Ficha Técnica
- Título original: They Live
- Año: 1988
- Dirección: John Carpenter
- Reparto: Roddy Piper, Keith David, Meg Foster
- Género: Ciencia Ficción / Terror / Sátira
Nota numérica: 6/10
«Un trabajador nómada encuentra unas gafas de sol que le permiten ver el mundo tal y como es. Al ponérselas, descubre que las vallas publicitarias y los medios de comunicación esconden mensajes subliminales de obediencia y consumo, y que la clase dirigente está compuesta por alienígenas de aspecto cadavérico que pretenden dominar a la humanidad.»
Gafas de sol, alienígenas y la cruda realidad
Jamás pensé que una película de este calibre, con estos efectos especiales tan desfasados, me haría reír tanto 37 años después. Pero así es el cine de John Carpenter: una delicatessen, un café para muy cafeteros del género sci-fi que, si entras en su juego, te regala una experiencia inolvidable. Están Vivos (o They Live para los puristas) es esa joya de 1988 que ha envejecido de una forma extraña: visualmente es hija de su tiempo, pero temáticamente parece que se escribió ayer por la tarde mirando Twitter (o X, o como se llame ahora).
No soy ningún crítico de la academia, solo un tipo que consume cine como si se fuera a acabar el mundo, y desde mi humilde sofá de «experto amateur», tengo que decir que esta película es una genialidad disfrazada de serie B. La premisa es tan absurda como brillante: un obrero de la construcción, interpretado por el inmenso (literalmente) Roddy Piper, encuentra una caja de gafas de sol en una iglesia abandonada. Hasta ahí, todo normal en el universo de lo raro. Pero cuando se pone las gafas, el mundo cambia. El color desaparece y la verdad se revela en blanco y negro.
Aquí es donde entra el concepto de la «Pseudo-Matrix» ochentera. Mucho antes de que Keanu Reeves esquivara balas en cámara lenta, Carpenter ya nos estaba diciendo que la realidad no es lo que parece. Sin ordenadores cuánticos ni trajes de cuero ajustados, Están Vivos nos planta una invasión alienígena silenciosa. No vienen con naves gigantes destruyendo la Casa Blanca; vienen con trajes caros, relojes de oro y puestos directivos. Los aliens han invadido la Tierra a través del capitalismo salvaje. Al mirar a través de las lentes, los carteles de publicidad ya no venden ordenadores o vacaciones, sino que gritan órdenes directas: «OBEDECE», «CONSUME», «CÁSATE Y REPRODÚCETE», «NO PIESES». Es una crítica social tan directa y sin sutilezas que resulta refrescante en estos tiempos donde todo el cine intenta ser políticamente correcto o excesivamente complejo.
Lo que hace que esta película sea una experiencia tan divertida es su honestidad. Sabe que es una película de acción barata y lo abraza con fuerza. Los efectos especiales de los alienígenas, con esas caras de calavera azulada y ojos saltones, hoy en día parecen máscaras de Halloween compradas en un bazar de todo a cien. Pero, ¿sabes qué? Da igual. De hecho, eso le añade encanto. No necesitas CGI de millones de dólares para entender que esos tipos son los malos. Su fealdad exterior es solo un reflejo de su corrupción interior. Y ver a Roddy Piper, que recordemos era luchador de wrestling profesional y no actor de método, pasearse con una escopeta y gafas de sol soltando frases lapidarias, es un placer culpable.
Hablemos de la dupla protagonista, porque esto es oro puro. Roddy Piper (Nada) y Keith David (Frank) tienen una química brutal. Son dos currelas intentando sobrevivir en un sistema que los aplasta, y su relación pasa de la desconfianza a la hermandad a base de puñetazos. Y cuando digo puñetazos, me refiero a *esa* escena. Hay una pelea en un callejón que dura una eternidad (creo que son más de 5 minutos de reloj) solo porque uno quiere que el otro se ponga las malditas gafas de sol. Es absurda, es excesiva, es agotadora de ver, y es absolutamente genial. Es Carpenter diciendo: «Me da igual el ritmo narrativo, quiero ver a estos dos moles dándose de tortas hasta que no puedan más». Es testosterona ochentera en su máxima expresión.
La trama te lleva fácil hasta el final. No hay giros de guion incomprensibles ni tramas secundarias que no llevan a nada. Es lineal: descubre el pastel, busca aliados, consigue armas, intenta salvar el mundo. A veces, como espectador saturado de tramas enrevesadas tipo Nolan, se agradece una historia que va de A a B sin pedirte que tomes apuntes. Te sientas, te ríes, te sorprendes con la crítica mordaz al yuppismo de la era Reagan y disfrutas del viaje.
Por supuesto, no es una obra de arte al nivel de El Padrino, ni lo pretende. Tiene fallos de ritmo, actuaciones que rozan la parodia y agujeros de guion por los que cabría una nave espacial. Pero como curiosidad, recomiendo verla encarecidamente. Es, que ya merece. Es historia del cine de culto. Es el origen de memes, de logotipos de marcas de ropa urbana (como OBEY) y de una forma de entender la ciencia ficción como vehículo de protesta política.
En conclusión, Están Vivos es una película necesaria. Nos recuerda que a veces hay que ponerse unas gafas diferentes para ver la realidad que nos rodea, aunque lo que veamos no nos guste. Y nos enseña que, si te quedas sin chicle, siempre puedes empezar a patear traseros. Si te gusta el cine imperfecto, con alma, con mensaje y con ganas de divertir sin pretensiones, esta es tu película. Dale una oportunidad, aunque solo sea por ver a los aliens tomando café mientras planean la dominación mundial a través de la televisión por cable.
¿Y tú qué opinas?
«Si tuvieras esas gafas de sol ahora mismo y salieras a la calle en tu ciudad… ¿Qué mensaje subliminal crees que verías más a menudo?»
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