Ficha Técnica
- Título original: Elf
- Año: 2003
- Dirección: Jon Favreau
- Reparto principal: Will Ferrell, James Caan, Zooey Deschanel, Mary Steenburgen, Bob Newhart, Peter Dinklage.
- Género: Comedia, Fantasía, Cine Familiar Navideño.
- Duración: 97 minutos.
Mi Valoración Provisional
Una Nochebuena, en un orfanato, un bebé gatea dentro del saco de regalos de Santa Claus y acaba en el Polo Norte. Criado como un elfo, pero creciendo tres veces más que los demás, Buddy (Will Ferrell) descubre finalmente que no es un elfo, sino un humano. Decidido a encontrar su lugar en el mundo, Buddy viaja a Nueva York para buscar a su verdadero padre, Walter Hobbs (James Caan), un editor de libros infantiles cínico y adicto al trabajo que figura en la lista de «traviesos» de Santa. Buddy, con su inocencia y espíritu navideño desbordante, pondrá patas arriba la vida de su padre y de toda la ciudad.
”Tráiler Oficial
Más vale tarde que nunca: Descubriendo la magia de Buddy
Lo confieso, y sé que esto puede sonar a sacrilegio para muchos amantes del cine navideño ahí fuera: no había visto «Elf» hasta este año, 2025. Sí, lo sé. ¿Dónde he estado metido las últimas dos décadas? ¿Viviendo bajo una piedra en el Polo Sur? Quizás. El caso es que, como alguien que consume muchas películas y series, siempre había tenido esta cinta en mi lista de pendientes eternos. Veía los memes, escuchaba las referencias («¡Santa! ¡Lo conozco!»), pero por alguna razón, nunca me había sentado a darle al play. Tal vez pensaba que era «otra comedia tonta más» de principios de los 2000, o quizás me daba pereza enfrentarme a un clásico tan establecido por miedo a que no cumpliera mis expectativas. Pero, amigos, qué equivocado estaba y qué delicia de descubrimiento tardío ha sido.
Desde el primer minuto, la película te atrapa con una estética que es puro homenaje a los especiales navideños de Rankin/Bass de los años 60, esos hechos con stop-motion. La narración de Papa Elf (el legendario Bob Newhart) te sitúa en un tono de cuento de hadas moderno que funciona a la perfección. Ver a un Will Ferrell gigante intentando encajar físicamente en el diminuto mundo de los elfos del Polo Norte es comedia visual en su máxima expresión. No se trata solo de que sea grande; es la torpeza entrañable, la incapacidad de hacer juguetes al ritmo de los demás y esa sensación constante de ser un pez fuera del agua, incluso en el lugar más feliz de la Tierra. Jon Favreau, el director, acierta de pleno al usar efectos prácticos y perspectivas forzadas en lugar de abusar del CGI, lo que le da a toda esa primera parte una calidez artesanal que se echa mucho de menos en el cine actual.
Pero la película realmente despega cuando Buddy llega a Nueva York. Aquí es donde «Elf» podría haber caído en los tópicos fáciles de «paleto en la gran ciudad», pero los trasciende gracias a la interpretación absolutamente genial de Will Ferrell. He visto muchas cosas de Ferrell, algunas me encantan y otras no tanto, pero creo sinceramente que este es el papel de su vida. Buddy no es un adulto estúpido; es la inocencia personificada. No tiene ni una pizca de malicia o cinismo en su cuerpo. Su enfrentamiento con la realidad neoyorquina —comer chicles pegados en las barandillas del metro, emocionarse hasta el delirio con una puerta giratoria, o felicitar a un mapache que claramente quiere atacarle— funciona porque Ferrell se compromete al 100% con la ingenuidad del personaje. No nos reímos *de* él, nos reímos *con* su asombro ante un mundo que nosotros damos por sentado y que hemos dejado de mirar con ojos de niño.
La sonrisa que conquistó incluso a los más cínicos. Ferrell en estado de gracia.
Y luego está el contraste, el ingrediente secreto que hace que la comedia funcione: Walter Hobbs, interpretado por el inigualable James Caan. Caan es el perfecto «hombre recto» para la locura de Ferrell. Su personaje es el arquetipo del Grinch corporativo, un hombre tan consumido por el trabajo y los resultados que ha olvidado cómo conectar con su propia familia, y mucho menos con un hijo perdido que se viste con mallas amarillas y cree que los cuatro grupos de alimentos principales son caramelo, bastones de caramelo, maíz dulce y jarabe de arce. La dinámica entre ellos es oro puro. La exasperación de Caan ante cada «te quiero, papá» de Buddy es palpable. Es el choque entre el cinismo adulto y la alegría infantil desenfrenada, y necesitamos a ambos para que la historia avance.
No puedo dejar de mencionar la subtrama romántica, que, para mi sorpresa, es increíblemente dulce. Zooey Deschanel, antes de ser la chica «adorkable» por excelencia en «New Girl», interpreta aquí a Jovie, una empleada de unos grandes almacenes desencantada con la vida y, especialmente, con la Navidad. Su energía es el polo opuesto a la de Buddy. Ella es reservada, un poco sarcástica y está «de vuelta de todo» a pesar de su juventud. La forma en que Buddy rompe sus barreras, no con grandes gestos románticos de película, sino con pura sinceridad y entusiasmo por cosas simples como ver un árbol de Navidad iluminado o «patinar» (o más bien, correr torpemente sobre el hielo), es preciosa. La escena del baño, donde Buddy entra sin ser consciente de las normas sociales para cantar a dúo «Baby, It’s Cold Outside» mientras ella se ducha, es un momento icónico por una razón: es raro, es incómodo, pero extrañamente tierno y musicalmente encantador. La voz de Deschanel es una maravilla, y ver cómo su personaje empieza a «descongelarse» es una de las partes más satisfactorias de la trama.
Hay tantas escenas que se me han quedado grabadas a pesar de haberla visto solo una vez. La escena en la juguetería Gimbel’s, cuando Buddy se entera de que Papá Noel viene a visitarlos y grita como un poseso, es histérica. Pero lo que viene después es aún mejor: su enfrentamiento con el Santa Claus de centro comercial (interpretado por el gran Artie Lange). La decepción genuina de Buddy al darse cuenta de que es un impostor («¡Hueles a carne y queso! ¡Tú no eres Santa!») y la posterior pelea caótica es un ejemplo perfecto de cómo la película maneja el humor físico sin perder el corazón de la historia: la defensa inquebrantable de Buddy de la magia verdadera. O la escena en la sala de correo, donde Buddy acaba emborrachándose con un compañero de trabajo y montando una fiesta de baile improvisada. Son momentos que demuestran que la alegría es contagiosa, incluso en los sótanos más oscuros de la vida corporativa.
Zooey Deschanel aporta la dosis necesaria de realidad y encanto vocal como Jovie.
Más allá de las risas, lo que me ha sorprendido de «Elf» es su trama sobre el hogar, la familia y el autoconocimiento. Buddy pasa toda su vida pensando que es algo que no es. Su viaje no es solo geográfico hacia Nueva York, sino un viaje interior para aceptar quién es realmente: un humano que fue criado por elfos, y que eso está bien. No tiene que elegir entre un mundo y el otro; él es el puente entre ambos. Por otro lado, la redención de Walter Hobbs no se siente forzada. No se convierte en un santo de la noche a la mañana, pero la presencia de Buddy le obliga a mirarse al espejo y ver en qué se ha convertido. La escena en la que finalmente elige a su familia por encima de su jefe tiránico (un cameo fantástico de Peter Dinklage, por cierto, cuya escena en la sala de juntas es otra joya de humor incómodo) es un cliché navideño, sí, pero está tan bien ganado que no te importa.
La dirección de Jon Favreau merece mucho más crédito del que se le suele dar. Lograr este equilibrio entre la farsa total, la comedia slapstick, el cuento de hadas visual y el drama familiar sincero es dificilísimo. Favreau consigue que Nueva York se sienta mágica y a la vez sucia y real. Consigue que nos creamos a un hombre de dos metros en mallas verdes corriendo por Central Park sin que parezca ridículo, sino heroico a su manera. La música también juega un papel fundamental, con una banda sonora llena de clásicos navideños que te meten en ambiente desde el primer momento, y la partitura original de John Debney que subraya perfectamente los momentos emotivos sin ser empalagosa.
Creo que la razón por la que «Elf» se ha convertido en un clásico moderno, y la razón por la que me ha impactado tanto viéndola en 2025, es porque el mundo necesita a Buddy. Vivimos tiempos cínicos, rápidos, estresantes, muy parecidos a la vida que lleva Walter Hobbs al principio de la película. Es fácil olvidar la importancia de la amabilidad desinteresada, de la ilusión por las pequeñas cosas, de cantar alto aunque desafines. Buddy es un recordatorio andante de que está bien ser vulnerable, está bien ser entusiasta y está bien creer en algo, aunque los demás te miren raro. No es una película que intente ser «cool» o irónica; lleva su corazón en la manga, o más bien, en su túnica verde de fieltro.
Intentando «integrarse» en el mundo real. La comedia visual es el punto fuerte de la película.
En conclusión, haber descubierto «Elf» tan tarde ha sido casi un regalo en sí mismo. Ha sido como abrir un presente olvidado debajo del árbol que resulta ser exactamente lo que necesitabas. Es una película que no envejece porque su mensaje y su humor son universales. La dupla de Will Ferrell y Zooey Deschanel es encantadora, el soporte de James Caan es fundamental y la dirección de Favreau es el lazo que une todo el paquete. Si eres como yo y, por alguna extraña razón cósmica, aún no la has visto, no esperes a la próxima Navidad. Póntela ya. Y si ya la has visto veinte veces, póntela otra vez. Porque todos necesitamos un poco más de «espíritu navideño» (que en realidad es solo bondad humana) durante todo el año, y nadie lo reparte mejor que Buddy Hobbs.
🎄 ¿Tú también tardaste en verla o es un clásico en tu casa? 🎄
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