Etiqueta: cine de acción

The Equalizer 3: Denzel Washington vuelve a demostrar por qué es eterno

The Equalizer 3 Poster

Ficha técnica

Título original: The Equalizer 3

Año: 2023

Dirección: Antoine Fuqua

Reparto: Denzel Washington, Dakota Fanning, Eugenio Mastrandrea

Género: Acción, Thriller

Duración: 109 minutos

País: Estados Unidos

Valoración

★★★★☆ (4 de 5)

Robert McCall cree haber dejado atrás su violento pasado, pero cuando se instala en un pequeño pueblo del sur de Italia descubre que sus nuevos amigos viven bajo el control del crimen organizado. Cuando los acontecimientos se vuelven mortales, McCall sabe exactamente qué hacer: convertirse en el protector de los oprimidos.

The Equalizer 3 fue una de esas películas que vi casi sin pensarlo demasiado, pero que acabaron dejándome una sensación muy especial. No solo porque Denzel Washington siempre funciona —eso ya lo damos por hecho—, sino porque aquí hay algo distinto, algo más reposado, más crepuscular, más consciente del paso del tiempo. Cuando la vi a principios de 2025 sentí una conexión inmediata con el personaje, como si Robert McCall y yo estuviésemos en un punto parecido: mirando atrás, recordando todo lo vivido, pero sin renunciar a seguir adelante.

Esta tercera entrega de la saga no intenta reinventar nada. Y lo digo como algo positivo. Sabe perfectamente lo que es y lo que quiere ofrecer: acción directa, justicia personal y un protagonista que se mueve entre la calma absoluta y la violencia más implacable. Pero esta vez, el escenario italiano lo cambia todo. Italia no es solo un fondo bonito, es casi un personaje más, y eso se nota desde el primer minuto.

Equalizer haciendo amigos

Ver a McCall haciendo amigos, integrándose poco a poco en la vida del pueblo, es algo que no habíamos visto tan claramente en las anteriores películas. Aquí hay más silencios, más miradas, más pequeños gestos cotidianos. Antoine Fuqua parece interesado en mostrarnos al hombre detrás del justiciero, al tipo cansado que solo quiere tomarse un café tranquilo y ver pasar los días sin sobresaltos.

Y es ahí donde Denzel vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes. No necesita discursos largos ni escenas exageradas para imponerse. Le basta con estar. Con caminar. Con mirar. Su presencia llena la pantalla incluso cuando no hace nada aparentemente importante. Es un actor que envejece con una elegancia brutal, y esta película lo aprovecha al máximo.

El pueblo italiano en el que se refugia McCall es precioso, pero también está podrido por dentro. Esa dualidad entre belleza y corrupción es uno de los grandes aciertos del film. Todo parece tranquilo, casi idílico, hasta que empiezas a rascar un poco y descubres que la mafia controla cada rincón, cada negocio, cada vida. Y claro, ahí es donde McCall no puede quedarse de brazos cruzados.

El pueblo italiano

La violencia en The Equalizer 3 es seca, directa y, en muchos momentos, incómoda. No es una película que glorifique la sangre porque sí, aunque tampoco se corta cuando tiene que mostrarla. Cada estallido de acción parece justificado, casi inevitable. McCall no disfruta matando, pero tampoco duda cuando sabe que es necesario. Es un código moral muy claro, aunque discutible, y la película no intenta suavizarlo.

Me gustó especialmente el ritmo. No va con prisas, y eso puede desesperar a algunos, pero a mí me pareció muy acertado. Deja que la historia respire, que conozcamos a los personajes secundarios, que entendamos lo que está en juego. Cuando la violencia llega, lo hace con más fuerza precisamente porque se ha tomado su tiempo.

El personaje de Dakota Fanning aporta un contrapunto interesante. No roba protagonismo, pero sí sirve para ampliar el mundo de McCall y recordarnos que su lucha no es solo personal. Hay algo casi melancólico en su relación, como si ambos supieran que pertenecen a un mundo que nunca termina de encajar del todo.

Problemas en The Equalizer 3

No todo es perfecto. Hay momentos en los que la película parece repetirse a sí misma, como si siguiera un manual demasiado conocido. Algunos villanos son un poco planos y ciertos conflictos se resuelven de forma demasiado rápida. Pero incluso con esos defectos, el conjunto funciona porque el corazón está en el sitio correcto.

The Equalizer 3 se siente como una despedida, aunque nunca se diga explícitamente. Hay algo de final de etapa, de cierre de círculo. Ver a McCall caminando por esas calles italianas, aceptando quién es y lo que representa, resulta sorprendentemente emotivo para una película de acción.

Para mí, fue una de las películas que más disfruté en 2025. De esas que puedes volver a ver sin cansarte, porque siempre encuentras un gesto nuevo, una mirada distinta, una escena que te había pasado desapercibida. Acción pura, sí, pero también una reflexión sobre el paso del tiempo y las segundas oportunidades.

Denzel Washington nunca se agota. Nunca baja el nivel. Y en una saga como The Equalizer, ambientada además en mi querida Italia, era muy difícil que algo saliera mal. Puede que no sea la mejor película de acción de la historia, pero sí una de las más honestas dentro de su género.

¿Puede un hombre encontrar la paz después de haber vivido toda su vida entre la violencia, o simplemente aprende a convivir con ella?

Ben Affleck y Morgan Freeman contra el apocalipsis: Reseña de Pánico Nuclear (2002

Póster de la película Pánico Nuclear

Ficha Técnica

Título Original: The Sum of All Fears

Dirección: Phil Alden Robinson

Año: 2002

País: Estados Unidos

Guion: Paul Attanasio, Daniel Pyne (Basado en la novela de Tom Clancy)

Música: Jerry Goldsmith

Reparto: Ben Affleck, Morgan Freeman, James Cromwell, Liev Schreiber, Bridget Moynahan, Alan Bates, Ciarán Hinds

Mi Valoración:

★★★★★

«En 1973, un avión israelí que transportaba una bomba nuclear es derribado en el desierto. Casi treinta años después, la bomba es encontrada por un grupo de terroristas neonazis que planean hacerla estallar en suelo estadounidense durante un evento deportivo de masas. Su objetivo es provocar una guerra devastadora entre Estados Unidos y Rusia. El joven analista de la CIA, Jack Ryan, es el único que parece entender la terrible amenaza, pero convencer a los altos mandos de la inminencia del desastre será una tarea casi imposible.»

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Pánico Nuclear: El Thriller de Catástrofes que el Tiempo Olvidó

A veces, te apetece una de esas películas. Ya sabes a cuáles me refiero. Una de esas que te ponen al borde del asiento, con el mundo pendiendo de un hilo y un héroe que, contra todo pronóstico, tiene que salvar el día. El cine de catástrofes y los thrillers de espionaje tuvieron su época dorada, y en ese mar de producciones, algunas se convirtieron en clásicos y otras, injustamente, quedaron flotando en el limbo del «me suena haberla visto». Hoy quiero rescatar una de estas últimas: Pánico Nuclear (The Sum of All Fears). Puede que no sea la obra maestra que redefinió el género, pero os aseguro que es una joya para los que, como yo, disfrutamos con una buena dosis de tensión global, conspiraciones y un par de actores que llenan la pantalla sin esfuerzo.

Estrenada en 2002, la película llegaba con la difícil tarea de reiniciar la saga de Jack Ryan, el famoso analista de la CIA creado por Tom Clancy. Dejábamos atrás a Harrison Ford y a Alec Baldwin para dar la bienvenida a un Ben Affleck en plena cresta de la ola. ¿Era el actor adecuado? El debate sigue abierto, pero lo que es innegable es que Affleck le da al personaje un aire diferente, más vulnerable y menos experimentado, lo que en el contexto de esta historia funciona sorprendentemente bien. No es el agente curtido que todo lo sabe; es un analista brillante pero sobrepasado por los acontecimientos, un tipo que se ve arrastrado a un torbellino de decisiones que podrían costar millones de vidas. Y ahí, en esa fragilidad, reside parte del encanto de su interpretación.

Ben Affleck como Jack Ryan en una escena de Pánico Nuclear

Pero si Affleck es el corazón dubitativo de la operación, Morgan Freeman es el cerebro sereno y la autoridad moral. Como William Cabot, el Director de la CIA, Freeman hace lo que mejor sabe hacer: ser Morgan Freeman. Su presencia es magnética, su voz impone un respeto casi reverencial y cada una de sus escenas eleva el nivel de la película. La química entre él y Affleck es uno de los pilares de la cinta. Vemos una relación de mentor y pupilo, donde la experiencia y la calma de Cabot guían los impulsos y el conocimiento teórico de Ryan. Es una dinámica que nos creemos, que nos importa, y que sirve como ancla emocional en medio del caos geopolítico que se desata.

La trama es puro Tom Clancy: una bomba nuclear perdida durante la Guerra del Yom Kippur es encontrada por traficantes de armas y vendida a un grupo de neonazis con un plan diabólico. No quieren conquistar el mundo, sino destruirlo enfrentando a las dos superpotencias, Estados Unidos y Rusia. Su plan: detonar la bomba en suelo estadounidense y hacer que parezca un ataque ruso. Sencillo, ¿verdad? Lo que hace que la película funcione es cómo va tejiendo la red de tensión. Vemos las piezas del puzle encajar lentamente mientras nuestros protagonistas corren a contrarreloj, a menudo sin saber exactamente contra qué luchan. La película se toma su tiempo para presentar a los villanos, sus motivaciones y la logística de su plan, lo que le da una capa de realismo que da verdadero miedo.

Y entonces llega el momento que, para mí, define la película y la eleva por encima de la media. La escena del estadio de fútbol americano en Baltimore. No voy a entrar en demasiados spoilers, pero la forma en que se construye la secuencia es magistral. La normalidad de un evento deportivo, la multitud, el presidente de los Estados Unidos entre los asistentes… y de fondo, la amenaza silenciosa que solo nosotros, los espectadores, y un desesperado Jack Ryan conocemos. La explosión y sus consecuencias son impactantes, no tanto por el espectáculo visual (que también lo es), sino por el caos y el pánico que desata. La huida del presidente, con el convoy presidencial tratando de abrirse paso entre el apocalipsis, es una de esas escenas que se te quedan grabadas. Es cruda, es visceral y te hace sentir la magnitud de la catástrofe de una forma que pocas películas consiguen.

Morgan Freeman como William Cabot en Pánico Nuclear

Después de la detonación, la película cambia de marcha. Pasa de ser un thriller de investigación a una carrera contrarreloj para evitar el holocausto nuclear. Aquí es donde el guion brilla, mostrando la fragilidad de la paz mundial. Vemos cómo los malentendidos, la desinformación y las presiones políticas pueden llevar a los líderes más poderosos del mundo al borde de la aniquilación mutua. La tensión en el Pentágono, en el Kremlin y a bordo del Air Force One es casi insoportable. Los protocolos se activan, los misiles se preparan y todo depende de si un analista de la CIA puede hacer llegar el mensaje correcto a las personas adecuadas. Es una reflexión escalofriante sobre lo cerca que podemos estar del fin del mundo por culpa de un simple error de comunicación o de una mala interpretación.

Claro está, la película no es perfecta. Siendo un «experto amateur» y no un crítico profesional, puedo permitirme señalar sus fallos sin destriparla. El ritmo a veces es irregular, especialmente en su primer acto, que puede resultar algo lento mientras se colocan todas las fichas en el tablero. La subtrama romántica entre Jack Ryan y la doctora Cathy Muller (interpretada por Bridget Moynahan) se siente un poco forzada y metida con calzador, como si fuera una exigencia del estudio para añadir un toque humano que la película no necesitaba con tanta urgencia. Quita tiempo a lo que de verdad importa: la conspiración y la tensión política.

Sin embargo, estos pequeños tropiezos no impiden que el conjunto sea tremendamente entretenido. La dirección de Phil Alden Robinson es sólida y funcional, sabe cómo manejar las escenas de acción y, lo que es más importante, cómo generar suspense en despachos y salas de control. La banda sonora del legendario Jerry Goldsmith acompaña a la perfección, subrayando la gravedad de la situación sin resultar estridente. Es cine de catástrofes hecho con oficio, con respeto por la inteligencia del espectador y con un par de actuaciones protagonistas que sostienen todo el tinglado con una solvencia admirable.

Escena de tensión política en Pánico Nuclear

En definitiva, «Pánico Nuclear» es mucho más que «otra película de acción con Ben Affleck». Es un thriller político sorprendentemente relevante, incluso hoy en día. Nos recuerda que las mayores amenazas no siempre vienen de enemigos declarados, sino de actores invisibles que explotan nuestras debilidades y desconfianzas. Es una película que merece ser redescubierta. No os cambiará la vida, no es «El Padrino» de los thrillers de espionaje, pero os dará dos horas de entretenimiento de calidad, con momentos genuinamente memorables y una sensación de peligro inminente muy bien conseguida. Por eso, aunque mi valoración se quede en dos estrellas sobre cinco, es una de esas películas que dejan un buen sabor de boca, una de esas que recomiendas a un amigo en una tarde de domingo con un: «Oye, ¿te acuerdas de aquella…? Pues deberías volver a verla».

Y tú, ¿qué otra película de catástrofes o espionaje crees que ha sido injustamente olvidada por el gran público?

Reseña sin spoilers de Juego de Asesinos: Balas, caos y una policía novata

Póster de Juego de Asesinos

Ficha Técnica

  • Título original: Copshop
  • Dirección: Joe Carnahan
  • Guion: Kurt McLeod, Joe Carnahan
  • Reparto principal: Gerard Butler, Frank Grillo, Alexis Louder, Toby Huss
  • País: Estados Unidos
  • Año: 2021
  • Género: Acción, Thriller

Mi Valoración

★★★★

(2.5 de 5 estrellas)

«En un pequeño pueblo, una comisaría de policía se convierte en el insólito campo de batalla entre un asesino a sueldo profesional, un inteligente estafador y una policía novata que se ve atrapada en el fuego cruzado. Huyendo del letal sicario Bob Viddick, el astuto estafador Teddy Murretto trama un plan para esconderse en un lugar en el que nadie podría alcanzarle: se hace detener y encerrar en una comisaría. Sin embargo, Viddick no es de los que se rinden y la cárcel no será un impedimento para él.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=bYWj6vQ8G5s]

Crítica: Balas, Sudor y Clichés en una Comisaría Olvidada

A veces, uno no busca la película que le cambie la vida. A veces, solo quieres sentarte, apagar el cerebro y ver a gente dura haciendo cosas duras. Con esa mentalidad me acerqué a «Juego de Asesinos» (o «Copshop», que suena bastante mejor, seamos sinceros). El principal imán, cómo no, era Gerard Butler. Ese actor que parece que nació con una pistola en una mano y un vaso de whisky en la otra, perfecto para papeles de tipo rudo que no se anda con tonterías. Aquí, la promesa de verlo en un rol de «pseudomalo», un asesino a sueldo, era demasiado tentadora. La premisa es sencilla y directa, casi de manual: un estafador (Frank Grillo) se hace arrestar a propósito para escapar de la mafia, solo para descubrir que en la celda de al lado han metido al sicario que lo persigue (Butler). Y por si fuera poco, un segundo asesino, mucho más psicópata, aparece para limpiar el estropicio. Todo ello en una comisaría aislada y con una policía novata como única defensa. Suena a un cóctel explosivo, ¿verdad? Y lo es, aunque con un regusto a algo que ya hemos probado antes, muchas, muchas veces.

La película arranca con fuerza, estableciendo el tono de thriller de acción setentero que el director Joe Carnahan parece adorar. Hay grano en la imagen, una paleta de colores desaturada y un ambiente polvoriento que te transporta a ese cine de tipos duros y diálogos afilados. Carnahan sabe cómo rodar acción. No hay duda de eso. Las escenas de tiroteos son caóticas, viscerales y, sobre todo, comprensibles. No hay mil cortes por segundo que te impidan saber quién dispara a quién. Aquí las balas duelen, los impactos se sienten y el caos se organiza de una manera que resulta entretenida. El problema es que esta premisa, la del asedio a un lugar cerrado, se ha visto hasta la saciedad. Desde «Asalto a la comisaría del distrito 13» hasta «Jungla de Cristal». «Juego de Asesinos» no inventa nada, simplemente coge los ingredientes conocidos, los mete en una coctelera con Red Bull y los agita con violencia. El resultado es una bebida energética que te da un subidón momentáneo, pero que carece de matices y te deja con un ligero dolor de cabeza.

Escena de acción en Juego de Asesinos

Gerard Butler y Frank Grillo, un duelo de titanes encerrados.

Hablemos de los protagonistas. Gerard Butler cumple con lo que se espera de él. Su Bob Viddick es un profesional, un tipo cansado del negocio pero letalmente eficiente. Tiene carisma, suelta frases lapidarias y sabes que cuando la cosa se ponga fea, él será el último en caer. Es un papel que podría hacer dormido, pero le pone el empeño justo para que funcione. Frank Grillo, otro habitual del cine de mamporros, hace de Teddy Murretto, el estafador escurridizo. Es el contrapunto perfecto a Butler: hablador, cobarde cuando toca y siempre con un as bajo la manga. La química entre ambos, a base de insultos y amenazas a través de los barrotes, es de lo mejor de la película. Sin embargo, y aquí viene la gran sorpresa, la que de verdad se roba la función es Alexis Louder como la agente novata Valerie Young. En un mundo de testosterona y pólvora, ella es el ancla moral y la verdadera heroína. Es creíble como una policía competente pero superada por las circunstancias, mostrando vulnerabilidad, pero también una determinación de acero. Cada vez que aparece en pantalla, eleva el nivel y te hace creer en la situación. Es una pena que esté rodeada de personajes masculinos tan arquetípicos, porque su actuación merecía una película con un guion más pulido.

Y entonces, cuando crees que la dinámica está clara, aparece el verdadero villano: Anthony Lamb, interpretado por un Toby Huss absolutamente desquiciado y maravilloso. Si Butler es un asesino profesional, Huss es un psicópata que disfruta con cada gota de sangre derramada. Llega con su sombrero, su sonrisa de maníaco y un maletín lleno de sorpresas, y convierte la comisaría en su parque de juegos personal. Su actuación es tan excesiva, tan pasada de rosca, que resulta hipnótica. Es el tipo de villano que amas odiar, impredecible y genuinamente peligroso. Cada escena en la que participa es oro puro, y su energía caótica es lo que realmente enciende la mecha de la segunda mitad de la película. Es gracias a él y a la agente Young que la película evita caer en el aburrimiento. Su enfrentamiento es el verdadero clímax, un choque entre el orden y la anarquía pura que te mantiene pegado al asiento, a pesar de que la lógica brille por su ausencia en muchos momentos.

Alexis Louder como Valerie Young

La agente Young, la inesperada heroína en el centro del caos.

No obstante, el guion tiene agujeros más grandes que los que dejan las balas en las paredes de la comisaría. Las motivaciones de algunos personajes son difusas, las decisiones que toman son, en ocasiones, estúpidas, y la policía de todo el pueblo parece haberse ido de vacaciones. Se pide al espectador una suspensión de la incredulidad bastante generosa. ¿Por qué nadie manda refuerzos? ¿Cómo es posible que un solo tipo pueda asaltar una comisaría con tanta facilidad? Son preguntas que es mejor no hacerse si quieres disfrutar del espectáculo. La película funciona a un nivel puramente visceral. Es un chute de adrenalina, un western moderno donde los caballos son coches patrulla y el saloon es una comisaría mugrienta. No hay desarrollo de personajes profundo ni un mensaje trascendental. Lo que hay son diálogos ingeniosos, tiroteos bien coreografiados y un ritmo que, aunque decae en algún momento, sabe recuperarse para el acto final.

En definitiva, «Juego de Asesinos» es comida rápida cinematográfica. No es una comida gourmet, ni siquiera una buena hamburguesa de autor. Es más bien esa hamburguesa grasienta que te comes a las 3 de la mañana y que, en ese preciso momento, te sabe a gloria. Es una película hecha por y para amantes del cine de acción sin pretensiones. La vi por Butler, me quedé por la tensión y la dinámica entre él y Grillo, pero la recordaré por las soberbias actuaciones de Alexis Louder y un Toby Huss que se lo pasa en grande siendo el malo más loco de la función. Es entretenida, sí. ¿Sobrehormonada? También. ¿Pasable? Totalmente. Es el tipo de película que te pones un sábado por la tarde y que olvidas el lunes por la mañana. No aspira a más, y en su honestidad reside su pequeño encanto. Le doy un 2.5 sobre 5, porque aunque el menú es reconocible y algo simple, los ingredientes principales (los actores) están en su punto y consiguen que la experiencia, al menos, no sea insípida.

Toby Huss como el villano

El caos personificado: una actuación memorable y desquiciada.

Y tú, ¿qué otra película de «asedio en un lugar cerrado» consideras que es imprescindible? ¡Te leo en los comentarios!

Juego de Ladrones 2: Pantera

Título original: Den of Thieves 2: Pantera

Dirección: Christian Gudegast

Guion: Christian Gudegast

Reparto: Gerard Butler, O’Shea Jackson Jr., Toby Kebbell, Michael Bisping

Género: Acción, Thriller, Crimen

Duración: 104 minutos

País: Estados Unidos / Reino Unido / Alemania

Año: 2024

Juego de Ladrones 2: Pantera es una de esas secuelas que no finge ser otra cosa: es una continuación directa, musculosa y explosiva de todo lo que fue la primera. ¿Más profunda? No. ¿Más ambiciosa? Tampoco. ¿Más europea, más violenta, más ridículamente testosterónica? Por supuesto. Y eso, para bien o para mal, es justo lo que esperábamos.

Gerard Butler vuelve con cara de “no he dormido en tres días” y barriga de inspector de kebabs, y eso es exactamente lo que necesitamos. Su personaje, Big Nick O’Brien, ha cruzado el Atlántico tras el gran golpe de Merriman (Pablo Schreiber en la original) y se planta en Londres con resaca, un fusil automático y cara de pocos amigos. ¿La misión? Cazar al escurridizo Donnie, interpretado por O’Shea Jackson Jr., que ha perfeccionado el arte del camuflaje entre la clase criminal europea.

Si en la primera película teníamos Heat en versión Costco, esta vez el modelo de inspiración está más cerca de Ronin, con sus persecuciones por calles estrechas, sus cafés de espías, y sus maletines sospechosos. Y aunque Pantera nunca alcanza la elegancia de aquellas referencias, sí logra algo importante: no aburrir nunca.

La dirección de Gudegast se ha refinado, aunque sin perder ese toque de bar de moteros en plena redada. La violencia sigue siendo cruda, seca, efectiva. Los diálogos… bueno, siguen sonando como si los hubiera escrito un tipo que se comunica principalmente con emojis de calavera, cerveza y explosión. Pero es parte del encanto. Uno no entra a Juego de Ladrones 2 buscando existencialismo. Entras buscando un atraco imposible, una persecución por Londres, y a Gerard Butler gritando “¡dónde coño está el dinero!” mientras se toma un Red Bull con whisky.

Lo mejor de esta entrega es su ubicación. Mover la acción a Europa le sienta bien a la saga. Hay un aire más internacional, una sensación de juego mayor, casi como si esto fuese la versión obrera de Misión Imposible. Las escenas en París, las referencias a diamantes africanos, las conexiones balcánicas… todo le da textura. No coherencia, pero sí espectáculo.

El personaje de Donnie, por su parte, crece. O’Shea Jackson Jr. sigue siendo el tipo tranquilo con mirada de “sé más que tú”, y aquí demuestra que puede sostener la narrativa por sí mismo. De hecho, en varios momentos parece que esta ya no es la historia de Big Nick, sino la de Donnie convertido en leyenda del bajo mundo.

¿Y qué hay del plan del atraco? Una locura. Intrincado, exagerado, rebuscado… pero condenadamente entretenido. Aquí no hay espacio para la lógica. Es como un truco de magia en plena rave: ruido, luces, y cuando te das cuenta, ya te han robado. Eso sí, todo se sostiene por el carisma y el ritmo. Porque aunque el guion tiene huecos como un queso gruyère en huelga, lo que importa es que siempre avanza.

Y sí, hay humor involuntario. Hay frases que harían sonrojar a un guionista de Fast & Furious, pero también hay algo profundamente honesto en todo esto. Pantera sabe lo que es: una película de acción pasada de vueltas, donde el cine se convierte en gimnasio narrativo. Aquí nadie viene a filosofar sobre la justicia social. Aquí se dispara primero y se pregunta después, si es que se pregunta algo.

En resumen:
¿Es mejor que la primera? No.
¿Es más absurda? Sí.
¿Te lo pasas bomba igual? Sin duda.

Juego de Ladrones 2: Pantera es lo que pasa cuando alguien dice “quiero más de lo mismo, pero en Europa y con más acento británico”. Y lo consigue. No tiene la sorpresa de la original, pero se defiende como una bestia herida: a gritos, a golpes, y dejando el escenario lleno de casquillos.

Si te gustó la primera, esta es tu dosis de adrenalina. Si no te gustó… ¿para qué vienes aquí?

#Cine Juego de Ladrones (2018): una joya sucia y brutal del cine de atracos

Título original: Den of Thieves

Dirección: Christian Gudegast

Guion: Christian Gudegast

Reparto: Gerard Butler, Pablo Schreiber, O’Shea Jackson Jr., Curtis «50 Cent» Jackson, Meadow Williams

Género: Acción, Thriller, Crimen

Duración: 140 minutos

País: Estados Unidos

Año: 2018

Juego de ladrones es esa clase de película que te mete una bofetada de testosterona en la cara desde el primer minuto. No te pide permiso, no te da tregua. Arranca con un asalto brutal en Los Ángeles y no frena hasta el último giro. No es una cinta de arte y ensayo, no busca redimir nada. Es acción pura y dura, sin remordimientos. Es una hamburguesa triple con todo, después de una semana a dieta.

Desde el principio, la dirección de Christian Gudegast te sitúa en un terreno hostil y masculino, donde la ciudad es un tablero de guerra entre los que se supone que protegen el sistema (el equipo de asalto del sheriff de L.A., liderado por un Gerard Butler pasadísimo de rosca) y los que lo desafían con inteligencia y precisión militar (los ladrones, encabezados por un Pablo Schreiber magnético y contenido). Aquí no hay buenos y malos. Hay tipos duros, todos.

Gerard Butler, con su barriga cervecera, barba de tres días y camiseta sudada, hace el papel más sucio de su carrera. No interpreta a un héroe, sino a un hombre quebrado, a medio camino entre el poli justiciero y el delincuente. “Big Nick” O’Brien es un lobo disfrazado de perro pastor. Uno que se salta las reglas porque sabe que está rodeado de depredadores.

Lo interesante de Juego de ladrones no es solo su acción, que es espectacular. Es el aire de desesperación moral que la recorre. Nadie está limpio. Los tiroteos son orgánicos, largos, coreografiados con precisión y caos a la vez. Y cuando crees que ya lo has visto todo, el guion saca un giro final que, sin ser brillante, te hace sonreír. Porque es inesperado. Porque funciona.

Esta película huele a Heat de Michael Mann, pero con menos elegancia y más sudor. Es una prima bastarda de The Town, una versión más sucia, menos refinada. Y eso le sienta bien. Porque no pretende ser más de lo que es. No quiere ser profunda. Quiere entretener a un público que ama los atracos bien contados, los personajes con cicatrices y las situaciones donde todo se puede ir al infierno en cualquier segundo.

O’Shea Jackson Jr. sorprende. Su personaje tiene una evolución sutil, y el espectador lo acompaña sin saber bien en qué lado del juego está. 50 Cent está contenido y efectivo, y su escena con el novio de su hija es puro oro de testosterona cinéfila.

En lo técnico, el montaje es firme, con una edición que no abusa del corte rápido. Se respira tensión, sobre todo en la planificación de los atracos. El sonido de los disparos, seco y contundente, añade realismo. Y la música, sin destacar, acompaña sin molestar.

Juego de ladrones es la clase de película que disfrutas con las luces apagadas, el volumen al máximo y el cerebro en modo “modo atraco”. No necesitas pensar demasiado, solo dejarte llevar. No es cine para todos. Es cine para quienes aman los atracos con ritmo, los tiroteos con peso, y las historias de tipos duros que no piden perdón.

Yo la disfruté como un enano. Porque a veces, entre tanta oferta de cine “prestigioso”, apetece una cinta que te reviente el pecho con acción y te recuerde por qué amamos el cine: por su capacidad de llevarnos al límite, aunque solo sea durante dos horas.

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