Categoría: Cine Página 4 de 5

Crítica de «La corona partida»: El eslabón perdido entre ‘Isabel’ y ‘Carlos’

Póster de La corona partida

Ficha Técnica

Título: La corona partida

Dirección: Jordi Frades

Guion: José Luis Martín

Año: 2016

Duración: 116 min.

País: España

Reparto principal: Irene Escolar, Rodolfo Sancho, Raúl Mérida, Eusebio Poncela, Ramón Madaula, Jordi Díaz, Fernando Guillén Cuervo, Úrsula Corberó.

Nuestra Valoración

★★★★☆

(4 de 5 estrellas)

«Tras la muerte de la reina Isabel, Juana de Castilla se convierte en reina y heredera al trono. Su marido, Felipe el Hermoso, es ahora rey consorte. Sin embargo, Felipe no está dispuesto a renunciar al poder y trata de incapacitar a su esposa para reinar. Para ello, no duda en usar en su contra el amor incondicional que ella le profesa. A la vez, Fernando de Aragón, padre de Juana, no le pone las cosas nada fáciles a su yerno: para él lo primero es la defensa de los intereses de Aragón, aunque para ello tenga que luchar contra su propia hija.»
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Crítica: La Pieza que Faltaba en el Puzle de la Historia

Voy a ser sincero desde el principio: el cine histórico español, a veces, me produce una pereza monumental. No es por falta de historias, que en España tenemos para aburrir, sino por una sensación recurrente de que todo acaba pareciendo un telefilme de sobremesa con pelucas y ropajes algo acartonados. Consumo series como si no hubiera un mañana, y ahí sí que hemos dado un salto de calidad. Pero con las películas, siempre entro con el ceño fruncido. Dicho esto, y como me pasa a menudo, estoy aquí para tragarme mis palabras y celebrar una de esas excepciones que te reconcilian con un género. «La corona partida» es, para mí, una de ellas. Me ha gustado, y mucho. No solo por el necesario baño de «actualización» histórica que supone, sino porque es una película honesta, bien contada y con un reparto que mezcla a la perfección la energía de jóvenes promesas con el peso de veteranos con galones.

Lo primero que hay que entender sobre «La corona partida» es su naturaleza de «película puente». No es una historia que nazca de la nada. Es el nexo de unión, la pieza del puzle que faltaba entre dos gigantes televisivos como fueron ‘Isabel’ y ‘Carlos, Rey Emperador’. Y ese, que podría haber sido su mayor hándicap —depender demasiado de la TV— se convierte en su gran virtud. Jordi Frades, el director, consigue algo muy difícil: crear una obra que se sostiene por sí misma, pero que a la vez regala a los seguidores de las series un cierre y una apertura absolutamente satisfactorios. La película arranca justo donde lo dejó ‘Isabel’, con la muerte de la Reina Católica y el caos político que se desata. De repente, el tablero de ajedrez de Castilla se queda sin su pieza más poderosa, y todos los lobos empiezan a moverse. Fernando de Aragón, un Rodolfo Sancho que ya tiene el personaje metido en la piel, quiere mantener el control. Felipe el Hermoso, el marido de la heredera, llega desde Flandes con la ambición desatada. Y en medio de todo, Juana, la legítima reina, convertida en un premio, en una excusa, en un peón en manos de los dos hombres más importantes de su vida.

Fernando el Católico y Felipe el Hermoso

La tensión entre Fernando (Rodolfo Sancho) y Felipe (Raúl Mérida) es el motor de la trama.

La historia, en esencia, es la de Juana I de Castilla, a quien la historia, escrita por hombres, apodó «la Loca». Y aquí la película acierta de lleno. Lejos de presentarnos una caricatura de una mujer desquiciada por los celos, nos muestra el retrato de una víctima. Una mujer atrapada entre el deber, un amor tóxico y la ambición desmedida de un padre y un marido que la ven como un obstáculo para el poder. Irene Escolar está, sencillamente, magnífica. Su Juana es frágil pero con una fuerza interior que pugna por salir. Vemos su lucidez, su desesperación, su amor incondicional y enfermizo por un Felipe que la manipula sin piedad. Es una interpretación llena de matices, que te obliga a empatizar con ella y a cuestionar esa etiqueta de «loca» que tan fácilmente le colgaron. Cada escena suya es un pequeño estudio sobre el sufrimiento y la impotencia. Te la crees. Sientes su angustia y su rabia contenida, y eso es mérito absoluto de la actriz.

Frente a ella, los dos hombres que se disputan el reino. Rodolfo Sancho retoma su papel de Fernando de Aragón con una solvencia impecable. Su Fernando es un personaje complejo, lleno de grises. ¿Es un padre que sufre por su hija o un político calculador que no quiere soltar el poder? La película deja que sea el espectador quien lo juzgue. Por otro lado, Raúl Mérida compone un Felipe el Hermoso odiosamente carismático. Es el galán, el guapo, el príncipe europeo que llega para modernizar la austera corte castellana, pero bajo esa fachada se esconde un tipo egoísta, manipulador y cruel. La química entre los tres es el corazón de la película, un triángulo de poder, amor y traición que funciona a las mil maravillas y que te mantiene pegado a la pantalla, aunque ya sepas cómo acaba la historia.

A nivel de producción, la película luce espectacular. Se nota que viene del universo de RTVE, que sabe cómo hacer ficción histórica de calidad. El diseño de vestuario, las localizaciones en castillos y palacios reales (la Catedral de Burgos, el Castillo de Guadamur…), la fotografía… todo contribuye a crear una atmósfera creíble y absorbente. No tienes la sensación de estar viendo un producto de segunda categoría, sino una película con ambición cinematográfica. Las escenas en la corte, con sus intrigas palaciegas, sus susurros en los pasillos y sus pactos secretos, están rodadas con un pulso que recuerda a un thriller político. Porque, en el fondo, eso es «La corona partida»: un thriller sobre la lucha por el poder en uno de los momentos más convulsos de la historia de España. No hay grandes batallas épicas, la guerra aquí es psicológica, se libra en los despachos y en las alcobas.

Juana y Felipe en la corte

La compleja y tóxica relación entre Juana y Felipe, el centro de la tragedia.

El guion de José Luis Martín es otro de sus puntos fuertes. Condensar años de historia, con sus idas y venidas, concordias y traiciones, en menos de dos horas es una tarea titánica, y sale bastante airoso. El ritmo no decae, y aunque hay muchos nombres y personajes secundarios (genial, como siempre, Eusebio Poncela como el Cardenal Cisneros), la trama principal nunca se pierde. Se centra en el drama humano de sus protagonistas, y eso hace que la historia, por muy lejana que nos parezca, se sienta universal. La lucha por la herencia, las tensiones familiares, la manipulación emocional… son temas que resuenan hoy en día. Quizás, si tuviera que ponerle un «pero», sería que algunos personajes secundarios, como el de Úrsula Corberó, se sienten un poco desaprovechados, pero es comprensible dada la necesidad de enfocarse en el trío protagonista.

Lo que más me ha gustado, en definitiva, es el cariño y el cuidado con el que está contada la historia. Se nota que hay un respeto profundo por los personajes y por el periodo histórico. No es una simple lección de historia, sino un intento de entender las motivaciones, las pasiones y las debilidades de estas figuras que solo conocemos por los libros de texto. La película humaniza a Juana, le da una voz y una perspectiva que durante siglos le fue negada. Te hace preguntarte qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido diferentes, si hubiera tenido la oportunidad de reinar sin la sombra de un padre y un marido devorados por la ambición. Es una reflexión muy poderosa sobre el papel de la mujer en el poder y sobre cómo la historia la escriben siempre los vencedores.

En resumen, «La corona partida» es una película más que notable. Una propuesta valiente y necesaria que demuestra que se puede hacer cine histórico de calidad en España, entretenido, riguroso y emocionante. Es la película perfecta tanto para los que siguieron las series como para los que simplemente quieran disfrutar de un buen drama histórico sin necesidad de conocimientos previos. A mí me ha quitado la pereza de golpe y me ha dejado con ganas de más. Una recomendación sin fisuras para cualquiera que disfrute con las buenas historias, estén ambientadas en el siglo XVI o en la actualidad. Una joya que, quizás, no tuvo todo el reconocimiento que merecía en su momento y que vale mucho la pena redescubrir.

Y tú, ¿qué piensas? ¿Fue Juana una reina incapacitada por la locura o una mujer brillante silenciada por la ambición de los hombres que la rodeaban? ¡Déjanos tu opinión en los comentarios!

Reseña sin spoilers de Juego de Asesinos: Balas, caos y una policía novata

Póster de Juego de Asesinos

Ficha Técnica

  • Título original: Copshop
  • Dirección: Joe Carnahan
  • Guion: Kurt McLeod, Joe Carnahan
  • Reparto principal: Gerard Butler, Frank Grillo, Alexis Louder, Toby Huss
  • País: Estados Unidos
  • Año: 2021
  • Género: Acción, Thriller

Mi Valoración

★★★★

(2.5 de 5 estrellas)

«En un pequeño pueblo, una comisaría de policía se convierte en el insólito campo de batalla entre un asesino a sueldo profesional, un inteligente estafador y una policía novata que se ve atrapada en el fuego cruzado. Huyendo del letal sicario Bob Viddick, el astuto estafador Teddy Murretto trama un plan para esconderse en un lugar en el que nadie podría alcanzarle: se hace detener y encerrar en una comisaría. Sin embargo, Viddick no es de los que se rinden y la cárcel no será un impedimento para él.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=bYWj6vQ8G5s]

Crítica: Balas, Sudor y Clichés en una Comisaría Olvidada

A veces, uno no busca la película que le cambie la vida. A veces, solo quieres sentarte, apagar el cerebro y ver a gente dura haciendo cosas duras. Con esa mentalidad me acerqué a «Juego de Asesinos» (o «Copshop», que suena bastante mejor, seamos sinceros). El principal imán, cómo no, era Gerard Butler. Ese actor que parece que nació con una pistola en una mano y un vaso de whisky en la otra, perfecto para papeles de tipo rudo que no se anda con tonterías. Aquí, la promesa de verlo en un rol de «pseudomalo», un asesino a sueldo, era demasiado tentadora. La premisa es sencilla y directa, casi de manual: un estafador (Frank Grillo) se hace arrestar a propósito para escapar de la mafia, solo para descubrir que en la celda de al lado han metido al sicario que lo persigue (Butler). Y por si fuera poco, un segundo asesino, mucho más psicópata, aparece para limpiar el estropicio. Todo ello en una comisaría aislada y con una policía novata como única defensa. Suena a un cóctel explosivo, ¿verdad? Y lo es, aunque con un regusto a algo que ya hemos probado antes, muchas, muchas veces.

La película arranca con fuerza, estableciendo el tono de thriller de acción setentero que el director Joe Carnahan parece adorar. Hay grano en la imagen, una paleta de colores desaturada y un ambiente polvoriento que te transporta a ese cine de tipos duros y diálogos afilados. Carnahan sabe cómo rodar acción. No hay duda de eso. Las escenas de tiroteos son caóticas, viscerales y, sobre todo, comprensibles. No hay mil cortes por segundo que te impidan saber quién dispara a quién. Aquí las balas duelen, los impactos se sienten y el caos se organiza de una manera que resulta entretenida. El problema es que esta premisa, la del asedio a un lugar cerrado, se ha visto hasta la saciedad. Desde «Asalto a la comisaría del distrito 13» hasta «Jungla de Cristal». «Juego de Asesinos» no inventa nada, simplemente coge los ingredientes conocidos, los mete en una coctelera con Red Bull y los agita con violencia. El resultado es una bebida energética que te da un subidón momentáneo, pero que carece de matices y te deja con un ligero dolor de cabeza.

Escena de acción en Juego de Asesinos

Gerard Butler y Frank Grillo, un duelo de titanes encerrados.

Hablemos de los protagonistas. Gerard Butler cumple con lo que se espera de él. Su Bob Viddick es un profesional, un tipo cansado del negocio pero letalmente eficiente. Tiene carisma, suelta frases lapidarias y sabes que cuando la cosa se ponga fea, él será el último en caer. Es un papel que podría hacer dormido, pero le pone el empeño justo para que funcione. Frank Grillo, otro habitual del cine de mamporros, hace de Teddy Murretto, el estafador escurridizo. Es el contrapunto perfecto a Butler: hablador, cobarde cuando toca y siempre con un as bajo la manga. La química entre ambos, a base de insultos y amenazas a través de los barrotes, es de lo mejor de la película. Sin embargo, y aquí viene la gran sorpresa, la que de verdad se roba la función es Alexis Louder como la agente novata Valerie Young. En un mundo de testosterona y pólvora, ella es el ancla moral y la verdadera heroína. Es creíble como una policía competente pero superada por las circunstancias, mostrando vulnerabilidad, pero también una determinación de acero. Cada vez que aparece en pantalla, eleva el nivel y te hace creer en la situación. Es una pena que esté rodeada de personajes masculinos tan arquetípicos, porque su actuación merecía una película con un guion más pulido.

Y entonces, cuando crees que la dinámica está clara, aparece el verdadero villano: Anthony Lamb, interpretado por un Toby Huss absolutamente desquiciado y maravilloso. Si Butler es un asesino profesional, Huss es un psicópata que disfruta con cada gota de sangre derramada. Llega con su sombrero, su sonrisa de maníaco y un maletín lleno de sorpresas, y convierte la comisaría en su parque de juegos personal. Su actuación es tan excesiva, tan pasada de rosca, que resulta hipnótica. Es el tipo de villano que amas odiar, impredecible y genuinamente peligroso. Cada escena en la que participa es oro puro, y su energía caótica es lo que realmente enciende la mecha de la segunda mitad de la película. Es gracias a él y a la agente Young que la película evita caer en el aburrimiento. Su enfrentamiento es el verdadero clímax, un choque entre el orden y la anarquía pura que te mantiene pegado al asiento, a pesar de que la lógica brille por su ausencia en muchos momentos.

Alexis Louder como Valerie Young

La agente Young, la inesperada heroína en el centro del caos.

No obstante, el guion tiene agujeros más grandes que los que dejan las balas en las paredes de la comisaría. Las motivaciones de algunos personajes son difusas, las decisiones que toman son, en ocasiones, estúpidas, y la policía de todo el pueblo parece haberse ido de vacaciones. Se pide al espectador una suspensión de la incredulidad bastante generosa. ¿Por qué nadie manda refuerzos? ¿Cómo es posible que un solo tipo pueda asaltar una comisaría con tanta facilidad? Son preguntas que es mejor no hacerse si quieres disfrutar del espectáculo. La película funciona a un nivel puramente visceral. Es un chute de adrenalina, un western moderno donde los caballos son coches patrulla y el saloon es una comisaría mugrienta. No hay desarrollo de personajes profundo ni un mensaje trascendental. Lo que hay son diálogos ingeniosos, tiroteos bien coreografiados y un ritmo que, aunque decae en algún momento, sabe recuperarse para el acto final.

En definitiva, «Juego de Asesinos» es comida rápida cinematográfica. No es una comida gourmet, ni siquiera una buena hamburguesa de autor. Es más bien esa hamburguesa grasienta que te comes a las 3 de la mañana y que, en ese preciso momento, te sabe a gloria. Es una película hecha por y para amantes del cine de acción sin pretensiones. La vi por Butler, me quedé por la tensión y la dinámica entre él y Grillo, pero la recordaré por las soberbias actuaciones de Alexis Louder y un Toby Huss que se lo pasa en grande siendo el malo más loco de la función. Es entretenida, sí. ¿Sobrehormonada? También. ¿Pasable? Totalmente. Es el tipo de película que te pones un sábado por la tarde y que olvidas el lunes por la mañana. No aspira a más, y en su honestidad reside su pequeño encanto. Le doy un 2.5 sobre 5, porque aunque el menú es reconocible y algo simple, los ingredientes principales (los actores) están en su punto y consiguen que la experiencia, al menos, no sea insípida.

Toby Huss como el villano

El caos personificado: una actuación memorable y desquiciada.

Y tú, ¿qué otra película de «asedio en un lugar cerrado» consideras que es imprescindible? ¡Te leo en los comentarios!

De odiar a la protagonista a amar la película: Mi viaje con The Florida Project

Póster de The Florida Project

Ficha Técnica

  • Título original: The Florida Project
  • Año: 2017
  • Duración: 111 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Sean Baker
  • Guion: Sean Baker, Chris Bergoch
  • Música: Lorne Balfe
  • Fotografía: Alexis Zabé
  • Reparto: Brooklynn Prince, Willem Dafoe, Bria Vinaite, Caleb Landry Jones, Mela Murder, Valeria Cotto

Mi Valoración

★★★★ (4/5)

Sinopsis

«Una niña de seis años llamada Moonee y su rebelde madre Halley viven en un motel llamado ‘The Magic Castle’, muy cerca de Disney World. A pesar de su duro entorno, Moonee pasa cada día de verano viviendo una vida llena de maravillas, travesuras y aventuras con sus amigos, mientras los adultos a su alrededor luchan con sus propios problemas. La presencia de Bobby, el gerente del motel, representa una figura paterna y un protector para los niños, observando sus vidas con una mezcla de compasión y preocupación.»

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La vida en tecnicolor al borde del abismo

Hay películas que te golpean de frente y otras que se cuelan por las rendijas, poco a poco, hasta que te das cuenta de que te han calado hasta los huesos. «The Florida Project» es de las segundas. Mi primer contacto con ella fue de un rechazo casi visceral. Odié a Halley, la joven madre protagonista, con una fuerza que me sorprendió. Me parecía irresponsable, egoísta, un caos andante que arrastraba a su hija Moonee a un desastre inevitable. ¿Cómo podía alguien vivir con esa falta de previsión, con esa actitud desafiante ante un mundo que, claramente, la estaba devorando? Me sentí frustrado, enfadado. Pero el cine, cuando es bueno, hace algo mágico: te obliga a mirar más allá de tu juicio inicial. Y poco a poco, la película me fue ganando.

El director, Sean Baker, no te da un manual de instrucciones. No te dice a quién querer y a quién odiar. Simplemente te suelta en medio del «Magic Castle», un motel de colores pastel a la sombra del gigante Disney World, y te dice: «mira». Y lo que ves es un microcosmos de la otra América, la que no sale en los folletos turísticos. La «land of the freedom» donde la libertad, para muchos, es solo la de elegir en qué contenedor de basura buscar la cena. Aquí no hay un botón de «start» para empezar una vida de cero, ni un «reinicio» cuando las cosas van mal. Para gente como Halley, la vida es un juego de supervivencia constante, una partida que empezó con las cartas marcadas en su contra. No hay red de seguridad, solo el asfalto caliente y la humedad de Florida.

Moonee y sus amigos en The Florida Project

Y en medio de ese caos, está la inocencia. La inocencia pura, ruidosa y maravillosamente irritante de Moonee y su pandilla. Su verano es una aventura sin fin. Escupir a los coches, pedir dinero para un helado, explorar edificios abandonados… son los reyes de su pequeño y destartalado reino. Su perspectiva es el corazón de la película. Para ellos, el motel no es un símbolo de pobreza, es un castillo morado. No ven la miseria, ven un patio de recreo infinito. Esa es la genialidad de Baker: nos muestra la crudeza de la situación a través de los ojos de quienes apenas son conscientes de ella. Nosotros, como espectadores, vemos el peligro que acecha en cada esquina, pero los niños solo ven la posibilidad de una nueva travesura. Esta dualidad es lo que hace que la película duela tanto y, a la vez, sea tan hermosa.

Mi odio inicial hacia Halley empezó a transformarse en una compasión incómoda. Comencé a preguntarme: ¿cómo se educa emocionalmente a un hijo cuando nadie te ha educado a ti? ¿Cómo enseñas a gestionar la frustración cuando tu vida es una cadena perpetua de frustraciones? Halley es un producto de su entorno, una niña que tuvo una niña, luchando con las únicas herramientas que conoce: la rebeldía, la picaresca y un amor feroz, aunque tóxico y torpe, por su hija. Bria Vinaite, la actriz que la interpreta (descubierta en Instagram, nada menos), está magnética. Consigue que la desprecies y que, al mismo tiempo, entiendas su desesperación. Su relación con Moonee es un torbellino de gritos, risas, complicidad en pequeños delitos y momentos de una ternura desgarradora. Son un equipo contra el mundo, aunque Halley sea, a menudo, su peor enemigo.

Y luego está Willem Dafoe. Su personaje, Bobby, el gerente del motel, es el ancla moral de toda la historia. Es el único adulto funcional en este universo caótico. No es un héroe de capa y espada. Es un hombre cansado, de clase media, que solo intenta hacer su trabajo: cobrar el alquiler, arreglar las máquinas de hielo y mantener un mínimo de orden. Pero, sin quererlo, se convierte en el guardián de estos niños perdidos. Los regaña, los protege, los vigila con una mirada que mezcla la exasperación y un cariño paternal que quizás ni él mismo reconoce. Dafoe está inmenso en su contención. Cada gesto, cada suspiro, cada pequeña amabilidad (como ahuyentar a un posible depredador) nos dice todo lo que necesitamos saber sobre él. Es la decencia personificada en un mundo que parece haberla olvidado. Es el testigo silencioso de estas vidas al límite, el que ve la tormenta que se avecina y sabe que no puede hacer nada para detenerla.

Bobby (Willem Dafoe) en el motel

Lo que me terminó de conquistar fue la estética, o como dicen los expertos, la fotografía. La película es visualmente despampanante. El director de fotografía, Alexis Zabé, utiliza una paleta de colores saturados, casi de caramelo. Los lilas, los turquesas, los naranjas del atardecer… todo es vibrante, casi onírico. Este festín visual choca frontalmente con la precariedad que retrata. Es una decisión brillante. Ese contraste es la metáfora perfecta de la película: la belleza y la alegría de la infancia floreciendo en el terreno más inhóspito. Es un recordatorio constante de que incluso en los márgenes, en la pobreza más cruda, la vida se abre paso con una fuerza y un colorido inesperados. No hay una fotografía gris y sombría para subrayar la miseria; al contrario, se nos muestra la miseria a plena luz del sol, con los colores de un helado derritiéndose en el asfalto.

La película avanza sin una trama convencional. No hay grandes giros de guion, solo la acumulación de pequeños momentos cotidianos que van construyendo una tensión insoportable. Sabemos que el verano no puede durar para siempre. Sabemos que la burbuja de Moonee tiene que explotar. El mundo real, con sus servicios sociales y sus consecuencias, está a la vuelta de la esquina. Y cuando finalmente llega, el golpe es devastador. El final, esa carrera desesperada hacia el lugar más feliz de la Tierra, ha sido objeto de mucho debate. ¿Es real? ¿Es una fantasía? Para mí, no importa. Es la única escapatoria posible. Es la imaginación infantil como último refugio ante una realidad demasiado cruel para ser soportada. Es un grito final de libertad, un portazo a un mundo que les ha fallado a todos.

«The Florida Project» no te da respuestas, te llena de preguntas. ¿Con qué prisma miramos las miserias ajenas? ¿Somos rápidos en juzgar sin entender el contexto? ¿Qué hay de falso y de roto en ese «sueño americano» que se vende a pocos kilómetros, tras los muros de Disney? Salí del cine con un nudo en el estómago y el corazón encogido, pero también con una extraña sensación de gratitud por haber sido testigo de la belleza indestructible de la infancia. Es una de esas películas que se quedan contigo, que te obligan a reevaluar tus propios prejuicios y a mirar el mundo, aunque solo sea por un momento, con el asombro y la resiliencia de una niña de seis años.

Halley y Moonee

Y tú, ¿crees que el final es una huida real o la fantasía de una niña para escapar de una realidad insoportable?

Análisis de «En busca de la felicidad»: Más que una película, un manual de supervivencia

Póster de En busca de la felicidad

Ficha Técnica

  • Título original: The Pursuit of Happyness
  • Año: 2006
  • Director: Gabriele Muccino
  • Reparto: Will Smith, Jaden Smith, Thandiwe Newton, Brian Howe, James Karen, Dan Castellaneta
  • Guion: Steven Conrad
  • Música: Andrea Guerra

Mi Valoración

★★★★★

Una obra maestra que te rompe y te reconstruye.

«Chris Gardner es un vendedor brillante y con talento, pero su empleo no le permite cubrir sus necesidades más básicas. Tanto es así que acaban echándolo, junto a su hijo de cinco años, de su piso de San Francisco. Cuando Gardner consigue hacer unas prácticas en una prestigiosa correduría de bolsa, los dos protagonistas tendrán que afrontar muchas adversidades para hacer realidad su sueño de una vida mejor.»
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Crítica de un Superviviente: Cuando la Felicidad se Persigue a Contrarreloj

Hay películas que ves y olvidas, y luego hay películas que te ven a ti. «En busca de la felicidad» pertenece, sin duda, a la segunda categoría. Confieso que, como me pasó con «Avatar», la tenía en esa lista de «pendientes eternos» que todos cultivamos. Craso error. Verla ahora, con la perspectiva que te dan los años y, sobre todo, la experiencia de haber luchado por sacar un proyecto adelante, ha sido como mirarme en un espejo deformado y, a la vez, increíblemente nítido. Porque la odisea de Chris Gardner, interpretado por un Will Smith que se deja el alma en cada escena, no es solo la historia de un hombre; es el reflejo de la batalla diaria de cualquier autónomo, de cualquier emprendedor, de cualquiera que haya sentido el peso del mundo sobre sus hombros mientras intenta mantener la cabeza fuera del agua.

La película arranca con una premisa que a muchos nos sonará familiar: una inversión que prometía ser el billete dorado a la estabilidad y que se convierte en un ancla. Gardner apuesta todos sus ahorros en unos escáneres de densidad ósea portátiles, unos «trastos» caros y aparatosos que intenta vender a médicos y hospitales con más pena que gloria. Cada puerta que se cierra, cada negativa, es un clavo más en el ataúd de su seguridad financiera y, por extensión, de su vida familiar. Aquí es donde la película da su primer puñetazo directo al estómago. La tensión con su mujer, Linda, es palpable. Ella no es la villana; es simplemente una persona superada por la presión, que ve cómo el sueño de una vida normal se desvanece. Su marcha no es un acto de maldad, sino de pura desesperación, y deja a Chris con la responsabilidad más grande y aterradora de todas: su hijo, Christopher.

Chris Gardner con su hijo

La relación padre-hijo es el corazón inquebrantable de la película.

A partir de aquí, la película se convierte en una clase magistral sobre resiliencia. Lo que más me impactó, y con lo que me sentí dolorosamente identificado, es la gestión del tiempo y de la apariencia. Chris tiene que hacer malabares imposibles: cuidar de su hijo, intentar vender los escáneres que le quedan para poder comer ese día, y a la vez, perseguir una oportunidad que parece una locura: unas prácticas no remuneradas en una prestigiosa firma de corredores de bolsa, Dean Witter Reynolds. La competencia es feroz: jóvenes recién salidos de la universidad, con contactos y sin cargas. Él, en cambio, tiene que estudiar manuales densísimos por la noche, a la luz de las farolas, después de haber recorrido la ciudad cargando con su escáner y con su hijo.

La película no romantiza la pobreza. La muestra en toda su crudeza y humillación. La escena en la que Chris y su hijo tienen que dormir en el baño de una estación de metro es, sencillamente, una de las secuencias más desgarradoras que he visto. El sonido de alguien intentando abrir la puerta mientras Chris llora en silencio, con el pie bloqueando el pestillo y su hijo durmiendo en su regazo, es cine en estado puro. No necesita diálogos. La actuación de Smith, la vulnerabilidad en su rostro, lo dice todo. Es el miedo absoluto, la vergüenza y el amor incondicional de un padre fusionados en un instante devastador. Es el momento en el que tocas fondo, pero sabes que por la persona que tienes al lado, tienes que volver a impulsarte hacia arriba.

Pero lo que eleva a «En busca de la felicidad» por encima de un simple drama lacrimógeno es su inteligencia y su espíritu. Chris Gardner no es una víctima pasiva. Es un luchador incansable, un estratega de la supervivencia. Es fascinante ver cómo optimiza cada segundo de su día: no cuelga el teléfono para ahorrar segundos entre llamadas, bebe agua de los grifos para no gastar, y resuelve un cubo de Rubik para impresionar a un potencial jefe. No pide limosna, pide una oportunidad. No se rinde a la autocompasión, sino que utiliza cada gramo de su ingenio para mantenerse a flote. Esa es la verdadera lección para cualquiera que haya estado en una situación similar: la proactividad frente a la parálisis. La capacidad de seguir adelante cuando cada fibra de tu ser te pide que te detengas.

Chris Gardner en la oficina

La lucha diaria por una oportunidad en un mundo competitivo.

La relación con su hijo, interpretado por un jovencísimo y natural Jaden Smith (su hijo en la vida real, lo que añade una capa de autenticidad brutal), es el ancla emocional de la historia. Es una relación construida a base de pequeños juegos para enmascarar la dura realidad, de promesas susurradas en refugios para indigentes y de una fe inquebrantable del uno en el otro. La famosa escena de la cancha de baloncesto, donde Chris le dice a su hijo: «Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo. Ni siquiera yo. Si tienes un sueño, tienes que protegerlo», no es solo un diálogo motivacional de manual. Es el juramento de un padre que, a pesar de estar roto por dentro, se niega a que su propio cinismo contamine los sueños de su hijo. Es un momento de una honestidad y una potencia arrolladoras.

El clímax de la película, cuando finalmente le ofrecen el puesto de trabajo, es increíblemente catártico. No hay una gran explosión de alegría. Es una emoción contenida, la de un hombre que ha estado aguantando la respiración durante meses y por fin puede soltar el aire. Sale a la calle, se mezcla con la multitud y aplaude. No para que le vean, sino para sí mismo. Es un aplauso silencioso y personal, un reconocimiento a su propia tenacidad. En ese momento, entendemos que la «felicidad» del título no es un estado permanente de alegría, sino la «persecución» (pursuit) en sí misma. Es la lucha, el esfuerzo, la dignidad de no rendirse. La felicidad no es llegar a la meta, sino el camino que recorres para alcanzarla, por muy lleno de espinas que esté.

Celebración final

El momento de la catarsis: la recompensa al esfuerzo.

Como «experto amateur» en cine y en la vida, puedo decir que «En busca de la felicidad» es una película necesaria. Es un recordatorio de que, detrás de cada historia de éxito, suele haber un océano de fracasos, sacrificios y noches en vela. Es un homenaje a la perseverancia, a la importancia de tener un «porqué» (en su caso, su hijo) que te impulse cuando el «cómo» parece imposible. Me ha marcado profundamente porque refleja esa verdad universal: la vida te va a golpear, y muy duro. La cuestión no es si caerás, sino si encontrarás la fuerza para levantarte una vez más. Y Chris Gardner se levanta, una y otra vez, hasta que finalmente, conquista su pequeño pedazo de cielo. Una joya absoluta, un 5 de 5 sin ninguna duda. Imprescindible.

Y tú, ¿cuál es el sueño que proteges cada día contra viento y marea? ¿Qué te impulsa a seguir persiguiendo tu propia felicidad?

¿Por qué Avatar 2 es mucho más que efectos especiales?

Póster de Avatar: El sentido del agua

Ficha Técnica

  • Título original: Avatar: The Way of Water
  • Dirección: James Cameron
  • Guion: James Cameron, Rick Jaffa, Amanda Silver
  • Reparto (voces): Sam Worthington, Zoe Saldaña, Sigourney Weaver, Stephen Lang, Kate Winslet
  • Música: Simon Franglen
  • Fotografía: Russell Carpenter
  • Año: 2022
  • Duración: 192 min.

Nuestra Valoración: 5 / 5

★★★★★

«Más de una década después de los acontecimientos de la primera película, la historia de ‘Avatar: El sentido del agua’ narra la historia de la familia Sully (Jake, Neytiri y sus hijos), los problemas que los persiguen, los esfuerzos que hacen para mantenerse a salvo, las batallas que libran para seguir con vida y las tragedias que soportan.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=FSyWAxUg3Go?si=kJpCyWdXBg_QFcp7&w=560&h=315]

Hay decisiones en la vida que uno se arrepiente de no haber tomado antes. Para mí, una de ellas ha sido esperar hasta este verano para sumergirme, nunca mejor dicho, en el universo de Pandora. Vi la primera ‘Avatar’ y, acto seguido, ‘El sentido del agua’. El error de haber dejado pasar tanto tiempo es algo que me perseguirá, porque la experiencia de ver estas obras maestras en una pantalla grande debe de ser algo que roza lo místico. Pero incluso desde el sofá de casa, la creación de James Cameron te absorbe, te secuestra y te transporta a un mundo que se siente más real que el nuestro. Y esta secuela, amigos, es la confirmación de que la magia no solo no se ha perdido, sino que ha evolucionado a algo mucho más profundo y complejo.

Lo primero que te golpea, como una ola de agua bioluminiscente, es el apartado visual. Decir que es espectacular es quedarse insultantemente corto. Cada fotograma es un lienzo digital pintado con un nivel de detalle obsesivo. El agua, protagonista indiscutible, no es solo agua; es un personaje más. La forma en que la luz se filtra a través de la superficie, cómo interactúa con la piel de los Na’vi y las criaturas marinas, la física de los movimientos… todo está recreado con una verosimilitud que desafía la lógica. Cameron no quería solo mostrarnos un océano alienígena, quería que sintiéramos la humedad, la presión y la majestuosidad de estar allí. Y lo consigue. Es una inmersión total, una experiencia sensorial que justifica cada una de sus tres horas de duración.

Familia Sully en el agua

Pero una película no puede sostenerse solo con fuegos artificiales visuales, y aquí es donde ‘El sentido del agua’ demuestra su verdadera fortaleza: el corazón. La película da un salto temporal y nos presenta a la familia Sully. Jake y Neytiri ya no son solo dos guerreros enamorados, son padres. Y este cambio de paradigma lo es todo. La trama central gira en torno a la protección de la familia, al legado y a los conflictos generacionales. La introducción de sus hijos —Neteyam, Lo’ak, Tuk y la adoptada Kiri— añade una capa de complejidad emocional increíble. Cada uno tiene su propia personalidad, sus miedos y sus anhelos. Lo’ak, el segundo hijo, carga con el peso de no estar a la altura de su hermano mayor, un arco argumental tan universal como conmovedor. Kiri, misteriosamente conectada con Eywa, es el alma espiritual de la película, un enigma que nos mantiene pegados a la pantalla.

El guion toma una decisión valiente al forzar a nuestros protagonistas a abandonar su hogar en el bosque para buscar refugio en los arrecifes, con el clan Metkayina. Este exilio forzoso es el motor del segundo acto y nos permite explorar una nueva faceta de Pandora y, lo que es más importante, del concepto de «ser Na’vi». Aquí la película brilla al hablar de multiculturalidad y del choque que supone ser un refugiado. Los Sully, con sus cinco dedos y su sangre «demoniaca», son diferentes. Tienen que aprender nuevas costumbres, una nueva forma de respirar, de vivir y de conectar con el mar. Este proceso de adaptación está lleno de momentos de humildad, de conflicto y de belleza, recordándonos que el hogar no siempre es un lugar, sino las personas con las que estás.

Criatura marina de Pandora

Por supuesto, no hay luz sin oscuridad. El regreso del Coronel Quaritch, reencarnado en un cuerpo de Avatar, es una jugada brillante. Ya no es solo un villano caricaturesco; es una amenaza más personal, más íntima. Su motivación es la venganza pura y dura contra Jake Sully, y esta obsesión le da una nueva dimensión. La dinámica con su «hijo» humano, Spider, que ha crecido entre los Na’vi, añade un dilema moral fascinante que explora temas de identidad y lealtad. ¿La naturaleza o la crianza? La película no da respuestas fáciles, y esa ambigüedad enriquece enormemente la narrativa.

La acción, cuando llega, es simplemente apabullante. La batalla final es un espectáculo pirotécnico que combina la estrategia militar con la fuerza de la naturaleza. Cameron demuestra, una vez más, que es un maestro orquestando el caos. Pero incluso en medio de las explosiones y los enfrentamientos, el foco nunca se pierde de lo importante: el drama familiar. Cada decisión, cada pérdida, tiene un peso emocional tremendo. No estás viendo a personajes de CGI luchando; estás viendo a una familia luchar por su supervivencia, y sufres con ellos en cada momento. El clímax es agotador en el mejor sentido de la palabra, dejándote sin aliento pero emocionalmente satisfecho.

Escena del clan Metkayina

En definitiva, ‘Avatar: El sentido del agua’ es mucho más que una secuela. Es una expansión lógica y emocional del universo que conocimos. Es una película larga, sí, pero no le sobra ni un minuto. Es un tratado sobre el amor familiar, el respeto por la naturaleza, el dolor de la pérdida y la resiliencia del espíritu. Es una carta de amor al cine como experiencia inmersiva y como vehículo para contar historias que importan. Me arrepiento de no haberla vivido antes, pero me alegro inmensamente de haberlo hecho. Es, sin lugar a dudas, una de esas películas que se quedan contigo, que te hacen soñar con mundos lejanos y, sobre todo, que te hacen sentir.

«El camino del agua no tiene principio ni fin. El mar está a tu alrededor y en tu interior.»

Y tú, ¿qué sentiste al volver a Pandora?

Por qué Plan Oculto de Spike Lee me pareció una pérdida de tiempo

Crítica de ‘Plan Oculto’: Un Atraco Casi Perfecto que se Queda a Medias

Póster de la película Plan Oculto

Ficha Técnica

  • Título original: Inside Man
  • Año: 2006
  • Duración: 129 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Spike Lee
  • Guion: Russell Gewirtz
  • Música: Terence Blanchard
  • Reparto: Denzel Washington, Clive Owen, Jodie Foster, Christopher Plummer, Willem Dafoe, Chiwetel Ejiofor

Mi Valoración

(2 de 5 estrellas)

«Duelo entre un duro policía (Denzel Washington) y un inteligente atracador (Clive Owen) durante un tenso secuestro con rehenes en un banco de Manhattan. De repente, aparece una tercera persona que ha sido contratada por el influyente propietario del banco (Christopher Plummer). Se trata de Madaline (Jodie Foster), una poderosa bróker que tiene una agenda secreta.»
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Un Plan Demasiado Oculto Para Mi Gusto

Hay películas que te las recomiendan tanto, que las ves en tantas listas de «los mejores thrillers de la historia», que cuando por fin te sientas a verlas, la expectativa es un monstruo gigante. ‘Plan Oculto’ era para mí una de esas películas. Spike Lee en la dirección, un reparto que es básicamente un «quién es quién» de Hollywood… ¿qué podía salir mal? Pues, para mi sorpresa, bastantes cosas. O, mejor dicho, no es que salieran mal, es que simplemente no salieron. La película se quedó en un limbo de intenciones, un quiero y no puedo que me dejó más frío que el interior de la cámara acorazada que tanto se esfuerzan en proteger.

La premisa es fantástica, no nos vamos a engañar. Un atraco a un banco en pleno corazón de Nueva York. Pero no es un atraco cualquiera. El cerebro, Dalton Russell (un Clive Owen que pasa casi toda la película con la cara tapada, un desperdicio), parece tenerlo todo calculado. No quiere el dinero, o eso parece. Los rehenes son obligados a vestirse como los atracadores, creando un caos de identidad que vuelve loca a la policía. Al otro lado, tenemos al detective Keith Frazier (Denzel Washington), un negociador carismático pero con sus propias sombras. Y para enredar más la madeja, aparece Madeleine White (Jodie Foster), una facilitadora de problemas para los ricos y poderosos que tiene su propia agenda. El tablero de ajedrez está dispuesto con piezas de lujo. El problema es que la partida se me hizo lenta, predecible y, sobre todo, anticlimática.

Escena del atraco en Plan Oculto

La tensión inicial se diluye en conversaciones que no llevan a ninguna parte.

El principal problema que le encontré a ‘Plan Oculto’ es su ritmo. Spike Lee se toma su tiempo, muchísimo tiempo, en desarrollar las conversaciones entre Frazier y Russell. Se supone que son duelos dialécticos, llenos de ingenio y dobles sentidos. Y sí, hay momentos brillantes, frases que te sacan una sonrisa. Denzel Washington está, como siempre, impecable. Su personaje tiene ese aire de tipo normal, un poco chulesco, superado por las circunstancias pero sin perder nunca la compostura. Es el ancla de la película. Pero incluso él no puede salvar la sensación de que la trama no avanza. Las negociaciones se estancan, los giros de guion se ven venir a kilómetros y la subtrama de Jodie Foster, que debería añadir una capa de conspiración y misterio, se siente metida con calzador, como si perteneciera a otra película.

Se supone que un thriller de atracos debe mantenerte al borde del asiento. Piensa en ‘Heat’, en ‘Tarde de perros’ o incluso en ‘La casa de papel’. Sientes la urgencia, el peligro, la claustrofobia. En ‘Plan Oculto’, esa tensión es artificial. Los interrogatorios a los rehenes una vez liberados, que se intercalan durante toda la película, rompen constantemente el ritmo y te sacan de la acción principal. Es un recurso narrativo que entiendo en la teoría —crear misterio sobre lo que realmente pasó dentro— pero que en la práctica resulta frustrante. En lugar de aumentar el suspense, lo disipa. Te cuenta el final antes de tiempo, o al menos te asegura que la cosa no acabó en una masacre, quitándole gran parte del peligro inminente que debería sentirse.

Denzel Washington como el detective Frazier

Denzel Washington, lo mejor de una película que no está a su altura.

Y luego está el «gran secreto». El MacGuffin por el que se monta todo este circo. Sin entrar en spoilers, diré que me pareció una decepción mayúscula. Durante dos horas te construyen un misterio alrededor de una caja de seguridad, te hacen creer que dentro hay algo que puede cambiar el mundo, o al menos la vida de gente muy poderosa. Y cuando por fin se desvela… la reacción es un «¿en serio? ¿Todo esto para eso?». Se siente como una justificación floja, casi una excusa para poder llevar a cabo el «atraco perfecto». Un plan tan ingenioso, tan meticulosamente diseñado, merecía una motivación mucho más potente. Al final, el plan es más interesante que el objetivo del plan, y eso es un problema grave.

No me malinterpreten, la película está bien hecha. La dirección de Spike Lee es elegante, la fotografía de Matthew Libatique es excelente y la banda sonora de Terence Blanchard acompaña bien. Pero el cine no es solo técnica. Es emoción, es conexión, es sentir que el tiempo que inviertes vale la pena. Y al terminar de ver ‘Plan Oculto’, mi sensación fue la de haber asistido a un truco de magia muy elaborado en el que el mago se recrea tanto en los preparativos que se olvida de que el público espera un final sorprendente. El conejo que sale de la chistera es pequeño, predecible y ni siquiera es tan adorable como prometía.

Jodie Foster en su papel de Madeleine White

Un personaje con potencial que se queda en una mera distracción.

En definitiva, ‘Plan Oculto’ es una de esas películas que, en mi humilde opinión de consumidor de cine, está tremendamente sobrevalorada. Es un ejercicio de estilo interesante, un escaparate para el talento de su reparto, pero como thriller, como historia que te atrape y te sorprenda, fracasa. Le sobran minutos, le falta tensión y su gran revelación es un anticlímax. Pude haber dedicado esas dos horas a ver dos capítulos de una buena serie, a leer un libro o, sinceramente, a cualquier otra cosa. Le doy dos estrellas, y es por Denzel y por la buena factura técnica. Por lo demás, fue una decepción. Un plan tan perfecto que se olvidó de ser emocionante.

Y tú, ¿crees que ‘Plan Oculto’ es una obra maestra o también te dejó con la sensación de que el plan era mejor que la ejecución?

John Ford y Monument Valley: Cómo La Diligencia creó la iconografía del western.

Póster de La Diligencia

Ficha Técnica

  • Título original: Stagecoach
  • Año: 1939
  • Duración: 96 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: John Ford
  • Guion: Dudley Nichols (Relato: Ernest Haycox)
  • Música: Richard Hageman, W. Franke Harling, John Leipold, Leo Shuken
  • Fotografía: Bert Glennon (B&W)
  • Reparto: John Wayne, Claire Trevor, Thomas Mitchell, Andy Devine, John Carradine

Mi Valoración

3/5 – Una historia simple, pero una ejecución que cambió el cine para siempre.

«Varios personajes, a cada cual más diferente, inician un largo, duro y peligroso viaje en una diligencia. Entre ellos, un fuera de la ley en busca de venganza, una prostituta a la que han echado del pueblo, un jugador, un médico borracho y la mujer embarazada de un militar. Las relaciones entre ellos, durante el accidentado trayecto por el Monument Valley, serán difíciles y tensas, pero la necesidad de sobrevivir al continuo ataque de los indios hará que surja la solidaridad.»

Tráiler

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Crítica de un Treintañero a un Clásico de 85 años

Ver una película de 1939 habiendo nacido en 1988 es una auténtica locura. Es un ejercicio de humildad, de perspectiva y, sobre todo, de amor al cine. Porque seamos sinceros, ¿se puede amar de verdad el séptimo arte sin haber visitado sus cimientos? Hace tiempo que ando barruntando la idea de empezar a insertar clásicos con mayúsculas en mis visionados semanales. Y bueno… Filmin, esa plataforma que es un tesoro para cualquier cinéfilo, me da la opción, así que aquí estoy, enfrentándome al primero de, espero, muchos. Y el elegido ha sido «La Diligencia» de John Ford. ¿El resultado? Un viaje en el tiempo fascinante y, a la vez, una experiencia que me genera sentimientos encontrados, de ahí ese 3 sobre 5. Un 3 por la historia, que hoy nos puede parecer plana, pero se merecería un 5 por el simple hecho de haberla filmado hace más de 80 años y haber sentado las bases de todo un género.

Lo primero que te golpea al ver «La Diligencia» es su aparente simplicidad. La premisa es tan directa como el trayecto del carruaje: un grupo de personas variopintas debe viajar de un punto A a un punto B atravesando territorio hostil. Fin. Hoy en día, que estamos acostumbrados a giros de guion imposibles, multiversos y narrativas no lineales, esto puede saber a poco. Pero ahí radica la primera genialidad de Ford: en la simpleza del qué, para centrarse en el quién y el cómo. La diligencia no es solo un vehículo, es un microcosmos de la sociedad. Una olla a presión sobre ruedas donde las convenciones sociales se evaporan ante el peligro real. Dentro de ese espacio claustrofóbico conviven la virtud y el pecado, el valor y la cobardía, la esperanza y la desesperación.

Personajes en La Diligencia

Y qué personajes. Tenemos a Dallas, la prostituta expulsada de la ciudad, tratada como una paria por los «respetables» pero que demuestra tener más corazón y entereza que todos ellos juntos. El Doctor Boone, un médico alcohólico que parece un despojo humano pero que esconde una competencia y una humanidad que emergen cuando más se necesitan. Hatfield, el jugador sureño y caballero de honor caduco. El banquero Gatewood, epítome de la hipocresía y la avaricia capitalista. Y por supuesto, Ringo Kid. La entrada en escena de John Wayne, con ese rápido movimiento de rifle y esa mirada desafiante, es historia del cine. Ford no solo nos presentó a un actor, nos presentó a un arquetipo, al héroe del western que perduraría durante décadas. Es fascinante ver cómo estos personajes, que hoy nos parecen clichés, fueron en su momento moldes originales que definirían el género.

Como espectador moderno, es imposible no analizar la película con los ojos de 2025. La representación de los nativos americanos es, sin duda, problemática. Son presentados como una fuerza de la naturaleza salvaje y anónima, una amenaza sin rostro que sirve únicamente como catalizador de la acción y para unir a los protagonistas blancos. Es un reflejo de su tiempo, y hay que entenderlo en ese contexto, pero no por ello deja de chirriar. Del mismo modo, el papel de la mujer, aunque Claire Trevor le da una dignidad increíble a Dallas, está supeditado a la redención a través del amor de un hombre. Son aspectos que te sacan momentáneamente de la película y te recuerdan la distancia temporal que te separa de ella.

Pero entonces, John Ford te agarra de la solapa y te vuelve a meter de lleno en su mundo. Y lo hace con un dominio visual que te deja sin aliento. Esto es algo que no envejece. «La Diligencia» fue la primera película que Ford rodó en Monument Valley, y al hacerlo, no solo encontró un escenario, sino que creó una iconografía. Esas formaciones rocosas no son un simple fondo; son un personaje más, un testigo silencioso y majestuoso de la épica humana que se desarrolla a sus pies. La fotografía en blanco y negro de Bert Glennon extrae una belleza cruda y una escala monumental que el color, quizás, habría diluido. Cada plano está compuesto con una precisión pictórica. Ford sabe exactamente dónde poner la cámara para maximizar el drama, la tensión o la grandiosidad del paisaje. No hay un solo encuadre dejado al azar.

La diligencia en Monument Valley

Y luego está la acción. ¡La secuencia de la persecución! Es fácil caer en la condescendencia y pensar que, acostumbrados al CGI y a las coreografías milimétricas de John Wick, una escena de acción de 1939 nos va a parecer rudimentaria. Nada más lejos de la realidad. La persecución de los apaches a la diligencia es una lección de montaje, ritmo y, sobre todo, de riesgo físico real. Cuando ves al especialista Yakima Canutt saltar de caballo en caballo y pasar por debajo de la diligencia a toda velocidad, no hay truco digital. Es un hombre arriesgando el pellejo para crear un momento inolvidable. La tensión es palpable, el polvo se te mete en los ojos y el estruendo de los disparos y los cascos de los caballos retumba de una forma visceral que mucha acción moderna es incapaz de replicar. Es pura energía cinematográfica.

El clímax de la película no es la persecución, sino el enfrentamiento final de Ringo en las calles de Lordsburg. Ford vuelve a demostrar su maestría. En lugar de un tiroteo frenético, nos regala un duelo tenso, filmado con una economía de medios brillante. Los planos de las calles vacías, las miradas, los gestos… todo construye una atmósfera cargada de fatalidad. Es la culminación del viaje de Ringo, y aunque el resultado es predecible, el camino hasta él es cine en estado puro. La resolución de la historia de amor entre Ringo y Dallas, aunque pueda parecer precipitada, ofrece un cierre que, en su contexto, era profundamente satisfactorio y hasta subversivo: los dos parias, los expulsados por la sociedad «civilizada», son los únicos que encuentran un futuro juntos, cabalgando hacia el amanecer, lejos de la hipocresía.

John Wayne como Ringo Kid

En conclusión, mi calificación de 3 estrellas viene de esa dualidad. Como producto de entretenimiento puro para un espectador de hoy, «La Diligencia» puede tener un ritmo más pausado y una trama más lineal de lo que estamos acostumbrados. La historia, en su esqueleto, es simple. Sin embargo, como artefacto cultural, como lección de cine y como obra fundacional, es un 5 de 5 sin discusión. Es una película que hay que ver no solo por lo que es, sino por todo lo que significó y todo lo que vino después gracias a ella. Me alegro enormemente de haber empezado este viaje por los clásicos con ella. Me ha enseñado que, a veces, las historias más «planas» son las que tienen los cimientos más profundos y que el buen cine, el de verdad, tiene un lenguaje que, a pesar de las arrugas, nunca envejece del todo.

Y tú, ¿qué clásico crees que es imprescindible ver para entender el cine de hoy?

¡Déjame tu recomendación en los comentarios!

De The Boys a héroe de acción: La consagración de Jack Quaid en Novocaine

Poster oficial de Novocaine

Ficha Técnica

Título original: Novocaine

Año: 2025

País: Estados Unidos

Dirección: Dan Berk, Robert Olsen

Guion: Lars Jacobson

Reparto principal: Jack Quaid, Amber Midthunder, Ray Nicholson, Jacob Batalon, Betty Gabriel

Género: Acción, Thriller, Comedia

Productora: Paramount Pictures, Tea Shop Productions

Valoración del Experto Amateur

★★★★

4 de 5 estrellas: Pura dinamita de entretenimiento.

Sinopsis

En un atraco a un banco que sale terriblemente mal, un hombre de modales suaves con una rara enfermedad congénita que le impide sentir dolor físico, debe rescatar a su novia secuestrada de los ladrones responsables. Para ello, tendrá que desatar un caos lleno de acción por toda la ciudad y enfrentarse a sus propios límites.

Tráiler Oficial

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Crítica: Adrenalina sin Anestesia

Hay actores que, sin necesidad de tener un Oscar en la estantería, poseen algo intangible, un “no sé qué” que llena la pantalla y te hace conectar con ellos al instante. Jack Quaid es, sin duda, uno de esos talentos. Desde que lo vimos como el sufridor y adorable Hughie en The Boys, ha demostrado una capacidad camaleónica para saltar del drama a la comedia con una naturalidad pasmosa. Y en Novocaine, Quaid no solo confirma su estatus de «chico de moda», sino que se consagra como un héroe de acción improbable, carismático y absolutamente disfrutable. La película no pretende reinventar la rueda, y esa es, paradójicamente, una de sus mayores virtudes. Es un cóctel explosivo que mezcla la adrenalina frenética de Crank: Veneno en la sangre con pinceladas de comedia negra, un thriller de robos y hasta un romance que funciona como el corazón de esta locura. En pleno verano, cuando el calor nos pide a gritos evasión y entretenimiento puro y duro, Novocaine es la dosis de anestesia perfecta para desconectar del mundo.

La premisa es tan sencilla como efectiva: Nathan Caine (un Jack Quaid que parece haber nacido para el papel) es un oficinista apocado y tímido que padece una extraña condición congénita que le impide sentir dolor. Lo que podría parecer un superpoder es, en realidad, una fuente de ansiedad constante; vive envuelto en plástico de burbujas, por así decirlo, para evitar heridas que no notaría hasta que fuera demasiado tarde. Su vida da un vuelco de 180 grados cuando, durante un atraco al banco donde trabaja su novia, ella es secuestrada. Los criminales, creyendo que su insensibilidad al dolor lo convierte en una pieza clave para otro golpe, lo arrastran a una espiral de violencia y caos. Es aquí donde Novocaine pisa el acelerador y no lo suelta. La transformación de Nathan de un hombre gris a una imparable máquina de destrucción (muy a su pesar) es el motor de la película, y el guion lo maneja con un equilibrio fantástico entre la acción más brutal y un humor que surge de lo absurdo de la situación.

Escena de acción de Novocaine
Jack Quaid desatando el caos en una de las frenéticas escenas de la película.

Los directores, Dan Berk y Robert Olsen, entienden perfectamente el tipo de película que tienen entre manos. No se andan con rodeos ni pretensiones. La acción es cruda, directa y, en ocasiones, sorprendentemente creativa. Las escenas de lucha aprovechan la condición del protagonista para regalarnos momentos que son una delicia para cualquier amante del cine de género. Ver a Nathan recibir palizas, disparos y toda clase de castigos sin inmutarse, mientras suelta un comentario nervioso o pide perdón, es hilarante y emocionante a partes iguales. La película bebe directamente de la estética y el ritmo de los thrillers de acción de los 90 y principios de los 2000, pero con un pulido visual contemporáneo. No hay planos innecesariamente complejos ni una edición epiléptica que no te deje ver qué está pasando. La cámara sigue a Quaid en su odisea destructiva con claridad, permitiendo que cada golpe, cada caída y cada explosión se sientan en su justa medida.

Pero no todo es testosterona y adrenalina. Una de las grandes sorpresas de Novocaine es su corazón. La relación entre Nathan y su novia, interpretada por una solvente Amber Midthunder, es el ancla emocional que evita que la película se convierta en un simple espectáculo de violencia sin sentido. Sus motivaciones son claras y, como espectadores, empatizamos con su desesperación. Queremos que la rescate, no solo por ver más escenas de acción, sino porque nos creemos su vínculo. Este componente romántico, aunque sencillo, le da una capa de profundidad necesaria y eleva el conjunto por encima de otras propuestas similares. Además, el guion está salpicado de diálogos ingeniosos y personajes secundarios que, aunque arquetípicos, resultan memorables, especialmente el villano, que disfruta de cada segundo de su maldad sin caer en la caricatura excesiva.

Jack Quaid y Amber Midthunder en Novocaine
La química entre los protagonistas es el ancla emocional de la película.

Por supuesto, la película no es perfecta. Si buscas un thriller con un guion enrevesado y giros argumentales que te dejen boquiabierto, Novocaine no es tu película. Su trama es lineal y predecible en muchos aspectos. Sabes desde el minuto uno cuál será el desenlace, y el viaje no ofrece grandes sorpresas en cuanto a su estructura. Algunas situaciones se resuelven con una conveniencia un tanto forzada y el desarrollo de los villanos podría haber tenido algo más de trasfondo. Sin embargo, estas sombras no logran eclipsar sus luces. La película conoce sus limitaciones y, en lugar de intentar ser algo que no es, se centra en potenciar sus fortalezas: un ritmo endiablado, un protagonista con un carisma arrollador y una honestidad brutal en su propuesta de entretenimiento. Es una hamburguesa gourmet: sabes lo que vas a comer, pero está tan bien hecha que la disfrutas de principio a fin.

En definitiva, Novocaine es una de esas joyas inesperadas que te alegran la cartelera. Es divertida, emocionante y está hecha con un amor palpable por el cine de acción sin complejos. Es la prueba de que no se necesitan presupuestos desorbitados ni tramas metafísicas para hacer una gran película de entretenimiento. A veces, solo necesitas una buena idea, un actor en estado de gracia y la voluntad de pisar el acelerador. Jack Quaid se come la pantalla y nos regala un personaje que ojalá veamos en más secuelas. Es cine para disfrutar, para comer un buen cubo de palomitas y para salir de la sala con una sonrisa y el pulso acelerado.

Jack Quaid en una escena de Novocaine
‘Novocaine’ es la elección perfecta si buscas acción y risas sin complicaciones.

🗣️ ¡Ahora te toca a ti!

Es la elección perfecta si buscas acción y risas sin complicaciones. Una película honesta que entrega exactamente lo que promete. Y tú, ¿qué opinas? ¿Crees que Jack Quaid tiene madera de estrella de acción o lo prefieres en otros registros? ¡Deja tu comentario abajo y abramos debate!

«La Acompañante»: ¿Es Sophie Thatcher la nueva musa del terror inteligente?

Crítica de ‘La Acompañante’: Cuando la compañía perfecta es tu peor pesadilla

Póster de La Acompañante

Ficha Técnica

  • Título original: Companion
  • Año: 2025
  • Duración: 97 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Drew Hancock
  • Guion: Drew Hancock
  • Reparto: Sophie Thatcher, Jack Quaid, Lukas Gage, Rupert Friend, Harvey Guillén, Megan Suri
  • Género: Thriller, Ciencia Ficción, Terror, Comedia Negra

«La muerte de un multimillonario desencadena una serie de acontecimientos para Iris y sus amigos durante un viaje de fin de semana a su finca junto al lago.»

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A veces, te sientas en la butaca del cine sin saber muy bien qué esperar. Ves un póster, lees una sinopsis que parece un cliché y te preparas para otra película de fin de semana que olvidarás antes de que terminen los créditos. Eso pensaba yo de «La Acompañante». Pero, de vez en cuando, el cine te da una bofetada (en el buen sentido) y te presenta algo retorcido, divertido y extrañamente profundo. La ópera prima de Drew Hancock es una de esas sorpresas que te reconcilian con el género del thriller de ciencia ficción, un terreno tan manoseado que encontrar algo con personalidad propia es casi un milagro.

La película arranca con todos los tropos que hemos visto mil veces: una pareja de enamorados, Iris (una magnética Sophie Thatcher) y Josh (Jack Quaid, que ha nacido para estos papeles de «buen tipo con algo que ocultar»), se van de fin de semana a una casa aislada en un lago con los amigos de él. El ambiente es idílico, casi artificial. Desde el primer minuto, algo no encaja. Iris parece demasiado perfecta, demasiado atenta, casi como si estuviera siguiendo un guion. Y, en cierto modo, lo está. El giro, que la película no tarda en desvelar, es que Iris no es humana. Es una «Acompañante», un androide de última generación diseñado para ser la pareja ideal. Pero, ¿ideal para quién y a qué precio?

Escena de La Acompañante

Lo que podría haber sido una versión más de «Ex Machina» o un capítulo alargado de «Black Mirror» se convierte rápidamente en una sátira negrísima y sangrienta sobre las relaciones, la masculinidad tóxica y la codicia humana. Hancock no está tan interesado en las tres leyes de la robótica como en analizar la estupidez supina del ser humano. Los amigos de Josh no son más que un catálogo de arquetipos detestables: el alfa competitivo, la pareja superficial, el conspiranoico… Y en medio de ellos, Iris, una máquina diseñada para complacer, empieza a observar, a aprender y, sobre todo, a detectar las grietas en la fachada de normalidad de sus anfitriones.

El guion es inteligente al jugar con lo que el espectador sabe y lo que los personajes ignoran. Nosotros somos cómplices del secreto de Iris, y eso genera una tensión deliciosa. Cada conversación, cada gesto, está cargado de un doble sentido. Cuando los secretos de los humanos empiezan a salir a la luz, la película se despoja de su piel de thriller psicológico para convertirse en un slasher con todas las letras, pero uno con un cerebro y un sentido del humor corrosivo. La violencia es explícita y festiva, casi catártica. Es como si la película nos dijera: «¿Veis lo que pasa cuando lleváis al límite a quien habéis creado para serviros?».

Sophie Thatcher en La Acompañante

Sophie Thatcher es, sencillamente, el alma de la película. Su transformación de una «esposa-robot» sumisa y de ojos abiertos a una entidad consciente y letal es fascinante. Transmite una ternura inicial que hace que su posterior rebelión sea aún más impactante. Por su parte, Jack Quaid vuelve a demostrar que es uno de los actores más interesantes de su generación, capaz de equilibrar encanto y una ambigüedad moral que te mantiene en vilo. Hay una química innegable entre ellos que eleva el material por encima de una simple película de género.

Visualmente, Hancock sabe sacar partido de su único escenario. La casa junto al lago, un símbolo de estatus y escapismo, se convierte en una jaula de cristal donde los instintos más primarios salen a flote. La fotografía juega con los colores fríos y metálicos para recordarnos la naturaleza artificial de Iris, en contraste con la calidez del entorno natural que los humanos parecen decididos a corromper. No es una película que vaya a revolucionar el lenguaje cinematográfico, pero está rodada con una eficacia y una confianza que asombran para ser un debut.

Sin embargo, «La Acompañante» no es perfecta. Su tercer acto, aunque entretenido, puede resultar un poco más convencional de lo que prometía su arranque. Cae en algunos clichés del «villano que habla demasiado» y la resolución, aunque satisfactoria, podría haber sido un poco más valiente en su mensaje final. A veces, la mezcla de tonos, entre la comedia negra y el terror puro, puede descolocar a quien busque una experiencia más directa. No es una película de terror que te haga saltar de la silla, sino una que te deja con una sonrisa incómoda y un mal cuerpo que dura horas.

Jack Quaid en La Acompañante

Al final, «La Acompañante» es una reflexión muy actual sobre la soledad en la era tecnológica y hasta qué punto buscamos en la tecnología un reflejo idealizado de nosotros mismos, una versión sin los defectos que tanto odiamos. La película plantea una pregunta perturbadora: ¿quién es el verdadero monstruo? ¿La inteligencia artificial que aprende a ser violenta para sobrevivir o los humanos que, con su egoísmo y crueldad, le enseñan el camino? Es una mezcla salvaje entre «Thelma y Louise» y «Terminator», con el comentario social de «Barbie» pasado por un filtro de sangre y vísceras.

En definitiva, es una propuesta fresca, original y muy disfrutable. Un debut prometedor que te hará mirar dos veces a tu asistente virtual y preguntarte qué piensa de ti realmente. No es una obra maestra, pero sí una de esas películas de «culto instantáneo» que se comentan a la salida del cine. Y en un panorama lleno de secuelas y remakes, eso ya es una victoria. Merece la pena, aunque solo sea por ver a Sophie Thatcher repartir justicia poética con la frialdad de un procesador y la furia de una mujer harta de que le digan lo que tiene que hacer.

Y tú, ¿confiarías en una IA para ser tu pareja ideal? ¿O crees que es el primer paso para nuestra propia extinción? ¡Deja tu opinión en los comentarios!

David Ayer dirige a Statham en «A working man»: una combinación explosiva.

Poster de Rescate Impecable

Ficha Técnica

  • Título original: Levon’s Trade
  • Año: 2025 (Previsto)
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: David Ayer
  • Guion: Sylvester Stallone. Novela: Chuck Dixon
  • Reparto: Jason Statham, David Harbour, Michael Peña, Jason Flemyng, Arianna Rivas
  • Productora: Balboa Productions, Cedar Park Studios
  • Género: Acción. Thriller. Secuestros / Desapariciones

«Levon Cade (Jason Statham) ha dejado atrás su antigua vida en las ‘profesiones oscuras’ para buscar una existencia sencilla como trabajador de la construcción y ser un buen padre para su hija. Sin embargo, cuando la hija adolescente de su jefe desaparece, se ve obligado a recurrir a las habilidades que lo convirtieron en una leyenda en el mundo de las operaciones encubiertas.»

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Statham: La fórmula que no falla

A estas alturas del partido, entrar a una sala de cine para ver una película de Jason Statham es como pedir tu plato favorito en el restaurante de siempre: sabes exactamente lo que vas a recibir, y precisamente por eso lo pides. «Rescate Impecable» (o «Levon’s Trade», como se la conoce en su título original) no viene a reinventar la rueda del cine de acción, ni lo pretende. Y ahí, amigos, reside su mayor virtud. Es una promesa honesta de testosterona, coreografías de combate brutales y un protagonista que resuelve problemas geopolíticos con la misma facilidad con la que tú y yo abrimos un bote de olivas.

La premisa es sencilla, casi un arquetipo del género. Tenemos a Levon Cade, un tipo duro con un pasado más oscuro que el café de madrugada, intentando llevar una vida normalita como obrero. Quiere ser un buen padre, alejarse del lío. Pero claro, el lío es como un ex tóxico: siempre vuelve. Cuando la hija de su jefe desaparece, a Levon no le queda más remedio que desempolvar el arsenal de habilidades que lo convirtieron en una leyenda urbana para las agencias de inteligencia. Es la clásica historia del hombre tranquilo al que obligan a volver a ser una máquina de matar. ¿Nos quejamos? Para nada.

Jason Statham en una escena de acción

Lo que hace especial a esta cinta, dentro de su predecible universo, es la mano de David Ayer en la dirección. Conocido por su estilo crudo y visceral en películas como «Sin Tregua» o «Corazones de Acero», Ayer le imprime a «Rescate Impecable» una pátina de realismo sucio que le sienta de maravilla. No estamos ante la acción limpia y casi de videojuego de otras franquicias. Aquí los golpes duelen, la sangre mancha y las consecuencias se sienten. Cada puñetazo, cada llave y cada tiroteo están coreografiados con una intención clara: mostrar la eficiencia letal de un profesional, sin adornos innecesarios.

Y en el centro de todo, como un sol de violencia contenida, está él: Jason Statham. Este hombre ha creado un personaje cinematográfico que trasciende sus películas. Ya se llame Arthur Bishop, Deckard Shaw o Levon Cade, sabemos que estamos ante el mismo tipo: un antihéroe con un código moral propio, inexpresivo pero carismático, y con una capacidad para el caos que ríete tú de un huracán. Statham no necesita grandes diálogos ni arcos dramáticos complejos. Su cuerpo es su instrumento, y su mirada, su guion. Transmite más con un ceño fruncido que muchos actores con un monólogo de cinco páginas.

La película avanza a un ritmo endiablado. No hay tiempo para el aburrimiento. La investigación de Levon para encontrar a la chica desaparecida se convierte en una excusa perfecta para encadenar una serie de set pieces de acción, cada una más espectacular que la anterior. Desde una pelea en un bar que acaba con más huesos rotos que mobiliario sano, hasta persecuciones en coche que desafían las leyes de la física y tiroteos en almacenes mugrientos que son pura poesía de la pólvora. David Ayer sabe filmar la acción de cerca, metiéndote en el meollo, haciéndote sentir el crujido de cada hueso.

Escena de tensión en Rescate Impecable

Un punto interesante es el guion, firmado nada menos que por Sylvester Stallone. Se nota la mano del viejo Sly, el amor por el cine de acción de los 80 y 90, donde los héroes eran tipos duros y de pocas palabras. La trama, basada en la novela de Chuck Dixon, es directa y sin florituras. No busca giros de guion imposibles ni subtramas que nos distraigan de lo importante: ver a Statham repartiendo estopa. Es una película que va al grano, que respeta al espectador y le da exactamente lo que ha venido a buscar.

El elenco secundario cumple su función a la perfección. David Harbour y Michael Peña aportan ese contrapunto necesario, ya sea como aliados reticentes o como antagonistas con carisma. Son buenos actores que entienden en qué tipo de película están y juegan a favor de obra, sin intentar robarle el foco al protagonista, pero enriqueciendo el universo de la cinta con su presencia. La química entre ellos y Statham funciona, creando momentos de tensión y, a veces, de un humor muy negro que se agradece.

Visualmente, «Rescate Impecable» es oscura y urbana. La fotografía resalta la sordidez de los bajos fondos en los que se mueve Levon. No hay paisajes bonitos ni puestas de sol. Todo es hormigón, neón y acero. Es un mundo hostil, y nuestro protagonista es el depredador alfa que se mueve por él. Esta estética ayuda a construir la atmósfera y a que nos creamos la brutalidad de lo que estamos viendo. No es una película «bonita», y eso es un cumplido.

Statham preparando su próximo movimiento

En definitiva, «Rescate Impecable» es un plato contundente y sabroso. Es puro cine de evasión, una montaña rusa de adrenalina que te atrapa desde el primer minuto y no te suelta hasta los créditos finales. No ganará un Oscar al mejor guion original, pero te dará una de las sesiones de cine más entretenidas del año. Es una celebración del héroe de acción clásico, un género que algunos daban por muerto pero que, gracias a titanes como Statham, sigue más vivo que nunca.

Si eres de los que disfrutan con una buena historia de venganza, con coreografías de lucha espectaculares y con un protagonista que es la personificación de la palabra «imparable», no lo dudes. «Rescate Impecable» es tu película. Es Statham haciendo lo que mejor sabe hacer, y nosotros, como espectadores, solo podemos sentarnos, disfrutar y dar las gracias porque sigan existiendo películas así: honestas, brutales y endiabladamente divertidas.

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