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La joya oculta de Tony Scott: Reseña de Asalto al tren Pelham 123

Asalto al tren Pelham 123

Ficha Técnica

  • Título: Asalto al tren Pelham 123 (The Taking of Pelham 123)
  • Año: 2009
  • Dirección: Tony Scott
  • Reparto: Denzel Washington, John Travolta, John Turturro, James Gandolfini
  • Género: Acción, Thriller, Robos (Heist)
  • Duración: 106 min.
  • País: Estados Unidos
★★★★☆ 4 DE 5 – ¡TREPIDANTE!

Un día cualquiera en el metro de Nueva York se convierte en una pesadilla cuando un grupo armado, liderado por el despiadado Ryder, secuestra el vagón Pelham 123. A cambio de la vida de los pasajeros, exigen una cifra millonaria en una hora. Walter Garber, un oficial de despacho con sus propios problemas, se convierte por azar en el único interlocutor capaz de frenar la masacre.

A veces uno no necesita que el cine reinvente la rueda ni que le den una lección de filosofía existencial de tres horas. A veces, lo que el cuerpo pide es un thriller de los de antes, con olor a palomitas, sudor y tensión constante. Asalto al tren Pelham 123, la versión de 2009 dirigida por el siempre eléctrico Tony Scott, es exactamente ese tipo de película. Es una cinta que respira un aire noventero increíble, aunque se rodara al final de la década de los 2000, y eso, sinceramente, es su mayor virtud. No hay pretensiones de ser una obra maestra del arte visual, sino de ser una montaña rusa que no te suelte el cuello durante cien minutos.

La premisa es sencilla: un tipo malo secuestra un tren y pide pasta. Pero lo que hace que esto funcione no es el «qué», sino el «quién». En una esquina del cuadrilátero tenemos a John Travolta haciendo de Ryder, un villano pasado de rosca, con un tatuaje en el cuello y una mala leche que se huele a través de la pantalla. Me encanta cuando Travolta se desmelena (figuradamente, claro) y se entrega al papel de loco peligroso. Su personaje es volátil, malhablado y capaz de pegarle un tiro a cualquiera por un minuto de retraso. Es ese tipo de actuación que bordea lo exagerado pero que en el contexto de la dirección de Scott encaja como un guante.

Denzel Washington y John Travolta

Y en la otra esquina, Denzel Washington. ¿Qué vamos a decir de este hombre? Es, posiblemente, el actor que mejor sabe interpretar al «tío normal» que se ve envuelto en una situación extraordinaria. Aquí no es un superpolicía ni un héroe de acción; es Walter Garber, un interventor del metro que está siendo investigado por un presunto soborno y que simplemente estaba en su puesto ese día. Denzel clava esa mezcla de vulnerabilidad, decencia y astucia callejera. Es el ancla moral de la película, y la química que tiene con Travolta a través del micrófono —porque se pasan media peli hablando por radio— es lo que realmente sostiene el metraje.

Hablemos del estilo visual de Tony Scott. Si conoces su cine posterior a Man on Fire, sabes lo que hay: montaje frenético, colores saturados, zooms imposibles y una cámara que no se queda quieta ni un segundo. Para algunos esto puede resultar agotador, pero para un servidor, aquí funciona de maravilla para transmitir el caos de Nueva York y la claustrofobia del túnel del metro. La película tiene un ritmo endiablado; no hay escenas de relleno. Es una carrera contrarreloj donde el sudor de los personajes parece traspasar el televisor. Nueva York se siente sucia, ruidosa y viva, casi como un personaje más de la trama.

Tensión en el metro de Nueva York

Lo que me fascina de este film es cómo maneja el concepto del héroe accidental. Walter Garber no tiene por qué jugarse la vida, pero siente una responsabilidad ética hacia esos pasajeros. La tensión no solo viene de los disparos, sino de la guerra psicológica que Ryder intenta jugar con él. Ryder detecta que Garber no es un santo, que tiene sus manchas, y utiliza eso para intentar quebrarlo. Es un duelo de voluntades magnífico donde el diálogo tiene tanto peso como la acción física. Además, ver a secundarios de lujo como John Turturro o el añorado James Gandolfini como alcalde de la ciudad le da un empaque que muchas pelis de acción actuales ya querrían para sí.

¿Es perfecta? No. Tiene sus agujeros de guion y algunos momentos donde la suspensión de la incredulidad tiene que trabajar horas extras, especialmente en la parte final cuando la trama sale de los túneles a las calles. Sin embargo, en el cine de entretenimiento lo que cuenta es la honestidad de la propuesta, y esta película es honesta a rabiar. No te engaña: te promete tensión, buenas actuaciones y un final satisfactorio, y te lo da con creces. Es cine de robos puro, destilado y servido sin hielo, directo al grano.

Escena de acción Pelham 123

La banda sonora de Harry Gregson-Williams también merece una mención. Es machacona, industrial y sube las pulsaciones. Acompaña perfectamente esa sensación de que el tiempo se agota. Reviéndola hoy, me doy cuenta de que extraño este tipo de producciones de presupuesto medio-alto que se centraban en los personajes y en una trama sólida en lugar de gastarse todo el dinero en CGI barato. Hay algo muy táctil y real en ver los vagones de metal crujiendo y las chispas saltando sobre los raíles.

En definitiva, si buscas una película para disfrutar un viernes noche, desconectar del mundo y ver a dos gigantes de la interpretación enfrentarse cara a cara, no busques más. Asalto al tren Pelham 123 es un recordatorio de por qué amamos el cine de acción bien ejecutado. Tony Scott nos dejó un legado de adrenalina, y este tren es una de las paradas obligatorias de su filmografía. No será la más profunda, pero demonios, ¡qué bien te lo pasas durante todo el trayecto!

«¿Qué estarías dispuesto a confesar para salvar la vida de un desconocido?»

Denzel y Travolta nos regalan un duelo interpretativo que no envejece. ¿Eres más del thriller clásico de los 70 o te quedas con esta versión eléctrica de Tony Scott?

¡Cuéntame tu opinión en los comentarios y hablemos de cine!

Sydney Sweeney en La asistenta: ¿Por qué todos hablan de esta película?

Póster La Asistenta

Ficha Técnica

  • Título: La asistenta (The Housemaid)
  • Año: 2026
  • Dirección: Paul Feig
  • Reparto: Sydney Sweeney, Amanda Seyfried, Brandon Sklenar
  • Género: Thriller psicológico | Intriga
  • Duración: 115 min.
  • País: Estados Unidos
★3.5 / 5★
Millie, una joven con un pasado difícil que busca desesperadamente un nuevo comienzo, acepta un trabajo como asistenta para la acaudalada familia Winchester. Sin embargo, pronto descubre que los secretos de la casa y de su inestable dueña, Nina, son mucho más peligrosos que su propia historia. Nada es lo que parece tras las puertas de esta mansión.

A ver, seamos sinceros desde el minuto uno: La asistenta (2026) no viene a reinventar la rueda ni a ganar el León de Oro en Venecia. Y lo mejor de todo es que parece no importarle lo más mínimo. Desde que se anunció que Sydney Sweeney protagonizaría la adaptación del best-seller de Freida McFadden, todos sabíamos a lo que veníamos. Estamos ante una película que se mueve en ese terreno tan pantanoso como adictivo del thriller de sobremesa, ese que te mantiene pegado al sofá mientras meriendas, pero con un envoltorio de lujo, una fotografía cuidada y, por supuesto, el magnetismo de su estrella principal.

La película está clarísimamente dividida en dos partes. La primera es un ejercicio de tensión clásica, casi hitchcockiana pero con un toque moderno y chic. Vemos a Millie intentando encajar en un mundo de privilegios que no le pertenece, aguantando los desplantes de una Nina Winchester (interpretada por una solvente Amanda Seyfried) que parece estar siempre al borde del colapso nervioso. El ritmo en este primer tramo es pausado pero constante, cocinando a fuego lento esa sensación de incomodidad que tanto nos gusta a los fans del género. Es previsible, sí, pero terriblemente «disfrutona».

Escena La Asistenta

Hablemos de Sydney Sweeney. Se ha convertido en la auténtica gallina de los huevos de oro de Hollywood y aquí demuestra por qué. Hay quien dirá que no está haciendo «papelones de Oscar», pero es que no le hace falta. Sweeney tiene esa cualidad de las estrellas de antes: su rostro y su lenguaje corporal llenan la pantalla de una forma que hace que no puedas apartar la vista. Al igual que en su día vimos a Natalie Portman o Scarlett Johansson aparecer en absolutamente todos los proyectos posibles, Sydney está en su cresta de la ola. Su Millie es vulnerable pero tiene un fuego interno que te hace dudar de sus intenciones desde el primer fotograma.

La segunda parte de la película es donde todo explota. Entramos en el terreno de los giros de guion locos y las revelaciones que, si has leído el libro o has visto suficientes telefilmes de Antena 3 un sábado tarde, verás venir a kilómetros. Pero ahí reside la magia: es un placer culpable en toda regla. La dirección de Paul Feig intenta elevar el material dándole un aire más oscuro y menos paródico de lo habitual en él, logrando que la atmósfera de la mansión se sienta como una jaula de oro donde cualquiera puede ser el depredador o la presa.

Sydney Sweeney en La Asistenta

Lo que más me ha gustado es cómo maneja las «sombras» de los personajes. Aquí nadie es un santo. La película juega constantemente con nuestra empatía, haciendo que saltemos de un bando a otro. Sydney Sweeney sabe explotar esa ambigüedad de maravilla. No es solo una cara bonita; hay una inteligencia en cómo elige estos papeles que parecen ligeros pero que le permiten lucirse como el centro absoluto del universo cinematográfico actual. Es resultona, es magnética y, sobre todo, es muy consciente del producto que está vendiendo.

En cuanto al apartado técnico, la banda sonora cumple con creces a la hora de subrayar los momentos de tensión, aunque a veces peca de intrusiva. La escenografía es impecable: esa casa es un personaje más, con sus pasillos infinitos y su ático opresivo. La química entre Sweeney y Seyfried es el verdadero motor de la cinta. Verlas enfrentarse en un duelo de pasivo-agresividad es, sencillamente, lo mejor de la función. Es un choque de trenes entre la estrella consolidada y la que viene arrasando con todo.

Clímax de La Asistenta

¿Es perfecta? Ni de lejos. El guion tiene agujeros por los que cabría un camión y algunas decisiones de los personajes rozan lo absurdo. Pero, ¿acaso buscamos realismo lógico en un thriller de este tipo? Buscamos entretenimiento, evasión y un poco de mala leche, y en eso La asistenta cumple con creces. Es la confirmación de que Sweeney ha llegado para quedarse y que Hollywood va a seguir explotando su imagen hasta la saciedad, algo que, honestamente, no me molesta mientras los resultados sean así de entretenidos.

En conclusión, me he encontrado con una película que me ha dado exactamente lo que esperaba. No me ha volado la cabeza con su originalidad, pero me ha mantenido entretenido las casi dos horas que dura. Es ese tipo de cine que necesitamos para desconectar del mundo, una historia de intrigas domésticas llevada al extremo con un reparto que sabe perfectamente en qué liga está jugando. Si te gustan los libros de Freida McFadden o simplemente quieres ver a Sydney Sweeney dominando la pantalla, esta es tu película.

¿Hasta dónde llegarías por un nuevo comienzo?

La asistenta nos deja claro que los secretos más oscuros no se esconden en el pasado, sino tras las puertas de las casas que parecen perfectas.


¿Qué te ha parecido el giro final? ¿Crees que Sydney Sweeney es la nueva reina del thriller o solo una moda pasajera? ¡Cuéntamelo en los comentarios, que necesito debatir ese final!

El día que Denzel secuestró un hospital: Recordando «John Q» veinte años después

Poster oficial de John Q

Ficha Técnica

  • Título original: John Q
  • Año: 2002
  • Dirección: Nick Cassavetes
  • Reparto estelar: Denzel Washington, Robert Duvall, James Woods, Anne Heche, Kimberly Elise
  • Género: Drama / Thriller social
  • Duración: 116 minutos
★★★★☆

4.5 de 5 estrellas provisionales

«John Q. Archibald (Denzel Washington) es un hombre común que trabaja en una fábrica y se desvive por su familia. Su vida da un vuelco dramático cuando su hijo pequeño colapsa durante un partido de béisbol y es diagnosticado con una grave enfermedad cardíaca. Al descubrir que su seguro médico no cubre el trasplante de corazón necesario para salvar la vida del niño, y ante la fría burocracia del hospital, John toma una decisión desesperada: secuestrar la sala de emergencias para exigir que pongan a su hijo en la lista de donantes.»

Voy a ser totalmente sincero con vosotros desde el principio: tengo una debilidad enorme por el Denzel Washington de principios de los 2000. Quizás es la nostalgia hablando, no lo sé, pero hay algo en esa época del cine, justo antes de que todo se volviera franquicias de superhéroes, que me toca la fibra. Y «John Q» es, para mí y para mucha gente de mi generación (los que crecimos en los 80 y maduramos en los 90/00), una de esas películas pilares. No soy un crítico de cine de Cahiers du Cinéma, solo soy un tipo que ve muchas películas y que se emociona fácilmente, y os digo que pocas veces he visto a un actor echarse una película a la espalda con la fuerza bruta y el carisma con el que lo hace Denzel aquí. Es la definición de «ese padre que todos querríamos tener», un tipo dispuesto a pelear como gato panza arriba contra el mundo entero si tocan a los suyos. Y vaya si pelea.

La película arranca de una manera casi engañosamente tranquila. Nos presenta la vida de los Archibald. Son gente normal, currantes, que viven al día y hacen malabares con las facturas. Denzel interpreta a John, Kimberly Elise a su mujer, Denise. Tienen una química increíble que te hace creerte esa familia desde el minuto uno. Vemos los problemas cotidianos, el coche que casi no arranca, la preocupación por llegar a fin de mes, pero también vemos un amor a raudales en esa casa. Es vital que la película dedique tiempo a esto, porque necesitamos entender qué es lo que está en juego. Necesitamos enamorarnos de esa pequeña unidad familiar para que, cuando llegue el golpe, nos duela tanto como a ellos. Y el golpe llega seco, rápido, en un partido de béisbol, cuando el pequeño Mike se desploma. Ahí empieza la verdadera pesadilla.

Lo que sigue es, sinceramente, una de las críticas más feroces que el cine comercial de Hollywood ha hecho al sistema sanitario estadounidense. Y digo «feroz» porque, aunque a veces la película peque de ser un poco melodramática (que lo es, no nos engañemos), la situación de base es terroríficamente real para millones de personas. La escena en la que John se enfrenta a la administradora del hospital (una Anne Heche que hace un trabajo excelente siendo la cara fría de la burocracia) y al cirujano estrella (James Woods, brillante como el médico arrogante que ha olvidado su juramento hipocrático por el dinero) es desgarradora. Es la impotencia hecha escena. Ver a un hombre fuerte, trabajador, que ha hecho todo «bien» según las reglas de la sociedad, siendo tratado como un número, como basura, simplemente porque su seguro tiene letra pequeña, es algo que te hierve la sangre. Es en este punto donde la película deja de ser un drama familiar para convertirse en un thriller de denuncia social.

Denzel Washington y Kimberly Elise en un momento tenso

La desesperación de unos padres ante la burocracia médica.

Y llegamos al punto de no retorno. El momento en que John Q. Archibald decide que ya no va a pedir más favores. La escena en la que saca la pistola y cierra las puertas de la sala de urgencias es magistral en su ejecución. No es la acción de un terrorista entrenado, ni de un villano de película de acción. Es el acto torpe, tembloroso y absolutamente desesperado de un padre acorralado. Nick Cassavetes, el director, maneja muy bien la tensión en este espacio cerrado. De repente, el hospital, ese lugar de sanación, se convierte en una olla a presión. Y aquí es donde Denzel Washington simplemente se sale del mapa. Su actuación no es la de un tipo duro al uso; puedes ver el miedo en sus ojos, la duda, y al mismo tiempo, esa determinación inquebrantable de que su hijo no se va a morir ese día.

Dentro de la sala de rehenes, la película se convierte en un estudio de personajes fascinante. Los rehenes son un microcosmos de la sociedad: tenemos al tipo de clase alta que cree que su tiempo vale más que el de los demás, a una embarazada a punto de dar a luz, a un chico de la calle herido, a médicos y enfermeras asustados… Lo interesante es cómo la dinámica cambia. Al principio, John es el «malo», el loco con el arma. Pero a medida que pasan las horas y la gente empieza a entender *por qué* está haciendo lo que hace, la lealtad empieza a cambiar. Es casi como una versión acelerada del Síndrome de Estocolmo, pero basada en la empatía pura y dura. La gente empieza a ver que el verdadero villano no es el hombre con la pistola, sino el sistema que lo empujó a cogerla. Hay momentos de humor negro, de tensión extrema y de humanidad compartida dentro de esas cuatro paredes que funcionan increíblemente bien.

Mientras tanto, fuera del hospital, se desata el circo mediático y policial. Y aquí tenemos otro duelo actoral de altura. Por un lado, Robert Duvall como el negociador de la policía, Grimes, un tipo veterano, cansado, que entiende perfectamente la posición de John y que intenta resolver la situación sin que nadie salga herido. Duvall aporta esa calma y esa humanidad necesaria para equilibrar la intensidad de Denzel. Por otro lado, tenemos al jefe de policía interpretado por Ray Liotta, que solo ve una situación táctica que hay que resolver por la fuerza para ganar puntos políticos. Este choque entre la policía empática y la policía militarizada es otro de los temas secundarios interesantes que toca la película. Y cómo no, los medios de comunicación, convirtiendo la tragedia personal de un hombre en un espectáculo nacional, con la gente de la calle vitoreando a John como si fuera un héroe popular moderno, un Robin Hood de la sanidad.

John Q tomando el control de la sala de urgencias

El momento en que un hombre común cruza la línea por amor.

Pero volvamos a Denzel, porque realmente es el motor de todo esto. Hay escenas en esta película que se me quedaron grabadas a fuego. La conversación telefónica con su mujer mientras está atrincherado, donde la fachada de tipo duro se rompe y vemos al marido asustado, es brutal. O el momento en que, desesperado porque el tiempo se acaba y el corazón para su hijo no llega, toma la decisión final, la más extrema de todas. No voy a hacer spoilers graves por si alguien no la ha visto (¡corred a verla!), pero el clímax de la película, la resolución que John plantea, es uno de los momentos más tensos y emotivos que recuerdo haber visto en un thriller de este tipo. Es el sacrificio definitivo, planteado con una crudeza que te deja sin aliento. Denzel maneja esa intensidad sin caer en la sobreactuación, manteniendo siempre esa dignidad del trabajador que solo pide lo justo.

Mucha gente criticó la película en su momento por ser demasiado manipuladora emocionalmente. Y, a ver, no voy a mentir, lo es. «John Q» sabe exactamente qué botones pulsar para hacerte llorar y para hacerte enfadar. Utiliza la música, los primeros planos del niño enfermo y los discursos apasionados para llevarte exactamente a donde quiere. ¿Pero sabéis qué? Como consumidor medio de cine, a veces eso es exactamente lo que quiero. Quiero una película que no se ande con sutilezas, que me agarre por el cuello y me obligue a sentir algo intenso. No todo el cine tiene que ser sutil y cerebral. A veces necesitamos este tipo de catarsis emocional, este grito primario contra las injusticias del mundo, aunque esté envuelto en un paquete de Hollywood un poco brillante.

Además, creo que la película ha envejecido terriblemente bien, por desgracia. Veintitantos años después, el debate sobre la sanidad en Estados Unidos (y la privatización en otros lugares) sigue exactamente igual, o peor. Las historias de gente arruinada por facturas médicas o a la que se le deniegan tratamientos vitales por tecnicismos siguen llenando los periódicos. Por eso «John Q» sigue resonando tanto hoy en día. Porque aunque la situación del secuestro sea extrema, la premisa base, el miedo a no poder salvar a un ser querido porque no tienes suficiente dinero en el banco, es un miedo universal y muy actual. La película funciona porque conecta con esa ansiedad básica de la clase trabajadora.

El desenlace con la policía rodeando a John Q

El tenso enfrentamiento final entre la ley y la justicia moral.

El desenlace de la película es agridulce, como no podía ser de otra manera. No hay una solución mágica donde todo el mundo sale ganando sin consecuencias. Las acciones de John tienen un precio, y él está dispuesto a pagarlo. La escena final, el juicio mediático y legal, y la última mirada entre padre e hijo, te dejan con un nudo en la garganta pero también con una extraña sensación de esperanza. Es la confirmación de que, a veces, hay que romper las reglas para hacer lo correcto, aunque el sistema te castigue por ello. Es un mensaje peligroso, quizás, pero increíblemente potente en el contexto de la historia.

En resumen, «John Q» no será una obra maestra del cine de autor, pero es una película condenadamente efectiva. Es un thriller trepidante que te mantiene pegado al asiento, sí, pero sobre todo es un drama humano con un corazón enorme, impulsado por una de las mejores interpretaciones de la carrera de Denzel Washington. Es la película que cimentó su imagen como el héroe del hombre común, el tipo capaz de enfrentarse a gigantes con nada más que su voluntad y su amor de padre. Si sois de los que os gustan las películas que os hacen sentir cosas intensas, que os hacen enfadaros con el mundo y luego reconciliaros con la humanidad, tenéis que revisitar este clásico de los 2000. Es amor de padre a raudales y tensión de la buena.

¿Hasta dónde serías capaz de llegar tú por salvar la vida de un hijo si el sistema te diera la espalda? ¿Crees que el fin justifica los medios en un caso como el de John Q? ¡Os leo en los comentarios! 👇

El trauma y la culpa en el cine de Scorsese: El caso Teddy Daniels

Poster Shutter Island

Ficha Técnica

  • Título original: Shutter Island
  • Año: 2010
  • Director: Martin Scorsese
  • Reparto: Leonardo DiCaprio, Mark Ruffalo, Ben Kingsley, Michelle Williams, Max von Sydow.
  • Género: Thriller psicológico / Neo-noir
  • Duración: 138 min.
★★★★☆

4.5 de 5 estrellas – «Una locura necesaria»

¿De qué va esto?

«En el verano de 1954, los agentes federales Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) y Chuck Aule (Mark Ruffalo) son destinados a una remota isla del puerto de Boston para investigar la desaparición de una peligrosa asesina (Emily Mortimer) que estaba recluida en el hospital psiquiátrico Ashecliffe, un centro penitenciario para criminales perturbados dirigido por el siniestro doctor John Cawley (Ben Kingsley). Pronto descubrirán que el centro guarda muchos secretos y que la isla es algo más que un lugar de reclusión.»

Opinión de un Experto Amateur: La Trampa de la Mente

Tengo que confesar algo antes de empezar: me encantan las películas que juegan contigo. Esas que te sientan en el sofá, te dan la mano, te cuentan un cuento y, cuando menos te lo esperas, te sueltan un bofetón de realidad que te deja pensando tres días. Shutter Island es, sin lugar a dudas, la reina de ese género en el cine moderno. No soy crítico de cine, ni pretendo saber más que nadie sobre iluminación o guiones, pero como consumidor compulsivo de historias, pocas veces me he sentido tan atrapado en una atmósfera como la que Scorsese crea aquí. Es asfixiante, es gris, es húmeda y, sobre todo, es profundamente inquietante. Desde el primer minuto, cuando ese ferry emerge de la niebla con la música estruendosa de fondo, sabes que nada bueno va a pasar en esa isla.

La premisa parece sencilla al principio, casi de manual de película de detectives de los años 50. Tenemos a Teddy Daniels (un DiCaprio que, sinceramente, está en uno de los mejores papeles de su carrera, sudando ansiedad por cada poro) y a su compañero llegando a Ashecliffe. Una paciente ha desaparecido. Se ha esfumado de una habitación cerrada. Imposible, ¿verdad? y ahí empieza el juego. Lo que al principio parece una investigación policial clásica, poco a poco se va convirtiendo en un descenso a los infiernos personales del protagonista. Scorsese nos lleva de la mano por pasillos lúgubres, acantilados imposibles y pabellones llenos de gritos, y nosotros, como espectadores, vamos recogiendo pistas pensando que somos más listos que la película. Qué equivocados estamos casi siempre.

Teddy Daniels investigando en Shutter Island

Cada pista parece abrir una puerta, pero en realidad cierra una salida.

Aquí es donde entra mi vertiente personal, y perdón si me pongo un poco intenso. Como terapeuta ocupacional que ha trabajado en salud mental, esta película me toca una fibra muy sensible. He pisado salas que, salvando las distancias de la época y el dramatismo de Hollywood, comparten ese aire de desesperanza y confusión. Ver Shutter Island me genera una sensación muy ambigua. Por un lado, me emociona la calidad cinematográfica, el suspense, la narrativa; pero por otro, me genera un rechazo visceral. Es doloroso ver cómo se retrata el sufrimiento humano cuando este te socava hasta lo más profundo. La película hace un trabajo brutal (y a veces excesivamente gráfico) al mostrar cómo la mente puede romperse en mil pedazos para protegerse de un trauma insoportable.

La representación de la institución mental en los años 50 es aterradora. Ben Kingsley, haciendo del Dr. Cawley, está magnífico en su ambigüedad. ¿Es un innovador que quiere curar con la palabra o un monstruo que experimenta con humanos? Esa duda es el motor de la película. Pero más allá de los lobotomías y las conspiraciones, lo que realmente me impacta es el peso del estigma y la soledad del paciente. La película nos muestra que, a veces, la realidad es tan dolorosa que la mentira se convierte en el único refugio habitable. Y ahí es donde Scorsese y DiCaprio brillan: nos hacen partícipes de esa mentira. Queremos creer a Teddy, queremos que haya una conspiración nazi, queremos que él sea el héroe. Porque la alternativa, la verdad desnuda de su historia, es demasiado triste para aceptarla.

Leonardo DiCaprio y Martin Scorsese en el set

La dupla Scorsese-DiCaprio: una máquina de crear tensión psicológica.

Visualmente es una joya, aunque una joya oscura. La fotografía te hace sentir el frío y la humedad. Los sueños y alucinaciones de Teddy son visualmente poéticos pero narrativamente devastadores. Esas escenas con su mujer (Michelle Williams), convirtiéndose en ceniza o empapada en agua, son la clave de todo. Representan la «locura del amor» y la culpa, dos fuerzas que pueden destruir a una persona más rápido que cualquier droga experimental. En mi experiencia profesional, he visto cómo el impacto social y personal de la enfermedad mental aísla a las personas, y la película lleva esto al extremo: una isla entera diseñada para aislar, contener y, supuestamente, tratar lo intratable.

Y llegamos al desenlace. Sin hacer spoilers directos (aunque si no la has visto, ¡corre!), el final es lo que eleva esta cinta de «buena» a «obra maestra». Ese par de giros finales no son solo trucos de guionista barato; recontextualizan absolutamente todo lo que has visto durante dos horas. Te obligan a rebobinar la película en tu cabeza. De repente, frases sueltas, miradas de los guardias, o la actitud del compañero Chuck, cobran un sentido nuevo y escalofriante. Es un puzle que se resuelve solo al final y te deja con una sensación de angustia, pero una angustia calmada. Como cuando pasa la tormenta y solo quedan los destrozos.

La frase final. Esa maldita frase final. «¿Qué sería peor? ¿Vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno?». Ahí está la clave de todo. Como terapeuta, me hace reflexionar sobre la lucidez dentro de la locura. A veces, la decisión más racional es la que parece más loca desde fuera. Ese momento de claridad final (o no, dependiendo de tu teoría) es desgarrador. Es la aceptación del destino. Shutter Island no es una película de terror, es una tragedia griega vestida de cine negro. Es dura, es pesada y te deja mal cuerpo, pero es una experiencia que cualquier amante del cine (y de la psicología) debe vivir.

Escena onírica con Michelle Williams

La culpa y el amor: los verdaderos fantasmas de la isla.

En conclusión, para mí, como ese experto amateur que dice saber de cine y como profesional que conoce la mente, esta película es un 10 en ejecución y un puñetazo en el estómago en contenido. Te recomiendo verla con las luces apagadas, el móvil lejos y, a ser posible, con alguien con quien debatir después, porque vas a necesitar hablar de ello. No es solo saber la verdad, es decidir si puedes vivir con ella.

💬 ¿Tú qué piensas del final?

¿Crees que Teddy finge su recaída para escapar de su culpa, o realmente ha vuelto a olvidar? Esa última mirada lo cambia todo.

Déjame tu teoría en los comentarios, ¡os leo a todos!

Análisis de La Naranja Mecánica: ¿Obra maestra o clásico sobrevalorado?

Poster La Naranja Mecánica

Ficha Técnica

  • Título original: A Clockwork Orange
  • Año: 1971
  • Director: Stanley Kubrick
  • Reparto: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Michael Bates
  • Género: Ciencia Ficción / Drama / Crimen
  • Duración: 136 minutos

Valoración Personal

★★★★☆

(8/10 por su estatus de leyenda)

«Gran Bretaña, en un futuro indeterminado. Alex (Malcolm McDowell) es un joven muy agresivo que tiene dos pasiones: la violencia desenfrenada y Beethoven. Es el jefe de la banda de los drugos, que dan rienda suelta a sus instintos más salvajes apaleando, violando y aterrorizando a la población. Cuando esa escalada de terror llega hasta el asesinato, Alex es detenido y, en prisión, se someterá a una innovadora experiencia de reeducación que pretende anular drásticamente cualquier atisbo de conducta antisocial.»

¿Obra maestra inmortal o un clásico que empieza a oxidarse?

A ver, seamos sinceros desde el principio. Cuando uno se sienta a escribir sobre La Naranja Mecánica, le tiemblan un poco las manos sobre el teclado. Estamos hablando de Stanley Kubrick, estamos hablando de una de las películas más icónicas de la historia del cine, y estamos hablando de una obra que, visualmente, ha marcado a generaciones enteras. Pero aquí estamos, en pleno 2026, y me he propuesto ser honesto con vosotros. Me considero un amante del cine, un «experto amateur» que devora todo lo que le echen, y anoche, por petición expresa de mi pareja que nunca la había visto, le dimos al play de nuevo a esta cinta de 1971. Y tengo que decirlo, aunque me lluevan piedras: la experiencia fue agridulce.

No me malinterpretéis, le he cascado un 4 sobre 5 estrellas (y un 8 en mi escala mental) porque entiendo lo que significa. Entiendo el contexto, la ruptura que supuso en su momento y la valentía de mostrar esa «ultraviolencia» estilizada al ritmo de la Novena de Beethoven. Pero, amigos, hay que reconocer que el tiempo no perdona, ni siquiera a los genios. Lo que en los setenta debió ser un puñetazo en el estómago que te dejaba sin aire, hoy se siente, por momentos, extrañamente teatral. La puesta en escena, tan característica de Kubrick, con esos grandes angulares y esa simetría obsesiva, sigue siendo hipnótica, pero el ritmo… ay, el ritmo se me hizo cuesta arriba.

La naranja mecánica escena bar korova

El icónico Bar Korova, visualmente impactante incluso hoy.

Hablemos de Alex DeLarge. Malcolm McDowell está inmenso, eso es innegable. Esa mirada, esa pestaña postiza en el ojo derecho, esa mezcla de carisma psicopático y vulnerabilidad infantil es lo que sostiene la película. Sin embargo, viéndola ayer, me di cuenta de que muchas de las actuaciones secundarias rozan la caricatura extrema. Y sé lo que me vais a decir los puristas: «Es que es así, es una sátira distópica, tiene que ser exagerado». Vale, os lo compro. Pero hay una línea muy fina entre lo grotesco intencionado y lo que simplemente parece una función de teatro amateur mal dirigida. La escena de la visita del escritor y su mujer, o los «drugos» peleándose en el agua a cámara lenta, se sienten hoy día un poco… ¿tontas? Quizás estamos demasiado insensibilizados por el cine moderno, pero la violencia que se supone debe horrorizarnos, hoy parece coreografía de baile.

Lo que sí que no ha envejecido mal es el debate moral. De hecho, diría que está más vigente que nunca. ¿Tenemos derecho a «curar» la maldad si el precio es anular el libre albedrío? El tratamiento Ludovico sigue siendo una idea aterradora. La segunda mitad de la película, cuando Alex se convierte en una víctima del sistema, es donde la cinta recupera fuerza. Verle indefenso, incapaz de defenderse o incluso de disfrutar de su amada música clásica, te genera esa incomodidad que Kubrick buscaba. Ahí es donde la película justifica su nota alta. Te hace empatizar con un monstruo, y eso es un logro narrativo brutal.

Malcolm McDowell técnica ludovico

La escena de los ojos abiertos: historia pura del cine.

Pero volvamos a la sensación de «vejez». Mi pareja, que es de esas personas que disfrutan del cine pero no se obsesionan con la técnica, se pasó la mitad de la película mirando el móvil. Y eso es el mejor termómetro. «Se me está haciendo larga», me dijo. Y tenía razón. Hay secuencias que se estiran innecesariamente, diálogos que dan vueltas sobre lo mismo y una estética futurista «setentera» que ahora se ve retro-kitsch en lugar de vanguardista (aunque las mesas con forma de mujer desnuda siguen siendo perturbadoras). Es curioso como 2001: Odisea en el Espacio, del mismo director y anterior a esta, parece visualmente más atemporal que las aventuras de estos drugos con bombines.

Técnicamente, el uso de la música electrónica de Wendy Carlos adaptando a los clásicos sigue siendo un punto a favor enorme. Crea una atmósfera de pesadilla sintetizada que encaja como un guante. Pero visualmente, insisto, he notado las costuras. Quizás es que yo también he cambiado, o que el cine ha evolucionado hacia una narrativa más ágil. Ver La Naranja Mecánica en 2025 es un ejercicio de arqueología cinéfila: aprecias el hueso, la estructura, la importancia del hallazgo, pero no es necesariamente una experiencia «divertida» o fluida.

Escena final naranja mecánica

En conclusión, familia, estamos ante un clásico incontestable, sí. Un 8/10 en los libros de historia. Pero si me preguntáis si volvería a verla mañana… la respuesta es no. Ha envejecido regular. Es como ese tío abuelo que cuenta historias fascinantes pero que tarda tres horas en llegar al final de la anécdota. Se merece el respeto, se merece el visionado obligatorio al menos una vez en la vida para entender de dónde viene mucho del cine actual (desde Tarantino hasta Fincher), pero hay que ir preparado para un ritmo y una teatralidad que ya no se estilan.

Si sois cinéfilos empedernidos, la seguiréis defendiendo a capa y espada. Si sois espectadores casuales que buscáis entretenimiento de fin de semana, avisados quedáis: puede que se os atragante un poco esta naranja. Aún así, Kubrick es Kubrick, y solo por la composición de los planos y la mirada de McDowell, el viaje merece la pena, aunque el coche tenga ya el motor un poco gripado.

💬 ¿Y tú qué opinas?

¿Crees que es una herejía decir que ha envejecido mal o estás de acuerdo conmigo en que el ritmo se siente pesado hoy en día? ¡Os leo en los comentarios!

Por qué Training Day sigue siendo el mejor thriller policial del siglo XXI

Póster oficial de Training Day

⚡ Ficha Técnica: Training Day

  • Título original: Training Day (Día de entrenamiento)
  • Año: 2001
  • Dirección: Antoine Fuqua
  • Reparto principal: Denzel Washington, Ethan Hawke, Scott Glenn, Tom Berenger, Harris Yulin, Eva Mendes.
  • Género: Thriller policiaco, Drama, Acción.
  • Duración: 122 minutos.
Valoración CP Cine: ★★★★★ (5/5 OBRA MAESTRA)
« Jake Hoyt (Ethan Hawke) es un joven policía recién asignado a narcóticos en Los Ángeles. Su primer día de prueba lo pasa con el veterano detective Alonzo Harris (Denzel Washington), un agente condecorado cuyos métodos difuminan la línea entre la legalidad y la corrupción. Durante 24 horas intensas en las calles más peligrosas de L.A., Hoyt deberá decidir si las lecciones de Harris son una forma necesaria de supervivencia o un descenso directo al infierno moral. «
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La jungla de asfalto y el lobo feroz

A ver, gente, vamos a ponernos serios un momento. Soy «CP Cine», y sabéis que veo de todo, desde la serie B más cutre hasta el cine de arte y ensayo más pretencioso. Pero hay días, hay momentos específicos en la vida de un «experto amateur» como yo, en los que te topas con algo que te agarra del cuello, te sacude y te dice: «Esto es CINE, chaval». Y eso, amigos míos, es exactamente lo que pasa con Training Day. No estamos ante otra peliculita de policías y ladrones del montón que ponen un domingo por la tarde. No. Estamos ante una bestialidad, un viaje alucinante de 24 horas por el infierno de Los Ángeles que te deja sin aliento desde el minuto uno hasta los créditos finales. Es, sin exagerar, un peliculón absoluto, un 10 de 10 y una de esas 5 estrellas que doy muy pocas veces. Es una obra maestra del cine policiaco moderno que redefinió el género a principios de los 2000.

La premisa parece sencilla sobre el papel: el policía novato e idealista (Ethan Hawke como Jake Hoyt) tiene su primer día de evaluación con el veterano curtido y de vuelta de todo (Denzel Washington como Alonzo Harris). Hemos visto este esquema de «buddy cop» mil veces, desde Arma Letal hasta Rush Hour. Pero aquí, el director Antoine Fuqua coge ese cliché y lo retuerce, lo ensucia y lo sumerge en un realismo crudo y sudoroso. No hay chistes fáciles, no hay camaradería instantánea. Hay tensión. Una tensión que se puede cortar con cuchillo desde que Hoyt se sube al Monte Carlo negro de Alonzo. El coche, por cierto, es un personaje más; es la guarida del lobo, el trono desde donde Alonzo dicta su ley en las calles. La película te mete de lleno en un L.A. que no sale en las postales, el de los callejones traseros, las bandas, el tráfico de drogas a plena luz del día y la violencia latente en cada esquina.

Denzel Washington y Ethan Hawke en el coche en Training Day

El Monte Carlo: la oficina móvil donde la moralidad se queda en el maletero.

Hablemos del elefante en la habitación, o mejor dicho, del King Kong en la habitación: Denzel Washington. Madre mía. Mira que Denzel tiene papeles icónicos, ha hecho de Malcom X, de abogado luchador en Philadelphia, de piloto alcohólico en El Vuelo… pero lo de Alonzo Harris es de otra galaxia. Es, en mi humilde opinión de consumidor voraz de cine, la mejor actuación de su carrera, y eso es decir muchísimo. Alonzo es un villano fascinante porque no se ve a sí mismo como un villano. Él se ve como el «mal necesario». Su filosofía es brutal pero, en el contexto de la película, casi tiene sentido: «Para proteger a las ovejas, tienes que ser un lobo». Denzel te vende esta filosofía con un carisma arrollador. Es aterrador, es seductor, es impredecible y es absolutamente magnético. No puedes apartar los ojos de él. La forma en que manipula a Hoyt, cómo se mueve por los barrios más peligrosos como si fuera el dueño del cortijo (que en cierto modo lo es), y cómo suelta frases lapidarias que ya son historia del cine, es un espectáculo actoral de primer nivel. El Oscar que ganó no fue regalado, fue ganado a pulso en cada escena.

Pero para que un personaje como Alonzo brille tanto, necesita un contrapunto perfecto, y ahí es donde Ethan Hawke merece un aplauso monumental. Es fácil quedar eclipsado por el huracán Denzel, pero Hawke aguanta el tipo de forma increíble. Su Jake Hoyt es nuestros ojos en la película. Es el tipo bueno, el que cree en las reglas, el que quiere «servir y proteger» de verdad. Ver cómo Alonzo va desmantelando sistemáticamente la inocencia y los principios de Hoyt es doloroso. Hawke transmite perfectamente esa lucha interna, el miedo, la confusión y, finalmente, la desesperación de darse cuenta de que está atrapado en una trampa mortal diseñada por su propio mentor. La química tóxica entre los dos es el motor de la película; es un duelo interpretativo de titanes, una partida de ajedrez donde uno juega con las piezas blancas y el otro ha quemado el tablero.

La película no solo se sustenta en sus dos protagonistas. El guion de David Ayer (que sabe un par de cosas sobre las calles de L.A., ya que creció allí) es una bomba de relojería. Está estructurado de tal manera que la presión nunca deja de aumentar. Cada parada que hacen a lo largo del día es más peligrosa y moralmente ambigua que la anterior. Desde incautar drogas a unos camellos de poca monta hasta enfrentarse a situaciones de vida o muerte en territorios controlados por bandas reales (sí, Fuqua usó a miembros de bandas reales como extras para darle autenticidad, y se nota). El realismo es sucio. No hay filtros embellecedores. El calor de Los Ángeles traspasa la pantalla, casi puedes oler el asfalto caliente y el peligro. Los secundarios, incluyendo cameos de lujo de músicos como Dr. Dre, Snoop Dogg o Macy Gray, lejos de distraer, añaden una capa más de textura a ese mundo urbano y caótico que Alonzo dice controlar.

Escena de tensión en Training Day con armas

La tensión es constante: en este «día de entrenamiento», un error te cuesta la vida.

Lo que hace que Training Day sea una obra maestra y no solo una buena película de acción es su profundidad temática. Es una exploración brutal de la corrupción, no solo la corrupción monetaria (que la hay, y mucha), sino la corrupción del alma. Plantea preguntas incómodas: ¿Hasta dónde estamos dispuestos a dejar que lleguen los «buenos» para detener a los «malos»? ¿El fin justifica los medios cuando los medios implican convertirse en aquello que juraste combatir? Alonzo Harris es el resultado extremo de un sistema roto. Él ya no distingue el bien del mal; solo distingue el poder y la supervivencia. Ha cruzado tantas líneas rojas que ya no ve la línea original. Y la película nos obliga a mirar ese abismo. Hay momentos en los que, como espectador, casi te encuentras del lado de Alonzo, seducido por su lógica retorcida, hasta que hace algo tan monstruoso que te devuelve a la realidad de golpe.

Tengo que mencionar un par de escenas clave sin destripar demasiado, porque si no la habéis visto (¿en qué cueva habéis estado viviendo?), tenéis que experimentarlas vírgenes. Hay una escena en particular, que involucra una partida de cartas en una casa en el barrio de «The Jungle», que es una clase magistral de tensión cinematográfica. Sabes que algo va mal, los personajes lo saben, el ambiente es irrespirable, y cuando todo estalla, es de una violencia seca y realista que te hiela la sangre. Y luego está el clímax final. No es la típica persecución de coches con explosiones gigantescas al estilo Hollywood. Es un enfrentamiento crudo, físico y desesperado. Es el momento en que el alumno tiene que decidir si usa las herramientas del maestro para sobrevivir, o si mantiene su integridad aunque eso signifique morir. La resolución es perfecta, cerrando el círculo de este día infernal de una manera satisfactoria pero amarga.

En resumen, como vuestro fiable «experto amateur», os digo que Training Day es de visionado obligatorio. Ha envejecido increíblemente bien. De hecho, en el mundo actual, sus temas sobre el abuso de poder policial y la desconfianza en las instituciones quizás resuenen aún más fuerte que en 2001. Es una película que te entretiene, sí, pero también te golpea el estómago y te hace pensar. Es cine con mayúsculas, con actuaciones que definen carreras y una dirección que te sumerge en un mundo que preferirías no conocer en la vida real. Si te gusta el thriller, el drama intenso o simplemente ver a dos actores en estado de gracia dándolo todo, no busques más. Alonzo Harris te está esperando para darte una lección que nunca olvidarás.

Primer plano de Denzel Washington como Alonzo Harris

El rostro de la corrupción: Denzel Washington en la actuación de su vida.

🔥 El debate de CP Cine 🔥

«¿King Kong no tiene nada que hacer conmigo?»

Después de ver la película, sed sinceros: ¿Creéis que los métodos de Alonzo son, en algún punto, necesarios para combatir el crimen real, o es simplemente un villano corrupto sin redención? ¡Os leo en los comentarios!

American Psycho: ¿Mito o Decepción?

American Psycho: ¿Mito o Decepción?

Poster American Psycho Patrick Bateman

🎬 Ficha Técnica

  • Título original: American Psycho
  • Año: 2000
  • Dirección: Mary Harron
  • Protagonista: Christian Bale (El inigualable)
  • Género: Thriller / Sátira negra / Terror
⭐⭐⭐☆☆ (3 de 5 estrellas – Salvada por Bale)
«Patrick Bateman es un yuppie de Wall Street obsesionado con el éxito, el estatus y el estilo. Sin embargo, detrás de su impecable rutina de cuidado personal y sus trajes de diseño, esconde una psicopatía asesina que se descontrola a medida que pierde la conexión con la realidad en la Nueva York de los años 80.»
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=d1QmQsRD9_w?si=kIxZr0Zgt11PhHGe]

A ver, voy a ser totalmente sincero con vosotros. Sabéis que consumo cine como si no hubiera un mañana y que, por norma general, Christian Bale es para mí una especie de deidad de la actuación. El tipo se transforma, se deja la piel y suele elevar cualquier cinta en la que participa. Sin embargo, me he sentado a ver American Psycho a principios de este 2025, con toda la fama que arrastra, con todos los memes de «Sigma Male» inundando internet, y el resultado ha sido… bueno, me ha dejado más frío que la mascarilla facial que se pone Patrick Bateman por las mañanas.

Quizás el problema sean las expectativas. Cuando ves una película de la que todo el mundo habla, esperas que te vuele la cabeza. Pero lo que me he encontrado es una obra que, si le quitas la actuación magistral de Bale, se queda en un ejercicio de estilo un tanto hueco. Sí, entiendo que esa es precisamente la intención de la sátira: reflejar el vacío existencial de los yuppies de los 80, esa gente preocupada más por el grosor de su tarjeta de visita que por la vida humana. Pero entender el mensaje no significa que la película me haya entretenido o impactado como esperaba.

Patrick Bateman con hacha

Esa mirada lo dice todo, y Bale lo borda, pero la trama no acompaña.

Hablemos de Christian Bale. Es lo único que realmente salva los muebles aquí. Su compromiso con el personaje es brutal. La forma en que cambia su expresión de una sonrisa falsa y encantadora a una mirada de depredador absoluto en microsegundos es digna de estudio. Hay escenas donde brilla con luz propia, como el famoso monólogo sobre la música pop antes de cometer una atrocidad. Ahí ves al actorazo que es. Pero siento que la película abusa de su carisma para tapar agujeros narrativos que, a día de hoy, se sienten torpes.

Lo que no me ha gustado nada es el tono. Se mueve en una línea muy fina entre el terror slasher y la comedia negra absurda, y para mí gusto, no termina de cuajar en ninguno de los dos lados. Hay momentos que deberían ser tensos y resultan ridículos (y no de la forma divertida), y momentos que deberían ser sátira mordaz y simplemente se sienten aburridos o repetitivos. Esa desconexión me sacó de la película varias veces. Estaba viendo la pantalla y pensando: «¿Se supone que tengo que reírme o asustarme?». Y al final, no hice ninguna de las dos cosas.

Christian Bale fumando puro American Psycho

Luego está el tema del desenlace y la trama en sí. Sin querer hacer grandes spoilers para el que (como yo hasta hace poco) no la haya visto, el final me pareció frustrante. Entiendo la ambigüedad, entiendo el juego de «¿fue real o fue todo imaginación?», pero la ejecución me pareció floja. Me dio la sensación de que la película no sabía cómo cerrar todo el caos que había generado y optó por la salida más pretenciosa posible. Me quedé mirando los créditos pensando: «¿Ya está? ¿Para esto me he tragado dos horas de narcisismo?».

Creo sinceramente que American Psycho se ha hecho famosa por el meme. La imagen de Bateman con los auriculares, o la escena de las tarjetas de visita, son perfectas para clips de 15 segundos en TikTok o Instagram. Han creado una mitología alrededor del personaje que la película no logra sostener por sí misma. Muchos adoran la *idea* de Patrick Bateman, esa figura extrema y nihilista, pero dudo que disfruten realmente de la narrativa errática de la cinta completa. Es un icono pop vacío, irónicamente, tal y como el personaje querría.

Escena American Psycho Christian Bale

La estética es impecable, eso no se lo niego.

En definitiva, es una película visualmente limpia, con una actuación estelar de un Bale jovencísimo que ya apuntaba maneras de leyenda, pero que narrativamente hace aguas. No he conectado con su humor, su violencia me ha parecido a ratos gratuita sin aportar mensaje real, y su conclusión me dejó esa sensación de tiempo perdido. Quizás soy yo, que esperaba un thriller psicológico más sólido y menos una galería de arte moderno salpicada de sangre. Se deja ver, pero si buscas profundidad real más allá de la crítica social obvia al materialismo, aquí no la vas a encontrar.

¿A ti también te pareció sobrevalorada?

Se habla mucho de esta peli en redes, pero quiero saber la verdad. ¿Crees que es una obra maestra incomprendida o solo una fuente de memes con un gran actor?

¡Déjame tu comentario abajo, que os leo a todos!

¿Es Mamá te quiere el mejor thriller sobre el Síndrome de Münchhausen?

Póster oficial de Mamá te quiere (Run)

Ficha Técnica Amateur

  • Título original: Run
  • Año: 2020
  • Dirección: Aneesh Chaganty
  • Reparto TOP: Sarah Paulson, Kiera Allen
  • Género: Thriller psicológico, Terror, «Madres intensitas»
  • Duración: 90 minutos (se pasan volando)

(3 de 5 estrellas – «Buen café para empezar el año»)

«Dicen que no hay nada como el amor de una madre, pero Chloe (Kiera Allen) empieza a sospechar que el de la suya, Diane (Sarah Paulson), no es normal. Diane ha criado a su hija completamente aislada, controlando cada uno de sus movimientos, pero Chloe pronto empezará a descubrir los oscuros secretos que guarda su madre.»
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=grbtoBZORIo?si=8FYASgwMePCmUkTO]

La Opinión de CP Cine: Amor de madre… tóxico

¡Feliz 2026, compañeros de sofá y manta! Esta ha sido mi primera película vista este año y la verdad es que, para empezar la temporada cinéfila, no he quedado nada decepcionado. A veces uno empieza el año con expectativas demasiado altas y se pega el batacazo, pero otras veces buscas simplemente un entretenimiento sólido, algo que te mantenga pegado a la pantalla sin pedirle que te cambie la vida. Y eso es exactamente lo que me ha dado «Mamá te quiere» (o «Run», como se la conoce en su título original más escueto).

Vamos a quitar el elefante de la habitación desde el principio: el tema del Síndrome de Münchhausen por poderes. Sí, lo sé, y vosotros lo sabéis. Está más trillado en el cine de thriller y terror que el camino a la cocina. Hemos visto «Misery», hemos visto series recientes sobre casos reales, y parece que el subgénero de «cuidadora loca que en realidad te está enfermando» no tiene fin. Cuando leí la premisa, pensé: «Uf, otra vez lo mismo». Pero aquí viene el giro: a veces no importa tanto *qué* te cuentan, sino *cómo* te lo cuentan y, sobre todo, *quién* te lo cuenta.

Escena de tensión en Mamá te quiere

La tensión se palpa en cada interacción entre madre e hija.

Y el «quién» aquí es la clave absoluta de que la película funcione. Hablo, por supuesto, de la presencia desgarradora de Sarah Paulson. Os digo una cosa como «experto amateur» que ha visto mucha televisión: Paulson tiene un don para interpretar a mujeres al borde del abismo, con una intensidad que te pone los pelos de punta. Aquí, como madre ida, es una auténtica delicia para el espectador. Pasa de la dulzura maternal más empalagosa a una mirada fría y calculadora en milésimas de segundo. Es esa clase de actuación que sostiene toda la estructura de la película; si pones a una actriz mediocre en este papel, la película se cae a pedazos en diez minutos.

Pero no sería justo darle todo el crédito solo a la «madre». La película funciona como un duelo actoral, y la réplica la da fantásticamente Kiera Allen en el papel de la hija, Chloe. Me parece muy importante destacar que Allen es usuaria de silla de ruedas en la vida real, lo que aporta una capa de autenticidad física a su interpretación que se nota muchísimo en pantalla. No es una actriz fingiendo limitaciones; es alguien que entiende la fisicalidad de su personaje. Su lucha por la supervivencia, estando limitada físicamente en una casa que se convierte en una ratonera, es angustiosa de ver.

Kiera Allen como Chloe en Run

Kiera Allen aporta una autenticidad brutal al papel de la hija atrapada.

En cuanto al ritmo, la película es rápida y eficaz en su propósito. No se anda con rodeos. Es un thriller de 90 minutos, una duración que agradezco enormemente en esta era de películas de tres horas infladas. El director, Aneesh Chaganty (que ya me sorprendió mucho con «Searching»), sabe cómo manejar los espacios cerrados. La casa se siente claustrofóbica, casi como un tercer personaje que respira y vigila. Pone en jaque desde el minuto uno la tensión del que está al otro lado de la pantalla. Sabes que algo va mal desde la primera escena, y la película se dedica a apretar las tuercas poco a poco hasta que te falta el aire.

Es cierto que el guion no reinventa la rueda. Hay momentos en los que tienes que suspender un poco la incredulidad (¿cómo es posible que nadie sospeche nada en tantos años?), pero como buen consumidor de thrillers, estoy dispuesto a perdonar esos deslices si el viaje es entretenido. Y «Mamá te quiere» es, ante todo, muy entretenida. Es de esas películas para ver con un bol de palomitas y gritarle a la pantalla: «¡No entres ahí!» o «¡Corre, corre!».

El enfrentamiento psicológico en la película

El duelo interpretativo es el verdadero motor de la cinta.

Sobre el final, sin hacer spoilers graves, diré que tiene una resolución rápida. Quizás no sea la más efectiva desde un punto de vista puramente narrativo, ni tampoco la más esperada (tiene un puntito de justicia poética un tanto retorcido), pero sí que es resultona. Te deja con esa sensación de «vale, esto ha cerrado el ciclo de locura». No te cambiará la vida, pero cumple su función de cerrar la historia con un lazo, aunque sea un lazo hecho de alambre de espino.

En resumen, para ser el primer visionado de 2026, «Mamá te quiere» es como un buen café de máquina un lunes por la mañana. Es básico, sabes a lo que sabe, pero cumple su función de despertarte y ponerte en marcha. Es un thriller competente elevado por dos actrices en estado de gracia. Si te gusta sufrir un poquito en el sofá y ver a Sarah Paulson haciendo de las suyas, es una apuesta segura. Le doy un 6 sólido de 10, esas 3 estrellas sobre 5 que significan «Me ha gustado, la recomendaría para una tarde de domingo, pero no entrará en mi top histórico».

🗣️ La pregunta de CP Cine

¿Cuál es vuestra película favorita sobre relaciones tóxicas entre padres e hijos? ¿Sois del equipo «Misery» o tenéis alguna joya oculta?

¡Os leo en los comentarios! 👇

Reseña sin spoilers de Juego de Asesinos: Balas, caos y una policía novata

Póster de Juego de Asesinos

Ficha Técnica

  • Título original: Copshop
  • Dirección: Joe Carnahan
  • Guion: Kurt McLeod, Joe Carnahan
  • Reparto principal: Gerard Butler, Frank Grillo, Alexis Louder, Toby Huss
  • País: Estados Unidos
  • Año: 2021
  • Género: Acción, Thriller

Mi Valoración

★★★★

(2.5 de 5 estrellas)

«En un pequeño pueblo, una comisaría de policía se convierte en el insólito campo de batalla entre un asesino a sueldo profesional, un inteligente estafador y una policía novata que se ve atrapada en el fuego cruzado. Huyendo del letal sicario Bob Viddick, el astuto estafador Teddy Murretto trama un plan para esconderse en un lugar en el que nadie podría alcanzarle: se hace detener y encerrar en una comisaría. Sin embargo, Viddick no es de los que se rinden y la cárcel no será un impedimento para él.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=bYWj6vQ8G5s]

Crítica: Balas, Sudor y Clichés en una Comisaría Olvidada

A veces, uno no busca la película que le cambie la vida. A veces, solo quieres sentarte, apagar el cerebro y ver a gente dura haciendo cosas duras. Con esa mentalidad me acerqué a «Juego de Asesinos» (o «Copshop», que suena bastante mejor, seamos sinceros). El principal imán, cómo no, era Gerard Butler. Ese actor que parece que nació con una pistola en una mano y un vaso de whisky en la otra, perfecto para papeles de tipo rudo que no se anda con tonterías. Aquí, la promesa de verlo en un rol de «pseudomalo», un asesino a sueldo, era demasiado tentadora. La premisa es sencilla y directa, casi de manual: un estafador (Frank Grillo) se hace arrestar a propósito para escapar de la mafia, solo para descubrir que en la celda de al lado han metido al sicario que lo persigue (Butler). Y por si fuera poco, un segundo asesino, mucho más psicópata, aparece para limpiar el estropicio. Todo ello en una comisaría aislada y con una policía novata como única defensa. Suena a un cóctel explosivo, ¿verdad? Y lo es, aunque con un regusto a algo que ya hemos probado antes, muchas, muchas veces.

La película arranca con fuerza, estableciendo el tono de thriller de acción setentero que el director Joe Carnahan parece adorar. Hay grano en la imagen, una paleta de colores desaturada y un ambiente polvoriento que te transporta a ese cine de tipos duros y diálogos afilados. Carnahan sabe cómo rodar acción. No hay duda de eso. Las escenas de tiroteos son caóticas, viscerales y, sobre todo, comprensibles. No hay mil cortes por segundo que te impidan saber quién dispara a quién. Aquí las balas duelen, los impactos se sienten y el caos se organiza de una manera que resulta entretenida. El problema es que esta premisa, la del asedio a un lugar cerrado, se ha visto hasta la saciedad. Desde «Asalto a la comisaría del distrito 13» hasta «Jungla de Cristal». «Juego de Asesinos» no inventa nada, simplemente coge los ingredientes conocidos, los mete en una coctelera con Red Bull y los agita con violencia. El resultado es una bebida energética que te da un subidón momentáneo, pero que carece de matices y te deja con un ligero dolor de cabeza.

Escena de acción en Juego de Asesinos

Gerard Butler y Frank Grillo, un duelo de titanes encerrados.

Hablemos de los protagonistas. Gerard Butler cumple con lo que se espera de él. Su Bob Viddick es un profesional, un tipo cansado del negocio pero letalmente eficiente. Tiene carisma, suelta frases lapidarias y sabes que cuando la cosa se ponga fea, él será el último en caer. Es un papel que podría hacer dormido, pero le pone el empeño justo para que funcione. Frank Grillo, otro habitual del cine de mamporros, hace de Teddy Murretto, el estafador escurridizo. Es el contrapunto perfecto a Butler: hablador, cobarde cuando toca y siempre con un as bajo la manga. La química entre ambos, a base de insultos y amenazas a través de los barrotes, es de lo mejor de la película. Sin embargo, y aquí viene la gran sorpresa, la que de verdad se roba la función es Alexis Louder como la agente novata Valerie Young. En un mundo de testosterona y pólvora, ella es el ancla moral y la verdadera heroína. Es creíble como una policía competente pero superada por las circunstancias, mostrando vulnerabilidad, pero también una determinación de acero. Cada vez que aparece en pantalla, eleva el nivel y te hace creer en la situación. Es una pena que esté rodeada de personajes masculinos tan arquetípicos, porque su actuación merecía una película con un guion más pulido.

Y entonces, cuando crees que la dinámica está clara, aparece el verdadero villano: Anthony Lamb, interpretado por un Toby Huss absolutamente desquiciado y maravilloso. Si Butler es un asesino profesional, Huss es un psicópata que disfruta con cada gota de sangre derramada. Llega con su sombrero, su sonrisa de maníaco y un maletín lleno de sorpresas, y convierte la comisaría en su parque de juegos personal. Su actuación es tan excesiva, tan pasada de rosca, que resulta hipnótica. Es el tipo de villano que amas odiar, impredecible y genuinamente peligroso. Cada escena en la que participa es oro puro, y su energía caótica es lo que realmente enciende la mecha de la segunda mitad de la película. Es gracias a él y a la agente Young que la película evita caer en el aburrimiento. Su enfrentamiento es el verdadero clímax, un choque entre el orden y la anarquía pura que te mantiene pegado al asiento, a pesar de que la lógica brille por su ausencia en muchos momentos.

Alexis Louder como Valerie Young

La agente Young, la inesperada heroína en el centro del caos.

No obstante, el guion tiene agujeros más grandes que los que dejan las balas en las paredes de la comisaría. Las motivaciones de algunos personajes son difusas, las decisiones que toman son, en ocasiones, estúpidas, y la policía de todo el pueblo parece haberse ido de vacaciones. Se pide al espectador una suspensión de la incredulidad bastante generosa. ¿Por qué nadie manda refuerzos? ¿Cómo es posible que un solo tipo pueda asaltar una comisaría con tanta facilidad? Son preguntas que es mejor no hacerse si quieres disfrutar del espectáculo. La película funciona a un nivel puramente visceral. Es un chute de adrenalina, un western moderno donde los caballos son coches patrulla y el saloon es una comisaría mugrienta. No hay desarrollo de personajes profundo ni un mensaje trascendental. Lo que hay son diálogos ingeniosos, tiroteos bien coreografiados y un ritmo que, aunque decae en algún momento, sabe recuperarse para el acto final.

En definitiva, «Juego de Asesinos» es comida rápida cinematográfica. No es una comida gourmet, ni siquiera una buena hamburguesa de autor. Es más bien esa hamburguesa grasienta que te comes a las 3 de la mañana y que, en ese preciso momento, te sabe a gloria. Es una película hecha por y para amantes del cine de acción sin pretensiones. La vi por Butler, me quedé por la tensión y la dinámica entre él y Grillo, pero la recordaré por las soberbias actuaciones de Alexis Louder y un Toby Huss que se lo pasa en grande siendo el malo más loco de la función. Es entretenida, sí. ¿Sobrehormonada? También. ¿Pasable? Totalmente. Es el tipo de película que te pones un sábado por la tarde y que olvidas el lunes por la mañana. No aspira a más, y en su honestidad reside su pequeño encanto. Le doy un 2.5 sobre 5, porque aunque el menú es reconocible y algo simple, los ingredientes principales (los actores) están en su punto y consiguen que la experiencia, al menos, no sea insípida.

Toby Huss como el villano

El caos personificado: una actuación memorable y desquiciada.

Y tú, ¿qué otra película de «asedio en un lugar cerrado» consideras que es imprescindible? ¡Te leo en los comentarios!

De The Boys a héroe de acción: La consagración de Jack Quaid en Novocaine

Poster oficial de Novocaine

Ficha Técnica

Título original: Novocaine

Año: 2025

País: Estados Unidos

Dirección: Dan Berk, Robert Olsen

Guion: Lars Jacobson

Reparto principal: Jack Quaid, Amber Midthunder, Ray Nicholson, Jacob Batalon, Betty Gabriel

Género: Acción, Thriller, Comedia

Productora: Paramount Pictures, Tea Shop Productions

Valoración del Experto Amateur

★★★★

4 de 5 estrellas: Pura dinamita de entretenimiento.

Sinopsis

En un atraco a un banco que sale terriblemente mal, un hombre de modales suaves con una rara enfermedad congénita que le impide sentir dolor físico, debe rescatar a su novia secuestrada de los ladrones responsables. Para ello, tendrá que desatar un caos lleno de acción por toda la ciudad y enfrentarse a sus propios límites.

Tráiler Oficial

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Crítica: Adrenalina sin Anestesia

Hay actores que, sin necesidad de tener un Oscar en la estantería, poseen algo intangible, un “no sé qué” que llena la pantalla y te hace conectar con ellos al instante. Jack Quaid es, sin duda, uno de esos talentos. Desde que lo vimos como el sufridor y adorable Hughie en The Boys, ha demostrado una capacidad camaleónica para saltar del drama a la comedia con una naturalidad pasmosa. Y en Novocaine, Quaid no solo confirma su estatus de «chico de moda», sino que se consagra como un héroe de acción improbable, carismático y absolutamente disfrutable. La película no pretende reinventar la rueda, y esa es, paradójicamente, una de sus mayores virtudes. Es un cóctel explosivo que mezcla la adrenalina frenética de Crank: Veneno en la sangre con pinceladas de comedia negra, un thriller de robos y hasta un romance que funciona como el corazón de esta locura. En pleno verano, cuando el calor nos pide a gritos evasión y entretenimiento puro y duro, Novocaine es la dosis de anestesia perfecta para desconectar del mundo.

La premisa es tan sencilla como efectiva: Nathan Caine (un Jack Quaid que parece haber nacido para el papel) es un oficinista apocado y tímido que padece una extraña condición congénita que le impide sentir dolor. Lo que podría parecer un superpoder es, en realidad, una fuente de ansiedad constante; vive envuelto en plástico de burbujas, por así decirlo, para evitar heridas que no notaría hasta que fuera demasiado tarde. Su vida da un vuelco de 180 grados cuando, durante un atraco al banco donde trabaja su novia, ella es secuestrada. Los criminales, creyendo que su insensibilidad al dolor lo convierte en una pieza clave para otro golpe, lo arrastran a una espiral de violencia y caos. Es aquí donde Novocaine pisa el acelerador y no lo suelta. La transformación de Nathan de un hombre gris a una imparable máquina de destrucción (muy a su pesar) es el motor de la película, y el guion lo maneja con un equilibrio fantástico entre la acción más brutal y un humor que surge de lo absurdo de la situación.

Escena de acción de Novocaine
Jack Quaid desatando el caos en una de las frenéticas escenas de la película.

Los directores, Dan Berk y Robert Olsen, entienden perfectamente el tipo de película que tienen entre manos. No se andan con rodeos ni pretensiones. La acción es cruda, directa y, en ocasiones, sorprendentemente creativa. Las escenas de lucha aprovechan la condición del protagonista para regalarnos momentos que son una delicia para cualquier amante del cine de género. Ver a Nathan recibir palizas, disparos y toda clase de castigos sin inmutarse, mientras suelta un comentario nervioso o pide perdón, es hilarante y emocionante a partes iguales. La película bebe directamente de la estética y el ritmo de los thrillers de acción de los 90 y principios de los 2000, pero con un pulido visual contemporáneo. No hay planos innecesariamente complejos ni una edición epiléptica que no te deje ver qué está pasando. La cámara sigue a Quaid en su odisea destructiva con claridad, permitiendo que cada golpe, cada caída y cada explosión se sientan en su justa medida.

Pero no todo es testosterona y adrenalina. Una de las grandes sorpresas de Novocaine es su corazón. La relación entre Nathan y su novia, interpretada por una solvente Amber Midthunder, es el ancla emocional que evita que la película se convierta en un simple espectáculo de violencia sin sentido. Sus motivaciones son claras y, como espectadores, empatizamos con su desesperación. Queremos que la rescate, no solo por ver más escenas de acción, sino porque nos creemos su vínculo. Este componente romántico, aunque sencillo, le da una capa de profundidad necesaria y eleva el conjunto por encima de otras propuestas similares. Además, el guion está salpicado de diálogos ingeniosos y personajes secundarios que, aunque arquetípicos, resultan memorables, especialmente el villano, que disfruta de cada segundo de su maldad sin caer en la caricatura excesiva.

Jack Quaid y Amber Midthunder en Novocaine
La química entre los protagonistas es el ancla emocional de la película.

Por supuesto, la película no es perfecta. Si buscas un thriller con un guion enrevesado y giros argumentales que te dejen boquiabierto, Novocaine no es tu película. Su trama es lineal y predecible en muchos aspectos. Sabes desde el minuto uno cuál será el desenlace, y el viaje no ofrece grandes sorpresas en cuanto a su estructura. Algunas situaciones se resuelven con una conveniencia un tanto forzada y el desarrollo de los villanos podría haber tenido algo más de trasfondo. Sin embargo, estas sombras no logran eclipsar sus luces. La película conoce sus limitaciones y, en lugar de intentar ser algo que no es, se centra en potenciar sus fortalezas: un ritmo endiablado, un protagonista con un carisma arrollador y una honestidad brutal en su propuesta de entretenimiento. Es una hamburguesa gourmet: sabes lo que vas a comer, pero está tan bien hecha que la disfrutas de principio a fin.

En definitiva, Novocaine es una de esas joyas inesperadas que te alegran la cartelera. Es divertida, emocionante y está hecha con un amor palpable por el cine de acción sin complejos. Es la prueba de que no se necesitan presupuestos desorbitados ni tramas metafísicas para hacer una gran película de entretenimiento. A veces, solo necesitas una buena idea, un actor en estado de gracia y la voluntad de pisar el acelerador. Jack Quaid se come la pantalla y nos regala un personaje que ojalá veamos en más secuelas. Es cine para disfrutar, para comer un buen cubo de palomitas y para salir de la sala con una sonrisa y el pulso acelerado.

Jack Quaid en una escena de Novocaine
‘Novocaine’ es la elección perfecta si buscas acción y risas sin complicaciones.

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