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Olvida la física, disfruta el caos: Por qué deberías ver Geostorm hoy

Póster Geostorm

Ficha Técnica

  • Título: Geostorm (Geostorm)
  • Año: 2017
  • Dirección: Dean Devlin
  • Reparto: Gerard Butler, Jim Sturgess, Abbie Cornish, Ed Harris, Andy García
  • Género: Acción / Ciencia Ficción / Catástrofes
  • Duración: 109 minutos
  • País: Estados Unidos
★★★★☆ (4/5)

*Valoración basada en el disfrute puro, no en la ciencia.*

Un sistema de satélites diseñado para controlar el clima global y proteger a la humanidad de desastres naturales comienza a fallar misteriosamente, atacando la Tierra. Jake Lawson (Gerard Butler), el arquitecto de la estación espacial, debe regresar al espacio para descubrir la amenaza real antes de que una ‘Geotormenta’ mundial borre todo rastro de vida en el planeta.

Voy a empezar esta reseña siendo totalmente honesto con vosotros, porque aquí no hemos venido a ponernos el monóculo ni a analizar la semiótica del cine iraní de los años 70. Aquí hemos venido a pasarlo bien, a desconectar del estrés de la semana y a ver cómo el mundo se va al garete mientras comemos palomitas. Y en ese sentido, Geostorm es una absoluta maravilla incomprendida. Es una de esas películas que, si se hubiera estrenado en 1996, justo entre Independence Day y Twister, hoy sería considerada un clásico de culto intocable. Pero tuvo la mala suerte de llegar en 2017, en una época donde el cinismo y la necesidad de que todo tenga «lógica científica» nos ha quitado un poco la capacidad de soñar con explosiones absurdas.

Lo primero que te golpea al ver la película es esa sensación reconfortante de «ya he estado aquí antes». Y no lo digo como algo negativo, al contrario. Es como volver a casa. Dean Devlin, que fue el productor y guionista de la mayoría de los éxitos de Roland Emmerich, sabe exactamente qué teclas tocar para hacernos vibrar. Tenemos al héroe renegado que es más listo que nadie pero tiene problemas con la autoridad, tenemos al hermano burócrata con el que se lleva mal, tenemos la cuenta atrás con números rojos gigantes y, por supuesto, tenemos la destrucción masiva de monumentos icónicos. ¿Es cliché? Sí. ¿Nos encanta? Absolutamente.

Pero hablemos del elefante en la habitación, o mejor dicho, del escocés en la estación espacial: Gerard Butler es un tesoro nacional (aunque sea de Escocia, ya me entendéis). Hay algo en este hombre que eleva cualquier material que toca. En manos de otro actor, el personaje de Jake Lawson podría haber sido insoportable o ridículo. Pero Butler le imprime ese carisma de tipo duro con corazón de oro, esa energía de «estoy demasiado viejo para esta mierda pero voy a salvar el mundo igual» que tanto nos gusta. Cuando le ves ponerse el traje espacial, sabes que todo va a salir bien, aunque la física diga lo contrario.

Gerard Butler en el espacio

Butler haciendo lo que mejor sabe hacer: fruncir el ceño y salvar el día.

La trama es deliciosamente absurda. La idea de una red de satélites llamada «Dutch Boy» (El Niño Holandés) que controla el clima lanzando cápsulas para disipar huracanes es tan científicamente improbable que da la vuelta y se convierte en genialidad. La película no te pide que te creas la ciencia, te pide que aceptes las reglas del juego. Y una vez que lo haces, el viaje es frenético. No hay tiempos muertos. En un momento estás viendo una ola de frío congelar instantáneamente una playa en Río de Janeiro, y al siguiente estás en una persecución de coches eléctricos mientras el suelo explota en Hong Kong. Es un buffet libre de catástrofes y tú tienes el plato lleno.

Un aspecto que me sorprendió gratamente es el ritmo. Muchas películas de catástrofes actuales pecan de ser demasiado largas o de tomarse demasiado en serio a sí mismas, intentando meter dramas familiares complejos que a nadie le importan. Geostorm va al grano. Sí, hay una trama de hermanos entre Butler y Jim Sturgess, pero está al servicio de la acción. No hay relleno innecesario. La película entiende que hemos pagado la entrada para ver el caos, y nos lo da en dosis industriales. La edición es ágil, saltando de la tensión claustrofóbica en la Estación Espacial Internacional a la intriga política en la Casa Blanca sin que te pierdas en el camino.

Y hablando de intriga política, qué maravilla ver a actores de la talla de Ed Harris y Andy García pasándoselo bomba. Se nota cuando un actor está allí solo por el cheque y cuando está allí para divertirse. Aquí, Ed Harris, con esa mirada de acero, aporta una gravedad necesaria que equilibra la locura espacial. Ver a leyendas del cine participando en este tipo de blockbusters sin complejos valida nuestra propia experiencia como espectadores. Si Ed Harris se lo toma en serio (dentro de lo que cabe), nosotros también podemos.

Visualmente, la película tiene momentos muy potentes. Quizás el CGI no sea el de Avatar, pero tiene una estética muy particular, muy de videojuego de alta gama, que funciona perfectamente para lo que la historia requiere. La escena de los rascacielos cayendo como fichas de dominó en Hong Kong por el calor extremo es visualmente impactante. O esa ola gigante que amenaza Dubai. Son postales del apocalipsis diseñadas para ser consumidas con la boca abierta. Hay una belleza extraña en la destrucción digital que Geostorm explota muy bien, usando colores saturados y planos amplios para que no nos perdamos ni un detalle del desastre.

Escena de destrucción climática

Cuando el clima se convierte en el villano: un espectáculo visual desatado.

Pero lo que realmente hace que esta película se gane un hueco en mi estantería (y en mi corazón) es su falta de pretensiones. Vivimos en una era de cine de superhéroes interconectados, de universos expandidos y de dramas que buscan el Oscar desesperadamente. Geostorm es una «película de sábado por la tarde» en el mejor sentido posible. No quiere cambiarte la vida, quiere alegrarte la tarde. Es cine honesto. Te promete satélites locos y tormentas gigantes, y eso es exactamente lo que te entrega. Esa honestidad es una cualidad muy infravalorada hoy en día.

También hay que destacar el papel de Abbie Cornish como la agente del servicio secreto Sarah Wilson. En un género que a menudo relega a las mujeres a papeles de «damisela en apuros» o «científica que explica la trama», ella es la que reparte leña en la Tierra. Su escena conduciendo el taxi presidencial marcha atrás mientras dispara es uno de los momentos más «badass» de la película. La química con Jim Sturgess funciona porque es ligera y divertida, sin empalagar. Es refrescante ver a una pareja de acción que colabora de igual a igual para salvar al presidente (y al mundo).

La banda sonora, aunque genérica en algunos puntos, cumple su función de elevar la épica. Esos trombones y percusiones fuertes cada vez que algo explota son la «comida reconfortante» auditiva de los fans del cine de acción. Acompaña perfectamente el crescendo final, donde la cuenta atrás llega a los segundos finales. Porque, seamos sinceros, ¿qué sería de una película así sin una cuenta atrás que se detiene en el último segundo? Es un cliché, sí, pero es NUESTRO cliché. Es parte del ritual.

Reflexionando un poco más a fondo, Geostorm también nos habla, aunque sea de forma muy rudimentaria, sobre nuestra ansiedad climática. Aunque la solución que plantea es pura fantasía tecnológica, el miedo subyacente es real. Ver la naturaleza desatada es un terror primario. La película canaliza ese miedo y nos da una fantasía de control: la idea de que, si somos lo suficientemente listos y valientes (y tenemos a Gerard Butler), podemos domar a la bestia. Es una catarsis necesaria en tiempos donde a veces nos sentimos impotentes ante el cambio climático real.

No puedo dejar de mencionar el diseño de producción de la estación espacial. Es gigantesca, laberíntica y llena de piezas móviles. Me recordó a esas naves de las películas de ciencia ficción de los 80, donde todo parecía usado y funcional, no como las naves inmaculadas de Apple Store que vemos en el cine moderno. Se siente como un lugar donde la gente trabaja y suda. Ese realismo sucio ayuda a aterrizar (perdón por el juego de palabras) la trama espacial y hace que el peligro se sienta más físico y menos virtual.

El equipo en acción

Tensión, miradas intensas y tecnología imposible. La fórmula perfecta.

En conclusión, si te acercas a Geostorm buscando fallos de guion, los vas a encontrar a patadas. Si buscas rigor científico, te va a dar un derrame. Pero si te acercas a ella con el corazón abierto de un niño que solo quiere ver cosas grandes chocando y héroes improbables triunfando, te vas a encontrar con una joya. Es una carta de amor al cine de catástrofes de los 90, firmada con cariño y pirotecnia. A veces, la mejor cultura no es la que te hace pensar, sino la que te permite sentir y disfrutar sin barreras.

¿Placer culpable o genialidad?

«A veces necesitamos que el cine sea simplemente eso: un espectáculo ruidoso que nos haga olvidar que mañana es lunes. Geostorm no pide perdón por ser lo que es, y por eso la aplaudo.»

¿Y tú? ¿Eres del equipo ‘Ciencia estricta’ o del equipo ‘Gerard Butler lo arregla todo’? ¡Te leo en los comentarios! 👇

The Equalizer 3: Denzel Washington vuelve a demostrar por qué es eterno

The Equalizer 3 Poster

Ficha técnica

Título original: The Equalizer 3

Año: 2023

Dirección: Antoine Fuqua

Reparto: Denzel Washington, Dakota Fanning, Eugenio Mastrandrea

Género: Acción, Thriller

Duración: 109 minutos

País: Estados Unidos

Valoración

★★★★☆ (4 de 5)

Robert McCall cree haber dejado atrás su violento pasado, pero cuando se instala en un pequeño pueblo del sur de Italia descubre que sus nuevos amigos viven bajo el control del crimen organizado. Cuando los acontecimientos se vuelven mortales, McCall sabe exactamente qué hacer: convertirse en el protector de los oprimidos.

The Equalizer 3 fue una de esas películas que vi casi sin pensarlo demasiado, pero que acabaron dejándome una sensación muy especial. No solo porque Denzel Washington siempre funciona —eso ya lo damos por hecho—, sino porque aquí hay algo distinto, algo más reposado, más crepuscular, más consciente del paso del tiempo. Cuando la vi a principios de 2025 sentí una conexión inmediata con el personaje, como si Robert McCall y yo estuviésemos en un punto parecido: mirando atrás, recordando todo lo vivido, pero sin renunciar a seguir adelante.

Esta tercera entrega de la saga no intenta reinventar nada. Y lo digo como algo positivo. Sabe perfectamente lo que es y lo que quiere ofrecer: acción directa, justicia personal y un protagonista que se mueve entre la calma absoluta y la violencia más implacable. Pero esta vez, el escenario italiano lo cambia todo. Italia no es solo un fondo bonito, es casi un personaje más, y eso se nota desde el primer minuto.

Equalizer haciendo amigos

Ver a McCall haciendo amigos, integrándose poco a poco en la vida del pueblo, es algo que no habíamos visto tan claramente en las anteriores películas. Aquí hay más silencios, más miradas, más pequeños gestos cotidianos. Antoine Fuqua parece interesado en mostrarnos al hombre detrás del justiciero, al tipo cansado que solo quiere tomarse un café tranquilo y ver pasar los días sin sobresaltos.

Y es ahí donde Denzel vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes. No necesita discursos largos ni escenas exageradas para imponerse. Le basta con estar. Con caminar. Con mirar. Su presencia llena la pantalla incluso cuando no hace nada aparentemente importante. Es un actor que envejece con una elegancia brutal, y esta película lo aprovecha al máximo.

El pueblo italiano en el que se refugia McCall es precioso, pero también está podrido por dentro. Esa dualidad entre belleza y corrupción es uno de los grandes aciertos del film. Todo parece tranquilo, casi idílico, hasta que empiezas a rascar un poco y descubres que la mafia controla cada rincón, cada negocio, cada vida. Y claro, ahí es donde McCall no puede quedarse de brazos cruzados.

El pueblo italiano

La violencia en The Equalizer 3 es seca, directa y, en muchos momentos, incómoda. No es una película que glorifique la sangre porque sí, aunque tampoco se corta cuando tiene que mostrarla. Cada estallido de acción parece justificado, casi inevitable. McCall no disfruta matando, pero tampoco duda cuando sabe que es necesario. Es un código moral muy claro, aunque discutible, y la película no intenta suavizarlo.

Me gustó especialmente el ritmo. No va con prisas, y eso puede desesperar a algunos, pero a mí me pareció muy acertado. Deja que la historia respire, que conozcamos a los personajes secundarios, que entendamos lo que está en juego. Cuando la violencia llega, lo hace con más fuerza precisamente porque se ha tomado su tiempo.

El personaje de Dakota Fanning aporta un contrapunto interesante. No roba protagonismo, pero sí sirve para ampliar el mundo de McCall y recordarnos que su lucha no es solo personal. Hay algo casi melancólico en su relación, como si ambos supieran que pertenecen a un mundo que nunca termina de encajar del todo.

Problemas en The Equalizer 3

No todo es perfecto. Hay momentos en los que la película parece repetirse a sí misma, como si siguiera un manual demasiado conocido. Algunos villanos son un poco planos y ciertos conflictos se resuelven de forma demasiado rápida. Pero incluso con esos defectos, el conjunto funciona porque el corazón está en el sitio correcto.

The Equalizer 3 se siente como una despedida, aunque nunca se diga explícitamente. Hay algo de final de etapa, de cierre de círculo. Ver a McCall caminando por esas calles italianas, aceptando quién es y lo que representa, resulta sorprendentemente emotivo para una película de acción.

Para mí, fue una de las películas que más disfruté en 2025. De esas que puedes volver a ver sin cansarte, porque siempre encuentras un gesto nuevo, una mirada distinta, una escena que te había pasado desapercibida. Acción pura, sí, pero también una reflexión sobre el paso del tiempo y las segundas oportunidades.

Denzel Washington nunca se agota. Nunca baja el nivel. Y en una saga como The Equalizer, ambientada además en mi querida Italia, era muy difícil que algo saliera mal. Puede que no sea la mejor película de acción de la historia, pero sí una de las más honestas dentro de su género.

¿Puede un hombre encontrar la paz después de haber vivido toda su vida entre la violencia, o simplemente aprende a convivir con ella?

Terror de consumo rápido: Análisis de El Juego del Ascensor (Elevator Game).

Póster El Juego del Ascensor

📂 Ficha Técnica

  • 🎬 Título: El juego del ascensor (Elevator Game)
  • 📅 Año: 2023
  • 🎥 Dirección: Rebekah McKendry
  • 👥 Reparto: Gino Anania, Verity Marks, Alec Carlos, Nazariy Demkowicz
  • 👻 Género: Terror / Sobrenatural / Creepypasta
  • ⏱️ Duración: 94 minutos
  • 🌍 País: Estados Unidos
★★★☆☆ 3 de 5 | Entretenimiento Cumplidor

El adolescente Ryan se une a un grupo de recién graduados que dirigen una serie web dedicada a desacreditar leyendas urbanas. Sin embargo, Ryan tiene un secreto: su hermana desapareció meses antes y él cree que ellos —y un peligroso desafío online llamado ‘El Juego del Ascensor’— son los responsables.

Hay tardes de domingo en las que uno no busca descubrir el sentido de la vida, ni maravillarse con la fotografía de un director sueco de nombre impronunciable, ni siquiera sufrir de verdad con un terror elevado al estilo A24. Hay tardes en las que el cuerpo solo te pide algo sencillo, algo que entre fácil, que se digiera rápido y que cumpla la función básica de mantenerte mirando a la pantalla sin exigirte demasiado esfuerzo neuronal. El juego del ascensor es exactamente esa película. Es la hamburguesa de un euro del cine de terror: sabes que no es alta cocina, sabes que los ingredientes no son de primera calidad, pero, maldita sea, te quita el hambre y hasta la disfrutas mientras dura.

Estamos ante una cinta que nace de una fuente inagotable de folclore moderno: las creepypastas. Para quienes no pasaron su adolescencia en foros de Reddit a las tres de la mañana, el «Juego del Ascensor» es una leyenda urbana originada en Corea (y popularizada globalmente en Internet) que asegura que, si realizas una secuencia específica de botones en un ascensor de un edificio de al menos diez pisos, puedes acceder a otra dimensión. Una dimensión donde el cielo es rojo, las luces fallan y, lo más importante, no debes interactuar con la mujer que sube en el quinto piso. La premisa es jugosa, simple y aterradora en su concepto minimalista. La película toma este material base y, con mucha honestidad y pocas pretensiones, construye un relato funcional.

Lo primero que llama la atención es que la película es muy consciente de la época en la que vive. Los protagonistas no son investigadores paranormales victorianos, sino un grupo de creadores de contenido para YouTube. Tienen un canal llamado «Nightmare on 24th Street» (un guiño simpático, aunque obvio) y se dedican a desmitificar leyendas urbanas. Este punto de partida es interesante porque justifica por qué demonios alguien querría hacer algo tan estúpido como invocar a un espíritu en un ascensor: por los likes, por los patrocinadores, por la audiencia. Es una crítica muy suave, casi de fondo, a la cultura del clickbait, pero sirve perfectamente para mover la trama.

Escena del ascensor

La tensión en el espacio cerrado es uno de los pocos recursos que la cinta explota con inteligencia.

Ryan, nuestro protagonista «infiltrado», es el típico chico tímido con una motivación oculta: encontrar a su hermana desaparecida. Aquí entramos en el terreno de los clichés más absolutos. El guion no se esfuerza en reinventar la rueda. Tenemos al líder carismático y algo imbécil del canal, a la técnica sensata, al gracioso del grupo y a la chica escéptica. Son arquetipos con patas, piezas de ajedrez colocadas para ir cayendo una a una o para sufrir las consecuencias de su incredulidad. Y, sinceramente, no me molesta. En este tipo de producciones, a veces se agradece la familiaridad. Sabes quién va a morir, sabes quién va a sobrevivir, y el juego consiste más en ver el «cómo» que el «qué».

Visualmente, la película tiene sus luces y sus sombras, nunca mejor dicho. Hay un esfuerzo notable en la iluminación cuando las cosas empiezan a torcerse. El uso de colores saturados, especialmente esos magentas y azules neón cuando el ascensor empieza a hacer de las suyas, le da un toque muy de cómic, muy «estética streamer», que le sienta bien. No es una película fea, aunque se nota que el presupuesto no daba para grandes alardes. El escenario del edificio de oficinas vacío de noche es un clásico que siempre funciona; esos pasillos largos, idénticos y estériles tienen algo inherentemente inquietante que apela a nuestro miedo a la soledad en espacios públicos.

Hablemos del terror. ¿Da miedo *El juego del ascensor*? Depende de tu umbral. Si eres un veterano del género que desayuna viendo *Martyrs*, esto te parecerá un cuento de Disney. Pero si buscas sobresaltos efectivos, la película tiene un par de momentos bien construidos. Juega mucho con el *jumpscare*, el susto de subida de volumen repentina, que es el recurso fácil, lo reconozco, pero eficaz para mantenerte despierto. Sin embargo, hay algo en la representación de la «Mujer del Quinto Piso» que me resultó genuinamente perturbador. El maquillaje y la actuación física de ese ente tienen un punto de valle inquietante (uncanny valley) que funciona bastante bien.

El ritmo es otro de sus aciertos. Al durar poco más de hora y media, la cinta no pierde mucho tiempo. La introducción de los personajes es rápida, la explicación de las reglas del juego es clara (y repetida para que no te pierdas), y una vez que se meten en el ascensor, la cosa va rodada. No hay grandes valles de aburrimiento, aunque sí hay momentos donde la lógica interna de la película se tambalea. Hay decisiones de los personajes que te harán gritarle a la pantalla: «¿Pero por qué no sales de ahí?», «¿Por qué te separas?». Lo de siempre, vamos. Pero es parte del pacto que firmamos al ver un *slasher* sobrenatural de bajo presupuesto.

El grupo de youtubers

El equipo de «Nightmare on 24th Street»: carne de cañón lista para el sacrificio viral.

Me parece interesante reflexionar sobre cómo el cine está adaptando estas leyendas de internet. Hace unos años tuvimos la desastrosa película de *Slenderman*, y comparada con aquella, *El juego del ascensor* es una obra maestra. Se nota que la directora, Rebekah McKendry, tiene cariño por el material y entiende el lenguaje del terror moderno. No intenta elevar la leyenda a una mitología compleja e incomprensible; respeta la simplicidad del ritual: botones, pisos, no mirar, no hablar. Esa fidelidad al «creepypasta» original es algo que los fans del terror online agradecerán enormemente.

Sin embargo, no todo es positivo. La película sufre notablemente en su tramo final. Como suele pasar en estas historias, el misterio es mucho más atractivo que la resolución. Cuando empiezan a explicar el «por qué» de todo, la magia se diluye un poco. Las reglas que parecían férreas al principio empiezan a ser flexibles según le convenga al guion para salvar a tal o cual personaje. Y los efectos digitales (CGI) en el clímax… bueno, digamos que se nota dónde se acabó el dinero. Hay ciertos efectos de distorsión y fantasmas digitales que sacan un poco de la inmersión, pareciendo más un filtro barato de TikTok que una producción cinematográfica seria.

A nivel sonoro, la película cumple sin destacar, aunque tiene sus matices. La banda sonora es la típica mezcla de sintetizadores y golpes de graves para acentuar los sustos, nada memorable que vayas a buscar en Spotify después. Pero lo que sí funciona a las mil maravillas es el diseño de sonido del propio ascensor: los chirridos metálicos, el «ding» de llegada a planta, el zumbido eléctrico. Consiguen convertir una caja metálica cotidiana en una trampa mortal sonora. Esos detalles son los que demuestran que, detrás de la fachada de «película barata», hay gente técnica que sabe hacer su trabajo.

Es curioso cómo este tipo de películas ocupan un lugar necesario en el ecosistema cultural. No podemos estar viendo obras maestras intensas todos los días. A veces necesitamos este «cine de confort» macabro. *El juego del ascensor* es perfecta para ver con amigos, con pizzas y ganas de comentar las estupideces que hacen los protagonistas. No te va a cambiar la vida, no te va a dejar pensando en la muerte durante semanas (como me pasó con *Hereditary*), pero te va a regalar 90 minutos de evasión pura y dura. Y eso, en los tiempos que corren, tiene su valor innegable.

Terror sobrenatural

Cuando los efectos son prácticos y el maquillaje toma el control, la película gana enteros.

En conclusión, si vas buscando una joya oculta del terror indie que revolucione el género, sigue buscando, porque aquí no la encontrarás. Pero si lo que quieres es una adaptación digna de una leyenda urbana famosa, con un ritmo ágil y unos cuantos sustos bien colocados, dale una oportunidad sin miedo. Es una película honesta: te ofrece exactamente lo que promete el póster. Ni más, ni menos. Es hábil en su ejecución técnica limitada y sabe jugar sus cartas para no aburrir. A veces, la falta de pretensión es la mejor virtud de una obra.

Así que, la próxima vez que subas a un ascensor y estés solo, quizás te lo pienses dos veces antes de pulsar los botones en un orden aleatorio. O quizás no, y simplemente te rías recordando los clichés de esta película. Sea como sea, *El juego del ascensor* logra su objetivo: entretenernos con nuestros miedos más irracionales a la tecnología cotidiana. No pasará a la historia del cine, pero ha salvado mi tarde de domingo, y con eso me basta.

¿Te atreverías a jugar?

Yo confieso que una vez intenté lo de «Verónica» frente al espejo y salí corriendo antes de terminar. 🕯️👻

¿Sois de los valientes o de los que prefieren ver estas cosas desde la seguridad del sofá como yo? ¡Os leo en comentarios!

El día que Denzel secuestró un hospital: Recordando «John Q» veinte años después

Poster oficial de John Q

Ficha Técnica

  • Título original: John Q
  • Año: 2002
  • Dirección: Nick Cassavetes
  • Reparto estelar: Denzel Washington, Robert Duvall, James Woods, Anne Heche, Kimberly Elise
  • Género: Drama / Thriller social
  • Duración: 116 minutos
★★★★☆

4.5 de 5 estrellas provisionales

«John Q. Archibald (Denzel Washington) es un hombre común que trabaja en una fábrica y se desvive por su familia. Su vida da un vuelco dramático cuando su hijo pequeño colapsa durante un partido de béisbol y es diagnosticado con una grave enfermedad cardíaca. Al descubrir que su seguro médico no cubre el trasplante de corazón necesario para salvar la vida del niño, y ante la fría burocracia del hospital, John toma una decisión desesperada: secuestrar la sala de emergencias para exigir que pongan a su hijo en la lista de donantes.»

Voy a ser totalmente sincero con vosotros desde el principio: tengo una debilidad enorme por el Denzel Washington de principios de los 2000. Quizás es la nostalgia hablando, no lo sé, pero hay algo en esa época del cine, justo antes de que todo se volviera franquicias de superhéroes, que me toca la fibra. Y «John Q» es, para mí y para mucha gente de mi generación (los que crecimos en los 80 y maduramos en los 90/00), una de esas películas pilares. No soy un crítico de cine de Cahiers du Cinéma, solo soy un tipo que ve muchas películas y que se emociona fácilmente, y os digo que pocas veces he visto a un actor echarse una película a la espalda con la fuerza bruta y el carisma con el que lo hace Denzel aquí. Es la definición de «ese padre que todos querríamos tener», un tipo dispuesto a pelear como gato panza arriba contra el mundo entero si tocan a los suyos. Y vaya si pelea.

La película arranca de una manera casi engañosamente tranquila. Nos presenta la vida de los Archibald. Son gente normal, currantes, que viven al día y hacen malabares con las facturas. Denzel interpreta a John, Kimberly Elise a su mujer, Denise. Tienen una química increíble que te hace creerte esa familia desde el minuto uno. Vemos los problemas cotidianos, el coche que casi no arranca, la preocupación por llegar a fin de mes, pero también vemos un amor a raudales en esa casa. Es vital que la película dedique tiempo a esto, porque necesitamos entender qué es lo que está en juego. Necesitamos enamorarnos de esa pequeña unidad familiar para que, cuando llegue el golpe, nos duela tanto como a ellos. Y el golpe llega seco, rápido, en un partido de béisbol, cuando el pequeño Mike se desploma. Ahí empieza la verdadera pesadilla.

Lo que sigue es, sinceramente, una de las críticas más feroces que el cine comercial de Hollywood ha hecho al sistema sanitario estadounidense. Y digo «feroz» porque, aunque a veces la película peque de ser un poco melodramática (que lo es, no nos engañemos), la situación de base es terroríficamente real para millones de personas. La escena en la que John se enfrenta a la administradora del hospital (una Anne Heche que hace un trabajo excelente siendo la cara fría de la burocracia) y al cirujano estrella (James Woods, brillante como el médico arrogante que ha olvidado su juramento hipocrático por el dinero) es desgarradora. Es la impotencia hecha escena. Ver a un hombre fuerte, trabajador, que ha hecho todo «bien» según las reglas de la sociedad, siendo tratado como un número, como basura, simplemente porque su seguro tiene letra pequeña, es algo que te hierve la sangre. Es en este punto donde la película deja de ser un drama familiar para convertirse en un thriller de denuncia social.

Denzel Washington y Kimberly Elise en un momento tenso

La desesperación de unos padres ante la burocracia médica.

Y llegamos al punto de no retorno. El momento en que John Q. Archibald decide que ya no va a pedir más favores. La escena en la que saca la pistola y cierra las puertas de la sala de urgencias es magistral en su ejecución. No es la acción de un terrorista entrenado, ni de un villano de película de acción. Es el acto torpe, tembloroso y absolutamente desesperado de un padre acorralado. Nick Cassavetes, el director, maneja muy bien la tensión en este espacio cerrado. De repente, el hospital, ese lugar de sanación, se convierte en una olla a presión. Y aquí es donde Denzel Washington simplemente se sale del mapa. Su actuación no es la de un tipo duro al uso; puedes ver el miedo en sus ojos, la duda, y al mismo tiempo, esa determinación inquebrantable de que su hijo no se va a morir ese día.

Dentro de la sala de rehenes, la película se convierte en un estudio de personajes fascinante. Los rehenes son un microcosmos de la sociedad: tenemos al tipo de clase alta que cree que su tiempo vale más que el de los demás, a una embarazada a punto de dar a luz, a un chico de la calle herido, a médicos y enfermeras asustados… Lo interesante es cómo la dinámica cambia. Al principio, John es el «malo», el loco con el arma. Pero a medida que pasan las horas y la gente empieza a entender *por qué* está haciendo lo que hace, la lealtad empieza a cambiar. Es casi como una versión acelerada del Síndrome de Estocolmo, pero basada en la empatía pura y dura. La gente empieza a ver que el verdadero villano no es el hombre con la pistola, sino el sistema que lo empujó a cogerla. Hay momentos de humor negro, de tensión extrema y de humanidad compartida dentro de esas cuatro paredes que funcionan increíblemente bien.

Mientras tanto, fuera del hospital, se desata el circo mediático y policial. Y aquí tenemos otro duelo actoral de altura. Por un lado, Robert Duvall como el negociador de la policía, Grimes, un tipo veterano, cansado, que entiende perfectamente la posición de John y que intenta resolver la situación sin que nadie salga herido. Duvall aporta esa calma y esa humanidad necesaria para equilibrar la intensidad de Denzel. Por otro lado, tenemos al jefe de policía interpretado por Ray Liotta, que solo ve una situación táctica que hay que resolver por la fuerza para ganar puntos políticos. Este choque entre la policía empática y la policía militarizada es otro de los temas secundarios interesantes que toca la película. Y cómo no, los medios de comunicación, convirtiendo la tragedia personal de un hombre en un espectáculo nacional, con la gente de la calle vitoreando a John como si fuera un héroe popular moderno, un Robin Hood de la sanidad.

John Q tomando el control de la sala de urgencias

El momento en que un hombre común cruza la línea por amor.

Pero volvamos a Denzel, porque realmente es el motor de todo esto. Hay escenas en esta película que se me quedaron grabadas a fuego. La conversación telefónica con su mujer mientras está atrincherado, donde la fachada de tipo duro se rompe y vemos al marido asustado, es brutal. O el momento en que, desesperado porque el tiempo se acaba y el corazón para su hijo no llega, toma la decisión final, la más extrema de todas. No voy a hacer spoilers graves por si alguien no la ha visto (¡corred a verla!), pero el clímax de la película, la resolución que John plantea, es uno de los momentos más tensos y emotivos que recuerdo haber visto en un thriller de este tipo. Es el sacrificio definitivo, planteado con una crudeza que te deja sin aliento. Denzel maneja esa intensidad sin caer en la sobreactuación, manteniendo siempre esa dignidad del trabajador que solo pide lo justo.

Mucha gente criticó la película en su momento por ser demasiado manipuladora emocionalmente. Y, a ver, no voy a mentir, lo es. «John Q» sabe exactamente qué botones pulsar para hacerte llorar y para hacerte enfadar. Utiliza la música, los primeros planos del niño enfermo y los discursos apasionados para llevarte exactamente a donde quiere. ¿Pero sabéis qué? Como consumidor medio de cine, a veces eso es exactamente lo que quiero. Quiero una película que no se ande con sutilezas, que me agarre por el cuello y me obligue a sentir algo intenso. No todo el cine tiene que ser sutil y cerebral. A veces necesitamos este tipo de catarsis emocional, este grito primario contra las injusticias del mundo, aunque esté envuelto en un paquete de Hollywood un poco brillante.

Además, creo que la película ha envejecido terriblemente bien, por desgracia. Veintitantos años después, el debate sobre la sanidad en Estados Unidos (y la privatización en otros lugares) sigue exactamente igual, o peor. Las historias de gente arruinada por facturas médicas o a la que se le deniegan tratamientos vitales por tecnicismos siguen llenando los periódicos. Por eso «John Q» sigue resonando tanto hoy en día. Porque aunque la situación del secuestro sea extrema, la premisa base, el miedo a no poder salvar a un ser querido porque no tienes suficiente dinero en el banco, es un miedo universal y muy actual. La película funciona porque conecta con esa ansiedad básica de la clase trabajadora.

El desenlace con la policía rodeando a John Q

El tenso enfrentamiento final entre la ley y la justicia moral.

El desenlace de la película es agridulce, como no podía ser de otra manera. No hay una solución mágica donde todo el mundo sale ganando sin consecuencias. Las acciones de John tienen un precio, y él está dispuesto a pagarlo. La escena final, el juicio mediático y legal, y la última mirada entre padre e hijo, te dejan con un nudo en la garganta pero también con una extraña sensación de esperanza. Es la confirmación de que, a veces, hay que romper las reglas para hacer lo correcto, aunque el sistema te castigue por ello. Es un mensaje peligroso, quizás, pero increíblemente potente en el contexto de la historia.

En resumen, «John Q» no será una obra maestra del cine de autor, pero es una película condenadamente efectiva. Es un thriller trepidante que te mantiene pegado al asiento, sí, pero sobre todo es un drama humano con un corazón enorme, impulsado por una de las mejores interpretaciones de la carrera de Denzel Washington. Es la película que cimentó su imagen como el héroe del hombre común, el tipo capaz de enfrentarse a gigantes con nada más que su voluntad y su amor de padre. Si sois de los que os gustan las películas que os hacen sentir cosas intensas, que os hacen enfadaros con el mundo y luego reconciliaros con la humanidad, tenéis que revisitar este clásico de los 2000. Es amor de padre a raudales y tensión de la buena.

¿Hasta dónde serías capaz de llegar tú por salvar la vida de un hijo si el sistema te diera la espalda? ¿Crees que el fin justifica los medios en un caso como el de John Q? ¡Os leo en los comentarios! 👇

Gareth Edwards y su opera prima: Por qué Monsters es un somnífero visual

Cartel de la película Monsters

Ficha Técnica

  • Título original: Monsters
  • Año: 2010 (Visionada en 2025)
  • Duración: 94 min. (Parecen 300)
  • Dirección y Guion: Gareth Edwards
  • Reparto principal: Scoot McNairy, Whitney Able
  • Género: Ciencia Ficción / Drama / Romance (fallido)

Mi Valoración Personal

★☆☆☆☆

1 de 5 estrellas (Solo por la fotografía, el resto es para dormir)

De qué va (supuestamente)

«Seis años después de que una sonda de la NASA se estrellara en México, liberando formas de vida extraterrestre, una gran franja del país ha sido puesta en cuarentena como ‘zona infectada’. Un periodista estadounidense accede a escoltar a una turista a través de la zona infectada hasta la frontera segura de Estados Unidos.»

Monsters: O cómo tirar 94 minutos de tu vida a la basura

Si algo he aprendido en este 2025 lleno de revisionados y descubrimientos tardíos, es que el «hype» o las buenas críticas de hace una década a veces envejecen peor que la leche fuera de la nevera. Hoy vengo a hablaros de «Monsters», esa película de 2010 dirigida por Gareth Edwards que, según me habían contado algunos puristas del cine indie, era una «joya oculta» y una «obra maestra de la ciencia ficción de bajo presupuesto». Pues bien, queridos lectores, dejadme que os ahorre el disgusto: de joya no tiene nada y de obra maestra, menos. Ha sido, sin lugar a dudas, uno de los visionados más frustrantes, aburridos y pretenciosos que he tenido la desgracia de experimentar este año. Me senté en el sofá esperando ver algo inquietante, quizás una road movie con tensión, bichos alienígenas y supervivencia. Lo que me encontré fue un somnífero audiovisual de hora y media donde literalmente no pasa nada.

La premisa prometía. Una sonda de la NASA se estrella en México y, años después, la mitad del país es una «Zona Infectada» llena de criaturas gigantes. Un periodista cínico (Andrew, interpretado por Scoot McNairy) tiene que sacar de allí a la hija de su jefe (Sam, interpretada por Whitney Able). Sobre el papel, suena a planazo de domingo por la tarde. Suena a aventura, a peligro, a persecuciones. Pero la realidad es que la película es un engaño desde el título. Llamar a esto «Monsters» es tener mucho valor, porque los monstruos brillan por su ausencia. Y no me vengáis con el cuento de «es que lo que no se ve da más miedo», porque aquí el problema no es que no se vean, es que la película parece olvidarse de que es una cinta de ciencia ficción para convertirse en un drama romántico indie de la peor calaña, con dos personajes que tienen menos química que una piedra y un zapato.

Protagonistas caminando en Monsters

Esto es el 90% de la película: gente caminando y mirando al infinito con cara de aburrimiento.

Hablemos del ritmo, o más bien, de la ausencia del mismo. La película avanza (es un decir) a una velocidad glacial. Edwards se regodea en planos eternos de paisajes, atardeceres y gente caminando. Sí, visualmente tiene su mérito, sobre todo sabiendo que se rodó con cuatro duros y un equipo mínimo, usando localizaciones reales y efectos digitales hechos en el portátil del director. Pero una fotografía bonita no sostiene una película vacía. Me pasé la primera media hora esperando a que arrancara la trama, la segunda media hora mirando el móvil porque ya no aguantaba más las conversaciones insustanciales entre los protagonistas, y la última media hora suplicando que apareciera un tentáculo gigante y se los comiera a los dos para acabar con mi sufrimiento. Es soporífera hasta decir basta. Hay escenas en barcos, en coches, en trenes… y en todas ellas la sensación de peligro es nula. Cero tensión. Se supone que están cruzando el infierno en la tierra, pero parecen dos mochileros deprimidos en un año sabático que les está saliendo regular.

Y luego están ellos, Andrew y Sam. Se supone que la película se sostiene sobre su relación, sobre cómo este viaje les cambia. El problema es que me importaban un pimiento. Scoot McNairy hace lo que puede con un personaje que es básicamente un cliché con patas (el fotógrafo de guerra desencantado que busca «la foto real»), y Whitney Able se pasa la película con la misma expresión de susto contenido y desgana. Lo más irónico es que los actores se casaron en la vida real poco después, así que supongo que química había, pero desde luego en la pantalla no se nota. Sus diálogos intentan ser profundos y reflexivos sobre la vida, el lugar de Estados Unidos en el mundo y las fronteras, pero suenan forzados, artificiales y, francamente, aburridos. No hay evolución real, solo una sucesión de escenas donde se miran intensamente mientras de fondo suena una música ambiental que induce al coma profundo.

Escena nocturna en Monsters

Intentando crear atmósfera. Lo que consiguen es que cierres los ojos.

Uno de los puntos que más rabia me da es el intento de mensaje social metido con calzador. Es obvio que Edwards quería usar los extraterrestres como una metáfora de la inmigración, del muro con México y del miedo al «otro». Vale, lo pillo. No soy tonto. Pero la metáfora es tan sutil como un ladrillazo en la cara y, al mismo tiempo, no profundiza en nada. Se queda en la superficie, utilizando el escenario de México como un simple telón de fondo exótico y peligroso para que dos gringos blancos tengan su viaje de autodescubrimiento. Me parece una oportunidad perdida gigantesca. Podrían haber explorado cómo vive realmente la gente en esa zona, el miedo real, la adaptación… pero no, la cámara siempre vuelve a los dos protagonistas y sus dramas del primer mundo, ignorando el contexto fascinante que han creado pero que no saben explotar.

Llegamos a la parte de los efectos especiales y los monstruos. Cuando por fin deciden enseñar algo, tengo que admitir que el diseño de las criaturas no está mal. Son como unos pulpos gigantes bioluminiscentes que caminan sobre zancos. Tienen un aire majestuoso y extraño. Pero claro, aparecen tan poco y en situaciones tan oscuras o lejanas, que apenas los disfrutas. Y cuando tienes ese momento «clímax» cerca del final, en esa gasolinera (no diré más para no hacer spoiler, aunque os hago un favor si os destripo la película y no la veis), la reacción de la película es… contemplativa. Otra vez. En lugar de terror o asombro, tenemos una escena que pretende ser poética y hermosa sobre el apareamiento alienígena o algo así. Mira, yo a esas alturas ya estaba bostezando tanto que casi me disloco la mandíbula. ¿Dónde está la acción? ¿Dónde está el conflicto? Es todo tan plano, tan «arty», que resulta irritante.

Lo peor de «Monsters» no es que sea una mala película técnica (no lo es, el sonido está bien, la imagen está bien), sino que es una película totalmente irrelevante. Termina y te quedas igual que estabas, pero con 94 minutos menos de vida y una sensación de pesadez en los párpados. Es un bluff de manual. Te la venden con un tráiler editado para parecer trepidante (el que os he puesto arriba es engañoso, avisados estáis) y luego te entregan un drama lento y silencioso. Me siento estafado. Si quieres ver un drama romántico, hay miles mejores. Si quieres ver ciencia ficción, ponte «District 9», que salió un año antes y le da mil vueltas en cómo tratar el tema de los alienígenas y la segregación con ritmo y garra. «Monsters» se queda en tierra de nadie, en ese limbo de las películas que creen ser más inteligentes de lo que son.

Zona de cuarentena en Monsters

Un paisaje desolador, como mis ganas de seguir viendo la película en el minuto 45.

Para ir cerrando, que no quiero dedicarle más tiempo a escribir sobre ella del que tardé en olvidarla. «Monsters» es el ejemplo perfecto de por qué no siempre hay que fiarse de la etiqueta «cine de culto». A veces, una película es pequeña y desconocida simplemente porque es aburrida. No hay más misterio. Gareth Edwards luego hizo «Godzilla» y «Rogue One», y ahí se nota que con presupuesto y alguien que le controle el ritmo, puede hacer cosas chulas. Pero aquí, con libertad total creativa, se perdió en su propia pretenciosidad. Quiso hacer arte y le salió un salvapantallas de Windows muy caro y muy largo.

En definitiva: huid de ella. No os dejéis engañar por el póster chulo ni por la premisa interesante. Es una trampa. Es lenta, insípida y carente de emoción. Mi 2025 ya ha tenido suficientes decepciones, pero esta se lleva la palma por lo mucho que prometía y lo poquísimo que da. Si valoráis vuestro tiempo libre y queréis manteneros despiertos, poneos cualquier otra cosa.

¿A ti también te pareció un tostón?

Sé que hay gente que defiende esta peli a muerte por su atmósfera. ¿Eres uno de ellos? Explícame en los comentarios qué le ves, porque yo solo vi oscuridad y aburrimiento. ¡Abramos debate!

¿Es Elf la mejor película de Jon Favreau? Un vistazo a su dirección artesanal

Póster oficial de la película Elf

Ficha Técnica

  • Título original: Elf
  • Año: 2003
  • Dirección: Jon Favreau
  • Reparto principal: Will Ferrell, James Caan, Zooey Deschanel, Mary Steenburgen, Bob Newhart, Peter Dinklage.
  • Género: Comedia, Fantasía, Cine Familiar Navideño.
  • Duración: 97 minutos.

Mi Valoración Provisional

★★★★☆ (4.5 de 5 estrellas)

Una Nochebuena, en un orfanato, un bebé gatea dentro del saco de regalos de Santa Claus y acaba en el Polo Norte. Criado como un elfo, pero creciendo tres veces más que los demás, Buddy (Will Ferrell) descubre finalmente que no es un elfo, sino un humano. Decidido a encontrar su lugar en el mundo, Buddy viaja a Nueva York para buscar a su verdadero padre, Walter Hobbs (James Caan), un editor de libros infantiles cínico y adicto al trabajo que figura en la lista de «traviesos» de Santa. Buddy, con su inocencia y espíritu navideño desbordante, pondrá patas arriba la vida de su padre y de toda la ciudad.

Tráiler Oficial

Más vale tarde que nunca: Descubriendo la magia de Buddy

Lo confieso, y sé que esto puede sonar a sacrilegio para muchos amantes del cine navideño ahí fuera: no había visto «Elf» hasta este año, 2025. Sí, lo sé. ¿Dónde he estado metido las últimas dos décadas? ¿Viviendo bajo una piedra en el Polo Sur? Quizás. El caso es que, como alguien que consume muchas películas y series, siempre había tenido esta cinta en mi lista de pendientes eternos. Veía los memes, escuchaba las referencias («¡Santa! ¡Lo conozco!»), pero por alguna razón, nunca me había sentado a darle al play. Tal vez pensaba que era «otra comedia tonta más» de principios de los 2000, o quizás me daba pereza enfrentarme a un clásico tan establecido por miedo a que no cumpliera mis expectativas. Pero, amigos, qué equivocado estaba y qué delicia de descubrimiento tardío ha sido.

Desde el primer minuto, la película te atrapa con una estética que es puro homenaje a los especiales navideños de Rankin/Bass de los años 60, esos hechos con stop-motion. La narración de Papa Elf (el legendario Bob Newhart) te sitúa en un tono de cuento de hadas moderno que funciona a la perfección. Ver a un Will Ferrell gigante intentando encajar físicamente en el diminuto mundo de los elfos del Polo Norte es comedia visual en su máxima expresión. No se trata solo de que sea grande; es la torpeza entrañable, la incapacidad de hacer juguetes al ritmo de los demás y esa sensación constante de ser un pez fuera del agua, incluso en el lugar más feliz de la Tierra. Jon Favreau, el director, acierta de pleno al usar efectos prácticos y perspectivas forzadas en lugar de abusar del CGI, lo que le da a toda esa primera parte una calidez artesanal que se echa mucho de menos en el cine actual.

Pero la película realmente despega cuando Buddy llega a Nueva York. Aquí es donde «Elf» podría haber caído en los tópicos fáciles de «paleto en la gran ciudad», pero los trasciende gracias a la interpretación absolutamente genial de Will Ferrell. He visto muchas cosas de Ferrell, algunas me encantan y otras no tanto, pero creo sinceramente que este es el papel de su vida. Buddy no es un adulto estúpido; es la inocencia personificada. No tiene ni una pizca de malicia o cinismo en su cuerpo. Su enfrentamiento con la realidad neoyorquina —comer chicles pegados en las barandillas del metro, emocionarse hasta el delirio con una puerta giratoria, o felicitar a un mapache que claramente quiere atacarle— funciona porque Ferrell se compromete al 100% con la ingenuidad del personaje. No nos reímos *de* él, nos reímos *con* su asombro ante un mundo que nosotros damos por sentado y que hemos dejado de mirar con ojos de niño.

Will Ferrell como Buddy el Elfo sonriendo

La sonrisa que conquistó incluso a los más cínicos. Ferrell en estado de gracia.

Y luego está el contraste, el ingrediente secreto que hace que la comedia funcione: Walter Hobbs, interpretado por el inigualable James Caan. Caan es el perfecto «hombre recto» para la locura de Ferrell. Su personaje es el arquetipo del Grinch corporativo, un hombre tan consumido por el trabajo y los resultados que ha olvidado cómo conectar con su propia familia, y mucho menos con un hijo perdido que se viste con mallas amarillas y cree que los cuatro grupos de alimentos principales son caramelo, bastones de caramelo, maíz dulce y jarabe de arce. La dinámica entre ellos es oro puro. La exasperación de Caan ante cada «te quiero, papá» de Buddy es palpable. Es el choque entre el cinismo adulto y la alegría infantil desenfrenada, y necesitamos a ambos para que la historia avance.

No puedo dejar de mencionar la subtrama romántica, que, para mi sorpresa, es increíblemente dulce. Zooey Deschanel, antes de ser la chica «adorkable» por excelencia en «New Girl», interpreta aquí a Jovie, una empleada de unos grandes almacenes desencantada con la vida y, especialmente, con la Navidad. Su energía es el polo opuesto a la de Buddy. Ella es reservada, un poco sarcástica y está «de vuelta de todo» a pesar de su juventud. La forma en que Buddy rompe sus barreras, no con grandes gestos románticos de película, sino con pura sinceridad y entusiasmo por cosas simples como ver un árbol de Navidad iluminado o «patinar» (o más bien, correr torpemente sobre el hielo), es preciosa. La escena del baño, donde Buddy entra sin ser consciente de las normas sociales para cantar a dúo «Baby, It’s Cold Outside» mientras ella se ducha, es un momento icónico por una razón: es raro, es incómodo, pero extrañamente tierno y musicalmente encantador. La voz de Deschanel es una maravilla, y ver cómo su personaje empieza a «descongelarse» es una de las partes más satisfactorias de la trama.

Hay tantas escenas que se me han quedado grabadas a pesar de haberla visto solo una vez. La escena en la juguetería Gimbel’s, cuando Buddy se entera de que Papá Noel viene a visitarlos y grita como un poseso, es histérica. Pero lo que viene después es aún mejor: su enfrentamiento con el Santa Claus de centro comercial (interpretado por el gran Artie Lange). La decepción genuina de Buddy al darse cuenta de que es un impostor («¡Hueles a carne y queso! ¡Tú no eres Santa!») y la posterior pelea caótica es un ejemplo perfecto de cómo la película maneja el humor físico sin perder el corazón de la historia: la defensa inquebrantable de Buddy de la magia verdadera. O la escena en la sala de correo, donde Buddy acaba emborrachándose con un compañero de trabajo y montando una fiesta de baile improvisada. Son momentos que demuestran que la alegría es contagiosa, incluso en los sótanos más oscuros de la vida corporativa.

Zooey Deschanel como Jovie vestida de elfo

Zooey Deschanel aporta la dosis necesaria de realidad y encanto vocal como Jovie.

Más allá de las risas, lo que me ha sorprendido de «Elf» es su trama sobre el hogar, la familia y el autoconocimiento. Buddy pasa toda su vida pensando que es algo que no es. Su viaje no es solo geográfico hacia Nueva York, sino un viaje interior para aceptar quién es realmente: un humano que fue criado por elfos, y que eso está bien. No tiene que elegir entre un mundo y el otro; él es el puente entre ambos. Por otro lado, la redención de Walter Hobbs no se siente forzada. No se convierte en un santo de la noche a la mañana, pero la presencia de Buddy le obliga a mirarse al espejo y ver en qué se ha convertido. La escena en la que finalmente elige a su familia por encima de su jefe tiránico (un cameo fantástico de Peter Dinklage, por cierto, cuya escena en la sala de juntas es otra joya de humor incómodo) es un cliché navideño, sí, pero está tan bien ganado que no te importa.

La dirección de Jon Favreau merece mucho más crédito del que se le suele dar. Lograr este equilibrio entre la farsa total, la comedia slapstick, el cuento de hadas visual y el drama familiar sincero es dificilísimo. Favreau consigue que Nueva York se sienta mágica y a la vez sucia y real. Consigue que nos creamos a un hombre de dos metros en mallas verdes corriendo por Central Park sin que parezca ridículo, sino heroico a su manera. La música también juega un papel fundamental, con una banda sonora llena de clásicos navideños que te meten en ambiente desde el primer momento, y la partitura original de John Debney que subraya perfectamente los momentos emotivos sin ser empalagosa.

Creo que la razón por la que «Elf» se ha convertido en un clásico moderno, y la razón por la que me ha impactado tanto viéndola en 2025, es porque el mundo necesita a Buddy. Vivimos tiempos cínicos, rápidos, estresantes, muy parecidos a la vida que lleva Walter Hobbs al principio de la película. Es fácil olvidar la importancia de la amabilidad desinteresada, de la ilusión por las pequeñas cosas, de cantar alto aunque desafines. Buddy es un recordatorio andante de que está bien ser vulnerable, está bien ser entusiasta y está bien creer en algo, aunque los demás te miren raro. No es una película que intente ser «cool» o irónica; lleva su corazón en la manga, o más bien, en su túnica verde de fieltro.

Buddy elfo intentando integrarse en la oficina

Intentando «integrarse» en el mundo real. La comedia visual es el punto fuerte de la película.

En conclusión, haber descubierto «Elf» tan tarde ha sido casi un regalo en sí mismo. Ha sido como abrir un presente olvidado debajo del árbol que resulta ser exactamente lo que necesitabas. Es una película que no envejece porque su mensaje y su humor son universales. La dupla de Will Ferrell y Zooey Deschanel es encantadora, el soporte de James Caan es fundamental y la dirección de Favreau es el lazo que une todo el paquete. Si eres como yo y, por alguna extraña razón cósmica, aún no la has visto, no esperes a la próxima Navidad. Póntela ya. Y si ya la has visto veinte veces, póntela otra vez. Porque todos necesitamos un poco más de «espíritu navideño» (que en realidad es solo bondad humana) durante todo el año, y nadie lo reparte mejor que Buddy Hobbs.

🎄 ¿Tú también tardaste en verla o es un clásico en tu casa? 🎄

¡Quiero leer vuestras experiencias en los comentarios! ¿Cuál es vuestra frase favorita de Buddy? ¿Sois de los que ponen el árbol en noviembre o esperáis a diciembre como la gente «normal»? ¡Contádmelo todo!

El trauma y la culpa en el cine de Scorsese: El caso Teddy Daniels

Poster Shutter Island

Ficha Técnica

  • Título original: Shutter Island
  • Año: 2010
  • Director: Martin Scorsese
  • Reparto: Leonardo DiCaprio, Mark Ruffalo, Ben Kingsley, Michelle Williams, Max von Sydow.
  • Género: Thriller psicológico / Neo-noir
  • Duración: 138 min.
★★★★☆

4.5 de 5 estrellas – «Una locura necesaria»

¿De qué va esto?

«En el verano de 1954, los agentes federales Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) y Chuck Aule (Mark Ruffalo) son destinados a una remota isla del puerto de Boston para investigar la desaparición de una peligrosa asesina (Emily Mortimer) que estaba recluida en el hospital psiquiátrico Ashecliffe, un centro penitenciario para criminales perturbados dirigido por el siniestro doctor John Cawley (Ben Kingsley). Pronto descubrirán que el centro guarda muchos secretos y que la isla es algo más que un lugar de reclusión.»

Opinión de un Experto Amateur: La Trampa de la Mente

Tengo que confesar algo antes de empezar: me encantan las películas que juegan contigo. Esas que te sientan en el sofá, te dan la mano, te cuentan un cuento y, cuando menos te lo esperas, te sueltan un bofetón de realidad que te deja pensando tres días. Shutter Island es, sin lugar a dudas, la reina de ese género en el cine moderno. No soy crítico de cine, ni pretendo saber más que nadie sobre iluminación o guiones, pero como consumidor compulsivo de historias, pocas veces me he sentido tan atrapado en una atmósfera como la que Scorsese crea aquí. Es asfixiante, es gris, es húmeda y, sobre todo, es profundamente inquietante. Desde el primer minuto, cuando ese ferry emerge de la niebla con la música estruendosa de fondo, sabes que nada bueno va a pasar en esa isla.

La premisa parece sencilla al principio, casi de manual de película de detectives de los años 50. Tenemos a Teddy Daniels (un DiCaprio que, sinceramente, está en uno de los mejores papeles de su carrera, sudando ansiedad por cada poro) y a su compañero llegando a Ashecliffe. Una paciente ha desaparecido. Se ha esfumado de una habitación cerrada. Imposible, ¿verdad? y ahí empieza el juego. Lo que al principio parece una investigación policial clásica, poco a poco se va convirtiendo en un descenso a los infiernos personales del protagonista. Scorsese nos lleva de la mano por pasillos lúgubres, acantilados imposibles y pabellones llenos de gritos, y nosotros, como espectadores, vamos recogiendo pistas pensando que somos más listos que la película. Qué equivocados estamos casi siempre.

Teddy Daniels investigando en Shutter Island

Cada pista parece abrir una puerta, pero en realidad cierra una salida.

Aquí es donde entra mi vertiente personal, y perdón si me pongo un poco intenso. Como terapeuta ocupacional que ha trabajado en salud mental, esta película me toca una fibra muy sensible. He pisado salas que, salvando las distancias de la época y el dramatismo de Hollywood, comparten ese aire de desesperanza y confusión. Ver Shutter Island me genera una sensación muy ambigua. Por un lado, me emociona la calidad cinematográfica, el suspense, la narrativa; pero por otro, me genera un rechazo visceral. Es doloroso ver cómo se retrata el sufrimiento humano cuando este te socava hasta lo más profundo. La película hace un trabajo brutal (y a veces excesivamente gráfico) al mostrar cómo la mente puede romperse en mil pedazos para protegerse de un trauma insoportable.

La representación de la institución mental en los años 50 es aterradora. Ben Kingsley, haciendo del Dr. Cawley, está magnífico en su ambigüedad. ¿Es un innovador que quiere curar con la palabra o un monstruo que experimenta con humanos? Esa duda es el motor de la película. Pero más allá de los lobotomías y las conspiraciones, lo que realmente me impacta es el peso del estigma y la soledad del paciente. La película nos muestra que, a veces, la realidad es tan dolorosa que la mentira se convierte en el único refugio habitable. Y ahí es donde Scorsese y DiCaprio brillan: nos hacen partícipes de esa mentira. Queremos creer a Teddy, queremos que haya una conspiración nazi, queremos que él sea el héroe. Porque la alternativa, la verdad desnuda de su historia, es demasiado triste para aceptarla.

Leonardo DiCaprio y Martin Scorsese en el set

La dupla Scorsese-DiCaprio: una máquina de crear tensión psicológica.

Visualmente es una joya, aunque una joya oscura. La fotografía te hace sentir el frío y la humedad. Los sueños y alucinaciones de Teddy son visualmente poéticos pero narrativamente devastadores. Esas escenas con su mujer (Michelle Williams), convirtiéndose en ceniza o empapada en agua, son la clave de todo. Representan la «locura del amor» y la culpa, dos fuerzas que pueden destruir a una persona más rápido que cualquier droga experimental. En mi experiencia profesional, he visto cómo el impacto social y personal de la enfermedad mental aísla a las personas, y la película lleva esto al extremo: una isla entera diseñada para aislar, contener y, supuestamente, tratar lo intratable.

Y llegamos al desenlace. Sin hacer spoilers directos (aunque si no la has visto, ¡corre!), el final es lo que eleva esta cinta de «buena» a «obra maestra». Ese par de giros finales no son solo trucos de guionista barato; recontextualizan absolutamente todo lo que has visto durante dos horas. Te obligan a rebobinar la película en tu cabeza. De repente, frases sueltas, miradas de los guardias, o la actitud del compañero Chuck, cobran un sentido nuevo y escalofriante. Es un puzle que se resuelve solo al final y te deja con una sensación de angustia, pero una angustia calmada. Como cuando pasa la tormenta y solo quedan los destrozos.

La frase final. Esa maldita frase final. «¿Qué sería peor? ¿Vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno?». Ahí está la clave de todo. Como terapeuta, me hace reflexionar sobre la lucidez dentro de la locura. A veces, la decisión más racional es la que parece más loca desde fuera. Ese momento de claridad final (o no, dependiendo de tu teoría) es desgarrador. Es la aceptación del destino. Shutter Island no es una película de terror, es una tragedia griega vestida de cine negro. Es dura, es pesada y te deja mal cuerpo, pero es una experiencia que cualquier amante del cine (y de la psicología) debe vivir.

Escena onírica con Michelle Williams

La culpa y el amor: los verdaderos fantasmas de la isla.

En conclusión, para mí, como ese experto amateur que dice saber de cine y como profesional que conoce la mente, esta película es un 10 en ejecución y un puñetazo en el estómago en contenido. Te recomiendo verla con las luces apagadas, el móvil lejos y, a ser posible, con alguien con quien debatir después, porque vas a necesitar hablar de ello. No es solo saber la verdad, es decidir si puedes vivir con ella.

💬 ¿Tú qué piensas del final?

¿Crees que Teddy finge su recaída para escapar de su culpa, o realmente ha vuelto a olvidar? Esa última mirada lo cambia todo.

Déjame tu teoría en los comentarios, ¡os leo a todos!

Análisis de La Naranja Mecánica: ¿Obra maestra o clásico sobrevalorado?

Poster La Naranja Mecánica

Ficha Técnica

  • Título original: A Clockwork Orange
  • Año: 1971
  • Director: Stanley Kubrick
  • Reparto: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Michael Bates
  • Género: Ciencia Ficción / Drama / Crimen
  • Duración: 136 minutos

Valoración Personal

★★★★☆

(8/10 por su estatus de leyenda)

«Gran Bretaña, en un futuro indeterminado. Alex (Malcolm McDowell) es un joven muy agresivo que tiene dos pasiones: la violencia desenfrenada y Beethoven. Es el jefe de la banda de los drugos, que dan rienda suelta a sus instintos más salvajes apaleando, violando y aterrorizando a la población. Cuando esa escalada de terror llega hasta el asesinato, Alex es detenido y, en prisión, se someterá a una innovadora experiencia de reeducación que pretende anular drásticamente cualquier atisbo de conducta antisocial.»

¿Obra maestra inmortal o un clásico que empieza a oxidarse?

A ver, seamos sinceros desde el principio. Cuando uno se sienta a escribir sobre La Naranja Mecánica, le tiemblan un poco las manos sobre el teclado. Estamos hablando de Stanley Kubrick, estamos hablando de una de las películas más icónicas de la historia del cine, y estamos hablando de una obra que, visualmente, ha marcado a generaciones enteras. Pero aquí estamos, en pleno 2026, y me he propuesto ser honesto con vosotros. Me considero un amante del cine, un «experto amateur» que devora todo lo que le echen, y anoche, por petición expresa de mi pareja que nunca la había visto, le dimos al play de nuevo a esta cinta de 1971. Y tengo que decirlo, aunque me lluevan piedras: la experiencia fue agridulce.

No me malinterpretéis, le he cascado un 4 sobre 5 estrellas (y un 8 en mi escala mental) porque entiendo lo que significa. Entiendo el contexto, la ruptura que supuso en su momento y la valentía de mostrar esa «ultraviolencia» estilizada al ritmo de la Novena de Beethoven. Pero, amigos, hay que reconocer que el tiempo no perdona, ni siquiera a los genios. Lo que en los setenta debió ser un puñetazo en el estómago que te dejaba sin aire, hoy se siente, por momentos, extrañamente teatral. La puesta en escena, tan característica de Kubrick, con esos grandes angulares y esa simetría obsesiva, sigue siendo hipnótica, pero el ritmo… ay, el ritmo se me hizo cuesta arriba.

La naranja mecánica escena bar korova

El icónico Bar Korova, visualmente impactante incluso hoy.

Hablemos de Alex DeLarge. Malcolm McDowell está inmenso, eso es innegable. Esa mirada, esa pestaña postiza en el ojo derecho, esa mezcla de carisma psicopático y vulnerabilidad infantil es lo que sostiene la película. Sin embargo, viéndola ayer, me di cuenta de que muchas de las actuaciones secundarias rozan la caricatura extrema. Y sé lo que me vais a decir los puristas: «Es que es así, es una sátira distópica, tiene que ser exagerado». Vale, os lo compro. Pero hay una línea muy fina entre lo grotesco intencionado y lo que simplemente parece una función de teatro amateur mal dirigida. La escena de la visita del escritor y su mujer, o los «drugos» peleándose en el agua a cámara lenta, se sienten hoy día un poco… ¿tontas? Quizás estamos demasiado insensibilizados por el cine moderno, pero la violencia que se supone debe horrorizarnos, hoy parece coreografía de baile.

Lo que sí que no ha envejecido mal es el debate moral. De hecho, diría que está más vigente que nunca. ¿Tenemos derecho a «curar» la maldad si el precio es anular el libre albedrío? El tratamiento Ludovico sigue siendo una idea aterradora. La segunda mitad de la película, cuando Alex se convierte en una víctima del sistema, es donde la cinta recupera fuerza. Verle indefenso, incapaz de defenderse o incluso de disfrutar de su amada música clásica, te genera esa incomodidad que Kubrick buscaba. Ahí es donde la película justifica su nota alta. Te hace empatizar con un monstruo, y eso es un logro narrativo brutal.

Malcolm McDowell técnica ludovico

La escena de los ojos abiertos: historia pura del cine.

Pero volvamos a la sensación de «vejez». Mi pareja, que es de esas personas que disfrutan del cine pero no se obsesionan con la técnica, se pasó la mitad de la película mirando el móvil. Y eso es el mejor termómetro. «Se me está haciendo larga», me dijo. Y tenía razón. Hay secuencias que se estiran innecesariamente, diálogos que dan vueltas sobre lo mismo y una estética futurista «setentera» que ahora se ve retro-kitsch en lugar de vanguardista (aunque las mesas con forma de mujer desnuda siguen siendo perturbadoras). Es curioso como 2001: Odisea en el Espacio, del mismo director y anterior a esta, parece visualmente más atemporal que las aventuras de estos drugos con bombines.

Técnicamente, el uso de la música electrónica de Wendy Carlos adaptando a los clásicos sigue siendo un punto a favor enorme. Crea una atmósfera de pesadilla sintetizada que encaja como un guante. Pero visualmente, insisto, he notado las costuras. Quizás es que yo también he cambiado, o que el cine ha evolucionado hacia una narrativa más ágil. Ver La Naranja Mecánica en 2025 es un ejercicio de arqueología cinéfila: aprecias el hueso, la estructura, la importancia del hallazgo, pero no es necesariamente una experiencia «divertida» o fluida.

Escena final naranja mecánica

En conclusión, familia, estamos ante un clásico incontestable, sí. Un 8/10 en los libros de historia. Pero si me preguntáis si volvería a verla mañana… la respuesta es no. Ha envejecido regular. Es como ese tío abuelo que cuenta historias fascinantes pero que tarda tres horas en llegar al final de la anécdota. Se merece el respeto, se merece el visionado obligatorio al menos una vez en la vida para entender de dónde viene mucho del cine actual (desde Tarantino hasta Fincher), pero hay que ir preparado para un ritmo y una teatralidad que ya no se estilan.

Si sois cinéfilos empedernidos, la seguiréis defendiendo a capa y espada. Si sois espectadores casuales que buscáis entretenimiento de fin de semana, avisados quedáis: puede que se os atragante un poco esta naranja. Aún así, Kubrick es Kubrick, y solo por la composición de los planos y la mirada de McDowell, el viaje merece la pena, aunque el coche tenga ya el motor un poco gripado.

💬 ¿Y tú qué opinas?

¿Crees que es una herejía decir que ha envejecido mal o estás de acuerdo conmigo en que el ritmo se siente pesado hoy en día? ¡Os leo en los comentarios!

Por qué Training Day sigue siendo el mejor thriller policial del siglo XXI

Póster oficial de Training Day

⚡ Ficha Técnica: Training Day

  • Título original: Training Day (Día de entrenamiento)
  • Año: 2001
  • Dirección: Antoine Fuqua
  • Reparto principal: Denzel Washington, Ethan Hawke, Scott Glenn, Tom Berenger, Harris Yulin, Eva Mendes.
  • Género: Thriller policiaco, Drama, Acción.
  • Duración: 122 minutos.
Valoración CP Cine: ★★★★★ (5/5 OBRA MAESTRA)
« Jake Hoyt (Ethan Hawke) es un joven policía recién asignado a narcóticos en Los Ángeles. Su primer día de prueba lo pasa con el veterano detective Alonzo Harris (Denzel Washington), un agente condecorado cuyos métodos difuminan la línea entre la legalidad y la corrupción. Durante 24 horas intensas en las calles más peligrosas de L.A., Hoyt deberá decidir si las lecciones de Harris son una forma necesaria de supervivencia o un descenso directo al infierno moral. «
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La jungla de asfalto y el lobo feroz

A ver, gente, vamos a ponernos serios un momento. Soy «CP Cine», y sabéis que veo de todo, desde la serie B más cutre hasta el cine de arte y ensayo más pretencioso. Pero hay días, hay momentos específicos en la vida de un «experto amateur» como yo, en los que te topas con algo que te agarra del cuello, te sacude y te dice: «Esto es CINE, chaval». Y eso, amigos míos, es exactamente lo que pasa con Training Day. No estamos ante otra peliculita de policías y ladrones del montón que ponen un domingo por la tarde. No. Estamos ante una bestialidad, un viaje alucinante de 24 horas por el infierno de Los Ángeles que te deja sin aliento desde el minuto uno hasta los créditos finales. Es, sin exagerar, un peliculón absoluto, un 10 de 10 y una de esas 5 estrellas que doy muy pocas veces. Es una obra maestra del cine policiaco moderno que redefinió el género a principios de los 2000.

La premisa parece sencilla sobre el papel: el policía novato e idealista (Ethan Hawke como Jake Hoyt) tiene su primer día de evaluación con el veterano curtido y de vuelta de todo (Denzel Washington como Alonzo Harris). Hemos visto este esquema de «buddy cop» mil veces, desde Arma Letal hasta Rush Hour. Pero aquí, el director Antoine Fuqua coge ese cliché y lo retuerce, lo ensucia y lo sumerge en un realismo crudo y sudoroso. No hay chistes fáciles, no hay camaradería instantánea. Hay tensión. Una tensión que se puede cortar con cuchillo desde que Hoyt se sube al Monte Carlo negro de Alonzo. El coche, por cierto, es un personaje más; es la guarida del lobo, el trono desde donde Alonzo dicta su ley en las calles. La película te mete de lleno en un L.A. que no sale en las postales, el de los callejones traseros, las bandas, el tráfico de drogas a plena luz del día y la violencia latente en cada esquina.

Denzel Washington y Ethan Hawke en el coche en Training Day

El Monte Carlo: la oficina móvil donde la moralidad se queda en el maletero.

Hablemos del elefante en la habitación, o mejor dicho, del King Kong en la habitación: Denzel Washington. Madre mía. Mira que Denzel tiene papeles icónicos, ha hecho de Malcom X, de abogado luchador en Philadelphia, de piloto alcohólico en El Vuelo… pero lo de Alonzo Harris es de otra galaxia. Es, en mi humilde opinión de consumidor voraz de cine, la mejor actuación de su carrera, y eso es decir muchísimo. Alonzo es un villano fascinante porque no se ve a sí mismo como un villano. Él se ve como el «mal necesario». Su filosofía es brutal pero, en el contexto de la película, casi tiene sentido: «Para proteger a las ovejas, tienes que ser un lobo». Denzel te vende esta filosofía con un carisma arrollador. Es aterrador, es seductor, es impredecible y es absolutamente magnético. No puedes apartar los ojos de él. La forma en que manipula a Hoyt, cómo se mueve por los barrios más peligrosos como si fuera el dueño del cortijo (que en cierto modo lo es), y cómo suelta frases lapidarias que ya son historia del cine, es un espectáculo actoral de primer nivel. El Oscar que ganó no fue regalado, fue ganado a pulso en cada escena.

Pero para que un personaje como Alonzo brille tanto, necesita un contrapunto perfecto, y ahí es donde Ethan Hawke merece un aplauso monumental. Es fácil quedar eclipsado por el huracán Denzel, pero Hawke aguanta el tipo de forma increíble. Su Jake Hoyt es nuestros ojos en la película. Es el tipo bueno, el que cree en las reglas, el que quiere «servir y proteger» de verdad. Ver cómo Alonzo va desmantelando sistemáticamente la inocencia y los principios de Hoyt es doloroso. Hawke transmite perfectamente esa lucha interna, el miedo, la confusión y, finalmente, la desesperación de darse cuenta de que está atrapado en una trampa mortal diseñada por su propio mentor. La química tóxica entre los dos es el motor de la película; es un duelo interpretativo de titanes, una partida de ajedrez donde uno juega con las piezas blancas y el otro ha quemado el tablero.

La película no solo se sustenta en sus dos protagonistas. El guion de David Ayer (que sabe un par de cosas sobre las calles de L.A., ya que creció allí) es una bomba de relojería. Está estructurado de tal manera que la presión nunca deja de aumentar. Cada parada que hacen a lo largo del día es más peligrosa y moralmente ambigua que la anterior. Desde incautar drogas a unos camellos de poca monta hasta enfrentarse a situaciones de vida o muerte en territorios controlados por bandas reales (sí, Fuqua usó a miembros de bandas reales como extras para darle autenticidad, y se nota). El realismo es sucio. No hay filtros embellecedores. El calor de Los Ángeles traspasa la pantalla, casi puedes oler el asfalto caliente y el peligro. Los secundarios, incluyendo cameos de lujo de músicos como Dr. Dre, Snoop Dogg o Macy Gray, lejos de distraer, añaden una capa más de textura a ese mundo urbano y caótico que Alonzo dice controlar.

Escena de tensión en Training Day con armas

La tensión es constante: en este «día de entrenamiento», un error te cuesta la vida.

Lo que hace que Training Day sea una obra maestra y no solo una buena película de acción es su profundidad temática. Es una exploración brutal de la corrupción, no solo la corrupción monetaria (que la hay, y mucha), sino la corrupción del alma. Plantea preguntas incómodas: ¿Hasta dónde estamos dispuestos a dejar que lleguen los «buenos» para detener a los «malos»? ¿El fin justifica los medios cuando los medios implican convertirse en aquello que juraste combatir? Alonzo Harris es el resultado extremo de un sistema roto. Él ya no distingue el bien del mal; solo distingue el poder y la supervivencia. Ha cruzado tantas líneas rojas que ya no ve la línea original. Y la película nos obliga a mirar ese abismo. Hay momentos en los que, como espectador, casi te encuentras del lado de Alonzo, seducido por su lógica retorcida, hasta que hace algo tan monstruoso que te devuelve a la realidad de golpe.

Tengo que mencionar un par de escenas clave sin destripar demasiado, porque si no la habéis visto (¿en qué cueva habéis estado viviendo?), tenéis que experimentarlas vírgenes. Hay una escena en particular, que involucra una partida de cartas en una casa en el barrio de «The Jungle», que es una clase magistral de tensión cinematográfica. Sabes que algo va mal, los personajes lo saben, el ambiente es irrespirable, y cuando todo estalla, es de una violencia seca y realista que te hiela la sangre. Y luego está el clímax final. No es la típica persecución de coches con explosiones gigantescas al estilo Hollywood. Es un enfrentamiento crudo, físico y desesperado. Es el momento en que el alumno tiene que decidir si usa las herramientas del maestro para sobrevivir, o si mantiene su integridad aunque eso signifique morir. La resolución es perfecta, cerrando el círculo de este día infernal de una manera satisfactoria pero amarga.

En resumen, como vuestro fiable «experto amateur», os digo que Training Day es de visionado obligatorio. Ha envejecido increíblemente bien. De hecho, en el mundo actual, sus temas sobre el abuso de poder policial y la desconfianza en las instituciones quizás resuenen aún más fuerte que en 2001. Es una película que te entretiene, sí, pero también te golpea el estómago y te hace pensar. Es cine con mayúsculas, con actuaciones que definen carreras y una dirección que te sumerge en un mundo que preferirías no conocer en la vida real. Si te gusta el thriller, el drama intenso o simplemente ver a dos actores en estado de gracia dándolo todo, no busques más. Alonzo Harris te está esperando para darte una lección que nunca olvidarás.

Primer plano de Denzel Washington como Alonzo Harris

El rostro de la corrupción: Denzel Washington en la actuación de su vida.

🔥 El debate de CP Cine 🔥

«¿King Kong no tiene nada que hacer conmigo?»

Después de ver la película, sed sinceros: ¿Creéis que los métodos de Alonzo son, en algún punto, necesarios para combatir el crimen real, o es simplemente un villano corrupto sin redención? ¡Os leo en los comentarios!

American Psycho: ¿Mito o Decepción?

American Psycho: ¿Mito o Decepción?

Poster American Psycho Patrick Bateman

🎬 Ficha Técnica

  • Título original: American Psycho
  • Año: 2000
  • Dirección: Mary Harron
  • Protagonista: Christian Bale (El inigualable)
  • Género: Thriller / Sátira negra / Terror
⭐⭐⭐☆☆ (3 de 5 estrellas – Salvada por Bale)
«Patrick Bateman es un yuppie de Wall Street obsesionado con el éxito, el estatus y el estilo. Sin embargo, detrás de su impecable rutina de cuidado personal y sus trajes de diseño, esconde una psicopatía asesina que se descontrola a medida que pierde la conexión con la realidad en la Nueva York de los años 80.»
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A ver, voy a ser totalmente sincero con vosotros. Sabéis que consumo cine como si no hubiera un mañana y que, por norma general, Christian Bale es para mí una especie de deidad de la actuación. El tipo se transforma, se deja la piel y suele elevar cualquier cinta en la que participa. Sin embargo, me he sentado a ver American Psycho a principios de este 2025, con toda la fama que arrastra, con todos los memes de «Sigma Male» inundando internet, y el resultado ha sido… bueno, me ha dejado más frío que la mascarilla facial que se pone Patrick Bateman por las mañanas.

Quizás el problema sean las expectativas. Cuando ves una película de la que todo el mundo habla, esperas que te vuele la cabeza. Pero lo que me he encontrado es una obra que, si le quitas la actuación magistral de Bale, se queda en un ejercicio de estilo un tanto hueco. Sí, entiendo que esa es precisamente la intención de la sátira: reflejar el vacío existencial de los yuppies de los 80, esa gente preocupada más por el grosor de su tarjeta de visita que por la vida humana. Pero entender el mensaje no significa que la película me haya entretenido o impactado como esperaba.

Patrick Bateman con hacha

Esa mirada lo dice todo, y Bale lo borda, pero la trama no acompaña.

Hablemos de Christian Bale. Es lo único que realmente salva los muebles aquí. Su compromiso con el personaje es brutal. La forma en que cambia su expresión de una sonrisa falsa y encantadora a una mirada de depredador absoluto en microsegundos es digna de estudio. Hay escenas donde brilla con luz propia, como el famoso monólogo sobre la música pop antes de cometer una atrocidad. Ahí ves al actorazo que es. Pero siento que la película abusa de su carisma para tapar agujeros narrativos que, a día de hoy, se sienten torpes.

Lo que no me ha gustado nada es el tono. Se mueve en una línea muy fina entre el terror slasher y la comedia negra absurda, y para mí gusto, no termina de cuajar en ninguno de los dos lados. Hay momentos que deberían ser tensos y resultan ridículos (y no de la forma divertida), y momentos que deberían ser sátira mordaz y simplemente se sienten aburridos o repetitivos. Esa desconexión me sacó de la película varias veces. Estaba viendo la pantalla y pensando: «¿Se supone que tengo que reírme o asustarme?». Y al final, no hice ninguna de las dos cosas.

Christian Bale fumando puro American Psycho

Luego está el tema del desenlace y la trama en sí. Sin querer hacer grandes spoilers para el que (como yo hasta hace poco) no la haya visto, el final me pareció frustrante. Entiendo la ambigüedad, entiendo el juego de «¿fue real o fue todo imaginación?», pero la ejecución me pareció floja. Me dio la sensación de que la película no sabía cómo cerrar todo el caos que había generado y optó por la salida más pretenciosa posible. Me quedé mirando los créditos pensando: «¿Ya está? ¿Para esto me he tragado dos horas de narcisismo?».

Creo sinceramente que American Psycho se ha hecho famosa por el meme. La imagen de Bateman con los auriculares, o la escena de las tarjetas de visita, son perfectas para clips de 15 segundos en TikTok o Instagram. Han creado una mitología alrededor del personaje que la película no logra sostener por sí misma. Muchos adoran la *idea* de Patrick Bateman, esa figura extrema y nihilista, pero dudo que disfruten realmente de la narrativa errática de la cinta completa. Es un icono pop vacío, irónicamente, tal y como el personaje querría.

Escena American Psycho Christian Bale

La estética es impecable, eso no se lo niego.

En definitiva, es una película visualmente limpia, con una actuación estelar de un Bale jovencísimo que ya apuntaba maneras de leyenda, pero que narrativamente hace aguas. No he conectado con su humor, su violencia me ha parecido a ratos gratuita sin aportar mensaje real, y su conclusión me dejó esa sensación de tiempo perdido. Quizás soy yo, que esperaba un thriller psicológico más sólido y menos una galería de arte moderno salpicada de sangre. Se deja ver, pero si buscas profundidad real más allá de la crítica social obvia al materialismo, aquí no la vas a encontrar.

¿A ti también te pareció sobrevalorada?

Se habla mucho de esta peli en redes, pero quiero saber la verdad. ¿Crees que es una obra maestra incomprendida o solo una fuente de memes con un gran actor?

¡Déjame tu comentario abajo, que os leo a todos!

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