Categoría: Cine

Pandora: La increíble construcción de mundo en la película Avatar

Avatar: El día que llegué tarde a la mayor fiesta del cine

Póster de la película Avatar

Ficha Técnica

  • Título original: Avatar
  • Año: 2009
  • Duración: 162 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: James Cameron
  • Guion: James Cameron
  • Música: James Horner
  • Fotografía: Mauro Fiore
  • Reparto: Sam Worthington, Zoe Saldaña, Sigourney Weaver, Stephen Lang, Michelle Rodriguez, Giovanni Ribisi
  • Productora: 20th Century Fox, Lightstorm Entertainment
  • Género: Ciencia ficción. Aventuras. Bélico. Romance | Extraterrestres. Ecologismo. 3-D
«Año 2154. Jake Sully, un ex-marine condenado a vivir en una silla de ruedas, sigue siendo, a pesar de ello, un auténtico guerrero. Y por eso ha sido designado para ir a Pandora, donde algunas empresas están extrayendo un mineral extraño que podría resolver la crisis energética de la Tierra. Para contrarrestar la toxicidad de la atmósfera de Pandora, se ha creado el programa Avatar, gracias al cual los seres humanos ‘conductores’ pueden conectar sus conciencias a un avatar, un cuerpo biológico controlado de forma remota que puede sobrevivir en el aire letal. Esos cuerpos han sido creadados con ADN humano, mezclado con ADN de los nativos de Pandora, los Na’vi.»
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A veces, uno llega tarde a las fiestas. Y no me refiero a llegar media hora después, sino a aparecer cuando ya han recogido, limpiado y solo queda el eco de la música. Eso es exactamente lo que me ha pasado con Avatar. Sí, en pleno 2024, he visto por primera vez la película que reventó las taquillas de todo el mundo en 2009. Y qué queréis que os diga, a pesar del riesgo de que el paso del tiempo le hubiera sentado mal, me he encontrado con una obra maestra que me ha volado la cabeza. Supongo que es la ventaja de no tener expectativas, de llegar virgen a una historia que todos conocían. Y mi veredicto es claro: James Cameron es un genio, y Avatar se ha colado de un salto en mi top 10 personal.

Lo primero que me atrapó, y es algo que me habéis oído decir muchas veces, es el alma de la película. Más allá de los efectos especiales, que incluso hoy, quince años después, siguen siendo espectaculares, está el mensaje. Un mensaje ecologista tan potente, tan radical y tan necesario que te golpea en la cara. La forma en que Cameron nos presenta Pandora, no como un simple escenario de ciencia ficción, sino como un ser vivo, un organismo interconectado donde cada planta, cada criatura, cada Na’vi forma parte de un todo (Eywa), es de una belleza abrumadora. La lucha de los Na’vi no es solo por su tierra; es una lucha por su madre, por la vida misma, contra la avaricia destructiva de los «hombres del cielo». Es imposible no sentirse interpelado.

Escena de los Na'vi en el bosque de Pandora

Recuerdo escuchar durante años las críticas que la tachaban de ser una versión de «Pocahontas en el espacio» o «Bailando con Lobos con pitufos gigantes». Y vale, sí, la estructura del guion es clásica. El soldado que se infiltra en la cultura enemiga y acaba enamorándose de ella y liderando su rebelión no es algo nuevo. Pero reducir Avatar a eso es de una simpleza insultante. Cameron utiliza ese arquetipo universal, esa estructura que sabemos que funciona, como un vehículo para contarnos algo mucho más grande. La usa para que podamos empatizar con Jake Sully y, a través de sus ojos, descubrir la magia de Pandora y la injusticia de la invasión humana. Es un esqueleto familiar que sostiene un cuerpo completamente nuevo y fascinante.

Hablemos del mundo. Pandora es, sin duda, uno de los universos mejor construidos de la historia del cine. No son solo los paisajes de bosques bioluminiscentes o las montañas flotantes «Hallelujah». Es la coherencia de su ecosistema. Los Banshees (Ikran) y su vínculo sagrado con los guerreros, los Direhorses, las plantas que se encogen al tacto… todo tiene un sentido. Cameron y su equipo no crearon un fondo bonito, crearon un planeta con sus propias reglas, su propia biología, su propia cultura. La lengua Na’vi, sus rituales, su conexión neuronal con la naturaleza a través de la «trenza»… todo está pensado al milímetro para que la inmersión sea total. Te crees Pandora, y por eso duele tanto ver cómo las excavadoras la arrasan.

El viaje del protagonista, Jake Sully, es otro de los pilares de la película. Es un personaje roto, un marine postrado en una silla de ruedas que ha perdido su propósito. El programa Avatar no solo le da unas piernas nuevas, le da una nueva vida, una razón para luchar. La dualidad entre su frágil cuerpo humano y su poderoso avatar Na’vi es una metáfora genial. En el mundo humano es un inválido, pero en Pandora es libre, fuerte y capaz de conectar con algo más grande que él mismo. Su transformación no es solo física, es espiritual. Pasa de ser un soldado que sigue órdenes a ser un líder que defiende sus conviciones, encontrando su verdadera identidad en un cuerpo que, teóricamente, no es el suyo.

Jake Sully como Avatar Na'vi

Y claro, no podemos olvidar la tecnología. Viendo la película en una buena pantalla en casa, no puedo ni empezar a imaginar lo que tuvo que ser la experiencia original en 3D en 2009. Debió ser una auténtica revolución, algo nunca visto. Pero lo increíble es que, quitando ese factor sorpresa, los efectos visuales siguen aguantando el tipo de una manera asombrosa. La integración del CGI con los personajes y escenarios es tan perfecta que nunca sientes que estás viendo un efecto digital. Los Na’vi tienen peso, sus expresiones son increíblemente detalladas y sus movimientos son fluidos. James Cameron no usó la tecnología como un truco, sino como una herramienta para contar su historia, para hacer tangible el mundo que había imaginado durante años. Y eso, amigos, es la diferencia entre un artesano y un verdadero artista.

El coronel Miles Quaritch merece una mención aparte. Es el villano perfecto para esta historia. No es un malo de opereta, es un personaje con una lógica interna aplastante, aunque sea una lógica terrible. Él representa lo peor de la humanidad: la arrogancia, la creencia de que la fuerza da la razón y el desprecio absoluto por todo lo que no se puede explotar o destruir. Sus discursos, su cicatriz, su forma de ver a los Na’

Rebel Ridge: Crítica de un Viaje a la Corrupción en la América Profunda

@import url(‘https://fonts.googleapis.com/css2?family=Figtree:wght@700&family=Onest:wght@400;500&display=swap’); Póster de Rebel Ridge

Título original: Rebel Ridge

Año: 2024

Duración: 131 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Jeremy Saulnier

Guion: Jeremy Saulnier

Música: Brooke Blair, Will Blair

Fotografía: David Gallego

Reparto: Aaron Pierre, Don Johnson, AnnaSophia Robb, James Cromwell

Género: Thriller. Acción. Intriga | Neo-western

Un exmarine que necesita dinero para poner en libertad bajo fianza a su primo se ve implicado en una gran conspiración cuando se enfrenta a un departamento de policía corrupto en un pequeño pueblo de los Apalaches.

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=gq3e1Z11cR0]

Cuando el cine de acción te da más de lo que pides

Hay películas que llegan sin hacer mucho ruido, que se cuelan en el catálogo de Netflix una tarde cualquiera y que, si les das una oportunidad, te vuelan la cabeza. Reconozco que me senté a ver Rebel Ridge esperando un thriller de acción más o menos convencional. Un tipo duro, un pueblo corrupto, muchos tiros y poco más. La fórmula la conocemos de memoria. Sin embargo, lo que me encontré fue una grata, gratísima sorpresa. La cinta de Jeremy Saulnier (el genio detrás de Blue Ruin y Green Room) es mucho más que eso: es un neo-western tenso, violento y con un subtexto social que le da una profundidad inesperada y muy necesaria.

La historia nos presenta a Terry Richmond, interpretado por un magnífico Aaron Pierre. Terry es un veterano de la Marina que llega al pequeño pueblo de Shelby Springs con un único objetivo: reunir el dinero para pagar la fianza de su primo. Es un hombre honesto, de andares tranquilos pero con una mirada que denota un pasado complejo. Desde el primer minuto en que pone un pie en el pueblo, las cosas se tuercen. La policía local, liderada por un intimidante Don Johnson en el papel del jefe de policía Sandy, le confisca el coche de forma injusta. Este simple acto de abuso de poder es la chispa que enciende una mecha que no tardará en explotar, destapando una red de corrupción sistémica que ahoga a toda la comunidad.

Escena de Rebel Ridge

Lo que Saulnier hace con maestría es construir la tensión poco a poco, casi de forma artesanal. No estamos ante una película de acción frenética desde el minuto uno. Al contrario, se toma su tiempo para presentarnos a los personajes, para que sintamos la atmósfera opresiva del lugar y la impotencia de su protagonista. Aaron Pierre es el ancla emocional de la película. Su interpretación es contenida pero llena de fuerza. Vemos en él a un hombre bueno empujado a sus límites, un individuo que solo quiere hacer lo correcto en un mundo que parece diseñado para castigar precisamente eso. Su lucha no es solo por el dinero de la fianza, sino por su propia dignidad frente a un sistema que lo ve como un problema, en parte, por el color de su piel.

Y aquí es donde Rebel Ridge eleva el listón. La película no tiene miedo de señalar el componente racial de la historia. Terry no es solo un forastero; es un forastero negro en un pueblo predominantemente blanco del sur de Estados Unidos. Los abusos que sufre, las miradas de desconfianza, la facilidad con la que se le acusa y arrincona… todo tiene una capa adicional de lectura social. No es un panfleto, sino un retrato crudo y realista de cómo el poder y el prejuicio se entrelazan. Saulnier lo integra en la narrativa de forma orgánica, haciendo que la lucha de Terry sea aún más poderosa y universal.

Aaron Pierre en Rebel Ridge

Cuando la acción finalmente estalla, es brutal, seca y contundente. Las secuencias de tiroteos y persecuciones están coreografiadas con una precisión milimétrica, huyendo de la espectacularidad vacía para centrarse en un realismo visceral que te pega a la butaca. Cada bala duele, cada golpe se siente. La cámara de David Gallego nos sumerge de lleno en el caos, haciéndonos sentir la desesperación y la adrenalina del momento. Es en estos momentos donde el pasado militar de Terry sale a relucir, transformándolo en una máquina de supervivencia letal, pero sin perder nunca su humanidad. No es un superhéroe, es un hombre superado por las circunstancias que se niega a rendirse.

Por supuesto, no todo es perfecto. Quizás su duración, de más de dos horas, podría haberse ajustado ligeramente en su tramo intermedio, donde el ritmo decae un poco antes de la apoteosis final. Algunos personajes secundarios, como el interpretado por AnnaSophia Robb, quedan algo desdibujados y nos habría gustado conocer más sobre ellos. Sin embargo, son pequeños detalles que no empañan el resultado final. La interpretación de Don Johnson como el villano de la función es simplemente magnifica, un malo carismático y despreciable a partes iguales, y el veterano James Cromwell aporta su habitual dosis de clase en un papel clave.

Don Johnson en Rebel Ridge

En definitiva, Rebel Ridge es un thriller de acción ejemplar. Una película que te agarra desde el principio y no te suelta, que combina entretenimiento de primera con una reflexión inteligente sobre la corrupción, la justicia y la desigualdad. Es la prueba de que se puede hacer cine de género con cerebro y corazón, que te haga vibrar de emoción pero también te deje pensando. Una de esas joyas inesperadas que te reconcilian con las producciones de plataforma y que, sin duda, se va a colar en mi lista de lo mejor del año.

Y tú, ¿ya la has visto? ¿Crees que el cine de acción necesita más películas como esta?
¡Te leo en los comentarios!

El muro negro película 2025: luces y sombras del sci-fi claustrofóbico

Póster de El muro negro
Póster oficial

Ficha técnica

Título original: Brick
Título en España: El muro negro
Año: 2025
Duración: 99 minutos
País: Alemania
Dirección y guion: Philip Koch
Música: Anna Drubich
Fotografía: Alexander Fischerkoesen
Reparto principal: Matthias Schweighöfer, Ruby O. Fee, Frederick Lau, Murathan Muslu, Josef Berousek, Alexander Beyer, Sira-Anna Faal, Salber Lee Williams, Axel Werner
Género: Thriller · Ciencia ficción · Intriga (escenario único)

Sinopsis

Cuando un misterioso muro de ladrillo rodea su edificio de la noche a la mañana, Tim y Olivia deberán unirse a sus vecinos para encontrar una salida antes de que el aislamiento destruya algo más que su cordura.


Tráiler

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Crítica

Desde su primera secuencia, «El muro negro» deja clara una intención: hacernos sentir la presión física y psicológica de un límite que no entendemos y que, sin embargo, dicta nuestras posibilidades. La película no pierde tiempo con prólogos innecesarios; el muro aparece, las salidas se cierran y la narrativa se aprieta alrededor del espectador como una camisa de fuerza de ladrillo y polvo. Esa urgencia narrativa es uno de sus mayores aciertos, y al mismo tiempo, el primer indicio de que su propuesta solo funcionará para quienes disfrutan de experiencias al filo de la angustia.

Fotograma: vecinos ante el muro

La dirección de Philip Koch apuesta por una cámara inquieta que serpentea por las escaleras y los pasillos, casi como si fuese otro vecino atrapado. Ese movimiento constante se combina con planos cerrados que enfatizan la falta de oxígeno emocional dentro del edificio. Mientras tanto, la apuesta cromática —rojos saturados, verdes enfermizos y la omnipresencia del ladrillo húmedo— subraya la sensación de claustrofobia y realza la idea de que el edificio es un organismo vivo, palpitante e impredecible.

Fotograma: pasillos iluminados en rojo

El trío protagonista funciona gracias a la química verosímil entre Matthias Schweighöfer y Ruby O. Fee: él aporta vulnerabilidad teñida de orgullo, ella transmite determinación con un trasfondo de dolor contenido. Frederick Lau, en un papel secundario que crece conforme la situación se agrava, mantiene el equilibrio entre la solidaridad y el egoísmo que se espera de alguien atrapado sin un plan de escape. No son interpretaciones que busquen premios, pero sí consiguen que nos importe su destino, un aspecto esencial para que la tensión funcione.

Fotograma: luz de emergencia

La banda sonora de Anna Drubich, casi minimalista, golpea con bajos sordos y zumbidos que resuenan en el estómago. El diseño sonoro —crujidos del muro, golpes a puerta cerrada, susurros que no se identifican— eleva la experiencia y convierte el visionado en algo casi táctil. Este énfasis auditivo permite que, incluso en los momentos de quietud, persista la sensación de peligro inminente. Es un recurso eficaz que recuerda a clásicos del sci-fi claustrofóbico como «Alien», donde el espacio confinado se vuelve protagonista.

No obstante, el guion se permite licencias simplistas que pueden frustrar a los aficionados más exigentes. Las explicaciones sobre el origen del muro son difusas y a ratos parecen excusarse en la metáfora social: vivimos en burbujas de confort que se vuelven cárceles a la menor fisura del sistema. Esa lectura funciona, pero la película coquetea con ideas filosóficas que, en última instancia, no explora a fondo. Donde sí acierta es en la dinámica entre vecinos: alianzas frágiles, traiciones súbitas y brotes de violencia que llegan a salpicar la pantalla (literal y figuradamente).

El ritmo, marcado por una edición que huye del exceso de cortes, mantiene una sensación de continuidad orgánica. Sin embargo, hacia el último tercio la trama entra en un bucle de intentos fallidos de escape que resta sorpresa al clímax. Es en ese punto donde el muro deja de ser un enigma y se convierte en un dispositivo narrativo repetitivo. Aun así, la tensión nunca se diluye del todo porque el «y si…» late en cada decisión.

Temáticamente, «El muro negro» habla de aislamiento, sí, pero sobre todo de la necesidad de comunidad. En tiempos donde las pantallas prometen conexión ilimitada, la película recuerda que una sola pared —física o emocional— puede bastar para volvernos ajenos al dolor del otro. Esa lectura, sumada a la naturaleza “post-pandémica” del miedo al encierro, otorga al film una resonancia especial en 2025: observamos la crisis con la memoria aún fresca de nuestros confinamientos reales.

Pese a sus luces, la cinta exhibe sombras evidentes: algunos secundarios son meras funciones dramáticas, y la lógica interna del muro cambia según convenga a la escena. Además, el final abierto —con cierta vocación de saga o serie— divide opiniones. Hay quienes agradecerán la ambigüedad; otros sentirán que se trata de una salida fácil para no explicar la premisa. Personalmente, hubiese preferido una pista más clara sobre la naturaleza del encierro, aun a riesgo de quitarle parte del misterio.

En definitiva, «El muro negro» es un thriller compacto que, sin alcanzar la genialidad, se las ingenia para mantener al público pegado a la butaca. Acierta en atmósfera y tensión, patina en profundidad temática y desarrollo de personajes secundarios, pero deja un poso inquietante que cuesta sacudirse. Si entras buscando espectáculo palomitero con un toque de reflexión social, encontrarás 99 minutos sólidos. Si, en cambio, buscas un tratado filosófico disfrazado de cine de género, puede que termines chocando contra… bueno, ya sabes qué.


Gancho final: La próxima vez que escuches un crujido en la pared, pregúntate: ¿es la casa encogiéndose o un muro aproximándose?

Slasher retro y juvenil: valoración rápida de La calle del terror

Póster de La calle del terror: La reina del baile

Ficha técnica

Título original: Fear Street: Prom Queen
Título en español: La calle del terror: La reina del baile
Dirección: Matt Palmer
Guion: Matt Palmer, Donald McLeary (basado en la novela de R. L. Stine)
Música: The Newton Brothers
Fotografía: Márk Györi
Montaje: Christopher Donaldson
Reparto principal: India Fowler, Suzanna Son, Fina Strazza, David Iacono, Ella Rubin, Chris Klein, Ariana Greenblatt, Lili Taylor, Katherine Waterston
País: EE. UU. Año: 2025 Duración: 90 min
Productora: Chernin Entertainment Distribuidora: Netflix

Sinopsis: El insti de Shadyside monta su baile del 88 con globos, neones y cuatro candidatas a reina peleando por la corona… hasta que empiezan a desaparecer. Lo que iba a ser una noche de confeti se convierte en un festival de sangre. Vamos, lo típico del pueblo.

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Crítica

Arrancamos con neones morados, musiquita retro y un walkman que ya huele a rancio. Vamos, que el director nos suelta un “hola, esto va de nostalgiar y rajar arterias”. Y yo encantado. El asesino se pasea por los pasillos como Pedro por su casa mientras los profes están a sus cosas (seguro corrigiendo exámenes). Primer susto, primera víctima, y palomitas al aire. Feliz.

La prota Lori (India Fowler) es la típica chica maja que no parte el bacalao, pero espabila rápido. Se nota que la muchacha ha visto pelis de miedo porque no tarda en decir “eh, aquí pasa algo chungo”. A su lado, la reina abeja del instituto se gana el título de “la que más ganas tienes de ver caer”. Spoiler: cuando le toca, el cine aplaude. ¡PUM!

Lori (India Fowler) en los pasillos de Shadyside

Entre medias, el dire nos regala cuchilladas originales: una cabeza contra espejo, un corsage que pincha más que un erizo y hasta un fotomatón que se vuelve carnicería. ¿Realista? Ni de coña. ¿Divertido? Como meter Mentos en Coca‑Cola.

La foto mola: azules fríos cuando hay tensión y rojos que saltan en tu cara cuando alguien la palma. Homenaje a “Carrie” clarísimo: cubo de (no digo qué) sobre la chica y a correr. Pero con rollo videoclip ochentero. Le falta que salga Bonnie Tyler cantando “Holding Out for a Hero”.

La pista de baile bañada en luces de neón

La música, puro sintetizador. Los Newton Brothers se montan una playlist que igual te vale para planchar camisas que para rajar amigos. Ojo al tema “Crown of Fear”, que se pega más que el chicle en suela de zapato.

¿Fallos? Pues hombre, el misterio se huele desde Cuenca. A la media hora ya ves venir quién maneja el cotarro. Pero sinceramente, me daba igual. Yo estaba para contar muertes y aplaudir cada invento gore. Esto es como el karaoke: sabes la letra, pero te lo cantas igual.

Las candidatas a reina del baile de Shadyside

Palmer se marca un plano secuencia por todo el gimnasio que parece atracción de feria. Luces locas, humo barato y un asesino que no se cansa: cardio nivel dios. El CGI canta un poco, pero nada grave. Yo estaba ya de pie gritando “¡dale, dale!” cual hooligan.

El remate final deja la puerta abierta a más secuelas (cómo no). Una cinta de walkman sonando “Don’t you forget about me” mientras el asesino hace mutis. Guiño, codazo, y a esperar la próxima. Yo firmo ya.

Resumiendo: slasher facilón, juvenil, perfecto para maratón de finde con colegas. No es la octava maravilla, pero entretiene como un buen meme de gatos. Sangre, neones y brillantina, ¿qué más quieres? Ponte la tiara y que empiece la fiesta.

¿Te apuntas a coronarte (o a palmar) en el baile? Pues dale al play, sube el volumen y que corra la sangre… digo, la diversión. 😉🔪👑

Review Lady and the Tramp 2019: nostalgia perruna en Disney+

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La dama y el vagabundo ( Lady and the Tramp ) – Live Action Remake
  • Año: 2019
  • Dirección: Charlie Bean
  • Guion: Andrew Bujalski, Kari Granlund
  • Reparto (voces/humanos): Tessa Thompson, Justin Theroux, Kiersey Clemons, Thomas Mann, Janelle Monáe, Sam Elliott
  • Música: Joseph Trapanese
  • Fotografía: Enrique Chediak
  • Duración: 104 min
  • Productora: Walt Disney Pictures – Taylor Made
  • Presupuesto: 60 millones USD
  • Distribución: Disney+ (estreno )
  • Valoración Cultura Provisional: ⭐⭐⭐☆☆ (3/5)

Disney lleva años exprimiendo la nostalgia en CGI y carne y hueso, pero pocas de sus adaptaciones habían nacido con un destino tan claro como La dama y el vagabundo. La elección de estrenarla directamente en Disney+ convertía la cinta en su carta de presentación familiar para la plataforma: una apuesta segura, conocida, amable; el equivalente audiovisual a esa manta mullida que nos negamos a tirar aunque ya tenga más años que la propia cadena de streaming.

Confieso de entrada mis exigencias con la Casa del Ratón: si algo nos han enseñado El rey león o Alicia a través del espejo es que no basta con copiar fotograma a fotograma para tocar la fibra. Y, aun así, esta versión canina me sorprendió gratamente. Quizá porque la historia de amor perruna siempre fue más terrenal que otras fantasías animadas: bastaba cuidar las miradas y la textura del pelaje para que el truco funcionase.

Lady and the Tramp – escena del callejón

La dirección de Charlie Bean –veterano de la animación que aquí debuta en acción real– apuesta por perros reales asistidos por CGI minimalista: el movimiento de hocicos y cejas, nada más. Esa contención evita el efecto valle inquietante y acerca la película a un feel-good movie de los cincuenta, con planos amplios, luces cálidas y una Nueva Orleans de postal. Al mismo tiempo, la cámara de Enrique Chediak sustituye los colores pastel del 55 por un barniz otoñal que dialoga con la melancolía de sus personajes.

Hablando de personajes: las voces de Tessa Thompson y Justin Theroux inyectan carisma a Lady y Tramp sin perder la esencia original. La química es palpable incluso bajo el filtro digital, y el doblaje latino, por cierto, respeta esa chispa. Entre los humanos, Kiersey Clemons y Thomas Mann cumplen como la pareja Darling-Jim Dear, y Yvette Nicole Brown se luce como tía Sarah, villana accidental con gato incluido.

La emblemática escena de los espaguetis

En la mesa de montaje, Melissa Bretherton marca un ritmo pausado que concede espacio a la ternura: la mítica cena de espaguetis reaparece casi sin cambios, pero la vemos entrar por ojos y olfato, con primeros planos que rozan la textura de la salsa. El sonido ambiente –crujidos de pan, música de mandolina al fondo– subraya una intimidad que la versión del 55 sugería, pero nunca explicitaba.

Joseph Trapanese, por su parte, rehace las melodías clásicas con una orquesta más orgánica y pinceladas de swing. No todo es un acierto: la reinterpretación de «The Siamese Cat Song» apuesta por correctismo y pierde parte de su picardía, aunque evita estereotipos. En general, la banda sonora juega al equilibrio perfecto entre homenaje y actualización, suficiente para que tarareemos sin sentirnos manipulados.

Lady y Tramp paseando junto al río

Más allá de las bondades técnicas, lo interesante es el contexto de producción. Esta fue la primera gran revisión Disney lanzada exclusivamente en streaming –mucho antes de que Mulan o Encanto convirtieran el salón en sala de estreno–, y su acogida marcó un precedente: con un presupuesto de 60 millones USD, demostró que la ventana doméstica podía rentabilizar remakes de calibre medio sin arriesgar taquilla :contentReference[oaicite:4]{index=4}. Que la factoría apostara por un título “menor” dentro de su panteón era casi una declaración de intenciones: las producciones A-list seguirían buscando el evento teatral, mientras los clásicos de segunda fila se convertirían en carne de maratón dominical.

⚠️ Spoilers a partir de aquí. Si la cinta de 1955 usaba la llegada de un bebé para hablar de celos y pertenencia, esta versión subraya el tema del abandono animal. El pasado de Tramp se traduce en planos rápidos de jaulas y perreras, y en un par de frases que disparan la empatía: “No me dejaron sin razón, simplemente crecieron”. Esa lectura social –sin caer en sermón– conecta con campañas de adopción y hace que la peripecia final, con un Tramp a punto de ser sacrificado, sea más punzante que su antecesora.

No todo es perfecto: los secundarios caninos (Jock, Trusty, Peg, Bull) se quedan en caricatura simpática y el clímax con la rata resulta menos tenso que el original, quizá por la necesidad de mantener tono familiar a toda costa. Sin embargo, el guion de Bujalski y Granlund introduce diálogos frescos y un estupendo subtexto sobre segundas oportunidades, tanto para animales como para humanos.

¿Es una “muy buena adaptación”? A mi juicio, sí: reinterpreta sin traicionar, emociona donde debe y, lo más importante, justifica su existencia aportando otra textura a la misma melodía. Sin embargo, mi vara de medir Disney sigue siendo severa. Pido riesgo, sorpresa, fuego nuevo bajo la envoltura del recuerdo. Aquí no arde la pantalla, pero chisporrotea lo suficiente para dejar olor a chimenea encendida. Y eso, en la era del content infinito, ya es algo.

En definitiva, La dama y el vagabundo versión 2019 cumple con creces su misión: envolvernos en nostalgia bien dosificada, presentarnos a unos perros irresistibles y recordarnos que los clásicos sobreviven porque cada generación acaba haciéndolos suyos. Quizá no entre en el Olimpo de remakes imprescindibles, pero es imposible no sonreír al ver a Lady mordisquear fideos o a Tramp guiñarle un ojo a la luna. Para una tarde casera con manta y bol de palomitas, pocas compañías mejores.

— Cultura Provisional ⭐⭐⭐☆☆
¿Tú también te rendiste a estos perros o sigues prefiriendo la magia del 55? Cuéntalo en comentarios y recomienda tus remakes Disney favoritos.

Crítica de El contable 2: hermanxs, balas y balances al rojo vivo

😮‍💥🧩 Christian Wolff vuelve a la carga y, esta vez, su calculadora dispara ráfagas más rápidas que nunca. The Accountant 2 (2025) escala el tablero de puzzles que dejó la primera entrega y lo revienta con un cóctel de balística, humor seco y fricción fraternal.

¿Te gustan los rompecabezas? Él es el mayor de todos.

Ficha técnica

  • Título original: The Accountant 2
  • Año: 2025
  • Director: Gavin O’Connor
  • Guion: Bill Dubuque
  • Reparto principal: Ben Affleck, Jon Bernthal, Cynthia Addai-Robinson, Daniella Pineda, J.K. Simmons, Allison Robertson
  • Duración: 125 minutos
  • País: Estados Unidos
  • Género: Thriller de acción
  • Música: Mark Isham
  • Fotografía: Seamus McGarvey
  • Disponible en: Cines (25 abr 2025) y Prime Video (5 jun 2025)
Brax (Jon Bernthal) reflejado en un cristal mientras planea la jugada
El hermano que cambia balas por disculpas… o viceversa.

😉 De entrada, el filme eleva la apuesta: Christian se ve obligado a salir de su retiro numérico cuando un antiguo cliente deja un mensaje críptico antes de morir. El guion de Dubuque transforma la contabilidad forense en thriller familiar: los Wolff —Ben Affleck y Jon Bernthal— se alían para desenterrar una trama de corrupción corporativa que huele a pólvora y dividendos.

🎯 En lo técnico, Gavin O’Connor pule las set-pieces que ya funcionaron: planos-secuencia armados al milímetro y una fotografía que alterna luz de quirófano con neón urbano. Mark Isham repite en la banda sonora, donde los graves electrónicos marcan el pulso obsesivo del protagonista.

Nuevo póster vertical con fecha de estreno 25-4-25
Contabilidad creativa: cerrar cuentas… o abrirlas a tiro limpio.

🤝 El gran hallazgo es la química renovada entre los hermanos: Affleck sigue modulando el autismo de Christian sin caricatura, mientras Bernthal aporta un humor negro que oxigena la tensión. La neurodivergencia, lejos de diluirse, se integra en la dinámica fraternal y encuentra eco en Marybeth Medina (Cynthia Addai-Robinson), ahora aliada estratégica.

🔍 La narrativa abraza la clásica fórmula “investigación-emboscada”, pero añade un nivel de sarcasmo contable: Christian despieza balances en tiempo real mientras las balas silban. El ritmo apenas concede respiro, aunque un par de flashbacks explicativos repitan el tropo didáctico del primer filme.

😐 La exposición, de nuevo, puede lastrar a los impacientes: cada pista se acompaña de un subrayado audiovisual que, aunque funcional, resta misterio. Aun así, la tensión crece hasta un clímax que combina contabilidad y demolición con sorprendente elegancia.

⚠️🛑 Spoilers a partir de aquí. La revelación del verdadero “cliente fantasma” —un gigante fintech que lava dinero vía IA— convierte el último tercio en un asalto cibernético cara a cara. Los Wolff recurren a fórmulas de arbitrage para vaciar las cuentas enemigas en segundos y, de paso, firmar el desahogo balístico más catártico de la saga.

🌍 Con un 76 % “Certified Fresh” y Premio del Público en SXSW, The Accountant 2 confirma que hay sitio para héroes neurodivergentes en el blockbuster contemporáneo. La industria toma nota: las historias de singularidad siguen siendo rentables cuando se narran sin paternalismo.

⚖️ Taquilla mediante (101 M $ globales) y plataforma asegurada, todo apunta a trilogía. O’Connor no reinventa la rueda, pero demuestra que la precisión es el mejor combustible para el suspense.

🙌 Resultado final: adrenalina matemática y hermandad a tiro limpio. ★★★★☆ ¿Ya la viste? Cuéntame si sus números cuadran o si levantarías una auditoría narrativa.

—Cultura Provisional

Black Friday (2023), de Eli Roth: un slasher para devorar con las manos manchadas de sangre

BlackFriday #EliRoth #SlasherMovie #Terror2023 #Gore #FinalGirl #PatrickDempsey #CineDeTerror #PelículasRecomendadas #CineCinéfilo #TerrorSinFiltro

  • Título: Black Friday
  • Director: Eli Roth
  • Guion: Jeff Rendell
  • Reparto principal: Patrick Dempsey, Nell Verlaque, Addison Rae, Milo Manheim, Rick Hoffman
  • Año: 2023
  • País: Estados Unidos
  • Género: Terror, Slasher
  • Duración: 106 minutos
  • Distribuidora: TriStar Pictures
  • Idioma original: Inglés

Hay películas que nacen para hacer historia, y otras que nacen para hacernos pasar un rato brutal. Black Friday, dirigida por Eli Roth, no va a cambiar el rumbo del cine ni falta que le hace. Es una fiesta sangrienta, descarada y autoconsciente, construida con bisturí afilado sobre las reglas del slasher. Y lo hace sin pedir perdón, sin complejos, con la sonrisa torcida de quien sabe que lo que está ofreciendo es un caramelo envenenado para los fans del género. Y sí: se disfruta. Mucho.

Eli Roth: el carnicero que nunca se fue

El director de Hostel y Cabin Fever vuelve a sus raíces con esta película que funciona como secuela espiritual de Thanksgiving (2007), aquel falso tráiler convertido en culto. Aquí Roth saca el bisturí y lo afila con calma: no tiene prisa por matar, porque sabe que cada asesinato debe doler. Que cada escena tiene que ser un golpe visual y visceral. Y que un buen slasher no vive solo del cuchillo, sino del ritmo, del humor ácido, de los personajes al borde del colapso… y de un asesino que te ponga los pelos de punta con solo aparecer.

Black Friday no es solo sangre. Es una crítica salvaje al capitalismo, disfrazada de espectáculo gore. Es decir: es Roth en estado puro.

El viernes más negro de América

Todo arranca con una apertura de tienda en el famoso «viernes negro», esa jornada post-Thanksgiving donde Estados Unidos pierde la cabeza por conseguir una tostadora con descuento. Roth convierte esa fiebre consumista en una escena de terror absoluto: avalanchas humanas, codazos, muerte en los pasillos, todo grabado con móviles mientras los dependientes no dan abasto. El mensaje está claro desde el principio: esto va a ser una masacre y no solo con cuchillos. El propio sistema es el primer asesino.

Este arranque es brillante, brutal y con una dirección de cámara que hace sentir la claustrofobia de la multitud. Y cuando el asesino enmascarado entra en escena, ya no hay vuelta atrás.

La máscara del peregrino

El slasher vive o muere por su asesino, y Black Friday lo tiene claro. Aquí nos encontramos con una figura vestida como un peregrino —guiño delicioso a la tradición americana de Thanksgiving— que se pasea con una máscara inexpresiva y una cuchilla enorme. No habla. Solo observa. Y cuando actúa, lo hace con precisión quirúrgica. A diferencia de otros slashers modernos, Roth evita el CGI y apuesta por efectos prácticos que duelen. Literalmente. Cada muerte tiene peso. Hay cuerpos que caen con estrépito. Cabezas que ruedan. Y un sentido del espectáculo macabro que saca carcajadas de lo grotesco.

El diseño visual del asesino no es revolucionario, pero funciona porque está bien ejecutado: es ridículo y aterrador a partes iguales. La mezcla perfecta.

El reparto: juventud, veteranía y víctimas con carisma

Uno de los aciertos de Black Friday está en su casting. Aquí no hay estrellas de Oscar, pero sí un conjunto de actores bien equilibrado que entienden lo que están haciendo. Y lo hacen con gracia.

Patrick Dempsey interpreta al sheriff con un aire ambiguo y encantador, como si estuviera jugando a ser el héroe pero con algo oculto. Nell Verlaque es la final girl perfecta: inteligente, decidida, sin caer en clichés pasivos. Junto a ellos, un grupo de adolescentes interpretados por actores como Addison Rae, Milo Manheim y Gabriel Davenport aporta frescura y energía. Son guapos, son insoportables (como debe ser en un slasher) y su destino está sellado desde el minuto uno, pero se agradece que incluso los más planos tengan carisma y algún momento para brillar antes de caer bajo la cuchilla.

Lo que hace bien Roth aquí es que no se limita a usar estereotipos. Juega con ellos. Les da un par de vueltas. Les pone diálogos ingeniosos. Y cuando llega el momento de matarlos, lo hace con estilo.

Gore bien servido, tensión bien medida

Uno va a ver Black Friday esperando sangre. Y la hay. A borbotones. Pero no es solo cantidad: es calidad. Cada muerte está coreografiada con un sentido estético y cruel que recuerda por momentos al Argento más salvaje o al Raimi de los buenos tiempos. Hay trampas que harían llorar de envidia a Jigsaw, y planos que se quedan grabados por lo incómodos que resultan. No por el susto, sino por la textura. Aquí se nota el oficio.

La tensión está bien dosificada. No hay abuso de jumpscares. Lo que hay es atmósfera. Silencios. Escenas que se estiran como chicle antes del hachazo. Y un montaje que sabe cuándo dejar respirar y cuándo clavar el cuchillo. Literal y narrativamente.

Un giro final que redondea el festín

Sin spoilers, Black Friday guarda un as bajo la manga. Un giro final que cambia la forma en que interpretamos todo lo anterior. No es un twist gratuito, sino uno que cuadra, que encaja, que te hace sonreír mientras piensas “ah, así que era esto”. Es un giro que da sentido a ciertos silencios, a ciertos planos, a ciertos personajes que parecían de fondo. Y ahí está el mérito de Roth: no solo ha hecho un slasher sangriento y divertido, también ha construido una historia que tiene estructura, que se sostiene y que no se desinfla en el último acto.

Ese giro, además, plantea una pregunta moral interesante, una crítica más sutil al sistema que nos empuja a consumir sin medida. Porque Black Friday no deja de recordarnos que en este juego no hay inocentes. Todos querían algo. Y todos lo pagaron caro.

Una película para disfrutar sin culpa

A estas alturas, no tiene sentido pedirle a un slasher que sea “original” en el sentido académico. Lo que se le pide es que funcione. Que dé miedo, que divierta, que sorprenda. Que nos haga mirar por encima del hombro mientras reímos a carcajadas. Y en eso, Black Friday cumple con nota.

No reinventa nada, pero ejecuta con talento. No descubre el fuego, pero sabe cómo prenderle mecha a la gasolina del género. Es una película honesta con su propuesta, construida con oficio, con un reparto en estado de gracia, y con un director que se lo está pasando tan bien que es imposible no contagiarse.

Así que sí: este viernes negro merece una entrada al cine. Merece una pantalla grande, una sala oscura y un grupo de amigos dispuestos a gritar, reír y mirar el carrito de la compra con otros ojos.

Lo que esconde Pequeños detalles

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  • Título original: The Little Things
  • Dirección y guion: John Lee Hancock
  • Reparto principal: Denzel Washington, Rami Malek, Jared Leto
  • Año: 2021
  • País: Estados Unidos
  • Género: Thriller, policiaco
  • Duración: 127 minutos
  • Distribuidora: Warner Bros. Pictures
  • Premios destacados: Jared Leto nominado al Globo de Oro y al SAG por su interpretación

Hay películas que no vienen a cambiar la historia del cine. No marcan un antes y un después. No ganan premios ni provocan revoluciones visuales. Pero te atrapan. Te sientas frente a ellas casi por inercia, sin esperar demasiado, y acabas hipnotizado. «Pequeños detalles» (The Little Things, 2021) es precisamente eso: un thriller de ecos noventeros que funciona no por su guion, sino por la tensión que se cuela entre miradas, silencios y gestos contenidos.

Y en eso, este film es magistral.

Rami Malek. Jared Leto. Denzel Washington. Tres nombres que sostienen la historia con una fuerza que trasciende el material que se les ha dado. La química entre ellos no es de fuegos artificiales, sino de brasas que arden lento. Como un duelo de miradas bajo la lluvia.

El argumento gira en torno a un antiguo detective de Los Ángeles, Joe «Deke» Deacon (Washington), que regresa a la ciudad para una misión rutinaria y se ve arrastrado a la investigación de un asesino en serie que recuerda a los casos que destruyeron su carrera. Jim Baxter (Malek), un joven detective brillante y obsesivo, lo acompaña en una espiral de sospechas donde Albert Sparma (Leto), un inquietante reparador de electrodomésticos, parece ser más que un simple excéntrico.

El ritmo es pausado, deliberado. A veces exasperante. Pero esa lentitud es parte de su propuesta: no busca adrenalina, sino desasosiego. El guion de John Lee Hancock (que también dirige) bebe de clásicos como Seven, pero evita el efectismo y apuesta por un final ambiguo, incluso anticlimático, que deja un sabor amargo.

¿Funciona? Depende de lo que busques. Si esperas una montaña rusa, te frustrará. Si te dejas llevar por las atmósferas y la contención, puede que te encuentres atrapado por esa sensación de que algo oscuro respira entre líneas.

Porque a veces, lo que importa no son las grandes revelaciones, sino los pequeños detalles.

Juego de Ladrones 2: Pantera

Título original: Den of Thieves 2: Pantera

Dirección: Christian Gudegast

Guion: Christian Gudegast

Reparto: Gerard Butler, O’Shea Jackson Jr., Toby Kebbell, Michael Bisping

Género: Acción, Thriller, Crimen

Duración: 104 minutos

País: Estados Unidos / Reino Unido / Alemania

Año: 2024

Juego de Ladrones 2: Pantera es una de esas secuelas que no finge ser otra cosa: es una continuación directa, musculosa y explosiva de todo lo que fue la primera. ¿Más profunda? No. ¿Más ambiciosa? Tampoco. ¿Más europea, más violenta, más ridículamente testosterónica? Por supuesto. Y eso, para bien o para mal, es justo lo que esperábamos.

Gerard Butler vuelve con cara de “no he dormido en tres días” y barriga de inspector de kebabs, y eso es exactamente lo que necesitamos. Su personaje, Big Nick O’Brien, ha cruzado el Atlántico tras el gran golpe de Merriman (Pablo Schreiber en la original) y se planta en Londres con resaca, un fusil automático y cara de pocos amigos. ¿La misión? Cazar al escurridizo Donnie, interpretado por O’Shea Jackson Jr., que ha perfeccionado el arte del camuflaje entre la clase criminal europea.

Si en la primera película teníamos Heat en versión Costco, esta vez el modelo de inspiración está más cerca de Ronin, con sus persecuciones por calles estrechas, sus cafés de espías, y sus maletines sospechosos. Y aunque Pantera nunca alcanza la elegancia de aquellas referencias, sí logra algo importante: no aburrir nunca.

La dirección de Gudegast se ha refinado, aunque sin perder ese toque de bar de moteros en plena redada. La violencia sigue siendo cruda, seca, efectiva. Los diálogos… bueno, siguen sonando como si los hubiera escrito un tipo que se comunica principalmente con emojis de calavera, cerveza y explosión. Pero es parte del encanto. Uno no entra a Juego de Ladrones 2 buscando existencialismo. Entras buscando un atraco imposible, una persecución por Londres, y a Gerard Butler gritando “¡dónde coño está el dinero!” mientras se toma un Red Bull con whisky.

Lo mejor de esta entrega es su ubicación. Mover la acción a Europa le sienta bien a la saga. Hay un aire más internacional, una sensación de juego mayor, casi como si esto fuese la versión obrera de Misión Imposible. Las escenas en París, las referencias a diamantes africanos, las conexiones balcánicas… todo le da textura. No coherencia, pero sí espectáculo.

El personaje de Donnie, por su parte, crece. O’Shea Jackson Jr. sigue siendo el tipo tranquilo con mirada de “sé más que tú”, y aquí demuestra que puede sostener la narrativa por sí mismo. De hecho, en varios momentos parece que esta ya no es la historia de Big Nick, sino la de Donnie convertido en leyenda del bajo mundo.

¿Y qué hay del plan del atraco? Una locura. Intrincado, exagerado, rebuscado… pero condenadamente entretenido. Aquí no hay espacio para la lógica. Es como un truco de magia en plena rave: ruido, luces, y cuando te das cuenta, ya te han robado. Eso sí, todo se sostiene por el carisma y el ritmo. Porque aunque el guion tiene huecos como un queso gruyère en huelga, lo que importa es que siempre avanza.

Y sí, hay humor involuntario. Hay frases que harían sonrojar a un guionista de Fast & Furious, pero también hay algo profundamente honesto en todo esto. Pantera sabe lo que es: una película de acción pasada de vueltas, donde el cine se convierte en gimnasio narrativo. Aquí nadie viene a filosofar sobre la justicia social. Aquí se dispara primero y se pregunta después, si es que se pregunta algo.

En resumen:
¿Es mejor que la primera? No.
¿Es más absurda? Sí.
¿Te lo pasas bomba igual? Sin duda.

Juego de Ladrones 2: Pantera es lo que pasa cuando alguien dice “quiero más de lo mismo, pero en Europa y con más acento británico”. Y lo consigue. No tiene la sorpresa de la original, pero se defiende como una bestia herida: a gritos, a golpes, y dejando el escenario lleno de casquillos.

Si te gustó la primera, esta es tu dosis de adrenalina. Si no te gustó… ¿para qué vienes aquí?

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