Ficha Técnica
- Título original: A Clockwork Orange
- Año: 1971
- Director: Stanley Kubrick
- Reparto: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Michael Bates
- Género: Ciencia Ficción / Drama / Crimen
- Duración: 136 minutos
Valoración Personal
(8/10 por su estatus de leyenda)
«Gran Bretaña, en un futuro indeterminado. Alex (Malcolm McDowell) es un joven muy agresivo que tiene dos pasiones: la violencia desenfrenada y Beethoven. Es el jefe de la banda de los drugos, que dan rienda suelta a sus instintos más salvajes apaleando, violando y aterrorizando a la población. Cuando esa escalada de terror llega hasta el asesinato, Alex es detenido y, en prisión, se someterá a una innovadora experiencia de reeducación que pretende anular drásticamente cualquier atisbo de conducta antisocial.»
¿Obra maestra inmortal o un clásico que empieza a oxidarse?
A ver, seamos sinceros desde el principio. Cuando uno se sienta a escribir sobre La Naranja Mecánica, le tiemblan un poco las manos sobre el teclado. Estamos hablando de Stanley Kubrick, estamos hablando de una de las películas más icónicas de la historia del cine, y estamos hablando de una obra que, visualmente, ha marcado a generaciones enteras. Pero aquí estamos, en pleno 2026, y me he propuesto ser honesto con vosotros. Me considero un amante del cine, un «experto amateur» que devora todo lo que le echen, y anoche, por petición expresa de mi pareja que nunca la había visto, le dimos al play de nuevo a esta cinta de 1971. Y tengo que decirlo, aunque me lluevan piedras: la experiencia fue agridulce.
No me malinterpretéis, le he cascado un 4 sobre 5 estrellas (y un 8 en mi escala mental) porque entiendo lo que significa. Entiendo el contexto, la ruptura que supuso en su momento y la valentía de mostrar esa «ultraviolencia» estilizada al ritmo de la Novena de Beethoven. Pero, amigos, hay que reconocer que el tiempo no perdona, ni siquiera a los genios. Lo que en los setenta debió ser un puñetazo en el estómago que te dejaba sin aire, hoy se siente, por momentos, extrañamente teatral. La puesta en escena, tan característica de Kubrick, con esos grandes angulares y esa simetría obsesiva, sigue siendo hipnótica, pero el ritmo… ay, el ritmo se me hizo cuesta arriba.
El icónico Bar Korova, visualmente impactante incluso hoy.
Hablemos de Alex DeLarge. Malcolm McDowell está inmenso, eso es innegable. Esa mirada, esa pestaña postiza en el ojo derecho, esa mezcla de carisma psicopático y vulnerabilidad infantil es lo que sostiene la película. Sin embargo, viéndola ayer, me di cuenta de que muchas de las actuaciones secundarias rozan la caricatura extrema. Y sé lo que me vais a decir los puristas: «Es que es así, es una sátira distópica, tiene que ser exagerado». Vale, os lo compro. Pero hay una línea muy fina entre lo grotesco intencionado y lo que simplemente parece una función de teatro amateur mal dirigida. La escena de la visita del escritor y su mujer, o los «drugos» peleándose en el agua a cámara lenta, se sienten hoy día un poco… ¿tontas? Quizás estamos demasiado insensibilizados por el cine moderno, pero la violencia que se supone debe horrorizarnos, hoy parece coreografía de baile.
Lo que sí que no ha envejecido mal es el debate moral. De hecho, diría que está más vigente que nunca. ¿Tenemos derecho a «curar» la maldad si el precio es anular el libre albedrío? El tratamiento Ludovico sigue siendo una idea aterradora. La segunda mitad de la película, cuando Alex se convierte en una víctima del sistema, es donde la cinta recupera fuerza. Verle indefenso, incapaz de defenderse o incluso de disfrutar de su amada música clásica, te genera esa incomodidad que Kubrick buscaba. Ahí es donde la película justifica su nota alta. Te hace empatizar con un monstruo, y eso es un logro narrativo brutal.
La escena de los ojos abiertos: historia pura del cine.
Pero volvamos a la sensación de «vejez». Mi pareja, que es de esas personas que disfrutan del cine pero no se obsesionan con la técnica, se pasó la mitad de la película mirando el móvil. Y eso es el mejor termómetro. «Se me está haciendo larga», me dijo. Y tenía razón. Hay secuencias que se estiran innecesariamente, diálogos que dan vueltas sobre lo mismo y una estética futurista «setentera» que ahora se ve retro-kitsch en lugar de vanguardista (aunque las mesas con forma de mujer desnuda siguen siendo perturbadoras). Es curioso como 2001: Odisea en el Espacio, del mismo director y anterior a esta, parece visualmente más atemporal que las aventuras de estos drugos con bombines.
Técnicamente, el uso de la música electrónica de Wendy Carlos adaptando a los clásicos sigue siendo un punto a favor enorme. Crea una atmósfera de pesadilla sintetizada que encaja como un guante. Pero visualmente, insisto, he notado las costuras. Quizás es que yo también he cambiado, o que el cine ha evolucionado hacia una narrativa más ágil. Ver La Naranja Mecánica en 2025 es un ejercicio de arqueología cinéfila: aprecias el hueso, la estructura, la importancia del hallazgo, pero no es necesariamente una experiencia «divertida» o fluida.
En conclusión, familia, estamos ante un clásico incontestable, sí. Un 8/10 en los libros de historia. Pero si me preguntáis si volvería a verla mañana… la respuesta es no. Ha envejecido regular. Es como ese tío abuelo que cuenta historias fascinantes pero que tarda tres horas en llegar al final de la anécdota. Se merece el respeto, se merece el visionado obligatorio al menos una vez en la vida para entender de dónde viene mucho del cine actual (desde Tarantino hasta Fincher), pero hay que ir preparado para un ritmo y una teatralidad que ya no se estilan.
Si sois cinéfilos empedernidos, la seguiréis defendiendo a capa y espada. Si sois espectadores casuales que buscáis entretenimiento de fin de semana, avisados quedáis: puede que se os atragante un poco esta naranja. Aún así, Kubrick es Kubrick, y solo por la composición de los planos y la mirada de McDowell, el viaje merece la pena, aunque el coche tenga ya el motor un poco gripado.
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¿Crees que es una herejía decir que ha envejecido mal o estás de acuerdo conmigo en que el ritmo se siente pesado hoy en día? ¡Os leo en los comentarios!