Categoría: cultura

Análisis de «Era de idiotas», el libro que explica por qué tu vecino te cae mal.

Portada Reseña Era de Idiotas CP Cine

Ficha Técnica

  • Título: Era de idiotas: Educar en la confianza para crecer en sana convivencia
  • Autor: David Pastor Vico (@granvico)
  • Editorial: Ariel / Planeta
  • Género: Ensayo / Filosofía práctica
  • Valoración CP Cine: ★★★★☆ (4.5/5)
Veredicto del Experto Amateur: ★★★★½ «Un abrazo asfixiante pero necesario»

En resumen…

Vico nos habla de la dualidad de la educación de antaño y de ahora y de cómo se están perdiendo los valores de grupo por una sociedad individualista y competitiva acérrima.

Vico en acción (Dale al play)

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*Contexto visual para entender el tono del libro.

Crítica: La bofetada filosófica

He leído el libro de David Pastor Vico (@granvico) «Era de idiotas: Educar en la confianza para crecer en sana convivencia» y he de reconocer que ha sido como un abrazo asfixiante. Ya sabéis, un abrazo de alguien que te quiere bien pero que no mide la fuerza. Un gesto rudo, pero necesario, siempre necesario. En mi época decían (y esto va totalmente contra el criterio pedagógico moderno y del propio libro) «que una buena ostia a tiempo evitaba muchas más». Y qué razón tenían haciendo la analogía con este abrazo asfixiante a modo de ensayo del señor Pastor. No es violencia, es despertar. Es sacudirte el polvo de la tontería moderna.

David Pastor Vico

Vico: el filósofo que no te regala el oído, te lo retuerce para que escuches.

El libro podría resumirse en un «quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos» como dirían los míticos Siniestro Total. Pero aquí viene el problema: lejos de llegar a galaxias lejanas y avanzadas tipo Star Wars, donde al menos hay sables de luz y rebeliones organizadas, estamos más en la órbita de la película Idiocracia. Y mira que en esa película ellos inventaron los viajes en el tiempo… Que ya es decir para el mochuelo de sociedad que nos está quedando a nosotros. Nos estamos convirtiendo en una parodia de nosotros mismos, regando las plantas con bebidas energéticas porque «tienen electrolitos», metafóricamente hablando.

Escena de la película Idiocracia

¿Ciencia ficción o documental del futuro próximo?

Vico nos habla de la dualidad de la educación de antaño y de ahora y de cómo se están perdiendo los valores de grupo por una sociedad individualista y competitiva acérrima. Pone un foco brutal sobre la infancia y el juego y de cómo se ha perdido la calle. Este es un tema que, como terapeuta ocupacional —que es a lo que me dedico cuando no juego a ser crítico de cine— me encanta y me preocupa a partes iguales. Ese aislamiento de los niños, cada vez más de puertas para adentro de las últimas décadas, puede afectar drásticamente en el día a día. Estamos criando unas generaciones que, con recursos cada vez más limitados, buscan más su propia autocomplacencia inmediata que el bien común. El «nosotros» se diluye en un mar de «yos» gritando en redes sociales.

Por otro lado, el libro nos enseña ese famoso concepto de los «otros». Ese enemigo invisible que, puede que como causa o consecuencias según quien lo lea, nos está llevando a ese egocentrismo. Un individualismo absoluto que, si la ciencia es lo que vende (la evolución premia la cooperación, no el egoísmo estúpido), nos llevará al fracaso más absoluto como especie. No es pesimismo, es biología básica aplicada a la sociología: si no colaboramos, nos extinguimos o nos volvemos irrelevantes.

Yo lo recojo fundamentalmente como un libro de educación obligatorio para padres jóvenes. Pero también es un libro de advertencia roja para abuelos, padres y noveles. Y ojo al matiz de clase: es un libro pensado sobre todo para la clase media hacia abajo. Entendido al «rico» como lo entiende Vico: como ese porcentaje mínimo que controla el máximo del planeta y que vive en otra realidad. Para el resto, para los que madrugamos y peleamos la nómina, este libro es el manual de instrucciones que perdimos al nacer.

Niños en Independence Day

Esperando a los aliens… o el fin del mundo tal como lo conocemos.

En definitiva, «Era de idiotas» es una bofetada en la cara sobre la sociedad en la que nos hemos convertido. Y, siendo negativos —o realistas—, seguiremos siendo sin mucho esforzarse en imaginarlo. Olvidaos de esa imagen heroica de las naciones del mundo unidas de Independence Day luchando contra los alienígenas. Si eso pasara hoy, nosotros seríamos ese corte de minuto y medio de la película de los que… bueno, o no se creían nada y morían por idiotas, o los que intentaban ceder ante una raza superior para salvar su propio pellejo y morían igual. Como diría Mark Rutte (Secretario General de la OTAN): «Sí Papa…» A Donald Trump…. Una lectura imprescindible si quieres entender por qué el mundo gira a veces al revés.

🤔 Debate Amateur

«¿Crees que el individualismo nos hace más fuertes o simplemente más fáciles de romper? ¿Somos la generación de Idiocracia?»

👇 ¡Os leo en los comentarios! 👇

Pandora: La increíble construcción de mundo en la película Avatar

Avatar: El día que llegué tarde a la mayor fiesta del cine

Póster de la película Avatar

Ficha Técnica

  • Título original: Avatar
  • Año: 2009
  • Duración: 162 min.
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: James Cameron
  • Guion: James Cameron
  • Música: James Horner
  • Fotografía: Mauro Fiore
  • Reparto: Sam Worthington, Zoe Saldaña, Sigourney Weaver, Stephen Lang, Michelle Rodriguez, Giovanni Ribisi
  • Productora: 20th Century Fox, Lightstorm Entertainment
  • Género: Ciencia ficción. Aventuras. Bélico. Romance | Extraterrestres. Ecologismo. 3-D
«Año 2154. Jake Sully, un ex-marine condenado a vivir en una silla de ruedas, sigue siendo, a pesar de ello, un auténtico guerrero. Y por eso ha sido designado para ir a Pandora, donde algunas empresas están extrayendo un mineral extraño que podría resolver la crisis energética de la Tierra. Para contrarrestar la toxicidad de la atmósfera de Pandora, se ha creado el programa Avatar, gracias al cual los seres humanos ‘conductores’ pueden conectar sus conciencias a un avatar, un cuerpo biológico controlado de forma remota que puede sobrevivir en el aire letal. Esos cuerpos han sido creadados con ADN humano, mezclado con ADN de los nativos de Pandora, los Na’vi.»
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A veces, uno llega tarde a las fiestas. Y no me refiero a llegar media hora después, sino a aparecer cuando ya han recogido, limpiado y solo queda el eco de la música. Eso es exactamente lo que me ha pasado con Avatar. Sí, en pleno 2024, he visto por primera vez la película que reventó las taquillas de todo el mundo en 2009. Y qué queréis que os diga, a pesar del riesgo de que el paso del tiempo le hubiera sentado mal, me he encontrado con una obra maestra que me ha volado la cabeza. Supongo que es la ventaja de no tener expectativas, de llegar virgen a una historia que todos conocían. Y mi veredicto es claro: James Cameron es un genio, y Avatar se ha colado de un salto en mi top 10 personal.

Lo primero que me atrapó, y es algo que me habéis oído decir muchas veces, es el alma de la película. Más allá de los efectos especiales, que incluso hoy, quince años después, siguen siendo espectaculares, está el mensaje. Un mensaje ecologista tan potente, tan radical y tan necesario que te golpea en la cara. La forma en que Cameron nos presenta Pandora, no como un simple escenario de ciencia ficción, sino como un ser vivo, un organismo interconectado donde cada planta, cada criatura, cada Na’vi forma parte de un todo (Eywa), es de una belleza abrumadora. La lucha de los Na’vi no es solo por su tierra; es una lucha por su madre, por la vida misma, contra la avaricia destructiva de los «hombres del cielo». Es imposible no sentirse interpelado.

Escena de los Na'vi en el bosque de Pandora

Recuerdo escuchar durante años las críticas que la tachaban de ser una versión de «Pocahontas en el espacio» o «Bailando con Lobos con pitufos gigantes». Y vale, sí, la estructura del guion es clásica. El soldado que se infiltra en la cultura enemiga y acaba enamorándose de ella y liderando su rebelión no es algo nuevo. Pero reducir Avatar a eso es de una simpleza insultante. Cameron utiliza ese arquetipo universal, esa estructura que sabemos que funciona, como un vehículo para contarnos algo mucho más grande. La usa para que podamos empatizar con Jake Sully y, a través de sus ojos, descubrir la magia de Pandora y la injusticia de la invasión humana. Es un esqueleto familiar que sostiene un cuerpo completamente nuevo y fascinante.

Hablemos del mundo. Pandora es, sin duda, uno de los universos mejor construidos de la historia del cine. No son solo los paisajes de bosques bioluminiscentes o las montañas flotantes «Hallelujah». Es la coherencia de su ecosistema. Los Banshees (Ikran) y su vínculo sagrado con los guerreros, los Direhorses, las plantas que se encogen al tacto… todo tiene un sentido. Cameron y su equipo no crearon un fondo bonito, crearon un planeta con sus propias reglas, su propia biología, su propia cultura. La lengua Na’vi, sus rituales, su conexión neuronal con la naturaleza a través de la «trenza»… todo está pensado al milímetro para que la inmersión sea total. Te crees Pandora, y por eso duele tanto ver cómo las excavadoras la arrasan.

El viaje del protagonista, Jake Sully, es otro de los pilares de la película. Es un personaje roto, un marine postrado en una silla de ruedas que ha perdido su propósito. El programa Avatar no solo le da unas piernas nuevas, le da una nueva vida, una razón para luchar. La dualidad entre su frágil cuerpo humano y su poderoso avatar Na’vi es una metáfora genial. En el mundo humano es un inválido, pero en Pandora es libre, fuerte y capaz de conectar con algo más grande que él mismo. Su transformación no es solo física, es espiritual. Pasa de ser un soldado que sigue órdenes a ser un líder que defiende sus conviciones, encontrando su verdadera identidad en un cuerpo que, teóricamente, no es el suyo.

Jake Sully como Avatar Na'vi

Y claro, no podemos olvidar la tecnología. Viendo la película en una buena pantalla en casa, no puedo ni empezar a imaginar lo que tuvo que ser la experiencia original en 3D en 2009. Debió ser una auténtica revolución, algo nunca visto. Pero lo increíble es que, quitando ese factor sorpresa, los efectos visuales siguen aguantando el tipo de una manera asombrosa. La integración del CGI con los personajes y escenarios es tan perfecta que nunca sientes que estás viendo un efecto digital. Los Na’vi tienen peso, sus expresiones son increíblemente detalladas y sus movimientos son fluidos. James Cameron no usó la tecnología como un truco, sino como una herramienta para contar su historia, para hacer tangible el mundo que había imaginado durante años. Y eso, amigos, es la diferencia entre un artesano y un verdadero artista.

El coronel Miles Quaritch merece una mención aparte. Es el villano perfecto para esta historia. No es un malo de opereta, es un personaje con una lógica interna aplastante, aunque sea una lógica terrible. Él representa lo peor de la humanidad: la arrogancia, la creencia de que la fuerza da la razón y el desprecio absoluto por todo lo que no se puede explotar o destruir. Sus discursos, su cicatriz, su forma de ver a los Na’

Autismo, acción y pólvora: así despunta El contable

😮‍💨🔥🧮 Basta un disparo para que el público se aparte de la butaca, basta un buen personaje para que se incline hacia la pantalla. The Accountant —estrenada en 2016 con la promesa de fusionar la elegancia numérica con la violencia milimétrica— cumple ambas máximas durante sus 128 minutos que huelen a pólvora y tinta de impresora. Gavin O’Connor, que venía del drama sudoroso de Warrior, encuentra en el guion de Bill Dubuque un protagonista lleno de fricciones: un genio contable dentro del espectro autista que dedica su talento a “arreglar” los libros de los criminales más peligrosos.

Ben Affleck y Anna Kendrick analizan cifras en una cristalera repleta de fórmulas
Christian Wolff (Ben Affleck) y Dana Cummings (Anna Kendrick) intentando cuadrar la matemática del delito.

Ficha técnica

  • Título original: The Accountant
  • Año: 2016
  • Director: Gavin O’Connor
  • Guion: Bill Dubuque
  • Reparto principal: Ben Affleck, Anna Kendrick, J.K. Simmons, Jon Bernthal, Cynthia Addai-Robinson
  • Duración: 128 minutos
  • País: Estados Unidos
  • Género: Thriller de acción
  • Música: Mark Isham
  • Fotografía: Seamus McGarvey
  • Disponible en: Alquiler digital (Apple TV, Prime Video) y HBO Max
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Christian Wolff revisa meticulosamente una hilera de carpetas idénticas
Orden obsesivo: cada carpeta, un secreto por cuadrar.

😉 Esta ficha no es mero trámite: cada nombre empuja la película hacia un tono quirúrgico que desmonta el cliché del héroe musculoso. Ben Affleck rehúye el histrionismo; su Christian Wolff habla poco, exacto, con una respiración que parece contar pulsaciones como quien hace balance a fin de mes. Durante el rodaje entrenó con contables forenses de la CIA y con veteranos de los Marines para dominar tanto las tablas T como el rifle HK VP9 que empuña 🔫.

🎯 La puesta en escena refuerza esa dualidad. Seamus McGarvey baña los interiores en luz fluorescente, casi clínica, y reserva tonos más cálidos para los escasos ratos de ocio. El resultado recuerda a un cruce entre la pizarra caótica de Una mente maravillosa y la estilización letal de John Wick. Mark Isham, por su parte, firma una banda sonora de pulsaciones graves que acentúa la lógica mecánica de cada disparo.

Ben Affleck y Anna Kendrick discuten en un vestíbulo acristalado
Cuando los números no cuadran, las miradas lo dicen todo.

🤝 El guion no se limita a celebrar la puntería: su mayor acierto es presentar la neurodivergencia no como obstáculo, sino como rasgo identitario. El autismo de Christian no desaparece cuando la trama exige heroicidad; se despliega en su rutina obsesiva —la forma en que corta la panceta del desayuno— y en la honestidad brutal de su conversación con Dana Cummings (Anna Kendrick). Ella parlanchina, él imperturbable: el choque ilumina el centro emocional de la cinta.

🔍 El contrapunto lo aporta Ray King (J.K. Simmons), un sabueso del Departamento del Tesoro que huele sangre en los márgenes contables. Su investigación, sostenida por la agente Medina (Cynthia Addai-Robinson), funciona como metrónomo narrativo: cada hallazgo administrativo anticipa un estallido violento al otro lado del mapa.

😐 No todo brilla igual. La obsesión por explicar cada giro —incluida la infancia militarizada de Christian— ralentiza el segundo acto. O’Connor parece temer que el público no sume dos y dos y, al subrayar motivaciones, diluye parte del misterio.

⚠️🛑 Spoilers a partir de aquí. Cuando descubrimos que Brax (Jon Bernthal) es hermano de Christian, el filme vira hacia un duelo casi shakespeariano: dos hijos moldeados por un padre severo que usan la violencia como idioma familiar. La reconciliación a base de plomo resulta tan artificiosa como efectiva; ambos actores encuentran en la contención física su mejor fraseo dramático 🔄.

🌍 Tras el estruendo queda la pregunta jugosa: ¿qué lugar ocupa la neurodivergencia en el cine de acción contemporáneo? En 2016 The Accountant era rara avis; hoy convive con series como Atypical o The Good Doctor. La diferencia es la mirada: O’Connor no moraliza ni edulcora, muestra una mente distinta negociando con un mundo que exige adaptación mutua.

⚖️ El relativo éxito de taquilla (104 M $ sobre 44 M) y la secuela anunciada prueban que hay hueco para héroes capaces de resolver un sudoku mientras limpian una Glock. No obstante, la industria sigue coqueteando con el tópico del «genio aislado». Cada nuevo intento deberá equilibrar veracidad y espectáculo.

🙌 En definitiva, hablamos de un thriller que pesa cada bala como un decimal en la columna de pérdidas y ganancias. Sus 128 minutos entregan adrenalina de denominación de origen y siembran empatía sobre la singularidad neurológica. ★★★★☆ Si ya la viste, ¿te cuadran mis cuentas o me falta algo en la línea del debe? Recomiéndame otros títulos que traten la neurodiversidad sin paternalismo.

—Cultura Provisional

Quique González y la nostalgia que suena a verdad: “Terciopelo azul” abre las puertas de 1973

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Durante un tiempo pensé que Quique González se había rendido a la comodidad de mirar atrás. Su disco anterior, Copas de yate (2023), era una carta de amor a las canciones que marcaron su juventud, un homenaje sobrio, elegante, casi académico. Pero también era una señal de algo que inquietaba: ¿seguía habiendo canciones nuevas en su guitarra? ¿Quedaban versos por escribir o estábamos ante el inicio de un lento fade out?

La respuesta llega en forma de canción, y no una cualquiera: “Terciopelo azul”. Este primer single de su próximo disco, titulado 1973, no solo es un regreso, es una confirmación. Quique sigue ahí, componiendo, cantando, abrazando su identidad con más claridad que nunca. Y lo hace desde un lugar donde la nostalgia no es una trampa, sino una forma de estar en el mundo.

Volver al origen sin repetir el camino

Grabar con banda en directo, sin excesos ni capas innecesarias, no es algo nuevo en su carrera. Pero en Terciopelo azul hay un matiz distinto. El sonido es cálido, redondo, con una producción que huele a madera, a amplis valvulares, a estudio con luz tenue y músicos concentrados. El mérito es compartido: Toni Brunet repite como productor, rodeado de una banda sólida y sin florituras. Edu Olmedo a la batería, Jacob Reguilón al bajo, César Pop en los sintes, Javier Pedreira y Brunet en guitarras, y Raúl Bernal a los teclados. Todos aportan, pero ninguno eclipsa. La canción respira.

El título remite inevitablemente a la película de David Lynch, y aunque no hay relación directa aparente, ese terciopelo oscuro y suave funciona como metáfora perfecta del tono de la canción: algo hermoso, pero con una sombra detrás. La voz de Quique acaricia el texto con una serenidad que ya no necesita impostar dolor. Hay madurez, hay temblor, pero también hay aceptación.

Una canción que entra sin pedir permiso

“Terciopelo azul” no necesita estribillos coreables ni crescendos épicos. Se mueve con la calma de quien ya ha aprendido que las emociones más intensas no hacen ruido. Es una canción de madrugada, de esas que acompañan mientras piensas sin querer en lo que ya no es, en lo que fue pero no supiste ver. Y ahí está su poder: no te agarra, te observa desde la esquina y se deja descubrir poco a poco.

El videoclip, dirigido por Daniel Molina, captura ese espíritu con una estética sobria y muy cuidada. En lugar de grandes metáforas visuales, vemos lo esencial: músicos tocando, grabando, compartiendo. No hay artificio, no hay narrativa forzada. Hay verdad. Y eso, en estos tiempos de sobreproducción y algoritmos, vale oro.

El año en que todo empezó

El disco completo saldrá el próximo 3 de octubre y llevará por título 1973. No es casual. Es el año en que nació Quique González, pero también una época simbólica para la música: Dylan estaba en transición, Lou Reed lanzaba Berlin, y la canción de autor española se debatía entre la censura y la resistencia. Ese título parece anunciar un viaje personal, quizás no literal, pero sí emocional. Como si el artista decidiera, tras 25 años de carrera, hacerse las preguntas más difíciles: ¿quién soy ahora? ¿qué queda de aquel chaval que escribía canciones por necesidad? ¿Dónde está la raíz de todo esto?

Después de tantos discos —algunos brillantes, otros irregulares pero siempre honestos—, Quique parece haberse dado permiso para mirar atrás no con melancolía, sino con propósito. Terciopelo azul es una carta abierta a ese pasado, pero también una declaración de amor al presente. A lo que queda cuando dejas de correr.

Lo íntimo como fuerza creativa

Hay algo profundamente generoso en la forma en que Quique González se muestra en esta etapa. Su voz ya no busca la perfección ni la rabia juvenil. Busca la emoción, la grieta, la pausa. Y esa manera de interpretar se convierte en una guía para el oyente. No tienes que entender la letra al 100%, ni falta que hace. Lo importante es sentir que lo que dice es verdad. Que no hay pose. Que detrás de cada verso hay una experiencia vivida, un pensamiento masticado, una memoria compartida.

Quizá por eso su música no ha sido nunca masiva, pero sí profundamente querida. Quique es de esos artistas que no necesitan un hit viral para llenar salas. Su público no le exige reinventarse cada vez. Le pide otra cosa: seguir siendo él. Y en ese contrato emocional, Terciopelo azul cumple con creces.

Quique no es tendencia. Es hogar.

En un panorama musical donde todo parece diseñado para durar lo que dura un story de Instagram, encontrar una canción como esta es casi un acto de resistencia. No por reaccionaria, no por anclada en el pasado, sino por apostar por lo atemporal. Quique González no suena a 2025, pero tampoco a 1973. Suena a él. Y eso, en estos tiempos líquidos, es un valor enorme.

El anuncio del disco y este primer adelanto llegan en plena gira veraniega, con paradas en festivales como Azkena Rock y fechas en recintos más íntimos. Todo indica que 1973 será un disco para disfrutar en directo, para sentir en carne viva lo que en el estudio ya suena como un susurro potente.

¿Y ahora qué?

Queda esperar al disco completo. Pero si Terciopelo azul es el tono general, nos espera una obra profunda, emocional, sin artificios. Un disco que probablemente no aparecerá en las listas de lo más escuchado en streaming, pero que sí dejará huella en quienes seguimos creyendo en las canciones como refugio, como espejo, como consuelo.

La pregunta no es si volverá a escribir himnos como “Salitre” o “Vidas cruzadas”. La verdadera cuestión es si aún puede emocionarnos sin repetir fórmulas. Y sí: puede. Y lo hace. Con una canción como esta, lo difícil es no dejarse tocar.

Conclusión:

Terciopelo azul no es solo un single. Es una puerta. Una invitación a volver a lo esencial. A recordar que hay artistas que no hacen ruido, pero que suenan más fuerte que nadie cuando se permiten ser vulnerables. Quique González ha vuelto. O quizás nunca se fue. Lo que está claro es que, con esta canción, vuelve a tocar esa fibra que pocos alcanzan. La de la emoción verdadera.

¿Y tú? ¿La has escuchado ya? ¿Qué te hizo sentir? Cuéntamelo. Que al final, la música se completa cuando se comparte.

THE PITT. LA SERIE QUE NADIE VIO VENIR Y LO CAMBIO TODO

Un disparo en la oscuridad que dio en el centro del alma

Hay series que llegan con bombo, platillo y marketing desbordado. Y luego está The Pitt, que emergió como un eco profundo desde una caverna olvidada, sin promesas rimbombantes ni reparto plagado de nombres mainstream, pero con una potencia narrativa tan brutal que no podías mirar a otro lado. Verla fue como tropezar con una joya enterrada en la acera de una ciudad en ruinas: inesperado, sucio, y absolutamente hipnótico.

La sorpresa de la temporada no vino de HBO, ni de Netflix, ni de Prime. Vino de ahí, de ese rincón que nadie miraba, de ese canal o plataforma que tenías medio abandonado. Y lo cambió todo.

Una ciudad que respira sangre y secretos

La ciudad sin nombre de The Pitt —aunque bien podríamos llamarla “la fosa”, como bromean algunos personajes— es un protagonista más. Es Detroit sin esperanza, Gotham sin héroes, un Nápoles sin romanticismo. Aquí no hay redención, pero sí un sentido profundo de pertenencia. Es un agujero emocional del que no puedes escapar.

La estética es fría pero no estéril. Las cámaras nerviosas, los planos cerrados, los silencios densos… todo compone una narrativa visual tan absorbente como violenta. Y es ahí donde The Pitt acierta sin concesiones: no trata de ser bonita, ni quiere gustarte. Quiere que te sientas atrapado. Que huelas el óxido. Que sudes su miedo.

Una trama que no se disculpa, personajes que no se explican

Los personajes de The Pitt no tienen tiempo para la exposición. Aquí no se pierde tiempo en justificar comportamientos. Los entiendes porque los ves sangrar, mentir, amar, traicionar y perder. La serie confía en que estés dispuesto a mirar de cerca. Y eso, hoy, es un milagro.

Lena es, probablemente, uno de los mejores personajes femeninos de los últimos años. No necesita ser “fuerte” en el sentido convencional. Es contradictoria, herida, cruel a veces, maternal otras. Y nunca pierde la dignidad. A su lado, su opuesto —Daryl— brilla con una oscuridad contenida que te revienta por dentro. Lo odias. Luego lo entiendes. Luego lo extrañas.

Y el elenco secundario… cada rostro está trabajado como si fuera el protagonista de su propia serie. Hay personajes que aparecen en dos episodios y te dejan un hueco que no se llena ni en cinco temporadas de otras series más “prestigiosas”.

La violencia no es espectáculo. Es herida abierta

En The Pitt, la violencia no es cool. No hay coreografías espectaculares, no hay efectos que embellezcan el horror. Cuando alguien muere, pesa. Cuando alguien golpea, duele. Cuando alguien rompe, es real.

Y eso no es solo una decisión estética. Es una postura política. The Pitt no romantiza la marginalidad. No fetichiza el barrio. No convierte el crimen en un juego. Es cruda sin ser cínica. Es dura sin ser vacía. Es honesta sin sermón.

Lo que calla la serie resuena más fuerte que cualquier diálogo

Y luego están los silencios. Dios, qué manera de usar el silencio. Hay escenas que duran tres minutos donde nadie dice nada y entiendes todo. Porque The Pitt sabe que la emoción se cocina despacio. Que los traumas no se explican: se intuyen. Que la culpa, la redención y el amor muchas veces no se dicen: se muestran en un cruce de miradas, en una puerta que no se cierra, en una pistola que no se dispara.

La música que nunca sube el volumen, pero te rompe el pecho

La banda sonora es tan contenida como precisa. No hay himnos pegadizos ni montajes con temazos. Hay atmósfera. Hay tensión. Hay dolor. Cada nota está al servicio del momento, no del algoritmo. Y cuando aparece una canción reconocible, lo hace con un propósito. Como una herida que alguien te nombra.

El riesgo como lenguaje. El dolor como estructura.

The Pitt no quiere complacerte. Te exige. Te empuja. Te incomoda. Y al final, cuando terminas la última escena —y qué escena final— no puedes evitar quedarte ahí, un rato, mirando la pantalla en negro. Con ese nudo en la garganta que no sabes si es por tristeza, por rabia o por belleza.

En un panorama saturado de fórmulas y reciclajes, The Pitt es una anomalía. Un error precioso. Un glitch emocional. Y ojalá vengan más.

Conclusión: The Pitt no se recomienda. Se sobrevive.

Esta serie no es para todo el mundo. Y eso está bien. Porque tampoco es para vender camisetas ni para tener un spin-off. Es para los que aún creemos que la televisión puede ser arte. Que una serie puede doler. Y que vale la pena mirar en las sombras para encontrar joyas que brillan más por su oscuridad que por sus luces.

Si aún no la has visto, no leas más. Mírala. Y luego, si quieres, hablamos.

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