Ficha Técnica
- Título original: The Florida Project
- Año: 2017
- Duración: 111 min.
- País: Estados Unidos
- Dirección: Sean Baker
- Guion: Sean Baker, Chris Bergoch
- Música: Lorne Balfe
- Fotografía: Alexis Zabé
- Reparto: Brooklynn Prince, Willem Dafoe, Bria Vinaite, Caleb Landry Jones, Mela Murder, Valeria Cotto
Mi Valoración
★★★★★ (4/5)Sinopsis
«Una niña de seis años llamada Moonee y su rebelde madre Halley viven en un motel llamado ‘The Magic Castle’, muy cerca de Disney World. A pesar de su duro entorno, Moonee pasa cada día de verano viviendo una vida llena de maravillas, travesuras y aventuras con sus amigos, mientras los adultos a su alrededor luchan con sus propios problemas. La presencia de Bobby, el gerente del motel, representa una figura paterna y un protector para los niños, observando sus vidas con una mezcla de compasión y preocupación.»
La vida en tecnicolor al borde del abismo
Hay películas que te golpean de frente y otras que se cuelan por las rendijas, poco a poco, hasta que te das cuenta de que te han calado hasta los huesos. «The Florida Project» es de las segundas. Mi primer contacto con ella fue de un rechazo casi visceral. Odié a Halley, la joven madre protagonista, con una fuerza que me sorprendió. Me parecía irresponsable, egoísta, un caos andante que arrastraba a su hija Moonee a un desastre inevitable. ¿Cómo podía alguien vivir con esa falta de previsión, con esa actitud desafiante ante un mundo que, claramente, la estaba devorando? Me sentí frustrado, enfadado. Pero el cine, cuando es bueno, hace algo mágico: te obliga a mirar más allá de tu juicio inicial. Y poco a poco, la película me fue ganando.
El director, Sean Baker, no te da un manual de instrucciones. No te dice a quién querer y a quién odiar. Simplemente te suelta en medio del «Magic Castle», un motel de colores pastel a la sombra del gigante Disney World, y te dice: «mira». Y lo que ves es un microcosmos de la otra América, la que no sale en los folletos turísticos. La «land of the freedom» donde la libertad, para muchos, es solo la de elegir en qué contenedor de basura buscar la cena. Aquí no hay un botón de «start» para empezar una vida de cero, ni un «reinicio» cuando las cosas van mal. Para gente como Halley, la vida es un juego de supervivencia constante, una partida que empezó con las cartas marcadas en su contra. No hay red de seguridad, solo el asfalto caliente y la humedad de Florida.
Y en medio de ese caos, está la inocencia. La inocencia pura, ruidosa y maravillosamente irritante de Moonee y su pandilla. Su verano es una aventura sin fin. Escupir a los coches, pedir dinero para un helado, explorar edificios abandonados… son los reyes de su pequeño y destartalado reino. Su perspectiva es el corazón de la película. Para ellos, el motel no es un símbolo de pobreza, es un castillo morado. No ven la miseria, ven un patio de recreo infinito. Esa es la genialidad de Baker: nos muestra la crudeza de la situación a través de los ojos de quienes apenas son conscientes de ella. Nosotros, como espectadores, vemos el peligro que acecha en cada esquina, pero los niños solo ven la posibilidad de una nueva travesura. Esta dualidad es lo que hace que la película duela tanto y, a la vez, sea tan hermosa.
Mi odio inicial hacia Halley empezó a transformarse en una compasión incómoda. Comencé a preguntarme: ¿cómo se educa emocionalmente a un hijo cuando nadie te ha educado a ti? ¿Cómo enseñas a gestionar la frustración cuando tu vida es una cadena perpetua de frustraciones? Halley es un producto de su entorno, una niña que tuvo una niña, luchando con las únicas herramientas que conoce: la rebeldía, la picaresca y un amor feroz, aunque tóxico y torpe, por su hija. Bria Vinaite, la actriz que la interpreta (descubierta en Instagram, nada menos), está magnética. Consigue que la desprecies y que, al mismo tiempo, entiendas su desesperación. Su relación con Moonee es un torbellino de gritos, risas, complicidad en pequeños delitos y momentos de una ternura desgarradora. Son un equipo contra el mundo, aunque Halley sea, a menudo, su peor enemigo.
Y luego está Willem Dafoe. Su personaje, Bobby, el gerente del motel, es el ancla moral de toda la historia. Es el único adulto funcional en este universo caótico. No es un héroe de capa y espada. Es un hombre cansado, de clase media, que solo intenta hacer su trabajo: cobrar el alquiler, arreglar las máquinas de hielo y mantener un mínimo de orden. Pero, sin quererlo, se convierte en el guardián de estos niños perdidos. Los regaña, los protege, los vigila con una mirada que mezcla la exasperación y un cariño paternal que quizás ni él mismo reconoce. Dafoe está inmenso en su contención. Cada gesto, cada suspiro, cada pequeña amabilidad (como ahuyentar a un posible depredador) nos dice todo lo que necesitamos saber sobre él. Es la decencia personificada en un mundo que parece haberla olvidado. Es el testigo silencioso de estas vidas al límite, el que ve la tormenta que se avecina y sabe que no puede hacer nada para detenerla.
Lo que me terminó de conquistar fue la estética, o como dicen los expertos, la fotografía. La película es visualmente despampanante. El director de fotografía, Alexis Zabé, utiliza una paleta de colores saturados, casi de caramelo. Los lilas, los turquesas, los naranjas del atardecer… todo es vibrante, casi onírico. Este festín visual choca frontalmente con la precariedad que retrata. Es una decisión brillante. Ese contraste es la metáfora perfecta de la película: la belleza y la alegría de la infancia floreciendo en el terreno más inhóspito. Es un recordatorio constante de que incluso en los márgenes, en la pobreza más cruda, la vida se abre paso con una fuerza y un colorido inesperados. No hay una fotografía gris y sombría para subrayar la miseria; al contrario, se nos muestra la miseria a plena luz del sol, con los colores de un helado derritiéndose en el asfalto.
La película avanza sin una trama convencional. No hay grandes giros de guion, solo la acumulación de pequeños momentos cotidianos que van construyendo una tensión insoportable. Sabemos que el verano no puede durar para siempre. Sabemos que la burbuja de Moonee tiene que explotar. El mundo real, con sus servicios sociales y sus consecuencias, está a la vuelta de la esquina. Y cuando finalmente llega, el golpe es devastador. El final, esa carrera desesperada hacia el lugar más feliz de la Tierra, ha sido objeto de mucho debate. ¿Es real? ¿Es una fantasía? Para mí, no importa. Es la única escapatoria posible. Es la imaginación infantil como último refugio ante una realidad demasiado cruel para ser soportada. Es un grito final de libertad, un portazo a un mundo que les ha fallado a todos.
«The Florida Project» no te da respuestas, te llena de preguntas. ¿Con qué prisma miramos las miserias ajenas? ¿Somos rápidos en juzgar sin entender el contexto? ¿Qué hay de falso y de roto en ese «sueño americano» que se vende a pocos kilómetros, tras los muros de Disney? Salí del cine con un nudo en el estómago y el corazón encogido, pero también con una extraña sensación de gratitud por haber sido testigo de la belleza indestructible de la infancia. Es una de esas películas que se quedan contigo, que te obligan a reevaluar tus propios prejuicios y a mirar el mundo, aunque solo sea por un momento, con el asombro y la resiliencia de una niña de seis años.
Y tú, ¿crees que el final es una huida real o la fantasía de una niña para escapar de una realidad insoportable?