Categoría: Cine estadounidense

‘Jurassic World Renacer’ (2025): ¿Un refrito o un reinicio real?

‘Jurassic World: Renacer’ (2025): El Chicle Se Estiró Demasiado

Poster oficial Jurassic World Renacer

Ficha Técnica de «Renacer»

  • Título: Jurassic World: Renacer (Rebirth)
  • Dirección: Gareth Edwards
  • Guion: David Koepp
  • Reparto: Scarlett Johansson, Jonathan Bailey, Manuel Garcia-Rulfo, Rupert Friend, Mahershala Ali
  • Año: 2025
  • Productor: Steven Spielberg (Exec.)

Mi Valoración de «Experto Amateur»

★★☆☆☆

(2 de 5 estrellas) – Más de lo mismo, pero con otro nombre.

Sinopsis (La Promesa)

«En un mundo que lucha por encontrar el equilibrio años después de la caída de Isla Nublar, los dinosaurios ya no están contenidos. Son una realidad global. ‘Renacer’ nos lleva a un nuevo rincón del planeta donde un equipo de científicos y aventureros se topa con una nueva amenaza biotecnológica que podría redefinir el futuro de ambas especies.»

Tráiler Oficial

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Crítica: ¿Renacer o Refrito?

Como fan del cine, de las sagas y de los años noventa, he de decir que tanta matraca con la vuelta a los origines de Jurassic Park casi me había convencido de que iba volver a ese 1993, mi primer recuerdo cinematográfico, donde vería dinosaurios y me obsesionaría durante años con ellos. Pero lejos de la verdad, la película, aunque buscando ese rollo ‘remember’ casi ochentero, que no llega a noventero, se queda en el cuarto o quinto intento de reflotar algo que, si bien es rentable, está lejos de generar la nostalgia y la emoción de la primera película. Quizás, como en la música, tanto remezclar y renacer cosas, hacen que el chicle se estire de más.

Llegamos a 2025 y nos venden «Renacer». Un título potente. «Rebirth». Suena a borrón y cuenta nueva. Y lo necesitaba, vaya que si lo necesitaba. Después de la trilogía de ‘World’, que empezó bien y acabó… bueno, acabó con langostas gigantes, la franquicia pedía a gritos un reseteo. Y traen a Gareth Edwards, un director que sabe de monstruos (como demostró en ‘Godzilla’ 2014 y ‘Monsters’), y a David Koepp, el guionista de la peli original. ¡El guionista de ‘Parque Jurásico’ 1! ¿Qué podía salir mal? Pues parece que todo. Tenían la oportunidad de oro de volver al terror, a la tensión, al «Spielberg» más puro. Y nos han dado, otra vez, una película de acción genérica con dinosaurios.

El marketing te vendía un «nuevo comienzo». Nuevos personajes, nueva amenaza. Y sí, Scarlett Johansson le pone ganas, se nota que es una estrella y sabe llevar el peso de la peli. Pero su personaje es un refrito de otros. Es un poco Alan Grant (la experta reticente), un poco Owen Grady (la que conecta con los bichos) y un poco Sarah Harding (la que se mete donde no la llaman). No hay un personaje que digas «este es icónico». Son todos plantillas. El resto del reparto está ahí para correr, gritar y soltar datos de exposición (que si la nueva compañía, que si el nuevo ADN, que si «oh dios mío, este es más grande»). No hay alma. No hay un Ian Malcolm soltando filosofía del caos, no hay un John Hammond con su sueño roto.

Lo que más me duele es la promesa rota de «volver a los orígenes». La peli empieza bien, con una escena tensa, casi de terror, en la selva. Piensas: «Vale, esta vez sí». Pero a los 20 minutos, la trama mete un acelerón y volvemos a lo de siempre: una corporación malvada (¿cuántas van ya?) que, ¡sorpresa!, está haciendo cosas malas con ADN de dinosaurio. ¿De verdad? ¿Esa es la idea de «Renacer»? Es la misma trama de ‘El Mundo Perdido’, ‘Jurassic Park 3’ y ‘El Reino Caído’. Cambian el nombre de la empresa (ahora no es InGen, ni Biosyn, es… otra) pero el plan es el mismo. Y claro, todo sale mal y hay que correr.

Escena de los protagonistas en Renacer

Hablemos de los dinosaurios. Visualmente, la película es un espectáculo. No le puedes quitar eso. El CGI es impecable, y se agradece que Edwards intente jugar con la escala, haciendo que los bichos parezcan enormes e imponentes. Hay algunas escenas acuáticas que están muy bien rodadas, con mucha tensión. Pero, ¿hay algún momento que se te quede grabado a fuego? ¿Hay algo que se acerque a la escena del T-Rex y los coches? ¿O a los raptores en la cocina? No. Aquí todo es más grande, más ruidoso y más rápido. Tenemos el «dino-malo» de turno, que es más grande y más listo que el anterior (otra vez…), y que acaba peleando con el T-Rex de siempre (otra vez…). Es el mismo final de ‘Jurassic World’ 1 y ‘Dominion’. Es la fórmula agotada.

Lo que me saca de quicio es que esta peli es cobarde. No se atreve a ser lo que ‘Jurassic Park’ fue: una película de terror y ciencia ficción con dilemas morales. ‘Renacer’ es una peli de acción de los 2000. Es ‘Fast & Furious’ con dinosaurios. Los personajes sobreviven a cosas imposibles, hay explosiones por todas partes, y la tensión se diluye entre tanto ruido. Yo no quiero ver a Scarlett Johansson esquivando misiles en una moto mientras un raptor la persigue. Yo quiero verla escondida en un armario, sin respirar, mientras la garra del raptor busca el picaporte. ¿Es mucho pedir?

Además, la película está llena de guiños y «fan service» que ya cansan. Vuelve la música de John Williams, por supuesto, pero la meten en momentos donde no pega, solo para que el fan de los 90 (como yo) sienta algo. Vuelven a mencionar a Hammond, vuelve a salir el logo antiguo… Son parches de nostalgia puestos sobre un guion que no tiene nada nuevo que contar. Es como si la saga estuviera atrapada en un bucle, condenada a repetir la misma historia una y otra vez, solo cambiando a los actores y subiendo el número de dientes del dinosaurio antagonista.

El T-Rex vuelve en Jurassic World Renacer

Entiendo que soy un «experto amateur», que quizás le pido demasiado. A fin de cuentas, ¿quién va a ver estas pelis? La gente que quiere ver dinosaurios comiendo gente. Y eso, la película te lo da. Hay buenas escenas de caza, hay variedad de especies (algunas nuevas bastante chulas, todo hay que decirlo). Si vas al cine a desconectar el cerebro, comer palomitas y ver un espectáculo de CGI de 200 millones de dólares, la peli cumple. Es entretenida. Te lo pasas bien en el momento. Pero es entretenimiento vacío, de usar y tirar. Sales del cine y a los diez minutos ya te has olvidado de la mitad de la trama.

El problema es el título: «Renacer». No puedes llamar a tu película «Renacimiento» y darme la misma fórmula de siempre. Es publicidad engañosa. Esta película no renace nada. Es la sexta secuela. Es el sexto parque que sale mal. Es el sexto plan corporativo que se va al traste. Es la misma lección sobre «no jugar a ser Dios» que ya nos sabíamos con la primera. No hay evolución, no hay riesgo. Solo hay un producto perfectamente empaquetado para ser rentable, pero sin una pizca de la magia, el asombro o el terror que hizo grande a la original.

El nuevo dinosaurio amenaza en Renacer

En conclusión, ‘Jurassic World: Renacer’ es una decepción. Una gran decepción. Es la confirmación de que esta saga ya no tiene nada más que contar. Es, como dije al principio, un chicle que se ha estirado tanto que ya no solo no tiene sabor, sino que se ha roto. Fui al cine esperando volver a sentirme como ese niño de 1993 y salí sintiéndome como un adulto al que le han intentado vender la misma moto por sexta vez. Y esta vez, ya no pico. Es hora de dejar descansar a los dinosaurios.

Y vosotros, ¿qué opináis? ¿Creéis que esta saga necesita un «Renacer» de verdad o deberían haberla dejado extinguirse en paz?

De odiar a la protagonista a amar la película: Mi viaje con The Florida Project

Póster de The Florida Project

Ficha Técnica

  • Título original: The Florida Project
  • Año: 2017
  • Duración: 111 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Sean Baker
  • Guion: Sean Baker, Chris Bergoch
  • Música: Lorne Balfe
  • Fotografía: Alexis Zabé
  • Reparto: Brooklynn Prince, Willem Dafoe, Bria Vinaite, Caleb Landry Jones, Mela Murder, Valeria Cotto

Mi Valoración

★★★★ (4/5)

Sinopsis

«Una niña de seis años llamada Moonee y su rebelde madre Halley viven en un motel llamado ‘The Magic Castle’, muy cerca de Disney World. A pesar de su duro entorno, Moonee pasa cada día de verano viviendo una vida llena de maravillas, travesuras y aventuras con sus amigos, mientras los adultos a su alrededor luchan con sus propios problemas. La presencia de Bobby, el gerente del motel, representa una figura paterna y un protector para los niños, observando sus vidas con una mezcla de compasión y preocupación.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=WwQ-NH1rRT4&w=560&h=315]

La vida en tecnicolor al borde del abismo

Hay películas que te golpean de frente y otras que se cuelan por las rendijas, poco a poco, hasta que te das cuenta de que te han calado hasta los huesos. «The Florida Project» es de las segundas. Mi primer contacto con ella fue de un rechazo casi visceral. Odié a Halley, la joven madre protagonista, con una fuerza que me sorprendió. Me parecía irresponsable, egoísta, un caos andante que arrastraba a su hija Moonee a un desastre inevitable. ¿Cómo podía alguien vivir con esa falta de previsión, con esa actitud desafiante ante un mundo que, claramente, la estaba devorando? Me sentí frustrado, enfadado. Pero el cine, cuando es bueno, hace algo mágico: te obliga a mirar más allá de tu juicio inicial. Y poco a poco, la película me fue ganando.

El director, Sean Baker, no te da un manual de instrucciones. No te dice a quién querer y a quién odiar. Simplemente te suelta en medio del «Magic Castle», un motel de colores pastel a la sombra del gigante Disney World, y te dice: «mira». Y lo que ves es un microcosmos de la otra América, la que no sale en los folletos turísticos. La «land of the freedom» donde la libertad, para muchos, es solo la de elegir en qué contenedor de basura buscar la cena. Aquí no hay un botón de «start» para empezar una vida de cero, ni un «reinicio» cuando las cosas van mal. Para gente como Halley, la vida es un juego de supervivencia constante, una partida que empezó con las cartas marcadas en su contra. No hay red de seguridad, solo el asfalto caliente y la humedad de Florida.

Moonee y sus amigos en The Florida Project

Y en medio de ese caos, está la inocencia. La inocencia pura, ruidosa y maravillosamente irritante de Moonee y su pandilla. Su verano es una aventura sin fin. Escupir a los coches, pedir dinero para un helado, explorar edificios abandonados… son los reyes de su pequeño y destartalado reino. Su perspectiva es el corazón de la película. Para ellos, el motel no es un símbolo de pobreza, es un castillo morado. No ven la miseria, ven un patio de recreo infinito. Esa es la genialidad de Baker: nos muestra la crudeza de la situación a través de los ojos de quienes apenas son conscientes de ella. Nosotros, como espectadores, vemos el peligro que acecha en cada esquina, pero los niños solo ven la posibilidad de una nueva travesura. Esta dualidad es lo que hace que la película duela tanto y, a la vez, sea tan hermosa.

Mi odio inicial hacia Halley empezó a transformarse en una compasión incómoda. Comencé a preguntarme: ¿cómo se educa emocionalmente a un hijo cuando nadie te ha educado a ti? ¿Cómo enseñas a gestionar la frustración cuando tu vida es una cadena perpetua de frustraciones? Halley es un producto de su entorno, una niña que tuvo una niña, luchando con las únicas herramientas que conoce: la rebeldía, la picaresca y un amor feroz, aunque tóxico y torpe, por su hija. Bria Vinaite, la actriz que la interpreta (descubierta en Instagram, nada menos), está magnética. Consigue que la desprecies y que, al mismo tiempo, entiendas su desesperación. Su relación con Moonee es un torbellino de gritos, risas, complicidad en pequeños delitos y momentos de una ternura desgarradora. Son un equipo contra el mundo, aunque Halley sea, a menudo, su peor enemigo.

Y luego está Willem Dafoe. Su personaje, Bobby, el gerente del motel, es el ancla moral de toda la historia. Es el único adulto funcional en este universo caótico. No es un héroe de capa y espada. Es un hombre cansado, de clase media, que solo intenta hacer su trabajo: cobrar el alquiler, arreglar las máquinas de hielo y mantener un mínimo de orden. Pero, sin quererlo, se convierte en el guardián de estos niños perdidos. Los regaña, los protege, los vigila con una mirada que mezcla la exasperación y un cariño paternal que quizás ni él mismo reconoce. Dafoe está inmenso en su contención. Cada gesto, cada suspiro, cada pequeña amabilidad (como ahuyentar a un posible depredador) nos dice todo lo que necesitamos saber sobre él. Es la decencia personificada en un mundo que parece haberla olvidado. Es el testigo silencioso de estas vidas al límite, el que ve la tormenta que se avecina y sabe que no puede hacer nada para detenerla.

Bobby (Willem Dafoe) en el motel

Lo que me terminó de conquistar fue la estética, o como dicen los expertos, la fotografía. La película es visualmente despampanante. El director de fotografía, Alexis Zabé, utiliza una paleta de colores saturados, casi de caramelo. Los lilas, los turquesas, los naranjas del atardecer… todo es vibrante, casi onírico. Este festín visual choca frontalmente con la precariedad que retrata. Es una decisión brillante. Ese contraste es la metáfora perfecta de la película: la belleza y la alegría de la infancia floreciendo en el terreno más inhóspito. Es un recordatorio constante de que incluso en los márgenes, en la pobreza más cruda, la vida se abre paso con una fuerza y un colorido inesperados. No hay una fotografía gris y sombría para subrayar la miseria; al contrario, se nos muestra la miseria a plena luz del sol, con los colores de un helado derritiéndose en el asfalto.

La película avanza sin una trama convencional. No hay grandes giros de guion, solo la acumulación de pequeños momentos cotidianos que van construyendo una tensión insoportable. Sabemos que el verano no puede durar para siempre. Sabemos que la burbuja de Moonee tiene que explotar. El mundo real, con sus servicios sociales y sus consecuencias, está a la vuelta de la esquina. Y cuando finalmente llega, el golpe es devastador. El final, esa carrera desesperada hacia el lugar más feliz de la Tierra, ha sido objeto de mucho debate. ¿Es real? ¿Es una fantasía? Para mí, no importa. Es la única escapatoria posible. Es la imaginación infantil como último refugio ante una realidad demasiado cruel para ser soportada. Es un grito final de libertad, un portazo a un mundo que les ha fallado a todos.

«The Florida Project» no te da respuestas, te llena de preguntas. ¿Con qué prisma miramos las miserias ajenas? ¿Somos rápidos en juzgar sin entender el contexto? ¿Qué hay de falso y de roto en ese «sueño americano» que se vende a pocos kilómetros, tras los muros de Disney? Salí del cine con un nudo en el estómago y el corazón encogido, pero también con una extraña sensación de gratitud por haber sido testigo de la belleza indestructible de la infancia. Es una de esas películas que se quedan contigo, que te obligan a reevaluar tus propios prejuicios y a mirar el mundo, aunque solo sea por un momento, con el asombro y la resiliencia de una niña de seis años.

Halley y Moonee

Y tú, ¿crees que el final es una huida real o la fantasía de una niña para escapar de una realidad insoportable?

Rebel Ridge: Crítica de un Viaje a la Corrupción en la América Profunda

@import url(‘https://fonts.googleapis.com/css2?family=Figtree:wght@700&family=Onest:wght@400;500&display=swap’); Póster de Rebel Ridge

Título original: Rebel Ridge

Año: 2024

Duración: 131 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Jeremy Saulnier

Guion: Jeremy Saulnier

Música: Brooke Blair, Will Blair

Fotografía: David Gallego

Reparto: Aaron Pierre, Don Johnson, AnnaSophia Robb, James Cromwell

Género: Thriller. Acción. Intriga | Neo-western

Un exmarine que necesita dinero para poner en libertad bajo fianza a su primo se ve implicado en una gran conspiración cuando se enfrenta a un departamento de policía corrupto en un pequeño pueblo de los Apalaches.

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Cuando el cine de acción te da más de lo que pides

Hay películas que llegan sin hacer mucho ruido, que se cuelan en el catálogo de Netflix una tarde cualquiera y que, si les das una oportunidad, te vuelan la cabeza. Reconozco que me senté a ver Rebel Ridge esperando un thriller de acción más o menos convencional. Un tipo duro, un pueblo corrupto, muchos tiros y poco más. La fórmula la conocemos de memoria. Sin embargo, lo que me encontré fue una grata, gratísima sorpresa. La cinta de Jeremy Saulnier (el genio detrás de Blue Ruin y Green Room) es mucho más que eso: es un neo-western tenso, violento y con un subtexto social que le da una profundidad inesperada y muy necesaria.

La historia nos presenta a Terry Richmond, interpretado por un magnífico Aaron Pierre. Terry es un veterano de la Marina que llega al pequeño pueblo de Shelby Springs con un único objetivo: reunir el dinero para pagar la fianza de su primo. Es un hombre honesto, de andares tranquilos pero con una mirada que denota un pasado complejo. Desde el primer minuto en que pone un pie en el pueblo, las cosas se tuercen. La policía local, liderada por un intimidante Don Johnson en el papel del jefe de policía Sandy, le confisca el coche de forma injusta. Este simple acto de abuso de poder es la chispa que enciende una mecha que no tardará en explotar, destapando una red de corrupción sistémica que ahoga a toda la comunidad.

Escena de Rebel Ridge

Lo que Saulnier hace con maestría es construir la tensión poco a poco, casi de forma artesanal. No estamos ante una película de acción frenética desde el minuto uno. Al contrario, se toma su tiempo para presentarnos a los personajes, para que sintamos la atmósfera opresiva del lugar y la impotencia de su protagonista. Aaron Pierre es el ancla emocional de la película. Su interpretación es contenida pero llena de fuerza. Vemos en él a un hombre bueno empujado a sus límites, un individuo que solo quiere hacer lo correcto en un mundo que parece diseñado para castigar precisamente eso. Su lucha no es solo por el dinero de la fianza, sino por su propia dignidad frente a un sistema que lo ve como un problema, en parte, por el color de su piel.

Y aquí es donde Rebel Ridge eleva el listón. La película no tiene miedo de señalar el componente racial de la historia. Terry no es solo un forastero; es un forastero negro en un pueblo predominantemente blanco del sur de Estados Unidos. Los abusos que sufre, las miradas de desconfianza, la facilidad con la que se le acusa y arrincona… todo tiene una capa adicional de lectura social. No es un panfleto, sino un retrato crudo y realista de cómo el poder y el prejuicio se entrelazan. Saulnier lo integra en la narrativa de forma orgánica, haciendo que la lucha de Terry sea aún más poderosa y universal.

Aaron Pierre en Rebel Ridge

Cuando la acción finalmente estalla, es brutal, seca y contundente. Las secuencias de tiroteos y persecuciones están coreografiadas con una precisión milimétrica, huyendo de la espectacularidad vacía para centrarse en un realismo visceral que te pega a la butaca. Cada bala duele, cada golpe se siente. La cámara de David Gallego nos sumerge de lleno en el caos, haciéndonos sentir la desesperación y la adrenalina del momento. Es en estos momentos donde el pasado militar de Terry sale a relucir, transformándolo en una máquina de supervivencia letal, pero sin perder nunca su humanidad. No es un superhéroe, es un hombre superado por las circunstancias que se niega a rendirse.

Por supuesto, no todo es perfecto. Quizás su duración, de más de dos horas, podría haberse ajustado ligeramente en su tramo intermedio, donde el ritmo decae un poco antes de la apoteosis final. Algunos personajes secundarios, como el interpretado por AnnaSophia Robb, quedan algo desdibujados y nos habría gustado conocer más sobre ellos. Sin embargo, son pequeños detalles que no empañan el resultado final. La interpretación de Don Johnson como el villano de la función es simplemente magnifica, un malo carismático y despreciable a partes iguales, y el veterano James Cromwell aporta su habitual dosis de clase en un papel clave.

Don Johnson en Rebel Ridge

En definitiva, Rebel Ridge es un thriller de acción ejemplar. Una película que te agarra desde el principio y no te suelta, que combina entretenimiento de primera con una reflexión inteligente sobre la corrupción, la justicia y la desigualdad. Es la prueba de que se puede hacer cine de género con cerebro y corazón, que te haga vibrar de emoción pero también te deje pensando. Una de esas joyas inesperadas que te reconcilian con las producciones de plataforma y que, sin duda, se va a colar en mi lista de lo mejor del año.

Y tú, ¿ya la has visto? ¿Crees que el cine de acción necesita más películas como esta?
¡Te leo en los comentarios!

Lo que esconde Pequeños detalles

TheLittleThings #CineNegro #DenzelWashington #JaredLeto #RamiMalek #ThrillerPsicológico #PelículasOscuras #CrimenSinCastigo #CineConAmbigüedad #PequeñosDetalles

  • Título original: The Little Things
  • Dirección y guion: John Lee Hancock
  • Reparto principal: Denzel Washington, Rami Malek, Jared Leto
  • Año: 2021
  • País: Estados Unidos
  • Género: Thriller, policiaco
  • Duración: 127 minutos
  • Distribuidora: Warner Bros. Pictures
  • Premios destacados: Jared Leto nominado al Globo de Oro y al SAG por su interpretación

Hay películas que no vienen a cambiar la historia del cine. No marcan un antes y un después. No ganan premios ni provocan revoluciones visuales. Pero te atrapan. Te sientas frente a ellas casi por inercia, sin esperar demasiado, y acabas hipnotizado. «Pequeños detalles» (The Little Things, 2021) es precisamente eso: un thriller de ecos noventeros que funciona no por su guion, sino por la tensión que se cuela entre miradas, silencios y gestos contenidos.

Y en eso, este film es magistral.

Rami Malek. Jared Leto. Denzel Washington. Tres nombres que sostienen la historia con una fuerza que trasciende el material que se les ha dado. La química entre ellos no es de fuegos artificiales, sino de brasas que arden lento. Como un duelo de miradas bajo la lluvia.

El argumento gira en torno a un antiguo detective de Los Ángeles, Joe «Deke» Deacon (Washington), que regresa a la ciudad para una misión rutinaria y se ve arrastrado a la investigación de un asesino en serie que recuerda a los casos que destruyeron su carrera. Jim Baxter (Malek), un joven detective brillante y obsesivo, lo acompaña en una espiral de sospechas donde Albert Sparma (Leto), un inquietante reparador de electrodomésticos, parece ser más que un simple excéntrico.

El ritmo es pausado, deliberado. A veces exasperante. Pero esa lentitud es parte de su propuesta: no busca adrenalina, sino desasosiego. El guion de John Lee Hancock (que también dirige) bebe de clásicos como Seven, pero evita el efectismo y apuesta por un final ambiguo, incluso anticlimático, que deja un sabor amargo.

¿Funciona? Depende de lo que busques. Si esperas una montaña rusa, te frustrará. Si te dejas llevar por las atmósferas y la contención, puede que te encuentres atrapado por esa sensación de que algo oscuro respira entre líneas.

Porque a veces, lo que importa no son las grandes revelaciones, sino los pequeños detalles.

#Cine Juego de Ladrones (2018): una joya sucia y brutal del cine de atracos

Título original: Den of Thieves

Dirección: Christian Gudegast

Guion: Christian Gudegast

Reparto: Gerard Butler, Pablo Schreiber, O’Shea Jackson Jr., Curtis «50 Cent» Jackson, Meadow Williams

Género: Acción, Thriller, Crimen

Duración: 140 minutos

País: Estados Unidos

Año: 2018

Juego de ladrones es esa clase de película que te mete una bofetada de testosterona en la cara desde el primer minuto. No te pide permiso, no te da tregua. Arranca con un asalto brutal en Los Ángeles y no frena hasta el último giro. No es una cinta de arte y ensayo, no busca redimir nada. Es acción pura y dura, sin remordimientos. Es una hamburguesa triple con todo, después de una semana a dieta.

Desde el principio, la dirección de Christian Gudegast te sitúa en un terreno hostil y masculino, donde la ciudad es un tablero de guerra entre los que se supone que protegen el sistema (el equipo de asalto del sheriff de L.A., liderado por un Gerard Butler pasadísimo de rosca) y los que lo desafían con inteligencia y precisión militar (los ladrones, encabezados por un Pablo Schreiber magnético y contenido). Aquí no hay buenos y malos. Hay tipos duros, todos.

Gerard Butler, con su barriga cervecera, barba de tres días y camiseta sudada, hace el papel más sucio de su carrera. No interpreta a un héroe, sino a un hombre quebrado, a medio camino entre el poli justiciero y el delincuente. “Big Nick” O’Brien es un lobo disfrazado de perro pastor. Uno que se salta las reglas porque sabe que está rodeado de depredadores.

Lo interesante de Juego de ladrones no es solo su acción, que es espectacular. Es el aire de desesperación moral que la recorre. Nadie está limpio. Los tiroteos son orgánicos, largos, coreografiados con precisión y caos a la vez. Y cuando crees que ya lo has visto todo, el guion saca un giro final que, sin ser brillante, te hace sonreír. Porque es inesperado. Porque funciona.

Esta película huele a Heat de Michael Mann, pero con menos elegancia y más sudor. Es una prima bastarda de The Town, una versión más sucia, menos refinada. Y eso le sienta bien. Porque no pretende ser más de lo que es. No quiere ser profunda. Quiere entretener a un público que ama los atracos bien contados, los personajes con cicatrices y las situaciones donde todo se puede ir al infierno en cualquier segundo.

O’Shea Jackson Jr. sorprende. Su personaje tiene una evolución sutil, y el espectador lo acompaña sin saber bien en qué lado del juego está. 50 Cent está contenido y efectivo, y su escena con el novio de su hija es puro oro de testosterona cinéfila.

En lo técnico, el montaje es firme, con una edición que no abusa del corte rápido. Se respira tensión, sobre todo en la planificación de los atracos. El sonido de los disparos, seco y contundente, añade realismo. Y la música, sin destacar, acompaña sin molestar.

Juego de ladrones es la clase de película que disfrutas con las luces apagadas, el volumen al máximo y el cerebro en modo “modo atraco”. No necesitas pensar demasiado, solo dejarte llevar. No es cine para todos. Es cine para quienes aman los atracos con ritmo, los tiroteos con peso, y las historias de tipos duros que no piden perdón.

Yo la disfruté como un enano. Porque a veces, entre tanta oferta de cine “prestigioso”, apetece una cinta que te reviente el pecho con acción y te recuerde por qué amamos el cine: por su capacidad de llevarnos al límite, aunque solo sea durante dos horas.

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