Categoría: Música

«You and Forever»: El hipnótico baile entre Jack Antonoff y Margaret Qualley

You and Forever

La nueva joya visual de Bleachers junto a Margaret Qualley


Hay algo profundamente magnético en la colaboración creativa entre Jack Antonoff y Margaret Qualley. En el estreno de «You and Forever», este vínculo trasciende lo personal para entregarnos una pieza audiovisual que se siente como un sueño febril y, al mismo tiempo, como una declaración de amor absoluta.

«I had never known my name until you spoke it from your chest… that’s forever.»

El vídeo, dirigido por Alex Lockett, nos sumerge en una atmósfera cinematográfica donde el movimiento es el protagonista. Qualley, cuya formación en danza siempre aporta una fisicidad única a sus proyectos, brilla con una coreografía orgánica que captura la urgencia y la devoción que destila la letra de la canción. No es solo un vídeo musical; es un retrato íntimo de dos artistas en total sintonía.

Musicalmente, Bleachers sigue perfeccionando ese sonido que mezcla la nostalgia del rock de estadio con una producción meticulosa (atención a ese clavecín y los saxos marca de la casa). «You and Forever» es el adelanto perfecto para lo que viene en su próximo proyecto, «everyone for ten minutes».

Protagonistas: Margaret Qualley, Jack Antonoff & Smokey the dog

Director: Alex Lockett

Álbum: Everyone for ten minutes (May 22)

El legado de Brad Arnold: Más allá de Kryptonite

In Memoriam Brad Arnold

Brad Arnold (1978 – 2026): El adiós a un mito

  • Nombre: Bradley Kirk Arnold
  • Fallecimiento: 7 de febrero de 2026
  • Banda: 3 Doors Down
  • Género: Rock Alternativo / Post-Grunge
  • Voz de una generación: Los nacidos a finales de los 80.
  • Legado eterno: Kryptonite, Be Like That, Here Without You.
★★★★★

LEYENDA ETERNA (5 de 5)

Hoy el rock está de luto. Con la partida de Brad Arnold el 7 de febrero de 2026, perdemos algo más que a un cantante de éxito; perdemos la voz que supo poner palabras a nuestra soledad y esperanza. Brad se ha ido, pero nos deja una banda sonora que seguirá siendo el refugio de quienes crecimos con su música grabada en el alma.

Escribo estas líneas con un nudo en la garganta que no se deshace. Ayer, 7 de febrero de 2026, el mundo se volvió un poco más silencioso y mucho más frío. La noticia del fallecimiento de Brad Arnold ha golpeado con una fuerza devastadora a todos los que nacimos en el 88. Para nosotros, Brad no era simplemente una estrella de rock lejana en una pantalla; era el eco de nuestra propia intimidad, el cronista de nuestros fracasos silenciosos y el arquitecto de nuestra resiliencia. En un mundo que a menudo nos hacía sentir invisibles, su voz rasgada y honesta era la prueba de que no estábamos solos. Hoy, al repasar su legado, no solo hablamos de música, hablamos de una parte fundamental de nuestra propia existencia que se marcha con él.

Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché «Be Like That». Fue en un reproductor de CD que ya empezaba a estar rayado, en un momento de búsqueda total de identidad. Esa voz me dijo que estaba bien soñar con algo más que la realidad gris que nos rodeaba. Brad Arnold trajo al rock una vulnerabilidad cruda y melódica que nos desarmaba por completo. No era la agresividad vacía de otros grupos de la época, era una tristeza con propósito. Con «Kryptonite», nos dio un himno sobre la fragilidad del héroe, una metáfora perfecta para nuestra generación: jóvenes que querían salvar el mundo pero que ni siquiera sabían cómo salvarse a sí mismos. Esa capacidad de Brad para conectar con la soledad más íntima fue su mayor don. No buscaba la gloria, buscaba la verdad, y esa honestidad es lo que hoy hace que su pérdida se sienta como la de un hermano mayor.

La década de los 2000 fue un campo de batalla emocional para los que estábamos en plena pubertad. El cambio de milenio trajo una incertidumbre que Brad Arnold supo canalizar mejor que nadie. Mientras el mundo se obsesionaba con la imagen y el brillo, 3 Doors Down se mantenía fiel a la estética de Mississippi: camisas sencillas, guitarras directas y letras que golpeaban el pecho. Brad era el antiafán de protagonismo personificado. Su historia es legendaria: empezó como batería porque nadie más en el grupo quería cantar, y terminó convirtiéndose en una de las voces más icónicas del siglo XXI. Esa humildad transpiraba en cada nota. No había pose. Cuando él cantaba sobre sentirse fuera de lugar, le creías, porque tú te sentías exactamente igual.

Brad Arnold, esencia del Rock

Es imposible no detenerse en «Here Without You», mi auténtica canción refugio. Hoy, esa letra cobra un significado dolorosamente literal que me rompe por dentro. «I’m here without you, baby, but you’re still on my lonely mind». Ahora somos nosotros quienes nos quedamos aquí sin él, refugiándonos en la misma música que él creó para consolarnos. Su tono reconfortante y su tristeza noble fueron el bálsamo en nuestras noches de insomnio, en esas madrugadas de 2004 en las que el futuro parecía un abismo. Brad tenía la capacidad mágica de transformar el dolor personal en una experiencia colectiva. Al escucharlo, tu habitación dejaba de ser una celda para convertirse en un santuario. Él validaba nuestra melancolía, nos decía que no éramos «raros» por sentir demasiado.

A medida que profundizamos en álbumes como Away from the Sun, descubrimos a un letrista que entendía el peso del tiempo. Canciones como «Ticket to Heaven» o «Going Down in Flames» no eran solo rock de radio; eran exploraciones sobre la redención y el miedo al olvido. Brad Arnold poseía una sabiduría inusual para su edad. Sus letras eran conversaciones con Dios, con el pasado y con uno mismo. Para los nacidos a finales de los 80, 3 Doors Down fue el puente entre el grunge desesperado de los 90 y el rock emocional del nuevo milenio. Ellos pulieron los bordes cortantes de Seattle pero mantuvieron la angustia vital. Brad no necesitaba gritar para ser escuchado; su susurro tenía más fuerza que cualquier alarido.

La influencia de Brad en nuestra «rabia» más pura y silenciosa no puede infravalorarse. Éramos una generación atrapada entre lo analógico y lo digital, y su música era el cable a tierra. Él nos dio permiso para ser sensibles en un entorno que exigía dureza. «When I’m Gone» se convirtió en un himno de sacrificio, pero también de presencia. Hoy, al escucharla tras su muerte, cada palabra parece una profecía. Brad se ha ido, pero su presencia es más fuerte que nunca. Cada vez que una de sus canciones suena en una gasolinera, en un bar de carretera o en la intimidad de unos auriculares, Brad vuelve a la vida. Es la inmortalidad que solo se consigue a través de la honestidad brutal.

El adiós a Brad

Analizando su técnica vocal, Brad tenía ese rasgado justo, esa aspereza que solo da el vivir las cosas de verdad. No era una voz educada en conservatorios, era una voz forjada en los locales de ensayo de Escatawpa. Esa falta de pretensión fue lo que hizo que millones de personas en todo el planeta conectaran con él. Brad representaba al hombre común con sentimientos extraordinarios. En un momento de la industria musical donde todo empezaba a ser prefabricado, 3 Doors Down sonaba a madera, a metal y a alma. Eran tipos reales tocando para gente real. Esa conexión es indestructible, y por eso su muerte duele tanto: sentimos que hemos perdido a alguien que hablaba nuestro mismo idioma.

Incluso en los momentos de mayor éxito comercial, Brad Arnold nunca perdió el norte. Mantuvo su fe, su cercanía con los fans y esa mirada introspectiva que lo definía. Sus batallas personales, que a menudo se reflejaban en sus letras, nos servían de espejo. Si él podía superar sus sombras y seguir adelante, nosotros también. Brad era nuestro capitán en las tormentas emocionales. Canciones menos conocidas como «Landing in London» o «It’s Not My Time» demostraban que su pluma nunca se agotó, que su capacidad para crear melodías que se instalaban en el hipotálamo era infinita. Su música es vida grabada en audio, un diario abierto que ahora nos toca custodiar a nosotros.

Lo que Brad Arnold construyó fue una atemporalidad orgánica. Sus composiciones no han envejecido porque las emociones básicas del ser humano no tienen fecha de caducidad. La soledad que sentíamos en el 88 sigue siendo la misma que sienten los jóvenes de hoy, y por eso las nuevas generaciones seguían descubriéndolo. Brad nos enseñó que está bien reconocer la derrota para poder levantarse. Él no nos vendía finales felices de película, nos vendía la fuerza para seguir caminando bajo la lluvia. Esa es la verdadera función del rock, y Brad Arnold fue uno de sus sumos sacerdotes. Su legado no se mide en discos de platino, sino en las lágrimas que hoy se derraman en todo el mundo.

Eterno Brad Arnold

Hoy cerramos un capítulo que definía nuestra juventud, pero abrimos el de la leyenda eterna. Me niego a hablar de Brad en pasado, porque su voz está aquí, ahora mismo, vibrando en el aire. Gracias, Brad, por ponerle voz a nuestra historia cuando nosotros no teníamos palabras. Gracias por hacernos sentir que, a pesar de las grietas, seguíamos siendo capaces de volar. Tu partida física el 7 de febrero de 2026 es un hito de tristeza, pero tu obra es un monumento a la esperanza que no podrá ser derribado. Descansa en paz, Brad. Tu «Here Without You» es ahora nuestro compromiso de no olvidarte nunca. Hasta siempre, Superman; gracias por hacernos creer que incluso los héroes pueden llorar.

Para terminar, quiero invitar a todos los que sentís este vacío a que no dejéis de escuchar su música. Que pongáis los discos a todo volumen, que recordéis dónde estabais cuando «Kryptonite» cambió vuestra forma de entender el rock. Brad Arnold vive en cada verso, en cada redoble y en cada corazón que alguna vez se sintió solo y encontró consuelo en su voz. La cultura provisional se vuelve hoy permanente gracias a artistas como él. Su vida fue un regalo, y su muerte es una llamada a vivir con la misma honestidad con la que él cantaba. No habrá otro como él, pero siempre nos quedará el refugio de su discografía. Buen viaje, Brad. Nos vemos al otro lado del sol.

In Memoriam: 1978 – 2026

¿Qué canción de Brad Arnold te acompañará siempre?

Para los que nacimos en el 88, «Here Without You» se convierte hoy en nuestro himno de despedida. Gracias por tanto, Brad.

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Springsteen: Deliver Me From Nowhere, una película necesaria pero difícil de ver

Springsteen: Deliver Me From Nowhere Poster

Ficha Técnica

  • Título: Springsteen: Deliver Me From Nowhere
  • Año: 2025
  • Dirección: Scott Cooper
  • Reparto: Jeremy Allen White, Paul Walter Hauser, Odessa Young, Stephen Graham
  • Género: Biopic, Drama Musical
  • Duración: 120 min.
  • País: Estados Unidos
★★★☆☆ 3 de 5 estrellas
La película explora un momento crucial en la vida de Bruce Springsteen: el proceso de creación de su álbum ‘Nebraska’ en 1982. Tras el éxito masivo, el artista se retira a una casa alquilada en Nueva Jersey para enfrentarse a sus demonios internos, la compleja relación con su padre y la depresión, dando lugar a uno de los discos más crudos y personales de la historia del rock.

He de reconocer dos cosas antes de empezar: soy un poco taciturno y amo profundamente a Bruce Springsteen. Con esa base, uno esperaría que Deliver Me From Nowhere fuera la película de mi vida, el refugio perfecto para una tarde de introspección. Sin embargo, la realidad ha sido bastante distinta y, para ser sincero, la película me ha costado bastante. No es que sea una mala producción, pero hay una desconexión palpable entre lo que uno espera del «Boss» y lo que Scott Cooper nos pone delante de los ojos.

Había seguido un poco el ruido mediático, las entrevistas de Jeremy Allen White —que está en un momento increíble de su carrera— y los tráilers que prometían una inmersión total en la psique del músico. Pero una vez sentado frente a la pantalla, te das cuenta de que esto no es un biopic al uso. Se ve poco concierto, aunque se escucha mucha música, y el tono es tan sumamente denso que, por momentos, te dan ganas de arrancarte las venas. Es una obra que no busca el aplauso fácil ni el coreo de estadios, sino el silencio incómodo de una habitación vacía.

Springsteen en el proceso creativo

La cinta se centra en ese tránsito profesional y vital tan específico: el espacio entre Darkness on the Edge of Town y la explosión definitiva que supuso el camino hacia Born in the U.S.A., pasando por la anomalía maravillosa que fue Nebraska. Es una época donde Bruce se detiene y se da cuenta de lo mucho que le ha afectado la enfermedad de su padre y su dura infancia. La película disecciona cómo esos traumas conformaron su personalidad y, sobre todo, explica por qué a veces le costaba tanto hacer cosas normales para una estrella de rock emergente como él.

Me ha parecido interesante, aunque doloroso, cómo retrata su vida entre 1980 y 1984. Es un vistazo a su infancia más tierna y, de forma más sutil, a su complicada relación con las mujeres antes de conocer a Patti Scialfa. Vemos a un hombre que lo tiene todo para ser feliz según los estándares del mundo, pero que está roto por dentro. ¿Cómo puede un chico melancólico y sufrido, al que han maltratado de pequeño, gestionar el hecho de ser rico, famoso y tener tal notoriedad? No todos tienen la «cocotera» bien montada para asimilar esos logros, y Springsteen fue uno de ellos.

Jeremy Allen White como Bruce Springsteen

Lo que sí hay que reconocerle a la película es su capacidad para mostrar el triunfo de la voluntad. Por suerte para él y para todos nosotros, Springsteen supo domar a la bestia de su propia depresión y la sombra de la esquizofrenia de su padre. Logró algo casi imposible: transformar ese sufrimiento puramente personal en una batalla por la lucha comunitaria de su país. Hizo de su dolor el eco de la clase trabajadora de Estados Unidos, y esa transición está ahí, aunque sea a través de un ritmo pausado que a veces desespera.

No voy a mentir: es una película dura, lenta y quizás aburrida por momentos para quien no conozca profundamente al mago detrás de la máscara. Si vienes buscando el brillo de las luces de neón y el saxo de Clarence Clemons rompiendo la noche, te vas a llevar una decepción monumental. Yo mismo me esperaba mucho más punch y mucho más rock, algo que equilibrara tanto pesimismo ambiental. Pero como fan incondicional, siento que no puedo mirar hacia otro lado. Es una parte necesaria de su biografía, aunque verla sea como caminar sobre cristales rotos.

Momento reflexivo en la película

Jeremy Allen White hace un trabajo físico y emocional notable, captando esa mirada perdida de quien está físicamente en un lugar pero mentalmente a kilómetros de distancia, perdido en sus propios recuerdos. Sin embargo, a veces el guion se regodea tanto en la miseria que el espectador se siente expulsado de la narrativa. Es un retrato fiel, quizás demasiado fiel, de lo que significa crear arte desde el vacío más absoluto. Al final, te quedas con una sensación de respeto por el artista, pero con pocas ganas de volver a pasar por el mismo proceso de visionado.

En definitiva, Deliver Me From Nowhere es una pieza de coleccionista. Es ese disco de caras B que escuchas una vez para entender el contexto de la obra maestra, pero que rara vez vuelves a poner en el tocadiscos. Le pongo un 3 de 5 con todo el dolor de mi corazón, porque aunque técnicamente es impecable y la historia es vital para entender al hombre, como experiencia cinematográfica se me ha hecho una cuesta arriba demasiado empinada.

¿Es necesario sufrir para crear algo eterno?

Springsteen demostró que de la oscuridad de Nueva Jersey podía salir una luz para millones. Pero después de ver esta película, me pregunto: ¿Valió la pena el precio personal que pagó?

¡Me encantaría leer tu opinión en los comentarios! ¿Te pareció tan lenta como a mí o conectaste con su tristeza?

AC/DC en Madrid: Una Apisonadora de Rock and Roll en Directo

AC/DC en Madrid: La Noche en que el Rock and Roll se Hizo Eterno

Hay noches que te marcan a fuego, que se incrustan en tu ADN y se convierten en un pilar fundamental de tu biografía emocional. El 16 de julio de 2026 fue una de esas noches. No fue un simple concierto. Fue una catarsis, la culminación de un viaje de 25 años, una cita con el destino que tenía pendiente desde que era un crío con más sueños que altura. Esa noche, en el corazón de Madrid, en un Riyadh Air Metropolitano que rugía como una bestia mitológica, cumplí uno de los anhelos más profundos de mi alma rockera: ver a AC/DC en directo.

Y no, no me malinterpretéis. No fui a ver a una banda. Fui a presentar mis respetos a los sumos sacerdotes del rock and roll, a los titanes que pusieron banda sonora a mi adolescencia, a los arquitectos de los riffs que me enseñaron que la vida, a veces, solo necesita tres acordes y un estribillo coreado a pleno pulmón para ser perfecta. Porque AC/DC no es solo música. Es una actitud, una religión, una forma de entender el mundo. Y esa noche, comulgué como el más devoto de los feligreses.

AC/DC en concierto

Un Viaje de 25 Años hacia la Tierra Prometida del Rock

Para entender la magnitud de lo que viví, tenéis que viajar conmigo al año 2000. En un mundo sin Spotify, sin YouTube, sin la inmediatez de la era digital, descubrir música era una aventura, una odisea. Y yo, con 12 años, me embarqué en la más grande de todas. Mientras mis amigos se dejaban seducir por los cantos de sirena del pop prefabricado, yo encontré un tesoro, un artefacto de otra galaxia: el «Stiff Upper Lip» de AC/DC. Aquel disco, con su portada desafiante y su sonido crudo, sin aditivos, fue una revelación. Temas como el que da título al álbum, «Safe in New York City» o el himno «All Screwed Up» se convirtieron en mi evangelio. Eran directos, honestos, sucios y, sobre todo, reales. El rock se convirtió en mi refugio, en la barca confortable y fiable que me guiaría a través de las turbulentas aguas de la adolescencia. Y en esa barca, AC/DC eran los capitanes.

A partir de ahí, todo fue tirar del hilo. Descubrí «Back in Black», «Highway to Hell», «Let There Be Rock»… cada disco era un nuevo mandamiento, cada canción una lección de vida. Me aprendí los solos de Angus, imité los bailes espasmódicos, soñé con la gorra de Brian Johnson. Crecí con ellos. Me enamoré con ellos. Me divertí con ellos. Me enfrenté al mundo con ellos. Y siempre, en el fondo de mi corazón, anidaba el mismo sueño: verlos en directo. Un sueño que, por azares de la vida, se fue postergando una y otra vez, convirtiéndose en una espina clavada, en una cuenta pendiente conmigo mismo. Hasta esa noche. Esa bendita noche del 16 de julio de 2026.

El Templo del Rock: Un Metropolitano Vestido de Negro

Llegar al Metropolitano fue como llegar a La Meca. Un mar de camisetas negras, de cuernos de diablo, de parches con el logo de la banda. Hermanos de sangre que, sin conocernos de nada, compartíamos el mismo código, la misma fe. Se respiraba una camaradería especial, esa que solo se encuentra en los grandes eventos, en las citas con la historia. Había gente de todas las edades, padres con hijos, abuelos con nietos, demostrando que el legado de AC/DC es intergeneracional, inmortal. La electricidad en el ambiente era palpable, una energía contenida que amenazaba con estallar en cualquier momento.

Y para calentar aún más el ambiente, tuvimos unos teloneros de auténtico lujo. He de admitir que no los tenía tan controlados, pero The Pretty Reckless fueron una sorpresa mayúscula y gratificante. La banda suena potente, con un hard rock moderno y lleno de garra, pero la que se roba el show es ella: Taylor Momsen. Qué animal escénico. Posee una presencia magnética y una voz absolutamente brutal, rota y poderosa, que te golpea directamente en el pecho. Fueron el aperitivo perfecto, dejando el listón altísimo y demostrando que el futuro del rock con voz femenina está en muy buenas manos.

Angus Young en directo

Los Dioses del Trueno Descienden sobre Madrid

Tras la magnífica actuación de los teloneros, las luces se apagaron. Un rugido ensordecedor sacudió los cimientos del estadio. Y entonces, en las pantallas gigantes, el vídeo introductorio. El tren del rock and roll, desbocado, a punto de descarrilar. Y de repente, el primer acorde. Un sonido atronador, nítido, perfecto. «If You Want Blood (You’ve Got It)». No podía ser de otra manera. Una declaración de intenciones en toda regla. Y ahí estaban ellos. Brian, con su voz de lija y su sonrisa pícara. Cliff, impertérrito, marcando el ritmo con una precisión quirúrgica. Stevie, siguiendo la estela de su tío Malcolm con una solvencia impecable. Matt, aporreando la batería como si no hubiera un mañana. Y Angus. Dios mío, Angus. Con su uniforme de colegial, su Gibson SG y esa energía endiablada que parece no tener fin. Verlo correr, saltar, contorsionarse… es un espectáculo en sí mismo. Un torbellino de rock and roll en estado puro.

Un Setlist Forjado en la Historia del Rock

El repertorio fue un regalo, un viaje a través de las diferentes épocas de la banda. Eché en falta alguna joya, es cierto. Pero con una discografía tan extensa, es imposible contentar a todo el mundo. Aun así, el setlist fue una ametralladora de himnos:

  • If You Want Blood (You’ve Got It)
  • Back in Black
  • Demon Fire
  • Shot Down in Flames
  • Thunderstruck
  • Have a Drink on Me
  • Hells Bells
  • Shot in the Dark
  • Stiff Upper Lip
  • Highway to Hell
  • Shoot to Thrill
  • Sin City
  • Givin the Dog a Bone
  • Dirty Deeds Done Dirt Cheap
  • High Voltage
  • Riff Raff
  • You Shook Me All Night Long
  • Whole Lotta Rosie
  • Let There Be Rock

Encore:

  • T.N.T.
  • For Those About to Rock (We Salute You)

Pero hubo tres momentos que, para mí, destacaron por encima del resto. El primero, «Shoot to Thrill». Esa canción tiene algo especial, una energía desbordante que te obliga a saltar, a gritar, a dejarte la garganta. Ver a Angus desatado, recorriendo el escenario de punta a punta mientras Brian cantaba eso de «I’m gonna pull the trigger»… fue épico. Aquí tenéis una pequeña muestra de esa locura:

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=DDfZNgEpeIQ?si=D6IfaTABsTVRTKFG&w=560&h=315]

El segundo, como no podía ser de otra manera, «Highway to Hell». El himno por excelencia. El estadio entero, al unísono, cantando ese estribillo que es ya patrimonio de la humanidad. Las llamas en el escenario, los cuernos rojos parpadeando en la oscuridad… fue un momento de comunión absoluta, de catarsis colectiva. Todos éramos uno, cantando a pleno pulmón en esa autopista hacia el infierno. Inolvidable.

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=xX7rVU3SA8E?si=QRgAKvkn8NdxuJ7A&w=560&h=315]

Y el tercero, el más personal, el que me tocó la fibra sensible: «Stiff Upper Lip». Escuchar en directo la canción que me abrió las puertas de su universo fue como cerrar un círculo, como saldar una deuda conmigo mismo. El blues corre por las venas de esa canción, y ver a Angus disfrutar con cada nota, a Brian cantando con esa chulería tan suya… fue un regalo. Un regalo que tardé 25 años en recibir, pero que mereció cada segundo de espera.

Brian Johnson y Angus Young juntos en el escenario

Angus y Brian: Las Llamas Eternas del Rock and Roll

Podría pasarme horas hablando de cada miembro de la banda, pero la realidad es que AC/DC, hoy por hoy, son Angus y Brian. Son el alma, el corazón y los pulmones de este monstruo de cinco cabezas. Lo de Angus es de otro planeta. Con 71 años, sigue siendo el colegial más gamberro del rock. No para quieto ni un segundo, su energía es contagiosa. Y su solo en «Let There Be Rock»… eso no fue un solo, fue un exorcismo. Angus, poseído por el espíritu del rock and roll, llevándonos a todos al éxtasis. Y Brian… Brian es la personificación de la resiliencia. Después de sus problemas de audición, nadie daba un duro por su regreso. Y ahí está, cantando mejor que nunca, con una humildad y una cercanía que desarman. Son dos leyendas vivas, dos titanes que se niegan a apagar la llama. Y nosotros, los mortales, solo podemos darles las gracias por ello.

El Legado de AC/DC: Más que Música, una Actitud ante la Vida

Y ahora, con la resaca emocional de esa noche histórica, me atrevo a reafirmarme en lo que dije al principio: AC/DC es la banda más grande de la historia del rock and roll. Y no, no es una hipérbole fruto de la emoción. Es una convicción. ¿Por qué? Porque son la esencia del rock. No hay artificios, no hay postureo, no hay dobles lecturas. Solo hay cinco tíos sobre un escenario, con sus instrumentos, haciendo lo que mejor saben hacer: rock and roll. Un rock and roll honesto, directo, sin fisuras. Un rock and roll que te hace sentir vivo. Los Rolling son majestuosos, Zeppelin son virtuosos, pero AC/DC… AC/DC son la puta calle. Son el sudor, la cerveza, la fiesta. Son el recordatorio de que, a veces, las cosas más sencillas son las más efectivas. Y en un mundo cada vez más complejo y artificial, su mensaje es más necesario que nunca.

El Encore: Un Último Rugido y la Promesa de la Eternidad

Y cuando pensábamos que ya no podíamos más, que nuestro cuerpo no aguantaba ni un decibelio más, llegaron los bises. «T.N.T.». Dinamita pura. Y para rematar, «For Those About to Rock (We Salute You)». Los cañones, el estruendo, la apoteosis final. Un final a la altura de su leyenda. Mientras el humo de la pólvora se disipaba, miré a mi alrededor. Caras de felicidad, de agotamiento, de emoción. Lágrimas en los ojos de muchos. Abrazos entre desconocidos. Todos éramos conscientes de que habíamos vivido algo único, algo que contaríamos a nuestros nietos. Habíamos sido testigos de la historia. Habíamos saludado a los que, sin duda, están a punto de rockear por toda la eternidad.

Salí del Metropolitano afónico, sudoroso, con un pitido en los oídos que me duraría días. Pero con una sonrisa de oreja a oreja y el corazón lleno. Porque esa noche, el niño de 12 años que descubrió «Stiff Upper Lip» cumplió su sueño. Y el adulto de casi 40 que salió del concierto, se sintió, por unas horas, inmortal. Gracias, AC/DC. Por la música, por la energía, por la pasión. Por ser la banda sonora de mi vida. For those about to rock… I salute you.

Quique González y la nostalgia que suena a verdad: “Terciopelo azul” abre las puertas de 1973

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Durante un tiempo pensé que Quique González se había rendido a la comodidad de mirar atrás. Su disco anterior, Copas de yate (2023), era una carta de amor a las canciones que marcaron su juventud, un homenaje sobrio, elegante, casi académico. Pero también era una señal de algo que inquietaba: ¿seguía habiendo canciones nuevas en su guitarra? ¿Quedaban versos por escribir o estábamos ante el inicio de un lento fade out?

La respuesta llega en forma de canción, y no una cualquiera: “Terciopelo azul”. Este primer single de su próximo disco, titulado 1973, no solo es un regreso, es una confirmación. Quique sigue ahí, componiendo, cantando, abrazando su identidad con más claridad que nunca. Y lo hace desde un lugar donde la nostalgia no es una trampa, sino una forma de estar en el mundo.

Volver al origen sin repetir el camino

Grabar con banda en directo, sin excesos ni capas innecesarias, no es algo nuevo en su carrera. Pero en Terciopelo azul hay un matiz distinto. El sonido es cálido, redondo, con una producción que huele a madera, a amplis valvulares, a estudio con luz tenue y músicos concentrados. El mérito es compartido: Toni Brunet repite como productor, rodeado de una banda sólida y sin florituras. Edu Olmedo a la batería, Jacob Reguilón al bajo, César Pop en los sintes, Javier Pedreira y Brunet en guitarras, y Raúl Bernal a los teclados. Todos aportan, pero ninguno eclipsa. La canción respira.

El título remite inevitablemente a la película de David Lynch, y aunque no hay relación directa aparente, ese terciopelo oscuro y suave funciona como metáfora perfecta del tono de la canción: algo hermoso, pero con una sombra detrás. La voz de Quique acaricia el texto con una serenidad que ya no necesita impostar dolor. Hay madurez, hay temblor, pero también hay aceptación.

Una canción que entra sin pedir permiso

“Terciopelo azul” no necesita estribillos coreables ni crescendos épicos. Se mueve con la calma de quien ya ha aprendido que las emociones más intensas no hacen ruido. Es una canción de madrugada, de esas que acompañan mientras piensas sin querer en lo que ya no es, en lo que fue pero no supiste ver. Y ahí está su poder: no te agarra, te observa desde la esquina y se deja descubrir poco a poco.

El videoclip, dirigido por Daniel Molina, captura ese espíritu con una estética sobria y muy cuidada. En lugar de grandes metáforas visuales, vemos lo esencial: músicos tocando, grabando, compartiendo. No hay artificio, no hay narrativa forzada. Hay verdad. Y eso, en estos tiempos de sobreproducción y algoritmos, vale oro.

El año en que todo empezó

El disco completo saldrá el próximo 3 de octubre y llevará por título 1973. No es casual. Es el año en que nació Quique González, pero también una época simbólica para la música: Dylan estaba en transición, Lou Reed lanzaba Berlin, y la canción de autor española se debatía entre la censura y la resistencia. Ese título parece anunciar un viaje personal, quizás no literal, pero sí emocional. Como si el artista decidiera, tras 25 años de carrera, hacerse las preguntas más difíciles: ¿quién soy ahora? ¿qué queda de aquel chaval que escribía canciones por necesidad? ¿Dónde está la raíz de todo esto?

Después de tantos discos —algunos brillantes, otros irregulares pero siempre honestos—, Quique parece haberse dado permiso para mirar atrás no con melancolía, sino con propósito. Terciopelo azul es una carta abierta a ese pasado, pero también una declaración de amor al presente. A lo que queda cuando dejas de correr.

Lo íntimo como fuerza creativa

Hay algo profundamente generoso en la forma en que Quique González se muestra en esta etapa. Su voz ya no busca la perfección ni la rabia juvenil. Busca la emoción, la grieta, la pausa. Y esa manera de interpretar se convierte en una guía para el oyente. No tienes que entender la letra al 100%, ni falta que hace. Lo importante es sentir que lo que dice es verdad. Que no hay pose. Que detrás de cada verso hay una experiencia vivida, un pensamiento masticado, una memoria compartida.

Quizá por eso su música no ha sido nunca masiva, pero sí profundamente querida. Quique es de esos artistas que no necesitan un hit viral para llenar salas. Su público no le exige reinventarse cada vez. Le pide otra cosa: seguir siendo él. Y en ese contrato emocional, Terciopelo azul cumple con creces.

Quique no es tendencia. Es hogar.

En un panorama musical donde todo parece diseñado para durar lo que dura un story de Instagram, encontrar una canción como esta es casi un acto de resistencia. No por reaccionaria, no por anclada en el pasado, sino por apostar por lo atemporal. Quique González no suena a 2025, pero tampoco a 1973. Suena a él. Y eso, en estos tiempos líquidos, es un valor enorme.

El anuncio del disco y este primer adelanto llegan en plena gira veraniega, con paradas en festivales como Azkena Rock y fechas en recintos más íntimos. Todo indica que 1973 será un disco para disfrutar en directo, para sentir en carne viva lo que en el estudio ya suena como un susurro potente.

¿Y ahora qué?

Queda esperar al disco completo. Pero si Terciopelo azul es el tono general, nos espera una obra profunda, emocional, sin artificios. Un disco que probablemente no aparecerá en las listas de lo más escuchado en streaming, pero que sí dejará huella en quienes seguimos creyendo en las canciones como refugio, como espejo, como consuelo.

La pregunta no es si volverá a escribir himnos como “Salitre” o “Vidas cruzadas”. La verdadera cuestión es si aún puede emocionarnos sin repetir fórmulas. Y sí: puede. Y lo hace. Con una canción como esta, lo difícil es no dejarse tocar.

Conclusión:

Terciopelo azul no es solo un single. Es una puerta. Una invitación a volver a lo esencial. A recordar que hay artistas que no hacen ruido, pero que suenan más fuerte que nadie cuando se permiten ser vulnerables. Quique González ha vuelto. O quizás nunca se fue. Lo que está claro es que, con esta canción, vuelve a tocar esa fibra que pocos alcanzan. La de la emoción verdadera.

¿Y tú? ¿La has escuchado ya? ¿Qué te hizo sentir? Cuéntamelo. Que al final, la música se completa cuando se comparte.

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