Hay películas que no necesitan una trama compleja para ganarse un hueco en nuestro corazón, y «Temblores» es el ejemplo perfecto de ese cine de los 90 que solo buscaba entretenernos durante una tarde de calor. Recuerdo perfectamente verla en La 1, con el ventilador a tope, flipando con esos gusanos que salían de la nada. Es una cinta sencilla, directa y, aunque se nota que ha envejecido en algunos aspectos, mantiene ese espíritu de aventura que hoy parece haberse perdido entre tanto CGI digital sin alma.
Lo primero que destaca es ver a un jovencísimo Kevin Bacon en un registro totalmente despreocupado. Su química con Fred Ward es, sin duda, lo mejor de la película. No son héroes musculosos ni científicos brillantes; son dos tipos normales, un poco vagos, que se ven envueltos en una situación surrealista. Esa humanidad hace que conectes con ellos desde el minuto uno. No hay pretensiones de salvar el mundo, solo quieren sobrevivir y salir de ese pueblo olvidado de la mano de Dios llamado Perfection.
Hablemos de los «Graboides». Para la época, los efectos especiales eran una auténtica maravilla de la artesanía. En lugar de abusar de efectos por ordenador, tenemos animatrónicos y marionetas que se sienten reales, que tienen peso y textura. Es cierto que hoy en día algunas costuras se le ven, pero prefiero mil veces un gusano de goma que se puede tocar a un borrón digital moderno. La tensión que logran crear simplemente con el movimiento de la tierra es un recurso que funciona de maravilla.
El ritmo de la película es envidiable. No pierde el tiempo en explicar de dónde vienen los monstruos (¿son mutantes?, ¿son prehistóricos?, ¿extraterrestres?), porque realmente no importa. Lo que importa es que si haces ruido, te mueres. Esa premisa tan básica mantiene el suspense durante toda la hora y media. Además, el guion tiene un toque de humor socarrón que le quita hierro a las escenas más tensas, convirtiéndola en una experiencia muy ligera y disfrutable para cualquier tipo de público.
A pesar de sus virtudes, es innegable que el tiempo ha pasado factura a ciertos diálogos y situaciones. Hay momentos que hoy en día se sienten algo infantiles o demasiado simples. Sin embargo, ese aroma a «serie B» con presupuesto de «serie A» es precisamente lo que le da su encanto. No intenta ser «Tiburón» ni «Alien», aunque bebe mucho de ambas. Se conforma con ser una montaña rusa de serie B que sabe perfectamente qué teclas tocar para que no apartes la mirada de la pantalla.
La atmósfera del desierto de Nevada está muy bien captada. Sientes el calor, el polvo y esa sensación de aislamiento total. Perfection es un personaje más, con su pequeña tienda y sus vecinos excéntricos. Destaco especialmente al matrimonio de supervivencialistas armados hasta los dientes; su arsenal es la fantasía de cualquier amante de las pelis de acción y protagonizan algunos de los momentos más divertidos del tramo final. Es cine palomitero en su máxima expresión, sin filtros ni complicaciones innecesarias.
En resumen, «Temblores» es esa película que te pones cuando no quieres pensar, pero sí quieres disfrutar de una buena historia de supervivencia. No ha inventado la pólvora, pero la usa con mucha gracia. Es un viaje nostálgico a una forma de hacer cine donde la creatividad y el ingenio suplían la falta de tecnología puntera. Si no la has visto, dale una oportunidad; y si la viste de pequeño, te aseguro que volver a ver a los Graboides en acción te sacará una sonrisa de pura nostalgia.
Al final, lo que nos queda es una obra resultona que nos recuerda que el cine de monstruos puede ser divertido, tenso y entrañable al mismo tiempo. No busques grandes lecciones filosóficas aquí, solo busca un sitio alto, no hagas ruido y disfruta de la caza. Es, sin duda, uno de esos placeres culpables que uno nunca se cansa de reivindicar frente a las superproducciones vacías de la actualidad.