Categoría: Crítica

Análisis de La Naranja Mecánica: ¿Obra maestra o clásico sobrevalorado?

Poster La Naranja Mecánica

Ficha Técnica

  • Título original: A Clockwork Orange
  • Año: 1971
  • Director: Stanley Kubrick
  • Reparto: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Michael Bates
  • Género: Ciencia Ficción / Drama / Crimen
  • Duración: 136 minutos

Valoración Personal

★★★★☆

(8/10 por su estatus de leyenda)

«Gran Bretaña, en un futuro indeterminado. Alex (Malcolm McDowell) es un joven muy agresivo que tiene dos pasiones: la violencia desenfrenada y Beethoven. Es el jefe de la banda de los drugos, que dan rienda suelta a sus instintos más salvajes apaleando, violando y aterrorizando a la población. Cuando esa escalada de terror llega hasta el asesinato, Alex es detenido y, en prisión, se someterá a una innovadora experiencia de reeducación que pretende anular drásticamente cualquier atisbo de conducta antisocial.»

¿Obra maestra inmortal o un clásico que empieza a oxidarse?

A ver, seamos sinceros desde el principio. Cuando uno se sienta a escribir sobre La Naranja Mecánica, le tiemblan un poco las manos sobre el teclado. Estamos hablando de Stanley Kubrick, estamos hablando de una de las películas más icónicas de la historia del cine, y estamos hablando de una obra que, visualmente, ha marcado a generaciones enteras. Pero aquí estamos, en pleno 2026, y me he propuesto ser honesto con vosotros. Me considero un amante del cine, un «experto amateur» que devora todo lo que le echen, y anoche, por petición expresa de mi pareja que nunca la había visto, le dimos al play de nuevo a esta cinta de 1971. Y tengo que decirlo, aunque me lluevan piedras: la experiencia fue agridulce.

No me malinterpretéis, le he cascado un 4 sobre 5 estrellas (y un 8 en mi escala mental) porque entiendo lo que significa. Entiendo el contexto, la ruptura que supuso en su momento y la valentía de mostrar esa «ultraviolencia» estilizada al ritmo de la Novena de Beethoven. Pero, amigos, hay que reconocer que el tiempo no perdona, ni siquiera a los genios. Lo que en los setenta debió ser un puñetazo en el estómago que te dejaba sin aire, hoy se siente, por momentos, extrañamente teatral. La puesta en escena, tan característica de Kubrick, con esos grandes angulares y esa simetría obsesiva, sigue siendo hipnótica, pero el ritmo… ay, el ritmo se me hizo cuesta arriba.

La naranja mecánica escena bar korova

El icónico Bar Korova, visualmente impactante incluso hoy.

Hablemos de Alex DeLarge. Malcolm McDowell está inmenso, eso es innegable. Esa mirada, esa pestaña postiza en el ojo derecho, esa mezcla de carisma psicopático y vulnerabilidad infantil es lo que sostiene la película. Sin embargo, viéndola ayer, me di cuenta de que muchas de las actuaciones secundarias rozan la caricatura extrema. Y sé lo que me vais a decir los puristas: «Es que es así, es una sátira distópica, tiene que ser exagerado». Vale, os lo compro. Pero hay una línea muy fina entre lo grotesco intencionado y lo que simplemente parece una función de teatro amateur mal dirigida. La escena de la visita del escritor y su mujer, o los «drugos» peleándose en el agua a cámara lenta, se sienten hoy día un poco… ¿tontas? Quizás estamos demasiado insensibilizados por el cine moderno, pero la violencia que se supone debe horrorizarnos, hoy parece coreografía de baile.

Lo que sí que no ha envejecido mal es el debate moral. De hecho, diría que está más vigente que nunca. ¿Tenemos derecho a «curar» la maldad si el precio es anular el libre albedrío? El tratamiento Ludovico sigue siendo una idea aterradora. La segunda mitad de la película, cuando Alex se convierte en una víctima del sistema, es donde la cinta recupera fuerza. Verle indefenso, incapaz de defenderse o incluso de disfrutar de su amada música clásica, te genera esa incomodidad que Kubrick buscaba. Ahí es donde la película justifica su nota alta. Te hace empatizar con un monstruo, y eso es un logro narrativo brutal.

Malcolm McDowell técnica ludovico

La escena de los ojos abiertos: historia pura del cine.

Pero volvamos a la sensación de «vejez». Mi pareja, que es de esas personas que disfrutan del cine pero no se obsesionan con la técnica, se pasó la mitad de la película mirando el móvil. Y eso es el mejor termómetro. «Se me está haciendo larga», me dijo. Y tenía razón. Hay secuencias que se estiran innecesariamente, diálogos que dan vueltas sobre lo mismo y una estética futurista «setentera» que ahora se ve retro-kitsch en lugar de vanguardista (aunque las mesas con forma de mujer desnuda siguen siendo perturbadoras). Es curioso como 2001: Odisea en el Espacio, del mismo director y anterior a esta, parece visualmente más atemporal que las aventuras de estos drugos con bombines.

Técnicamente, el uso de la música electrónica de Wendy Carlos adaptando a los clásicos sigue siendo un punto a favor enorme. Crea una atmósfera de pesadilla sintetizada que encaja como un guante. Pero visualmente, insisto, he notado las costuras. Quizás es que yo también he cambiado, o que el cine ha evolucionado hacia una narrativa más ágil. Ver La Naranja Mecánica en 2025 es un ejercicio de arqueología cinéfila: aprecias el hueso, la estructura, la importancia del hallazgo, pero no es necesariamente una experiencia «divertida» o fluida.

Escena final naranja mecánica

En conclusión, familia, estamos ante un clásico incontestable, sí. Un 8/10 en los libros de historia. Pero si me preguntáis si volvería a verla mañana… la respuesta es no. Ha envejecido regular. Es como ese tío abuelo que cuenta historias fascinantes pero que tarda tres horas en llegar al final de la anécdota. Se merece el respeto, se merece el visionado obligatorio al menos una vez en la vida para entender de dónde viene mucho del cine actual (desde Tarantino hasta Fincher), pero hay que ir preparado para un ritmo y una teatralidad que ya no se estilan.

Si sois cinéfilos empedernidos, la seguiréis defendiendo a capa y espada. Si sois espectadores casuales que buscáis entretenimiento de fin de semana, avisados quedáis: puede que se os atragante un poco esta naranja. Aún así, Kubrick es Kubrick, y solo por la composición de los planos y la mirada de McDowell, el viaje merece la pena, aunque el coche tenga ya el motor un poco gripado.

💬 ¿Y tú qué opinas?

¿Crees que es una herejía decir que ha envejecido mal o estás de acuerdo conmigo en que el ritmo se siente pesado hoy en día? ¡Os leo en los comentarios!

El origen del mal: Reseña completa de la temporada 1 de Welcome to Derry

Poster Welcome to Derry

Ficha Técnica

  • Título: IT: Welcome to Derry
  • Plataforma: HBO Max
  • Género: Terror / Drama / Sobrenatural
  • Basado en: La obra de Stephen King
  • Estado: En emisión (Temporada 1)
★★★★★

9 de 10 – «Sublime pesadilla»

«

Ambientada en la década de 1960, años antes de los eventos de ‘IT: Capítulo Uno’ (2017), esta precuela explora los orígenes de la maldición que asola la pequeña ciudad de Derry, Maine, y el despertar de la entidad cambiaformas conocida como Pennywise. Mientras las tensiones raciales y sociales hierven en el pueblo, un grupo de inadaptados comienza a descubrir que la historia de su hogar está escrita con sangre.

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=SXeHztWl0Ec?si=43SJKzagqZhvC9fh]

El retorno del Rey (del terror) a Derry

He de reconocer que últimamente, aunque consumo como loco series y películas, así como libros, no estoy muy al tanto de lo que se estrena. Vivimos en una era de saturación absoluta, con una cantidad ingente de material pendiente de ver, listas de «ver más tarde» que parecen pergaminos infinitos y estrenos que te atropellan sin avisar. Muchas veces me encuentro con las cosas de sopetón, casi por accidente, y eso es exactamente lo que me pasó un día bicheando por HBO Max (o Max, como quieran llamarlo ahora) sin rumbo fijo. De repente, ahí estaba: tres episodios ya disponibles de IT: Welcome to Derry.

Os seré sincero, porque aquí estamos entre amigos y no soy ningún crítico de esos de monóculo y pipa. Esos tres primeros episodios me costaron. Quizá fue el momento en el que los vi, un martes cualquiera después de trabajar, con la cabeza en mil sitios. No estaba yo muy fino ni centrado, y el ritmo inicial me pareció denso, cargado de una atmósfera que requiere paciencia. Estuve a punto de dejarla aparcada en ese limbo de «series que empecé y no terminé», pero algo me llamó. Volví a ponerme el segundo y el tercero días después, con otra mentalidad, para reengancharme de cara a la mid season y el final de temporada. Y madre mía, menos mal que lo hice.

Escena de la serie Welcome to Derry

La ambientación de los 60 es, sencillamente, otro personaje más.

He de reconocer también que Pennywise tiene algo que me atrae de una forma fatal. Es esa relación tóxica que tenemos los fans del terror con nuestros monstruos favoritos. Lo odiaba de pequeño, con un miedo visceral que me impedía acercarme a las alcantarillas, y lo admiro de adulto. Pero ojo, es una admiración desde la distancia, muy de «te admiro, sí, eres un icono, pero por si acaso no te pienso mucho antes de dormir no vaya a ser que sueñe contigo». Y es que el payaso de Derry es, cuanto menos, inquietante. En esta precuela, que se toma la libertad (y el acierto) de explicar parte de su origen y su ciclo de alimentación en una época distinta, nos han dejado claro algo fundamental: Pennywise no es un «antihéroe» ni un villano comprendido. Es el mal.

Siempre he pensado que, en el panteón de los monstruos modernos, hay clases. Tienes a Jason, que es una fuerza bruta; tienes a Michael Myers, que es la maldad sin rostro. Pero Pennywise… Pennywise juega en la liga de los que disfrutan. Junto a Freddy Krueger, el payaso es uno de los malos de verdad, de los que se regodean en el dolor ajeno, que hacen chistes crueles antes de arrancarte el brazo. La serie recupera esa crueldad juguetona y la eleva. No es solo susto por susto (que los hay, y muy buenos), es la sensación constante de que algo está mal en el pueblo, de que la tierra misma está podrida.

No voy a profundizar mucho en la trama específica de la serie ya que la idea es que la veáis sin spoilers, pero de verdad… qué sublime gozada de producción. HBO rara vez falla en los valores de producción, pero aquí se han lucido. La fotografía es sucia cuando debe serlo y preciosista en los momentos de calma tensa. Juega con los colores saturados de los años 60, pero siempre con ese filtro enfermizo que te recuerda que estás en Derry. Y la música… ay, la música. Esos violines chirriantes y los silencios incómodos acompañan perfectamente a los cortes de edición, que son bruscos, agresivos, diseñados para mantenerte en tensión.

El terror en Derry

No solo es el payaso, es lo que el payaso hace a la gente.

Pero si algo sostiene una historia de Stephen King, incluso cuando King no es el guionista directo, son los personajes humanos. Los niños. Esos niños rotos que tienen que enfrentarse a cosas que los adultos prefieren ignorar. El casting es espectacular. Te crees su miedo, te crees su amistad forjada en la desgracia. Hay una química entre los protagonistas que recuerda a la magia del «Club de los Perdedores» original, pero con sus propios matices, sus propios demonios y un contexto social muy potente que la serie no tiene miedo de explorar.

Es curioso cómo una precuela, de la que en teoría ya sabemos el final (o al menos sabemos que el monstruo sigue vivo años después), logra mantener la tensión. Y eso es mérito de la escritura. Nos importa quién vive y quién muere, aunque sepamos que Derry seguirá maldita. La construcción del lore alrededor del pueblo es fascinante, ampliando lo que vimos en las películas de Muschietti sin traicionar la esencia del libro. Se siente como una novela visual, densa, rica en detalles, de esas que te piden pausar para mirar el fondo de la escena.

Para ir cerrando, porque podría estar horas hablando de la estética del payaso y de cómo han logrado que vuelva a dar miedo incluso a los que ya tenemos una edad. Si sois fans del universo de IT, si os gusta el terror que se cocina a fuego lento pero que explota con violencia cuando menos te lo esperas, tenéis que verla. Dadle una oportunidad si el primer capítulo se os hace bola, creedme, la recompensa merece la pena. Es una carta de amor al género y una demostración de que las series de terror pueden ser televisión de prestigio.

Pennywise acechando

La pesadilla ha vuelto a casa.

Para mí, sin duda es un 9 de 10 y un rotundo 5 estrellas de puntuación. Merecida reputación y esperando ver si hay algo más allá del final, porque con este nivel de calidad, yo estoy dispuesto a flotar las temporadas que hagan falta. No dejéis que se os escape entre el mar de estrenos, pescadla y disfrutad del miedo.

🎈 ¿Tú también quieres tu globo?

¿Has visto ya la serie? ¿Crees que supera a las películas o el libro es intocable? ¡Cuéntame en los comentarios si te ha dado tanto miedo como a mí!

De odiar a la protagonista a amar la película: Mi viaje con The Florida Project

Póster de The Florida Project

Ficha Técnica

  • Título original: The Florida Project
  • Año: 2017
  • Duración: 111 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Sean Baker
  • Guion: Sean Baker, Chris Bergoch
  • Música: Lorne Balfe
  • Fotografía: Alexis Zabé
  • Reparto: Brooklynn Prince, Willem Dafoe, Bria Vinaite, Caleb Landry Jones, Mela Murder, Valeria Cotto

Mi Valoración

★★★★ (4/5)

Sinopsis

«Una niña de seis años llamada Moonee y su rebelde madre Halley viven en un motel llamado ‘The Magic Castle’, muy cerca de Disney World. A pesar de su duro entorno, Moonee pasa cada día de verano viviendo una vida llena de maravillas, travesuras y aventuras con sus amigos, mientras los adultos a su alrededor luchan con sus propios problemas. La presencia de Bobby, el gerente del motel, representa una figura paterna y un protector para los niños, observando sus vidas con una mezcla de compasión y preocupación.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=WwQ-NH1rRT4&w=560&h=315]

La vida en tecnicolor al borde del abismo

Hay películas que te golpean de frente y otras que se cuelan por las rendijas, poco a poco, hasta que te das cuenta de que te han calado hasta los huesos. «The Florida Project» es de las segundas. Mi primer contacto con ella fue de un rechazo casi visceral. Odié a Halley, la joven madre protagonista, con una fuerza que me sorprendió. Me parecía irresponsable, egoísta, un caos andante que arrastraba a su hija Moonee a un desastre inevitable. ¿Cómo podía alguien vivir con esa falta de previsión, con esa actitud desafiante ante un mundo que, claramente, la estaba devorando? Me sentí frustrado, enfadado. Pero el cine, cuando es bueno, hace algo mágico: te obliga a mirar más allá de tu juicio inicial. Y poco a poco, la película me fue ganando.

El director, Sean Baker, no te da un manual de instrucciones. No te dice a quién querer y a quién odiar. Simplemente te suelta en medio del «Magic Castle», un motel de colores pastel a la sombra del gigante Disney World, y te dice: «mira». Y lo que ves es un microcosmos de la otra América, la que no sale en los folletos turísticos. La «land of the freedom» donde la libertad, para muchos, es solo la de elegir en qué contenedor de basura buscar la cena. Aquí no hay un botón de «start» para empezar una vida de cero, ni un «reinicio» cuando las cosas van mal. Para gente como Halley, la vida es un juego de supervivencia constante, una partida que empezó con las cartas marcadas en su contra. No hay red de seguridad, solo el asfalto caliente y la humedad de Florida.

Moonee y sus amigos en The Florida Project

Y en medio de ese caos, está la inocencia. La inocencia pura, ruidosa y maravillosamente irritante de Moonee y su pandilla. Su verano es una aventura sin fin. Escupir a los coches, pedir dinero para un helado, explorar edificios abandonados… son los reyes de su pequeño y destartalado reino. Su perspectiva es el corazón de la película. Para ellos, el motel no es un símbolo de pobreza, es un castillo morado. No ven la miseria, ven un patio de recreo infinito. Esa es la genialidad de Baker: nos muestra la crudeza de la situación a través de los ojos de quienes apenas son conscientes de ella. Nosotros, como espectadores, vemos el peligro que acecha en cada esquina, pero los niños solo ven la posibilidad de una nueva travesura. Esta dualidad es lo que hace que la película duela tanto y, a la vez, sea tan hermosa.

Mi odio inicial hacia Halley empezó a transformarse en una compasión incómoda. Comencé a preguntarme: ¿cómo se educa emocionalmente a un hijo cuando nadie te ha educado a ti? ¿Cómo enseñas a gestionar la frustración cuando tu vida es una cadena perpetua de frustraciones? Halley es un producto de su entorno, una niña que tuvo una niña, luchando con las únicas herramientas que conoce: la rebeldía, la picaresca y un amor feroz, aunque tóxico y torpe, por su hija. Bria Vinaite, la actriz que la interpreta (descubierta en Instagram, nada menos), está magnética. Consigue que la desprecies y que, al mismo tiempo, entiendas su desesperación. Su relación con Moonee es un torbellino de gritos, risas, complicidad en pequeños delitos y momentos de una ternura desgarradora. Son un equipo contra el mundo, aunque Halley sea, a menudo, su peor enemigo.

Y luego está Willem Dafoe. Su personaje, Bobby, el gerente del motel, es el ancla moral de toda la historia. Es el único adulto funcional en este universo caótico. No es un héroe de capa y espada. Es un hombre cansado, de clase media, que solo intenta hacer su trabajo: cobrar el alquiler, arreglar las máquinas de hielo y mantener un mínimo de orden. Pero, sin quererlo, se convierte en el guardián de estos niños perdidos. Los regaña, los protege, los vigila con una mirada que mezcla la exasperación y un cariño paternal que quizás ni él mismo reconoce. Dafoe está inmenso en su contención. Cada gesto, cada suspiro, cada pequeña amabilidad (como ahuyentar a un posible depredador) nos dice todo lo que necesitamos saber sobre él. Es la decencia personificada en un mundo que parece haberla olvidado. Es el testigo silencioso de estas vidas al límite, el que ve la tormenta que se avecina y sabe que no puede hacer nada para detenerla.

Bobby (Willem Dafoe) en el motel

Lo que me terminó de conquistar fue la estética, o como dicen los expertos, la fotografía. La película es visualmente despampanante. El director de fotografía, Alexis Zabé, utiliza una paleta de colores saturados, casi de caramelo. Los lilas, los turquesas, los naranjas del atardecer… todo es vibrante, casi onírico. Este festín visual choca frontalmente con la precariedad que retrata. Es una decisión brillante. Ese contraste es la metáfora perfecta de la película: la belleza y la alegría de la infancia floreciendo en el terreno más inhóspito. Es un recordatorio constante de que incluso en los márgenes, en la pobreza más cruda, la vida se abre paso con una fuerza y un colorido inesperados. No hay una fotografía gris y sombría para subrayar la miseria; al contrario, se nos muestra la miseria a plena luz del sol, con los colores de un helado derritiéndose en el asfalto.

La película avanza sin una trama convencional. No hay grandes giros de guion, solo la acumulación de pequeños momentos cotidianos que van construyendo una tensión insoportable. Sabemos que el verano no puede durar para siempre. Sabemos que la burbuja de Moonee tiene que explotar. El mundo real, con sus servicios sociales y sus consecuencias, está a la vuelta de la esquina. Y cuando finalmente llega, el golpe es devastador. El final, esa carrera desesperada hacia el lugar más feliz de la Tierra, ha sido objeto de mucho debate. ¿Es real? ¿Es una fantasía? Para mí, no importa. Es la única escapatoria posible. Es la imaginación infantil como último refugio ante una realidad demasiado cruel para ser soportada. Es un grito final de libertad, un portazo a un mundo que les ha fallado a todos.

«The Florida Project» no te da respuestas, te llena de preguntas. ¿Con qué prisma miramos las miserias ajenas? ¿Somos rápidos en juzgar sin entender el contexto? ¿Qué hay de falso y de roto en ese «sueño americano» que se vende a pocos kilómetros, tras los muros de Disney? Salí del cine con un nudo en el estómago y el corazón encogido, pero también con una extraña sensación de gratitud por haber sido testigo de la belleza indestructible de la infancia. Es una de esas películas que se quedan contigo, que te obligan a reevaluar tus propios prejuicios y a mirar el mundo, aunque solo sea por un momento, con el asombro y la resiliencia de una niña de seis años.

Halley y Moonee

Y tú, ¿crees que el final es una huida real o la fantasía de una niña para escapar de una realidad insoportable?

Análisis de «En busca de la felicidad»: Más que una película, un manual de supervivencia

Póster de En busca de la felicidad

Ficha Técnica

  • Título original: The Pursuit of Happyness
  • Año: 2006
  • Director: Gabriele Muccino
  • Reparto: Will Smith, Jaden Smith, Thandiwe Newton, Brian Howe, James Karen, Dan Castellaneta
  • Guion: Steven Conrad
  • Música: Andrea Guerra

Mi Valoración

★★★★★

Una obra maestra que te rompe y te reconstruye.

«Chris Gardner es un vendedor brillante y con talento, pero su empleo no le permite cubrir sus necesidades más básicas. Tanto es así que acaban echándolo, junto a su hijo de cinco años, de su piso de San Francisco. Cuando Gardner consigue hacer unas prácticas en una prestigiosa correduría de bolsa, los dos protagonistas tendrán que afrontar muchas adversidades para hacer realidad su sueño de una vida mejor.»
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=0]

Crítica de un Superviviente: Cuando la Felicidad se Persigue a Contrarreloj

Hay películas que ves y olvidas, y luego hay películas que te ven a ti. «En busca de la felicidad» pertenece, sin duda, a la segunda categoría. Confieso que, como me pasó con «Avatar», la tenía en esa lista de «pendientes eternos» que todos cultivamos. Craso error. Verla ahora, con la perspectiva que te dan los años y, sobre todo, la experiencia de haber luchado por sacar un proyecto adelante, ha sido como mirarme en un espejo deformado y, a la vez, increíblemente nítido. Porque la odisea de Chris Gardner, interpretado por un Will Smith que se deja el alma en cada escena, no es solo la historia de un hombre; es el reflejo de la batalla diaria de cualquier autónomo, de cualquier emprendedor, de cualquiera que haya sentido el peso del mundo sobre sus hombros mientras intenta mantener la cabeza fuera del agua.

La película arranca con una premisa que a muchos nos sonará familiar: una inversión que prometía ser el billete dorado a la estabilidad y que se convierte en un ancla. Gardner apuesta todos sus ahorros en unos escáneres de densidad ósea portátiles, unos «trastos» caros y aparatosos que intenta vender a médicos y hospitales con más pena que gloria. Cada puerta que se cierra, cada negativa, es un clavo más en el ataúd de su seguridad financiera y, por extensión, de su vida familiar. Aquí es donde la película da su primer puñetazo directo al estómago. La tensión con su mujer, Linda, es palpable. Ella no es la villana; es simplemente una persona superada por la presión, que ve cómo el sueño de una vida normal se desvanece. Su marcha no es un acto de maldad, sino de pura desesperación, y deja a Chris con la responsabilidad más grande y aterradora de todas: su hijo, Christopher.

Chris Gardner con su hijo

La relación padre-hijo es el corazón inquebrantable de la película.

A partir de aquí, la película se convierte en una clase magistral sobre resiliencia. Lo que más me impactó, y con lo que me sentí dolorosamente identificado, es la gestión del tiempo y de la apariencia. Chris tiene que hacer malabares imposibles: cuidar de su hijo, intentar vender los escáneres que le quedan para poder comer ese día, y a la vez, perseguir una oportunidad que parece una locura: unas prácticas no remuneradas en una prestigiosa firma de corredores de bolsa, Dean Witter Reynolds. La competencia es feroz: jóvenes recién salidos de la universidad, con contactos y sin cargas. Él, en cambio, tiene que estudiar manuales densísimos por la noche, a la luz de las farolas, después de haber recorrido la ciudad cargando con su escáner y con su hijo.

La película no romantiza la pobreza. La muestra en toda su crudeza y humillación. La escena en la que Chris y su hijo tienen que dormir en el baño de una estación de metro es, sencillamente, una de las secuencias más desgarradoras que he visto. El sonido de alguien intentando abrir la puerta mientras Chris llora en silencio, con el pie bloqueando el pestillo y su hijo durmiendo en su regazo, es cine en estado puro. No necesita diálogos. La actuación de Smith, la vulnerabilidad en su rostro, lo dice todo. Es el miedo absoluto, la vergüenza y el amor incondicional de un padre fusionados en un instante devastador. Es el momento en el que tocas fondo, pero sabes que por la persona que tienes al lado, tienes que volver a impulsarte hacia arriba.

Pero lo que eleva a «En busca de la felicidad» por encima de un simple drama lacrimógeno es su inteligencia y su espíritu. Chris Gardner no es una víctima pasiva. Es un luchador incansable, un estratega de la supervivencia. Es fascinante ver cómo optimiza cada segundo de su día: no cuelga el teléfono para ahorrar segundos entre llamadas, bebe agua de los grifos para no gastar, y resuelve un cubo de Rubik para impresionar a un potencial jefe. No pide limosna, pide una oportunidad. No se rinde a la autocompasión, sino que utiliza cada gramo de su ingenio para mantenerse a flote. Esa es la verdadera lección para cualquiera que haya estado en una situación similar: la proactividad frente a la parálisis. La capacidad de seguir adelante cuando cada fibra de tu ser te pide que te detengas.

Chris Gardner en la oficina

La lucha diaria por una oportunidad en un mundo competitivo.

La relación con su hijo, interpretado por un jovencísimo y natural Jaden Smith (su hijo en la vida real, lo que añade una capa de autenticidad brutal), es el ancla emocional de la historia. Es una relación construida a base de pequeños juegos para enmascarar la dura realidad, de promesas susurradas en refugios para indigentes y de una fe inquebrantable del uno en el otro. La famosa escena de la cancha de baloncesto, donde Chris le dice a su hijo: «Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo. Ni siquiera yo. Si tienes un sueño, tienes que protegerlo», no es solo un diálogo motivacional de manual. Es el juramento de un padre que, a pesar de estar roto por dentro, se niega a que su propio cinismo contamine los sueños de su hijo. Es un momento de una honestidad y una potencia arrolladoras.

El clímax de la película, cuando finalmente le ofrecen el puesto de trabajo, es increíblemente catártico. No hay una gran explosión de alegría. Es una emoción contenida, la de un hombre que ha estado aguantando la respiración durante meses y por fin puede soltar el aire. Sale a la calle, se mezcla con la multitud y aplaude. No para que le vean, sino para sí mismo. Es un aplauso silencioso y personal, un reconocimiento a su propia tenacidad. En ese momento, entendemos que la «felicidad» del título no es un estado permanente de alegría, sino la «persecución» (pursuit) en sí misma. Es la lucha, el esfuerzo, la dignidad de no rendirse. La felicidad no es llegar a la meta, sino el camino que recorres para alcanzarla, por muy lleno de espinas que esté.

Celebración final

El momento de la catarsis: la recompensa al esfuerzo.

Como «experto amateur» en cine y en la vida, puedo decir que «En busca de la felicidad» es una película necesaria. Es un recordatorio de que, detrás de cada historia de éxito, suele haber un océano de fracasos, sacrificios y noches en vela. Es un homenaje a la perseverancia, a la importancia de tener un «porqué» (en su caso, su hijo) que te impulse cuando el «cómo» parece imposible. Me ha marcado profundamente porque refleja esa verdad universal: la vida te va a golpear, y muy duro. La cuestión no es si caerás, sino si encontrarás la fuerza para levantarte una vez más. Y Chris Gardner se levanta, una y otra vez, hasta que finalmente, conquista su pequeño pedazo de cielo. Una joya absoluta, un 5 de 5 sin ninguna duda. Imprescindible.

Y tú, ¿cuál es el sueño que proteges cada día contra viento y marea? ¿Qué te impulsa a seguir persiguiendo tu propia felicidad?

Por qué Plan Oculto de Spike Lee me pareció una pérdida de tiempo

Crítica de ‘Plan Oculto’: Un Atraco Casi Perfecto que se Queda a Medias

Póster de la película Plan Oculto

Ficha Técnica

  • Título original: Inside Man
  • Año: 2006
  • Duración: 129 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Spike Lee
  • Guion: Russell Gewirtz
  • Música: Terence Blanchard
  • Reparto: Denzel Washington, Clive Owen, Jodie Foster, Christopher Plummer, Willem Dafoe, Chiwetel Ejiofor

Mi Valoración

(2 de 5 estrellas)

«Duelo entre un duro policía (Denzel Washington) y un inteligente atracador (Clive Owen) durante un tenso secuestro con rehenes en un banco de Manhattan. De repente, aparece una tercera persona que ha sido contratada por el influyente propietario del banco (Christopher Plummer). Se trata de Madaline (Jodie Foster), una poderosa bróker que tiene una agenda secreta.»
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=1]

Un Plan Demasiado Oculto Para Mi Gusto

Hay películas que te las recomiendan tanto, que las ves en tantas listas de «los mejores thrillers de la historia», que cuando por fin te sientas a verlas, la expectativa es un monstruo gigante. ‘Plan Oculto’ era para mí una de esas películas. Spike Lee en la dirección, un reparto que es básicamente un «quién es quién» de Hollywood… ¿qué podía salir mal? Pues, para mi sorpresa, bastantes cosas. O, mejor dicho, no es que salieran mal, es que simplemente no salieron. La película se quedó en un limbo de intenciones, un quiero y no puedo que me dejó más frío que el interior de la cámara acorazada que tanto se esfuerzan en proteger.

La premisa es fantástica, no nos vamos a engañar. Un atraco a un banco en pleno corazón de Nueva York. Pero no es un atraco cualquiera. El cerebro, Dalton Russell (un Clive Owen que pasa casi toda la película con la cara tapada, un desperdicio), parece tenerlo todo calculado. No quiere el dinero, o eso parece. Los rehenes son obligados a vestirse como los atracadores, creando un caos de identidad que vuelve loca a la policía. Al otro lado, tenemos al detective Keith Frazier (Denzel Washington), un negociador carismático pero con sus propias sombras. Y para enredar más la madeja, aparece Madeleine White (Jodie Foster), una facilitadora de problemas para los ricos y poderosos que tiene su propia agenda. El tablero de ajedrez está dispuesto con piezas de lujo. El problema es que la partida se me hizo lenta, predecible y, sobre todo, anticlimática.

Escena del atraco en Plan Oculto

La tensión inicial se diluye en conversaciones que no llevan a ninguna parte.

El principal problema que le encontré a ‘Plan Oculto’ es su ritmo. Spike Lee se toma su tiempo, muchísimo tiempo, en desarrollar las conversaciones entre Frazier y Russell. Se supone que son duelos dialécticos, llenos de ingenio y dobles sentidos. Y sí, hay momentos brillantes, frases que te sacan una sonrisa. Denzel Washington está, como siempre, impecable. Su personaje tiene ese aire de tipo normal, un poco chulesco, superado por las circunstancias pero sin perder nunca la compostura. Es el ancla de la película. Pero incluso él no puede salvar la sensación de que la trama no avanza. Las negociaciones se estancan, los giros de guion se ven venir a kilómetros y la subtrama de Jodie Foster, que debería añadir una capa de conspiración y misterio, se siente metida con calzador, como si perteneciera a otra película.

Se supone que un thriller de atracos debe mantenerte al borde del asiento. Piensa en ‘Heat’, en ‘Tarde de perros’ o incluso en ‘La casa de papel’. Sientes la urgencia, el peligro, la claustrofobia. En ‘Plan Oculto’, esa tensión es artificial. Los interrogatorios a los rehenes una vez liberados, que se intercalan durante toda la película, rompen constantemente el ritmo y te sacan de la acción principal. Es un recurso narrativo que entiendo en la teoría —crear misterio sobre lo que realmente pasó dentro— pero que en la práctica resulta frustrante. En lugar de aumentar el suspense, lo disipa. Te cuenta el final antes de tiempo, o al menos te asegura que la cosa no acabó en una masacre, quitándole gran parte del peligro inminente que debería sentirse.

Denzel Washington como el detective Frazier

Denzel Washington, lo mejor de una película que no está a su altura.

Y luego está el «gran secreto». El MacGuffin por el que se monta todo este circo. Sin entrar en spoilers, diré que me pareció una decepción mayúscula. Durante dos horas te construyen un misterio alrededor de una caja de seguridad, te hacen creer que dentro hay algo que puede cambiar el mundo, o al menos la vida de gente muy poderosa. Y cuando por fin se desvela… la reacción es un «¿en serio? ¿Todo esto para eso?». Se siente como una justificación floja, casi una excusa para poder llevar a cabo el «atraco perfecto». Un plan tan ingenioso, tan meticulosamente diseñado, merecía una motivación mucho más potente. Al final, el plan es más interesante que el objetivo del plan, y eso es un problema grave.

No me malinterpreten, la película está bien hecha. La dirección de Spike Lee es elegante, la fotografía de Matthew Libatique es excelente y la banda sonora de Terence Blanchard acompaña bien. Pero el cine no es solo técnica. Es emoción, es conexión, es sentir que el tiempo que inviertes vale la pena. Y al terminar de ver ‘Plan Oculto’, mi sensación fue la de haber asistido a un truco de magia muy elaborado en el que el mago se recrea tanto en los preparativos que se olvida de que el público espera un final sorprendente. El conejo que sale de la chistera es pequeño, predecible y ni siquiera es tan adorable como prometía.

Jodie Foster en su papel de Madeleine White

Un personaje con potencial que se queda en una mera distracción.

En definitiva, ‘Plan Oculto’ es una de esas películas que, en mi humilde opinión de consumidor de cine, está tremendamente sobrevalorada. Es un ejercicio de estilo interesante, un escaparate para el talento de su reparto, pero como thriller, como historia que te atrape y te sorprenda, fracasa. Le sobran minutos, le falta tensión y su gran revelación es un anticlímax. Pude haber dedicado esas dos horas a ver dos capítulos de una buena serie, a leer un libro o, sinceramente, a cualquier otra cosa. Le doy dos estrellas, y es por Denzel y por la buena factura técnica. Por lo demás, fue una decepción. Un plan tan perfecto que se olvidó de ser emocionante.

Y tú, ¿crees que ‘Plan Oculto’ es una obra maestra o también te dejó con la sensación de que el plan era mejor que la ejecución?

«La Acompañante»: ¿Es Sophie Thatcher la nueva musa del terror inteligente?

Crítica de ‘La Acompañante’: Cuando la compañía perfecta es tu peor pesadilla

Póster de La Acompañante

Ficha Técnica

  • Título original: Companion
  • Año: 2025
  • Duración: 97 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Drew Hancock
  • Guion: Drew Hancock
  • Reparto: Sophie Thatcher, Jack Quaid, Lukas Gage, Rupert Friend, Harvey Guillén, Megan Suri
  • Género: Thriller, Ciencia Ficción, Terror, Comedia Negra

«La muerte de un multimillonario desencadena una serie de acontecimientos para Iris y sus amigos durante un viaje de fin de semana a su finca junto al lago.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=22xmiGr9gNc?si=H5CHLZXL3LY8pAXh&w=560&h=315]

A veces, te sientas en la butaca del cine sin saber muy bien qué esperar. Ves un póster, lees una sinopsis que parece un cliché y te preparas para otra película de fin de semana que olvidarás antes de que terminen los créditos. Eso pensaba yo de «La Acompañante». Pero, de vez en cuando, el cine te da una bofetada (en el buen sentido) y te presenta algo retorcido, divertido y extrañamente profundo. La ópera prima de Drew Hancock es una de esas sorpresas que te reconcilian con el género del thriller de ciencia ficción, un terreno tan manoseado que encontrar algo con personalidad propia es casi un milagro.

La película arranca con todos los tropos que hemos visto mil veces: una pareja de enamorados, Iris (una magnética Sophie Thatcher) y Josh (Jack Quaid, que ha nacido para estos papeles de «buen tipo con algo que ocultar»), se van de fin de semana a una casa aislada en un lago con los amigos de él. El ambiente es idílico, casi artificial. Desde el primer minuto, algo no encaja. Iris parece demasiado perfecta, demasiado atenta, casi como si estuviera siguiendo un guion. Y, en cierto modo, lo está. El giro, que la película no tarda en desvelar, es que Iris no es humana. Es una «Acompañante», un androide de última generación diseñado para ser la pareja ideal. Pero, ¿ideal para quién y a qué precio?

Escena de La Acompañante

Lo que podría haber sido una versión más de «Ex Machina» o un capítulo alargado de «Black Mirror» se convierte rápidamente en una sátira negrísima y sangrienta sobre las relaciones, la masculinidad tóxica y la codicia humana. Hancock no está tan interesado en las tres leyes de la robótica como en analizar la estupidez supina del ser humano. Los amigos de Josh no son más que un catálogo de arquetipos detestables: el alfa competitivo, la pareja superficial, el conspiranoico… Y en medio de ellos, Iris, una máquina diseñada para complacer, empieza a observar, a aprender y, sobre todo, a detectar las grietas en la fachada de normalidad de sus anfitriones.

El guion es inteligente al jugar con lo que el espectador sabe y lo que los personajes ignoran. Nosotros somos cómplices del secreto de Iris, y eso genera una tensión deliciosa. Cada conversación, cada gesto, está cargado de un doble sentido. Cuando los secretos de los humanos empiezan a salir a la luz, la película se despoja de su piel de thriller psicológico para convertirse en un slasher con todas las letras, pero uno con un cerebro y un sentido del humor corrosivo. La violencia es explícita y festiva, casi catártica. Es como si la película nos dijera: «¿Veis lo que pasa cuando lleváis al límite a quien habéis creado para serviros?».

Sophie Thatcher en La Acompañante

Sophie Thatcher es, sencillamente, el alma de la película. Su transformación de una «esposa-robot» sumisa y de ojos abiertos a una entidad consciente y letal es fascinante. Transmite una ternura inicial que hace que su posterior rebelión sea aún más impactante. Por su parte, Jack Quaid vuelve a demostrar que es uno de los actores más interesantes de su generación, capaz de equilibrar encanto y una ambigüedad moral que te mantiene en vilo. Hay una química innegable entre ellos que eleva el material por encima de una simple película de género.

Visualmente, Hancock sabe sacar partido de su único escenario. La casa junto al lago, un símbolo de estatus y escapismo, se convierte en una jaula de cristal donde los instintos más primarios salen a flote. La fotografía juega con los colores fríos y metálicos para recordarnos la naturaleza artificial de Iris, en contraste con la calidez del entorno natural que los humanos parecen decididos a corromper. No es una película que vaya a revolucionar el lenguaje cinematográfico, pero está rodada con una eficacia y una confianza que asombran para ser un debut.

Sin embargo, «La Acompañante» no es perfecta. Su tercer acto, aunque entretenido, puede resultar un poco más convencional de lo que prometía su arranque. Cae en algunos clichés del «villano que habla demasiado» y la resolución, aunque satisfactoria, podría haber sido un poco más valiente en su mensaje final. A veces, la mezcla de tonos, entre la comedia negra y el terror puro, puede descolocar a quien busque una experiencia más directa. No es una película de terror que te haga saltar de la silla, sino una que te deja con una sonrisa incómoda y un mal cuerpo que dura horas.

Jack Quaid en La Acompañante

Al final, «La Acompañante» es una reflexión muy actual sobre la soledad en la era tecnológica y hasta qué punto buscamos en la tecnología un reflejo idealizado de nosotros mismos, una versión sin los defectos que tanto odiamos. La película plantea una pregunta perturbadora: ¿quién es el verdadero monstruo? ¿La inteligencia artificial que aprende a ser violenta para sobrevivir o los humanos que, con su egoísmo y crueldad, le enseñan el camino? Es una mezcla salvaje entre «Thelma y Louise» y «Terminator», con el comentario social de «Barbie» pasado por un filtro de sangre y vísceras.

En definitiva, es una propuesta fresca, original y muy disfrutable. Un debut prometedor que te hará mirar dos veces a tu asistente virtual y preguntarte qué piensa de ti realmente. No es una obra maestra, pero sí una de esas películas de «culto instantáneo» que se comentan a la salida del cine. Y en un panorama lleno de secuelas y remakes, eso ya es una victoria. Merece la pena, aunque solo sea por ver a Sophie Thatcher repartir justicia poética con la frialdad de un procesador y la furia de una mujer harta de que le digan lo que tiene que hacer.

Y tú, ¿confiarías en una IA para ser tu pareja ideal? ¿O crees que es el primer paso para nuestra propia extinción? ¡Deja tu opinión en los comentarios!

David Ayer dirige a Statham en «A working man»: una combinación explosiva.

Poster de Rescate Impecable

Ficha Técnica

  • Título original: Levon’s Trade
  • Año: 2025 (Previsto)
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: David Ayer
  • Guion: Sylvester Stallone. Novela: Chuck Dixon
  • Reparto: Jason Statham, David Harbour, Michael Peña, Jason Flemyng, Arianna Rivas
  • Productora: Balboa Productions, Cedar Park Studios
  • Género: Acción. Thriller. Secuestros / Desapariciones

«Levon Cade (Jason Statham) ha dejado atrás su antigua vida en las ‘profesiones oscuras’ para buscar una existencia sencilla como trabajador de la construcción y ser un buen padre para su hija. Sin embargo, cuando la hija adolescente de su jefe desaparece, se ve obligado a recurrir a las habilidades que lo convirtieron en una leyenda en el mundo de las operaciones encubiertas.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=gGOXUdcE6hk?si=C8T2BMjAWA1KbdoM&w=560&h=315]

Statham: La fórmula que no falla

A estas alturas del partido, entrar a una sala de cine para ver una película de Jason Statham es como pedir tu plato favorito en el restaurante de siempre: sabes exactamente lo que vas a recibir, y precisamente por eso lo pides. «Rescate Impecable» (o «Levon’s Trade», como se la conoce en su título original) no viene a reinventar la rueda del cine de acción, ni lo pretende. Y ahí, amigos, reside su mayor virtud. Es una promesa honesta de testosterona, coreografías de combate brutales y un protagonista que resuelve problemas geopolíticos con la misma facilidad con la que tú y yo abrimos un bote de olivas.

La premisa es sencilla, casi un arquetipo del género. Tenemos a Levon Cade, un tipo duro con un pasado más oscuro que el café de madrugada, intentando llevar una vida normalita como obrero. Quiere ser un buen padre, alejarse del lío. Pero claro, el lío es como un ex tóxico: siempre vuelve. Cuando la hija de su jefe desaparece, a Levon no le queda más remedio que desempolvar el arsenal de habilidades que lo convirtieron en una leyenda urbana para las agencias de inteligencia. Es la clásica historia del hombre tranquilo al que obligan a volver a ser una máquina de matar. ¿Nos quejamos? Para nada.

Jason Statham en una escena de acción

Lo que hace especial a esta cinta, dentro de su predecible universo, es la mano de David Ayer en la dirección. Conocido por su estilo crudo y visceral en películas como «Sin Tregua» o «Corazones de Acero», Ayer le imprime a «Rescate Impecable» una pátina de realismo sucio que le sienta de maravilla. No estamos ante la acción limpia y casi de videojuego de otras franquicias. Aquí los golpes duelen, la sangre mancha y las consecuencias se sienten. Cada puñetazo, cada llave y cada tiroteo están coreografiados con una intención clara: mostrar la eficiencia letal de un profesional, sin adornos innecesarios.

Y en el centro de todo, como un sol de violencia contenida, está él: Jason Statham. Este hombre ha creado un personaje cinematográfico que trasciende sus películas. Ya se llame Arthur Bishop, Deckard Shaw o Levon Cade, sabemos que estamos ante el mismo tipo: un antihéroe con un código moral propio, inexpresivo pero carismático, y con una capacidad para el caos que ríete tú de un huracán. Statham no necesita grandes diálogos ni arcos dramáticos complejos. Su cuerpo es su instrumento, y su mirada, su guion. Transmite más con un ceño fruncido que muchos actores con un monólogo de cinco páginas.

La película avanza a un ritmo endiablado. No hay tiempo para el aburrimiento. La investigación de Levon para encontrar a la chica desaparecida se convierte en una excusa perfecta para encadenar una serie de set pieces de acción, cada una más espectacular que la anterior. Desde una pelea en un bar que acaba con más huesos rotos que mobiliario sano, hasta persecuciones en coche que desafían las leyes de la física y tiroteos en almacenes mugrientos que son pura poesía de la pólvora. David Ayer sabe filmar la acción de cerca, metiéndote en el meollo, haciéndote sentir el crujido de cada hueso.

Escena de tensión en Rescate Impecable

Un punto interesante es el guion, firmado nada menos que por Sylvester Stallone. Se nota la mano del viejo Sly, el amor por el cine de acción de los 80 y 90, donde los héroes eran tipos duros y de pocas palabras. La trama, basada en la novela de Chuck Dixon, es directa y sin florituras. No busca giros de guion imposibles ni subtramas que nos distraigan de lo importante: ver a Statham repartiendo estopa. Es una película que va al grano, que respeta al espectador y le da exactamente lo que ha venido a buscar.

El elenco secundario cumple su función a la perfección. David Harbour y Michael Peña aportan ese contrapunto necesario, ya sea como aliados reticentes o como antagonistas con carisma. Son buenos actores que entienden en qué tipo de película están y juegan a favor de obra, sin intentar robarle el foco al protagonista, pero enriqueciendo el universo de la cinta con su presencia. La química entre ellos y Statham funciona, creando momentos de tensión y, a veces, de un humor muy negro que se agradece.

Visualmente, «Rescate Impecable» es oscura y urbana. La fotografía resalta la sordidez de los bajos fondos en los que se mueve Levon. No hay paisajes bonitos ni puestas de sol. Todo es hormigón, neón y acero. Es un mundo hostil, y nuestro protagonista es el depredador alfa que se mueve por él. Esta estética ayuda a construir la atmósfera y a que nos creamos la brutalidad de lo que estamos viendo. No es una película «bonita», y eso es un cumplido.

Statham preparando su próximo movimiento

En definitiva, «Rescate Impecable» es un plato contundente y sabroso. Es puro cine de evasión, una montaña rusa de adrenalina que te atrapa desde el primer minuto y no te suelta hasta los créditos finales. No ganará un Oscar al mejor guion original, pero te dará una de las sesiones de cine más entretenidas del año. Es una celebración del héroe de acción clásico, un género que algunos daban por muerto pero que, gracias a titanes como Statham, sigue más vivo que nunca.

Si eres de los que disfrutan con una buena historia de venganza, con coreografías de lucha espectaculares y con un protagonista que es la personificación de la palabra «imparable», no lo dudes. «Rescate Impecable» es tu película. Es Statham haciendo lo que mejor sabe hacer, y nosotros, como espectadores, solo podemos sentarnos, disfrutar y dar las gracias porque sigan existiendo películas así: honestas, brutales y endiabladamente divertidas.

Slasher retro y juvenil: valoración rápida de La calle del terror

Póster de La calle del terror: La reina del baile

Ficha técnica

Título original: Fear Street: Prom Queen
Título en español: La calle del terror: La reina del baile
Dirección: Matt Palmer
Guion: Matt Palmer, Donald McLeary (basado en la novela de R. L. Stine)
Música: The Newton Brothers
Fotografía: Márk Györi
Montaje: Christopher Donaldson
Reparto principal: India Fowler, Suzanna Son, Fina Strazza, David Iacono, Ella Rubin, Chris Klein, Ariana Greenblatt, Lili Taylor, Katherine Waterston
País: EE. UU. Año: 2025 Duración: 90 min
Productora: Chernin Entertainment Distribuidora: Netflix

Sinopsis: El insti de Shadyside monta su baile del 88 con globos, neones y cuatro candidatas a reina peleando por la corona… hasta que empiezan a desaparecer. Lo que iba a ser una noche de confeti se convierte en un festival de sangre. Vamos, lo típico del pueblo.

[youtube=https://www.youtube.com/watch?v=-Y5F-VodcGo&w=560&h=315]

Crítica

Arrancamos con neones morados, musiquita retro y un walkman que ya huele a rancio. Vamos, que el director nos suelta un “hola, esto va de nostalgiar y rajar arterias”. Y yo encantado. El asesino se pasea por los pasillos como Pedro por su casa mientras los profes están a sus cosas (seguro corrigiendo exámenes). Primer susto, primera víctima, y palomitas al aire. Feliz.

La prota Lori (India Fowler) es la típica chica maja que no parte el bacalao, pero espabila rápido. Se nota que la muchacha ha visto pelis de miedo porque no tarda en decir “eh, aquí pasa algo chungo”. A su lado, la reina abeja del instituto se gana el título de “la que más ganas tienes de ver caer”. Spoiler: cuando le toca, el cine aplaude. ¡PUM!

Lori (India Fowler) en los pasillos de Shadyside

Entre medias, el dire nos regala cuchilladas originales: una cabeza contra espejo, un corsage que pincha más que un erizo y hasta un fotomatón que se vuelve carnicería. ¿Realista? Ni de coña. ¿Divertido? Como meter Mentos en Coca‑Cola.

La foto mola: azules fríos cuando hay tensión y rojos que saltan en tu cara cuando alguien la palma. Homenaje a “Carrie” clarísimo: cubo de (no digo qué) sobre la chica y a correr. Pero con rollo videoclip ochentero. Le falta que salga Bonnie Tyler cantando “Holding Out for a Hero”.

La pista de baile bañada en luces de neón

La música, puro sintetizador. Los Newton Brothers se montan una playlist que igual te vale para planchar camisas que para rajar amigos. Ojo al tema “Crown of Fear”, que se pega más que el chicle en suela de zapato.

¿Fallos? Pues hombre, el misterio se huele desde Cuenca. A la media hora ya ves venir quién maneja el cotarro. Pero sinceramente, me daba igual. Yo estaba para contar muertes y aplaudir cada invento gore. Esto es como el karaoke: sabes la letra, pero te lo cantas igual.

Las candidatas a reina del baile de Shadyside

Palmer se marca un plano secuencia por todo el gimnasio que parece atracción de feria. Luces locas, humo barato y un asesino que no se cansa: cardio nivel dios. El CGI canta un poco, pero nada grave. Yo estaba ya de pie gritando “¡dale, dale!” cual hooligan.

El remate final deja la puerta abierta a más secuelas (cómo no). Una cinta de walkman sonando “Don’t you forget about me” mientras el asesino hace mutis. Guiño, codazo, y a esperar la próxima. Yo firmo ya.

Resumiendo: slasher facilón, juvenil, perfecto para maratón de finde con colegas. No es la octava maravilla, pero entretiene como un buen meme de gatos. Sangre, neones y brillantina, ¿qué más quieres? Ponte la tiara y que empiece la fiesta.

¿Te apuntas a coronarte (o a palmar) en el baile? Pues dale al play, sube el volumen y que corra la sangre… digo, la diversión. 😉🔪👑

Juego de Ladrones 2: Pantera

Título original: Den of Thieves 2: Pantera

Dirección: Christian Gudegast

Guion: Christian Gudegast

Reparto: Gerard Butler, O’Shea Jackson Jr., Toby Kebbell, Michael Bisping

Género: Acción, Thriller, Crimen

Duración: 104 minutos

País: Estados Unidos / Reino Unido / Alemania

Año: 2024

Juego de Ladrones 2: Pantera es una de esas secuelas que no finge ser otra cosa: es una continuación directa, musculosa y explosiva de todo lo que fue la primera. ¿Más profunda? No. ¿Más ambiciosa? Tampoco. ¿Más europea, más violenta, más ridículamente testosterónica? Por supuesto. Y eso, para bien o para mal, es justo lo que esperábamos.

Gerard Butler vuelve con cara de “no he dormido en tres días” y barriga de inspector de kebabs, y eso es exactamente lo que necesitamos. Su personaje, Big Nick O’Brien, ha cruzado el Atlántico tras el gran golpe de Merriman (Pablo Schreiber en la original) y se planta en Londres con resaca, un fusil automático y cara de pocos amigos. ¿La misión? Cazar al escurridizo Donnie, interpretado por O’Shea Jackson Jr., que ha perfeccionado el arte del camuflaje entre la clase criminal europea.

Si en la primera película teníamos Heat en versión Costco, esta vez el modelo de inspiración está más cerca de Ronin, con sus persecuciones por calles estrechas, sus cafés de espías, y sus maletines sospechosos. Y aunque Pantera nunca alcanza la elegancia de aquellas referencias, sí logra algo importante: no aburrir nunca.

La dirección de Gudegast se ha refinado, aunque sin perder ese toque de bar de moteros en plena redada. La violencia sigue siendo cruda, seca, efectiva. Los diálogos… bueno, siguen sonando como si los hubiera escrito un tipo que se comunica principalmente con emojis de calavera, cerveza y explosión. Pero es parte del encanto. Uno no entra a Juego de Ladrones 2 buscando existencialismo. Entras buscando un atraco imposible, una persecución por Londres, y a Gerard Butler gritando “¡dónde coño está el dinero!” mientras se toma un Red Bull con whisky.

Lo mejor de esta entrega es su ubicación. Mover la acción a Europa le sienta bien a la saga. Hay un aire más internacional, una sensación de juego mayor, casi como si esto fuese la versión obrera de Misión Imposible. Las escenas en París, las referencias a diamantes africanos, las conexiones balcánicas… todo le da textura. No coherencia, pero sí espectáculo.

El personaje de Donnie, por su parte, crece. O’Shea Jackson Jr. sigue siendo el tipo tranquilo con mirada de “sé más que tú”, y aquí demuestra que puede sostener la narrativa por sí mismo. De hecho, en varios momentos parece que esta ya no es la historia de Big Nick, sino la de Donnie convertido en leyenda del bajo mundo.

¿Y qué hay del plan del atraco? Una locura. Intrincado, exagerado, rebuscado… pero condenadamente entretenido. Aquí no hay espacio para la lógica. Es como un truco de magia en plena rave: ruido, luces, y cuando te das cuenta, ya te han robado. Eso sí, todo se sostiene por el carisma y el ritmo. Porque aunque el guion tiene huecos como un queso gruyère en huelga, lo que importa es que siempre avanza.

Y sí, hay humor involuntario. Hay frases que harían sonrojar a un guionista de Fast & Furious, pero también hay algo profundamente honesto en todo esto. Pantera sabe lo que es: una película de acción pasada de vueltas, donde el cine se convierte en gimnasio narrativo. Aquí nadie viene a filosofar sobre la justicia social. Aquí se dispara primero y se pregunta después, si es que se pregunta algo.

En resumen:
¿Es mejor que la primera? No.
¿Es más absurda? Sí.
¿Te lo pasas bomba igual? Sin duda.

Juego de Ladrones 2: Pantera es lo que pasa cuando alguien dice “quiero más de lo mismo, pero en Europa y con más acento británico”. Y lo consigue. No tiene la sorpresa de la original, pero se defiende como una bestia herida: a gritos, a golpes, y dejando el escenario lleno de casquillos.

Si te gustó la primera, esta es tu dosis de adrenalina. Si no te gustó… ¿para qué vienes aquí?

THE PITT. LA SERIE QUE NADIE VIO VENIR Y LO CAMBIO TODO

Un disparo en la oscuridad que dio en el centro del alma

Hay series que llegan con bombo, platillo y marketing desbordado. Y luego está The Pitt, que emergió como un eco profundo desde una caverna olvidada, sin promesas rimbombantes ni reparto plagado de nombres mainstream, pero con una potencia narrativa tan brutal que no podías mirar a otro lado. Verla fue como tropezar con una joya enterrada en la acera de una ciudad en ruinas: inesperado, sucio, y absolutamente hipnótico.

La sorpresa de la temporada no vino de HBO, ni de Netflix, ni de Prime. Vino de ahí, de ese rincón que nadie miraba, de ese canal o plataforma que tenías medio abandonado. Y lo cambió todo.

Una ciudad que respira sangre y secretos

La ciudad sin nombre de The Pitt —aunque bien podríamos llamarla “la fosa”, como bromean algunos personajes— es un protagonista más. Es Detroit sin esperanza, Gotham sin héroes, un Nápoles sin romanticismo. Aquí no hay redención, pero sí un sentido profundo de pertenencia. Es un agujero emocional del que no puedes escapar.

La estética es fría pero no estéril. Las cámaras nerviosas, los planos cerrados, los silencios densos… todo compone una narrativa visual tan absorbente como violenta. Y es ahí donde The Pitt acierta sin concesiones: no trata de ser bonita, ni quiere gustarte. Quiere que te sientas atrapado. Que huelas el óxido. Que sudes su miedo.

Una trama que no se disculpa, personajes que no se explican

Los personajes de The Pitt no tienen tiempo para la exposición. Aquí no se pierde tiempo en justificar comportamientos. Los entiendes porque los ves sangrar, mentir, amar, traicionar y perder. La serie confía en que estés dispuesto a mirar de cerca. Y eso, hoy, es un milagro.

Lena es, probablemente, uno de los mejores personajes femeninos de los últimos años. No necesita ser “fuerte” en el sentido convencional. Es contradictoria, herida, cruel a veces, maternal otras. Y nunca pierde la dignidad. A su lado, su opuesto —Daryl— brilla con una oscuridad contenida que te revienta por dentro. Lo odias. Luego lo entiendes. Luego lo extrañas.

Y el elenco secundario… cada rostro está trabajado como si fuera el protagonista de su propia serie. Hay personajes que aparecen en dos episodios y te dejan un hueco que no se llena ni en cinco temporadas de otras series más “prestigiosas”.

La violencia no es espectáculo. Es herida abierta

En The Pitt, la violencia no es cool. No hay coreografías espectaculares, no hay efectos que embellezcan el horror. Cuando alguien muere, pesa. Cuando alguien golpea, duele. Cuando alguien rompe, es real.

Y eso no es solo una decisión estética. Es una postura política. The Pitt no romantiza la marginalidad. No fetichiza el barrio. No convierte el crimen en un juego. Es cruda sin ser cínica. Es dura sin ser vacía. Es honesta sin sermón.

Lo que calla la serie resuena más fuerte que cualquier diálogo

Y luego están los silencios. Dios, qué manera de usar el silencio. Hay escenas que duran tres minutos donde nadie dice nada y entiendes todo. Porque The Pitt sabe que la emoción se cocina despacio. Que los traumas no se explican: se intuyen. Que la culpa, la redención y el amor muchas veces no se dicen: se muestran en un cruce de miradas, en una puerta que no se cierra, en una pistola que no se dispara.

La música que nunca sube el volumen, pero te rompe el pecho

La banda sonora es tan contenida como precisa. No hay himnos pegadizos ni montajes con temazos. Hay atmósfera. Hay tensión. Hay dolor. Cada nota está al servicio del momento, no del algoritmo. Y cuando aparece una canción reconocible, lo hace con un propósito. Como una herida que alguien te nombra.

El riesgo como lenguaje. El dolor como estructura.

The Pitt no quiere complacerte. Te exige. Te empuja. Te incomoda. Y al final, cuando terminas la última escena —y qué escena final— no puedes evitar quedarte ahí, un rato, mirando la pantalla en negro. Con ese nudo en la garganta que no sabes si es por tristeza, por rabia o por belleza.

En un panorama saturado de fórmulas y reciclajes, The Pitt es una anomalía. Un error precioso. Un glitch emocional. Y ojalá vengan más.

Conclusión: The Pitt no se recomienda. Se sobrevive.

Esta serie no es para todo el mundo. Y eso está bien. Porque tampoco es para vender camisetas ni para tener un spin-off. Es para los que aún creemos que la televisión puede ser arte. Que una serie puede doler. Y que vale la pena mirar en las sombras para encontrar joyas que brillan más por su oscuridad que por sus luces.

Si aún no la has visto, no leas más. Mírala. Y luego, si quieres, hablamos.

Funciona con WordPress & Tema de Anders Norén