción / Drama / Romance (fallido)

Mi Valoración Personal

★☆☆☆☆

1 de 5 estrellas (Solo por la fotografía, el resto es para dormir)

De qué va (supuestamente)

«Seis años después de que una sonda de la NASA se estrellara en México, liberando formas de vida extraterrestre, una gran franja del país ha sido puesta en cuarentena como ‘zona infectada’. Un periodista estadounidense accede a escoltar a una turista a través de la zona infectada hasta la frontera segura de Estados Unidos.»

Monsters: O cómo tirar 94 minutos de tu vida a la basura

Si algo he aprendido en este 2025 lleno de revisionados y descubrimientos tardíos, es que el «hype» o las buenas críticas de hace una década a veces envejecen peor que la leche fuera de la nevera. Hoy vengo a hablaros de «Monsters», esa película de 2010 dirigida por Gareth Edwards que, según me habían contado algunos puristas del cine indie, era una «joya oculta» y una «obra maestra de la ciencia ficción de bajo presupuesto». Pues bien, queridos lectores, dejadme que os ahorre el disgusto: de joya no tiene nada y de obra maestra, menos. Ha sido, sin lugar a dudas, uno de los visionados más frustrantes, aburridos y pretenciosos que he tenido la desgracia de experimentar este año. Me senté en el sofá esperando ver algo inquietante, quizás una road movie con tensión, bichos alienígenas y supervivencia. Lo que me encontré fue un somnífero audiovisual de hora y media donde literalmente no pasa nada.

La premisa prometía. Una sonda de la NASA se estrella en México y, años después, la mitad del país es una «Zona Infectada» llena de criaturas gigantes. Un periodista cínico (Andrew, interpretado por Scoot McNairy) tiene que sacar de allí a la hija de su jefe (Sam, interpretada por Whitney Able). Sobre el papel, suena a planazo de domingo por la tarde. Suena a aventura, a peligro, a persecuciones. Pero la realidad es que la película es un engaño desde el título. Llamar a esto «Monsters» es tener mucho valor, porque los monstruos brillan por su ausencia. Y no me vengáis con el cuento de «es que lo que no se ve da más miedo», porque aquí el problema no es que no se vean, es que la película parece olvidarse de que es una cinta de ciencia ficción para convertirse en un drama romántico indie de la peor calaña, con dos personajes que tienen menos química que una piedra y un zapato.

Protagonistas caminando en Monsters

Esto es el 90% de la película: gente caminando y mirando al infinito con cara de aburrimiento.

Hablemos del ritmo, o más bien, de la ausencia del mismo. La película avanza (es un decir) a una velocidad glacial. Edwards se regodea en planos eternos de paisajes, atardeceres y gente caminando. Sí, visualmente tiene su mérito, sobre todo sabiendo que se rodó con cuatro duros y un equipo mínimo, usando localizaciones reales y efectos digitales hechos en el portátil del director. Pero una fotografía bonita no sostiene una película vacía. Me pasé la primera media hora esperando a que arrancara la trama, la segunda media hora mirando el móvil porque ya no aguantaba más las conversaciones insustanciales entre los protagonistas, y la última media hora suplicando que apareciera un tentáculo gigante y se los comiera a los dos para acabar con mi sufrimiento. Es soporífera hasta decir basta. Hay escenas en barcos, en coches, en trenes… y en todas ellas la sensación de peligro es nula. Cero tensión. Se supone que están cruzando el infierno en la tierra, pero parecen dos mochileros deprimidos en un año sabático que les está saliendo regular.

Y luego están ellos, Andrew y Sam. Se supone que la película se sostiene sobre su relación, sobre cómo este viaje les cambia. El problema es que me importaban un pimiento. Scoot McNairy hace lo que puede con un personaje que es básicamente un cliché con patas (el fotógrafo de guerra desencantado que busca «la foto real»), y Whitney Able se pasa la película con la misma expresión de susto contenido y desgana. Lo más irónico es que los actores se casaron en la vida real poco después, así que supongo que química había, pero desde luego en la pantalla no se nota. Sus diálogos intentan ser profundos y reflexivos sobre la vida, el lugar de Estados Unidos en el mundo y las fronteras, pero suenan forzados, artificiales y, francamente, aburridos. No hay evolución real, solo una sucesión de escenas donde se miran intensamente mientras de fondo suena una música ambiental que induce al coma profundo.

Escena nocturna en Monsters

Intentando crear atmósfera. Lo que consiguen es que cierres los ojos.

Uno de los puntos que más rabia me da es el intento de mensaje social metido con calzador. Es obvio que Edwards quería usar los extraterrestres como una metáfora de la inmigración, del muro con México y del miedo al «otro». Vale, lo pillo. No soy tonto. Pero la metáfora es tan sutil como un ladrillazo en la cara y, al mismo tiempo, no profundiza en nada. Se queda en la superficie, utilizando el escenario de México como un simple telón de fondo exótico y peligroso para que dos gringos blancos tengan su viaje de autodescubrimiento. Me parece una oportunidad perdida gigantesca. Podrían haber explorado cómo vive realmente la gente en esa zona, el miedo real, la adaptación… pero no, la cámara siempre vuelve a los dos protagonistas y sus dramas del primer mundo, ignorando el contexto fascinante que han creado pero que no saben explotar.

Llegamos a la parte de los efectos especiales y los monstruos. Cuando por fin deciden enseñar algo, tengo que admitir que el diseño de las criaturas no está mal. Son como unos pulpos gigantes bioluminiscentes que caminan sobre zancos. Tienen un aire majestuoso y extraño. Pero claro, aparecen tan poco y en situaciones tan oscuras o lejanas, que apenas los disfrutas. Y cuando tienes ese momento «clímax» cerca del final, en esa gasolinera (no diré más para no hacer spoiler, aunque os hago un favor si os destripo la película y no la veis), la reacción de la película es… contemplativa. Otra vez. En lugar de terror o asombro, tenemos una escena que pretende ser poética y hermosa sobre el apareamiento alienígena o algo así. Mira, yo a esas alturas ya estaba bostezando tanto que casi me disloco la mandíbula. ¿Dónde está la acción? ¿Dónde está el conflicto? Es todo tan plano, tan «arty», que resulta irritante.

Lo peor de «Monsters» no es que sea una mala película técnica (no lo es, el sonido está bien, la imagen está bien), sino que es una película totalmente irrelevante. Termina y te quedas igual que estabas, pero con 94 minutos menos de vida y una sensación de pesadez en los párpados. Es un bluff de manual. Te la venden con un tráiler editado para parecer trepidante (el que os he puesto arriba es engañoso, avisados estáis) y luego te entregan un drama lento y silencioso. Me siento estafado. Si quieres ver un drama romántico, hay miles mejores. Si quieres ver ciencia ficción, ponte «District 9», que salió un año antes y le da mil vueltas en cómo tratar el tema de los alienígenas y la segregación con ritmo y garra. «Monsters» se queda en tierra de nadie, en ese limbo de las películas que creen ser más inteligentes de lo que son.

Zona de cuarentena en Monsters

Un paisaje desolador, como mis ganas de seguir viendo la película en el minuto 45.

Para ir cerrando, que no quiero dedicarle más tiempo a escribir sobre ella del que tardé en olvidarla. «Monsters» es el ejemplo perfecto de por qué no siempre hay que fiarse de la etiqueta «cine de culto». A veces, una película es pequeña y desconocida simplemente porque es aburrida. No hay más misterio. Gareth Edwards luego hizo «Godzilla» y «Rogue One», y ahí se nota que con presupuesto y alguien que le controle el ritmo, puede hacer cosas chulas. Pero aquí, con libertad total creativa, se perdió en su propia pretenciosidad. Quiso hacer arte y le salió un salvapantallas de Windows muy caro y muy largo.

En definitiva: huid de ella. No os dejéis engañar por el póster chulo ni por la premisa interesante. Es una trampa. Es lenta, insípida y carente de emoción. Mi 2025 ya ha tenido suficientes decepciones, pero esta se lleva la palma por lo mucho que prometía y lo poquísimo que da. Si valoráis vuestro tiempo libre y queréis manteneros despiertos, poneos cualquier otra cosa.

¿A ti también te pareció un tostón?

Sé que hay gente que defiende esta peli a muerte por su atmósfera. ¿Eres uno de ellos? Explícame en los comentarios qué le ves, porque yo solo vi oscuridad y aburrimiento. ¡Abramos debate!

¿Es Elf la mejor película de Jon Favreau? Un vistazo a su dirección artesanal

Póster oficial de la película Elf

Ficha Técnica

  • Título original: Elf
  • Año: 2003
  • Dirección: Jon Favreau
  • Reparto principal: Will Ferrell, James Caan, Zooey Deschanel, Mary Steenburgen, Bob Newhart, Peter Dinklage.
  • Género: Comedia, Fantasía, Cine Familiar Navideño.
  • Duración: 97 minutos.

Mi Valoración Provisional

★★★★☆ (4.5 de 5 estrellas)

Una Nochebuena, en un orfanato, un bebé gatea dentro del saco de regalos de Santa Claus y acaba en el Polo Norte. Criado como un elfo, pero creciendo tres veces más que los demás, Buddy (Will Ferrell) descubre finalmente que no es un elfo, sino un humano. Decidido a encontrar su lugar en el mundo, Buddy viaja a Nueva York para buscar a su verdadero padre, Walter Hobbs (James Caan), un editor de libros infantiles cínico y adicto al trabajo que figura en la lista de «traviesos» de Santa. Buddy, con su inocencia y espíritu navideño desbordante, pondrá patas arriba la vida de su padre y de toda la ciudad.

Tráiler Oficial

Más vale tarde que nunca: Descubriendo la magia de Buddy

Lo confieso, y sé que esto puede sonar a sacrilegio para muchos amantes del cine navideño ahí fuera: no había visto «Elf» hasta este año, 2025. Sí, lo sé. ¿Dónde he estado metido las últimas dos décadas? ¿Viviendo bajo una piedra en el Polo Sur? Quizás. El caso es que, como alguien que consume muchas películas y series, siempre había tenido esta cinta en mi lista de pendientes eternos. Veía los memes, escuchaba las referencias («¡Santa! ¡Lo conozco!»), pero por alguna razón, nunca me había sentado a darle al play. Tal vez pensaba que era «otra comedia tonta más» de principios de los 2000, o quizás me daba pereza enfrentarme a un clásico tan establecido por miedo a que no cumpliera mis expectativas. Pero, amigos, qué equivocado estaba y qué delicia de descubrimiento tardío ha sido.

Desde el primer minuto, la película te atrapa con una estética que es puro homenaje a los especiales navideños de Rankin/Bass de los años 60, esos hechos con stop-motion. La narración de Papa Elf (el legendario Bob Newhart) te sitúa en un tono de cuento de hadas moderno que funciona a la perfección. Ver a un Will Ferrell gigante intentando encajar físicamente en el diminuto mundo de los elfos del Polo Norte es comedia visual en su máxima expresión. No se trata solo de que sea grande; es la torpeza entrañable, la incapacidad de hacer juguetes al ritmo de los demás y esa sensación constante de ser un pez fuera del agua, incluso en el lugar más feliz de la Tierra. Jon Favreau, el director, acierta de pleno al usar efectos prácticos y perspectivas forzadas en lugar de abusar del CGI, lo que le da a toda esa primera parte una calidez artesanal que se echa mucho de menos en el cine actual.

Pero la película realmente despega cuando Buddy llega a Nueva York. Aquí es donde «Elf» podría haber caído en los tópicos fáciles de «paleto en la gran ciudad», pero los trasciende gracias a la interpretación absolutamente genial de Will Ferrell. He visto muchas cosas de Ferrell, algunas me encantan y otras no tanto, pero creo sinceramente que este es el papel de su vida. Buddy no es un adulto estúpido; es la inocencia personificada. No tiene ni una pizca de malicia o cinismo en su cuerpo. Su enfrentamiento con la realidad neoyorquina —comer chicles pegados en las barandillas del metro, emocionarse hasta el delirio con una puerta giratoria, o felicitar a un mapache que claramente quiere atacarle— funciona porque Ferrell se compromete al 100% con la ingenuidad del personaje. No nos reímos *de* él, nos reímos *con* su asombro ante un mundo que nosotros damos por sentado y que hemos dejado de mirar con ojos de niño.

Will Ferrell como Buddy el Elfo sonriendo

La sonrisa que conquistó incluso a los más cínicos. Ferrell en estado de gracia.

Y luego está el contraste, el ingrediente secreto que hace que la comedia funcione: Walter Hobbs, interpretado por el inigualable James Caan. Caan es el perfecto «hombre recto» para la locura de Ferrell. Su personaje es el arquetipo del Grinch corporativo, un hombre tan consumido por el trabajo y los resultados que ha olvidado cómo conectar con su propia familia, y mucho menos con un hijo perdido que se viste con mallas amarillas y cree que los cuatro grupos de alimentos principales son caramelo, bastones de caramelo, maíz dulce y jarabe de arce. La dinámica entre ellos es oro puro. La exasperación de Caan ante cada «te quiero, papá» de Buddy es palpable. Es el choque entre el cinismo adulto y la alegría infantil desenfrenada, y necesitamos a ambos para que la historia avance.

No puedo dejar de mencionar la subtrama romántica, que, para mi sorpresa, es increíblemente dulce. Zooey Deschanel, antes de ser la chica «adorkable» por excelencia en «New Girl», interpreta aquí a Jovie, una empleada de unos grandes almacenes desencantada con la vida y, especialmente, con la Navidad. Su energía es el polo opuesto a la de Buddy. Ella es reservada, un poco sarcástica y está «de vuelta de todo» a pesar de su juventud. La forma en que Buddy rompe sus barreras, no con grandes gestos románticos de película, sino con pura sinceridad y entusiasmo por cosas simples como ver un árbol de Navidad iluminado o «patinar» (o más bien, correr torpemente sobre el hielo), es preciosa. La escena del baño, donde Buddy entra sin ser consciente de las normas sociales para cantar a dúo «Baby, It’s Cold Outside» mientras ella se ducha, es un momento icónico por una razón: es raro, es incómodo, pero extrañamente tierno y musicalmente encantador. La voz de Deschanel es una maravilla, y ver cómo su personaje empieza a «descongelarse» es una de las partes más satisfactorias de la trama.

Hay tantas escenas que se me han quedado grabadas a pesar de haberla visto solo una vez. La escena en la juguetería Gimbel’s, cuando Buddy se entera de que Papá Noel viene a visitarlos y grita como un poseso, es histérica. Pero lo que viene después es aún mejor: su enfrentamiento con el Santa Claus de centro comercial (interpretado por el gran Artie Lange). La decepción genuina de Buddy al darse cuenta de que es un impostor («¡Hueles a carne y queso! ¡Tú no eres Santa!») y la posterior pelea caótica es un ejemplo perfecto de cómo la película maneja el humor físico sin perder el corazón de la historia: la defensa inquebrantable de Buddy de la magia verdadera. O la escena en la sala de correo, donde Buddy acaba emborrachándose con un compañero de trabajo y montando una fiesta de baile improvisada. Son momentos que demuestran que la alegría es contagiosa, incluso en los sótanos más oscuros de la vida corporativa.

Zooey Deschanel como Jovie vestida de elfo

Zooey Deschanel aporta la dosis necesaria de realidad y encanto vocal como Jovie.

Más allá de las risas, lo que me ha sorprendido de «Elf» es su trama sobre el hogar, la familia y el autoconocimiento. Buddy pasa toda su vida pensando que es algo que no es. Su viaje no es solo geográfico hacia Nueva York, sino un viaje interior para aceptar quién es realmente: un humano que fue criado por elfos, y que eso está bien. No tiene que elegir entre un mundo y el otro; él es el puente entre ambos. Por otro lado, la redención de Walter Hobbs no se siente forzada. No se convierte en un santo de la noche a la mañana, pero la presencia de Buddy le obliga a mirarse al espejo y ver en qué se ha convertido. La escena en la que finalmente elige a su familia por encima de su jefe tiránico (un cameo fantástico de Peter Dinklage, por cierto, cuya escena en la sala de juntas es otra joya de humor incómodo) es un cliché navideño, sí, pero está tan bien ganado que no te importa.

La dirección de Jon Favreau merece mucho más crédito del que se le suele dar. Lograr este equilibrio entre la farsa total, la comedia slapstick, el cuento de hadas visual y el drama familiar sincero es dificilísimo. Favreau consigue que Nueva York se sienta mágica y a la vez sucia y real. Consigue que nos creamos a un hombre de dos metros en mallas verdes corriendo por Central Park sin que parezca ridículo, sino heroico a su manera. La música también juega un papel fundamental, con una banda sonora llena de clásicos navideños que te meten en ambiente desde el primer momento, y la partitura original de John Debney que subraya perfectamente los momentos emotivos sin ser empalagosa.

Creo que la razón por la que «Elf» se ha convertido en un clásico moderno, y la razón por la que me ha impactado tanto viéndola en 2025, es porque el mundo necesita a Buddy. Vivimos tiempos cínicos, rápidos, estresantes, muy parecidos a la vida que lleva Walter Hobbs al principio de la película. Es fácil olvidar la importancia de la amabilidad desinteresada, de la ilusión por las pequeñas cosas, de cantar alto aunque desafines. Buddy es un recordatorio andante de que está bien ser vulnerable, está bien ser entusiasta y está bien creer en algo, aunque los demás te miren raro. No es una película que intente ser «cool» o irónica; lleva su corazón en la manga, o más bien, en su túnica verde de fieltro.

Buddy elfo intentando integrarse en la oficina

Intentando «integrarse» en el mundo real. La comedia visual es el punto fuerte de la película.

En conclusión, haber descubierto «Elf» tan tarde ha sido casi un regalo en sí mismo. Ha sido como abrir un presente olvidado debajo del árbol que resulta ser exactamente lo que necesitabas. Es una película que no envejece porque su mensaje y su humor son universales. La dupla de Will Ferrell y Zooey Deschanel es encantadora, el soporte de James Caan es fundamental y la dirección de Favreau es el lazo que une todo el paquete. Si eres como yo y, por alguna extraña razón cósmica, aún no la has visto, no esperes a la próxima Navidad. Póntela ya. Y si ya la has visto veinte veces, póntela otra vez. Porque todos necesitamos un poco más de «espíritu navideño» (que en realidad es solo bondad humana) durante todo el año, y nadie lo reparte mejor que Buddy Hobbs.

🎄 ¿Tú también tardaste en verla o es un clásico en tu casa? 🎄

¡Quiero leer vuestras experiencias en los comentarios! ¿Cuál es vuestra frase favorita de Buddy? ¿Sois de los que ponen el árbol en noviembre o esperáis a diciembre como la gente «normal»? ¡Contádmelo todo!

El trauma y la culpa en el cine de Scorsese: El caso Teddy Daniels

Poster Shutter Island

Ficha Técnica

  • Título original: Shutter Island
  • Año: 2010
  • Director: Martin Scorsese
  • Reparto: Leonardo DiCaprio, Mark Ruffalo, Ben Kingsley, Michelle Williams, Max von Sydow.
  • Género: Thriller psicológico / Neo-noir
  • Duración: 138 min.
★★★★☆

4.5 de 5 estrellas – «Una locura necesaria»

¿De qué va esto?

«En el verano de 1954, los agentes federales Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) y Chuck Aule (Mark Ruffalo) son destinados a una remota isla del puerto de Boston para investigar la desaparición de una peligrosa asesina (Emily Mortimer) que estaba recluida en el hospital psiquiátrico Ashecliffe, un centro penitenciario para criminales perturbados dirigido por el siniestro doctor John Cawley (Ben Kingsley). Pronto descubrirán que el centro guarda muchos secretos y que la isla es algo más que un lugar de reclusión.»

Opinión de un Experto Amateur: La Trampa de la Mente

Tengo que confesar algo antes de empezar: me encantan las películas que juegan contigo. Esas que te sientan en el sofá, te dan la mano, te cuentan un cuento y, cuando menos te lo esperas, te sueltan un bofetón de realidad que te deja pensando tres días. Shutter Island es, sin lugar a dudas, la reina de ese género en el cine moderno. No soy crítico de cine, ni pretendo saber más que nadie sobre iluminación o guiones, pero como consumidor compulsivo de historias, pocas veces me he sentido tan atrapado en una atmósfera como la que Scorsese crea aquí. Es asfixiante, es gris, es húmeda y, sobre todo, es profundamente inquietante. Desde el primer minuto, cuando ese ferry emerge de la niebla con la música estruendosa de fondo, sabes que nada bueno va a pasar en esa isla.

La premisa parece sencilla al principio, casi de manual de película de detectives de los años 50. Tenemos a Teddy Daniels (un DiCaprio que, sinceramente, está en uno de los mejores papeles de su carrera, sudando ansiedad por cada poro) y a su compañero llegando a Ashecliffe. Una paciente ha desaparecido. Se ha esfumado de una habitación cerrada. Imposible, ¿verdad? y ahí empieza el juego. Lo que al principio parece una investigación policial clásica, poco a poco se va convirtiendo en un descenso a los infiernos personales del protagonista. Scorsese nos lleva de la mano por pasillos lúgubres, acantilados imposibles y pabellones llenos de gritos, y nosotros, como espectadores, vamos recogiendo pistas pensando que somos más listos que la película. Qué equivocados estamos casi siempre.

Teddy Daniels investigando en Shutter Island

Cada pista parece abrir una puerta, pero en realidad cierra una salida.

Aquí es donde entra mi vertiente personal, y perdón si me pongo un poco intenso. Como terapeuta ocupacional que ha trabajado en salud mental, esta película me toca una fibra muy sensible. He pisado salas que, salvando las distancias de la época y el dramatismo de Hollywood, comparten ese aire de desesperanza y confusión. Ver Shutter Island me genera una sensación muy ambigua. Por un lado, me emociona la calidad cinematográfica, el suspense, la narrativa; pero por otro, me genera un rechazo visceral. Es doloroso ver cómo se retrata el sufrimiento humano cuando este te socava hasta lo más profundo. La película hace un trabajo brutal (y a veces excesivamente gráfico) al mostrar cómo la mente puede romperse en mil pedazos para protegerse de un trauma insoportable.

La representación de la institución mental en los años 50 es aterradora. Ben Kingsley, haciendo del Dr. Cawley, está magnífico en su ambigüedad. ¿Es un innovador que quiere curar con la palabra o un monstruo que experimenta con humanos? Esa duda es el motor de la película. Pero más allá de los lobotomías y las conspiraciones, lo que realmente me impacta es el peso del estigma y la soledad del paciente. La película nos muestra que, a veces, la realidad es tan dolorosa que la mentira se convierte en el único refugio habitable. Y ahí es donde Scorsese y DiCaprio brillan: nos hacen partícipes de esa mentira. Queremos creer a Teddy, queremos que haya una conspiración nazi, queremos que él sea el héroe. Porque la alternativa, la verdad desnuda de su historia, es demasiado triste para aceptarla.

Leonardo DiCaprio y Martin Scorsese en el set

La dupla Scorsese-DiCaprio: una máquina de crear tensión psicológica.

Visualmente es una joya, aunque una joya oscura. La fotografía te hace sentir el frío y la humedad. Los sueños y alucinaciones de Teddy son visualmente poéticos pero narrativamente devastadores. Esas escenas con su mujer (Michelle Williams), convirtiéndose en ceniza o empapada en agua, son la clave de todo. Representan la «locura del amor» y la culpa, dos fuerzas que pueden destruir a una persona más rápido que cualquier droga experimental. En mi experiencia profesional, he visto cómo el impacto social y personal de la enfermedad mental aísla a las personas, y la película lleva esto al extremo: una isla entera diseñada para aislar, contener y, supuestamente, tratar lo intratable.

Y llegamos al desenlace. Sin hacer spoilers directos (aunque si no la has visto, ¡corre!), el final es lo que eleva esta cinta de «buena» a «obra maestra». Ese par de giros finales no son solo trucos de guionista barato; recontextualizan absolutamente todo lo que has visto durante dos horas. Te obligan a rebobinar la película en tu cabeza. De repente, frases sueltas, miradas de los guardias, o la actitud del compañero Chuck, cobran un sentido nuevo y escalofriante. Es un puzle que se resuelve solo al final y te deja con una sensación de angustia, pero una angustia calmada. Como cuando pasa la tormenta y solo quedan los destrozos.

La frase final. Esa maldita frase final. «¿Qué sería peor? ¿Vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno?». Ahí está la clave de todo. Como terapeuta, me hace reflexionar sobre la lucidez dentro de la locura. A veces, la decisión más racional es la que parece más loca desde fuera. Ese momento de claridad final (o no, dependiendo de tu teoría) es desgarrador. Es la aceptación del destino. Shutter Island no es una película de terror, es una tragedia griega vestida de cine negro. Es dura, es pesada y te deja mal cuerpo, pero es una experiencia que cualquier amante del cine (y de la psicología) debe vivir.

Escena onírica con Michelle Williams

La culpa y el amor: los verdaderos fantasmas de la isla.

En conclusión, para mí, como ese experto amateur que dice saber de cine y como profesional que conoce la mente, esta película es un 10 en ejecución y un puñetazo en el estómago en contenido. Te recomiendo verla con las luces apagadas, el móvil lejos y, a ser posible, con alguien con quien debatir después, porque vas a necesitar hablar de ello. No es solo saber la verdad, es decidir si puedes vivir con ella.

💬 ¿Tú qué piensas del final?

¿Crees que Teddy finge su recaída para escapar de su culpa, o realmente ha vuelto a olvidar? Esa última mirada lo cambia todo.

Déjame tu teoría en los comentarios, ¡os leo a todos!

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