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¿Es Escupiré sobre tu tumba 2 mejor que la original? Mi opinión honesta

Póster Escupiré sobre tu tumba 2

Ficha Técnica

  • Título: Escupiré sobre tu tumba 2 (I Spit on Your Grave 2)
  • Año: 2013
  • Dirección: Steven R. Monroe
  • Reparto: Jemma Dallender, Joe Absolom, Yavor Baharov, George Zlatarev
  • Género: Terror / Thriller / Rape & Revenge
  • Duración: 106 min.
  • País: Estados Unidos
★★★★☆ 4 de 5 estrellas

Katie es una joven que intenta abrirse camino en el mundo de la moda en Nueva York. Sin embargo, lo que empieza como una sesión de fotos rutinaria acaba convirtiéndose en una pesadilla inimaginable. Secuestrada, torturada y trasladada a la fuerza hasta Bulgaria, Katie tendrá que sacar fuerzas de la oscuridad más absoluta para sobrevivir y ejecutar una venganza tan sangrienta como necesaria.

No os voy a mentir: iba con el cuerpo preparado pero, aun así, me ha vuelto a pasar. Pensaba que después de haber visto la primera entrega de este «reboot», ya nada podría revolverme más el estómago, pero me equivocaba. Escupiré sobre tu tumba 2 es una película cruda, fría y despiadada que no busca hacer amigos ni dar concesiones al espectador. Es cine de género en su estado más puro y salvaje, una montaña rusa de sensaciones que empieza en la vulnerabilidad y termina en un estallido de violencia catártica que te deja pegado a la silla.

La trama parece sencilla sobre el papel: chica guapa y sola es víctima de un grupo de hombres desalmados. Pero aquí, el escenario cambia el juego. Al trasladar la acción a la Europa del Este, la sensación de aislamiento e indefensión de la protagonista es total. No es solo que esté sola contra unos sádicos, es que está en un país donde no entiende el idioma, donde las instituciones parecen mirar hacia otro lado y donde el «patriarcado» no es una palabra de moda en Twitter, sino una realidad estructural que permite que estos hombres actúen con una impunidad que pone los pelos de punta.

Escena de Escupiré sobre tu tumba 2

Lo que más me ha impactado de esta secuela es cómo maneja la atmósfera. Hay algo en la luz, en esos escenarios sucios y húmedos, que te hace sentir que la esperanza es un lujo que Katie no puede permitirse. Jemma Dallender hace un trabajo brutal. Pasa de ser una chica llena de sueños en Nueva York a un animal herido que solo vive para la justicia poética (y muy sangrienta). Ver su transformación es doloroso, pero necesario para entender el cambio de chip que da la película en su segunda mitad.

Hablemos del tema moral, porque aquí hay mucha tela que cortar. La película pone sobre la mesa el papel de la autoridad. Ese policía que ayuda a la chica americana… ¿lo hace por justicia o por una moralidad propia? La ambigüedad de ciertos personajes añade una capa de realismo sucio que hace que la película no sea un simple «slasher» de manual. Aquí la maldad no es un monstruo con máscara, son personas normales que deciden, por puro placer o sentimiento de superioridad, destruir la vida de alguien.

Momento crítico de la película

El ritmo de la película es una tortura china, en el buen sentido cinematográfico. Se toma su tiempo para que sufras con ella, para que sientas cada golpe y cada humillación. Esto hace que cuando llega la parte de la venganza, el espectador sienta una liberación casi primitiva. No es algo bonito de admitir, pero la película juega con esa sed de justicia que todos llevamos dentro cuando vemos una injusticia tan atroz. Es un cine que te obliga a mirarte al espejo y preguntarte: ¿hasta dónde llegaría yo?

A nivel técnico, la música y el sonido juegan un papel fundamental. Hay silencios que duelen más que los gritos. La dirección de Steven R. Monroe es directa, sin florituras innecesarias, centrándose en el dolor físico y emocional. No es una película para todo el mundo, de eso no hay duda. Si buscas un entretenimiento ligero, huye de aquí. Pero si buscas una obra que explore los límites de la resistencia humana y la oscuridad del alma, esta cinta cumple con creces.

La venganza en Escupiré sobre tu tumba 2

Hay un componente religioso o espiritual latente en toda la obra. Esa idea del pecado, del castigo y de la redención a través de la sangre. Katie se convierte casi en una figura bíblica de castigo. La impunidad con la que trabajan sus captores al principio se vuelve contra ellos de la forma más irónica y cruel posible. Es un recordatorio de que, a veces, el infierno no es un lugar al que vas, sino algo que la gente puede crear aquí en la tierra para otros.

En conclusión, «Escupiré sobre tu tumba 2» es un ejercicio de estilo dentro del género *Rape & Revenge* que no desmerece a su predecesora. Es más grande, más sucia y, si cabe, más desesperanzadora. Me ha dejado dándole vueltas a la cabeza durante horas a temas como el privilegio, la seguridad y la delgada línea que separa la justicia de la barbarie. Una película que te remueve las entrañas y te obliga a reflexionar sobre la violencia en nuestra sociedad.

¿Hasta dónde llegarías por justicia?

Esta película nos pone frente a un espejo muy incómodo sobre la violencia y la impunidad. Me encantaría saber qué sentisteis vosotros al verla. ¿Creéis que la venganza de Katie es justificada o la película cruza una línea que no debería?

¡Cuéntamelo abajo en los comentarios, te leo!

La joya oculta de Tony Scott: Reseña de Asalto al tren Pelham 123

Asalto al tren Pelham 123

Ficha Técnica

  • Título: Asalto al tren Pelham 123 (The Taking of Pelham 123)
  • Año: 2009
  • Dirección: Tony Scott
  • Reparto: Denzel Washington, John Travolta, John Turturro, James Gandolfini
  • Género: Acción, Thriller, Robos (Heist)
  • Duración: 106 min.
  • País: Estados Unidos
★★★★☆ 4 DE 5 – ¡TREPIDANTE!

Un día cualquiera en el metro de Nueva York se convierte en una pesadilla cuando un grupo armado, liderado por el despiadado Ryder, secuestra el vagón Pelham 123. A cambio de la vida de los pasajeros, exigen una cifra millonaria en una hora. Walter Garber, un oficial de despacho con sus propios problemas, se convierte por azar en el único interlocutor capaz de frenar la masacre.

A veces uno no necesita que el cine reinvente la rueda ni que le den una lección de filosofía existencial de tres horas. A veces, lo que el cuerpo pide es un thriller de los de antes, con olor a palomitas, sudor y tensión constante. Asalto al tren Pelham 123, la versión de 2009 dirigida por el siempre eléctrico Tony Scott, es exactamente ese tipo de película. Es una cinta que respira un aire noventero increíble, aunque se rodara al final de la década de los 2000, y eso, sinceramente, es su mayor virtud. No hay pretensiones de ser una obra maestra del arte visual, sino de ser una montaña rusa que no te suelte el cuello durante cien minutos.

La premisa es sencilla: un tipo malo secuestra un tren y pide pasta. Pero lo que hace que esto funcione no es el «qué», sino el «quién». En una esquina del cuadrilátero tenemos a John Travolta haciendo de Ryder, un villano pasado de rosca, con un tatuaje en el cuello y una mala leche que se huele a través de la pantalla. Me encanta cuando Travolta se desmelena (figuradamente, claro) y se entrega al papel de loco peligroso. Su personaje es volátil, malhablado y capaz de pegarle un tiro a cualquiera por un minuto de retraso. Es ese tipo de actuación que bordea lo exagerado pero que en el contexto de la dirección de Scott encaja como un guante.

Denzel Washington y John Travolta

Y en la otra esquina, Denzel Washington. ¿Qué vamos a decir de este hombre? Es, posiblemente, el actor que mejor sabe interpretar al «tío normal» que se ve envuelto en una situación extraordinaria. Aquí no es un superpolicía ni un héroe de acción; es Walter Garber, un interventor del metro que está siendo investigado por un presunto soborno y que simplemente estaba en su puesto ese día. Denzel clava esa mezcla de vulnerabilidad, decencia y astucia callejera. Es el ancla moral de la película, y la química que tiene con Travolta a través del micrófono —porque se pasan media peli hablando por radio— es lo que realmente sostiene el metraje.

Hablemos del estilo visual de Tony Scott. Si conoces su cine posterior a Man on Fire, sabes lo que hay: montaje frenético, colores saturados, zooms imposibles y una cámara que no se queda quieta ni un segundo. Para algunos esto puede resultar agotador, pero para un servidor, aquí funciona de maravilla para transmitir el caos de Nueva York y la claustrofobia del túnel del metro. La película tiene un ritmo endiablado; no hay escenas de relleno. Es una carrera contrarreloj donde el sudor de los personajes parece traspasar el televisor. Nueva York se siente sucia, ruidosa y viva, casi como un personaje más de la trama.

Tensión en el metro de Nueva York

Lo que me fascina de este film es cómo maneja el concepto del héroe accidental. Walter Garber no tiene por qué jugarse la vida, pero siente una responsabilidad ética hacia esos pasajeros. La tensión no solo viene de los disparos, sino de la guerra psicológica que Ryder intenta jugar con él. Ryder detecta que Garber no es un santo, que tiene sus manchas, y utiliza eso para intentar quebrarlo. Es un duelo de voluntades magnífico donde el diálogo tiene tanto peso como la acción física. Además, ver a secundarios de lujo como John Turturro o el añorado James Gandolfini como alcalde de la ciudad le da un empaque que muchas pelis de acción actuales ya querrían para sí.

¿Es perfecta? No. Tiene sus agujeros de guion y algunos momentos donde la suspensión de la incredulidad tiene que trabajar horas extras, especialmente en la parte final cuando la trama sale de los túneles a las calles. Sin embargo, en el cine de entretenimiento lo que cuenta es la honestidad de la propuesta, y esta película es honesta a rabiar. No te engaña: te promete tensión, buenas actuaciones y un final satisfactorio, y te lo da con creces. Es cine de robos puro, destilado y servido sin hielo, directo al grano.

Escena de acción Pelham 123

La banda sonora de Harry Gregson-Williams también merece una mención. Es machacona, industrial y sube las pulsaciones. Acompaña perfectamente esa sensación de que el tiempo se agota. Reviéndola hoy, me doy cuenta de que extraño este tipo de producciones de presupuesto medio-alto que se centraban en los personajes y en una trama sólida en lugar de gastarse todo el dinero en CGI barato. Hay algo muy táctil y real en ver los vagones de metal crujiendo y las chispas saltando sobre los raíles.

En definitiva, si buscas una película para disfrutar un viernes noche, desconectar del mundo y ver a dos gigantes de la interpretación enfrentarse cara a cara, no busques más. Asalto al tren Pelham 123 es un recordatorio de por qué amamos el cine de acción bien ejecutado. Tony Scott nos dejó un legado de adrenalina, y este tren es una de las paradas obligatorias de su filmografía. No será la más profunda, pero demonios, ¡qué bien te lo pasas durante todo el trayecto!

«¿Qué estarías dispuesto a confesar para salvar la vida de un desconocido?»

Denzel y Travolta nos regalan un duelo interpretativo que no envejece. ¿Eres más del thriller clásico de los 70 o te quedas con esta versión eléctrica de Tony Scott?

¡Cuéntame tu opinión en los comentarios y hablemos de cine!

Sexismo, lujo y amnesia: El cóctel explosivo de Parpadea dos veces.

Parpadea dos veces - Póster

Ficha Técnica

Título: Parpadea dos veces (Blink Twice)

Año: 2024

Dirección: Zoë Kravitz

Reparto: Naomi Ackie, Channing Tatum, Adria Arjona, Christian Slater, Simon Rex

Género: Thriller Psicológico / Intriga

Duración: 102 min.

País: Estados Unidos

Valoración: ★★★★☆
Frida, una joven camarera, es invitada por el magnate Slater King a su paradisíaca isla privada. Lo que comienza como un sueño de lujo, sol y champán pronto se transforma en una pesadilla donde los recuerdos se borran y el peligro acecha tras cada parpadeo. ¿Es el paraíso una cárcel dorada?

Hay películas que se sienten como una tarde sofocante de agosto: pesadas, sudorosas y con una tensión eléctrica que amenaza con estallar en tormenta. Parpadea dos veces, el debut tras las cámaras de Zoë Kravitz, es exactamente eso. Es una propuesta incómoda que nos arrastra a una isla de ensueño para diseccionar, con un escalpelo muy afilado, las dinámicas de poder y ese machismo sistémico que se disfraza de filantropía y «buen rollo».

Desde los primeros compases, Kravitz establece un ritmo visual hipnótico. La presentación de Slater King, interpretado por un Channing Tatum que navega magistralmente entre el carisma magnético y la amenaza latente, nos sumerge en una atmósfera donde todo parece demasiado perfecto. Sin embargo, como espectadores experimentados, sabemos que en el cine de género, la perfección es siempre la máscara de la podredumbre.

Tensión en la isla

La película brilla al retratar la tiranía del placer. Los personajes se entregan a un ciclo infinito de drogas, banquetes y risas que, poco a poco, empieza a perder su color. Es aquí donde la dirección de arte y la fotografía juegan un papel crucial: el blanco impoluto de los vestidos de las mujeres frente al verde exuberante de la isla crea un contraste visual que acentúa la sensación de estar en un safari donde las presas aún no saben que lo son.

Es imposible ignorar la carga de denuncia que subyace en el guion. Kravitz no se anda con sutilezas al explorar cómo el privilegio masculino extremo utiliza el olvido como herramienta de control. La película nos susurra una verdad incómoda: para que algunos vivan en un verano eterno, otros (u otras) deben cargar con el peso de los traumas silenciados. La tensión no surge solo de lo que vemos, sino de lo que los personajes sospechan que han olvidado.

El lujo y la sospecha

Hacia el segundo acto, la cinta gira bruscamente hacia el thriller de supervivencia. La acción es cruda, directa y carente de florituras heroicas. Aquí, Naomi Ackie realiza un trabajo fenomenal; su rostro es el mapa de la confusión que da paso a la furia. La transición de la sumisión bajo el influjo de las sustancias a la claridad del horror es una de las progresiones más satisfactorias que hemos visto este año.

Aunque algunos puedan tachar la película de «película rara» por su estructura fragmentada y sus recursos surrealistas, es precisamente esa extrañeza la que la mantiene viva. No es un producto prefabricado de estudio; tiene voz propia. Sí, hay ecos de Déjame Salir o El Menú, pero Parpadea dos veces posee una estética más carnal y agresiva, muy propia de alguien que ha crecido en la industria y sabe dónde están los cadáveres enterrados.

Resolución final

En definitiva, es una obra que requiere que el espectador no aparte la mirada. A pesar de su enfoque en el machismo más tóxico y depredador, la película evita caer en el simple panfleto gracias a un uso inteligente del humor negro y el suspense. Es una montaña rusa emocional que nos deja con un sabor amargo en la boca, pero con la satisfacción de haber presenciado un debut cinematográfico con verdadera garra.

Si buscan una película para una tarde de calor, de esas en las que el aire no corre y la mente se pone espesa, denle una oportunidad a esta isla. Pero tengan cuidado: una vez que empiezas a ver las grietas en el paraíso, ya no puedes volver a cerrar los ojos. No olviden no parpadear, porque la verdad suele esconderse en los segundos que decidimos no mirar.

Veredicto Provisional

«Una bofetada estética y política envuelta en papel de regalo de lujo. Zoë Kravitz debuta con un thriller que quema como el sol del mediodía y nos recuerda que el olvido es el arma favorita del poder. Imprescindible, perturbadora y necesaria.»

El dilema ético de La decisión de Anne: ¿Por qué deberías verla hoy?

Póster La Decisión de Anne

Ficha Técnica

  • Título: La decisión de Anne (My Sister’s Keeper)
  • Año: 2009
  • Dirección: Nick Cassavetes
  • Reparto: Cameron Diaz, Abigail Breslin, Sofia Vassilieva, Alec Baldwin, Jason Patric
  • Género: Drama | Enfermedad, Familia
  • Duración: 109 min.
  • País: Estados Unidos
★★★★☆ 4 de 5 – Imprescindible

La vida de Anne Fitzgerald ha sido dictada por las necesidades médicas de su hermana mayor, Kate, quien padece leucemia. Anne fue concebida mediante ingeniería genética para ser la donante perfecta. Tras años de procedimientos, Anne decide demandar a sus padres por la emancipación médica, desencadenando un proceso judicial que fractura a la familia y revela verdades dolorosas sobre el amor y el sacrificio.

A veces ocurre. Tienes esa lista de películas «pendientes de toda la vida», títulos que sabes que han hecho llorar a media humanidad pero que tú, por una mezcla de miedo al drama o simple despiste, has ido dejando en el cajón de los «por si acaso». La decisión de Anne era, para mí, esa gran mancha pendiente en mi historial cinéfilo. Sabía de qué iba, conocía la premisa, pero enfrentarse a ella es una experiencia que trasciende el simple visionado de un domingo por la tarde. Es una película que te sacude desde el primer minuto porque plantea una de las preguntas más éticamente crueles que se me pueden ocurrir: ¿hasta dónde llega el derecho de un padre sobre la vida de un hijo para salvar a otro?

La historia nos presenta a Anne, una niña que no nació del azar ni del simple deseo de ampliar la familia, sino de un laboratorio. Es una «donante de diseño». Desde el cordón umbilical hasta la médula, su cuerpo ha sido un banco de piezas para mantener viva a su hermana Kate. Es una premisa que te revuelve el estómago no por maldad, sino por la desesperación que desprende. Nick Cassavetes, que ya nos rompió el corazón con El diario de Noa, aquí cambia el romanticismo por una crudeza familiar que se siente real, tangible y, sobre todo, asfixiante.

Escena de La Decisión de Anne

Lo que más me ha sorprendido de este viaje es cómo se maneja la sombra de la enfermedad. Kate no es solo una paciente; es el sol alrededor del cual orbita toda la galaxia Fitzgerald. Su madre, interpretada por una Cameron Diaz que se aleja totalmente de su registro cómico, es un personaje fascinante y a ratos difícil de querer. Es una mujer que ha decidido que la muerte no tiene permiso para entrar en su casa, y en esa batalla, se olvida de que Anne también es una persona con deseos propios, no solo un remedio médico. La ceguera del amor materno se convierte aquí en una fuerza casi destructiva.

Hablemos del ritmo de la película. A pesar de ser un drama judicial en parte, la narrativa fluye a través de los sentimientos y los flashbacks de una manera muy orgánica. No se siente como un sermón moralista, sino como el diario compartido de una familia que se está desmoronando con mucha ternura. Cada miembro de la familia tiene su momento de voz, y eso te permite empatizar incluso con las decisiones más cuestionables. La música acompaña sin subrayar demasiado el drama, algo que se agradece cuando el guion ya es de por sí una carga emocional pesada.

La actuación de Abigail Breslin es, sencillamente, el alma de la película. Ver a una niña pedir la emancipación médica para dejar de ser «troceada» es desgarrador. Su mirada transmite una mezcla de cansancio infinito y un amor incondicional por su hermana que te deja sin palabras. Es en esa relación de hermandad donde la película brilla con luz propia. El vínculo entre Anne y Kate es lo más puro de toda la cinta; es una complicidad que va más allá de la sangre y los hospitales, un refugio mutuo en un mundo de adultos desesperados.

Anne y Kate

Por otro lado, la película no tiene miedo a mostrar las luces y sombras de la enfermedad. No es un drama edulcorado de «héroes contra el cáncer». Vemos los vómitos, vemos la calvicie, vemos el miedo al primer beso cuando sabes que quizás no haya un segundo. La atmósfera logra ese equilibrio difícil entre la belleza de los pequeños momentos y la oscuridad de una cuenta atrás que nadie puede detener. A veces, como espectador, necesitas coger aire, pero la película te agarra de la mano y te obliga a seguir caminando por ese pasillo de hospital.

¿Qué es lo que no funciona? Quizás algunos personajes secundarios, como el del abogado interpretado por Alec Baldwin, tienen subtramas que, aunque aportan color, a veces distraen del núcleo emocional tan potente que es la lucha de las hermanas. Sin embargo, la honestidad del conflicto principal es tan arrolladora que perdonas cualquier pequeño bache en el guion. Es cine hecho desde las entrañas, buscando que el espectador se pregunte qué haría él en esa misma situación de vida o muerte.

Hacia el final, la película nos regala un giro que, si bien puede ser polémico para quienes leyeron el libro original (que es mucho más oscuro), en la pantalla funciona para cerrar un círculo de redención y paz. Es una lección sobre aprender a soltar, sobre entender que amar a alguien también significa respetar su voluntad de dejar de luchar. Me quedo con la sensación de haber visto una obra necesaria, de esas que te hacen salir del sofá con ganas de abrazar a los tuyos y valorar la salud como el mayor de los tesoros.

Momento familiar

En resumen, La decisión de Anne no es solo una película para llorar (que lo harás, y mucho). Es una reflexión sobre la identidad y el sacrificio. Es el retrato de una familia que, desde el dolor más absoluto, intenta encontrar el camino de vuelta al amor. Una película «antigua» por fecha, pero con un mensaje que nunca va a caducar mientras el ser humano siga enfrentándose a la fragilidad de la vida. Si eres de los que, como yo, la tenías en la lista de espera… no esperes más. Merece cada lágrima.

¿Hasta dónde llegarías tú por salvar a quien amas?

Esta película nos pone en un aprieto moral constante. Me encantaría saber tu opinión: ¿Crees que la madre de Anne es una villana o simplemente una víctima de su propio amor? ¿Has vivido alguna historia similar que te haya recordado a esta cinta?

¡Te leo en los comentarios, charlemos un rato!

Springsteen: Deliver Me From Nowhere, una película necesaria pero difícil de ver

Springsteen: Deliver Me From Nowhere Poster

Ficha Técnica

  • Título: Springsteen: Deliver Me From Nowhere
  • Año: 2025
  • Dirección: Scott Cooper
  • Reparto: Jeremy Allen White, Paul Walter Hauser, Odessa Young, Stephen Graham
  • Género: Biopic, Drama Musical
  • Duración: 120 min.
  • País: Estados Unidos
★★★☆☆ 3 de 5 estrellas
La película explora un momento crucial en la vida de Bruce Springsteen: el proceso de creación de su álbum ‘Nebraska’ en 1982. Tras el éxito masivo, el artista se retira a una casa alquilada en Nueva Jersey para enfrentarse a sus demonios internos, la compleja relación con su padre y la depresión, dando lugar a uno de los discos más crudos y personales de la historia del rock.

He de reconocer dos cosas antes de empezar: soy un poco taciturno y amo profundamente a Bruce Springsteen. Con esa base, uno esperaría que Deliver Me From Nowhere fuera la película de mi vida, el refugio perfecto para una tarde de introspección. Sin embargo, la realidad ha sido bastante distinta y, para ser sincero, la película me ha costado bastante. No es que sea una mala producción, pero hay una desconexión palpable entre lo que uno espera del «Boss» y lo que Scott Cooper nos pone delante de los ojos.

Había seguido un poco el ruido mediático, las entrevistas de Jeremy Allen White —que está en un momento increíble de su carrera— y los tráilers que prometían una inmersión total en la psique del músico. Pero una vez sentado frente a la pantalla, te das cuenta de que esto no es un biopic al uso. Se ve poco concierto, aunque se escucha mucha música, y el tono es tan sumamente denso que, por momentos, te dan ganas de arrancarte las venas. Es una obra que no busca el aplauso fácil ni el coreo de estadios, sino el silencio incómodo de una habitación vacía.

Springsteen en el proceso creativo

La cinta se centra en ese tránsito profesional y vital tan específico: el espacio entre Darkness on the Edge of Town y la explosión definitiva que supuso el camino hacia Born in the U.S.A., pasando por la anomalía maravillosa que fue Nebraska. Es una época donde Bruce se detiene y se da cuenta de lo mucho que le ha afectado la enfermedad de su padre y su dura infancia. La película disecciona cómo esos traumas conformaron su personalidad y, sobre todo, explica por qué a veces le costaba tanto hacer cosas normales para una estrella de rock emergente como él.

Me ha parecido interesante, aunque doloroso, cómo retrata su vida entre 1980 y 1984. Es un vistazo a su infancia más tierna y, de forma más sutil, a su complicada relación con las mujeres antes de conocer a Patti Scialfa. Vemos a un hombre que lo tiene todo para ser feliz según los estándares del mundo, pero que está roto por dentro. ¿Cómo puede un chico melancólico y sufrido, al que han maltratado de pequeño, gestionar el hecho de ser rico, famoso y tener tal notoriedad? No todos tienen la «cocotera» bien montada para asimilar esos logros, y Springsteen fue uno de ellos.

Jeremy Allen White como Bruce Springsteen

Lo que sí hay que reconocerle a la película es su capacidad para mostrar el triunfo de la voluntad. Por suerte para él y para todos nosotros, Springsteen supo domar a la bestia de su propia depresión y la sombra de la esquizofrenia de su padre. Logró algo casi imposible: transformar ese sufrimiento puramente personal en una batalla por la lucha comunitaria de su país. Hizo de su dolor el eco de la clase trabajadora de Estados Unidos, y esa transición está ahí, aunque sea a través de un ritmo pausado que a veces desespera.

No voy a mentir: es una película dura, lenta y quizás aburrida por momentos para quien no conozca profundamente al mago detrás de la máscara. Si vienes buscando el brillo de las luces de neón y el saxo de Clarence Clemons rompiendo la noche, te vas a llevar una decepción monumental. Yo mismo me esperaba mucho más punch y mucho más rock, algo que equilibrara tanto pesimismo ambiental. Pero como fan incondicional, siento que no puedo mirar hacia otro lado. Es una parte necesaria de su biografía, aunque verla sea como caminar sobre cristales rotos.

Momento reflexivo en la película

Jeremy Allen White hace un trabajo físico y emocional notable, captando esa mirada perdida de quien está físicamente en un lugar pero mentalmente a kilómetros de distancia, perdido en sus propios recuerdos. Sin embargo, a veces el guion se regodea tanto en la miseria que el espectador se siente expulsado de la narrativa. Es un retrato fiel, quizás demasiado fiel, de lo que significa crear arte desde el vacío más absoluto. Al final, te quedas con una sensación de respeto por el artista, pero con pocas ganas de volver a pasar por el mismo proceso de visionado.

En definitiva, Deliver Me From Nowhere es una pieza de coleccionista. Es ese disco de caras B que escuchas una vez para entender el contexto de la obra maestra, pero que rara vez vuelves a poner en el tocadiscos. Le pongo un 3 de 5 con todo el dolor de mi corazón, porque aunque técnicamente es impecable y la historia es vital para entender al hombre, como experiencia cinematográfica se me ha hecho una cuesta arriba demasiado empinada.

¿Es necesario sufrir para crear algo eterno?

Springsteen demostró que de la oscuridad de Nueva Jersey podía salir una luz para millones. Pero después de ver esta película, me pregunto: ¿Valió la pena el precio personal que pagó?

¡Me encantaría leer tu opinión en los comentarios! ¿Te pareció tan lenta como a mí o conectaste con su tristeza?

Sydney Sweeney en La asistenta: ¿Por qué todos hablan de esta película?

Póster La Asistenta

Ficha Técnica

  • Título: La asistenta (The Housemaid)
  • Año: 2026
  • Dirección: Paul Feig
  • Reparto: Sydney Sweeney, Amanda Seyfried, Brandon Sklenar
  • Género: Thriller psicológico | Intriga
  • Duración: 115 min.
  • País: Estados Unidos
★3.5 / 5★
Millie, una joven con un pasado difícil que busca desesperadamente un nuevo comienzo, acepta un trabajo como asistenta para la acaudalada familia Winchester. Sin embargo, pronto descubre que los secretos de la casa y de su inestable dueña, Nina, son mucho más peligrosos que su propia historia. Nada es lo que parece tras las puertas de esta mansión.

A ver, seamos sinceros desde el minuto uno: La asistenta (2026) no viene a reinventar la rueda ni a ganar el León de Oro en Venecia. Y lo mejor de todo es que parece no importarle lo más mínimo. Desde que se anunció que Sydney Sweeney protagonizaría la adaptación del best-seller de Freida McFadden, todos sabíamos a lo que veníamos. Estamos ante una película que se mueve en ese terreno tan pantanoso como adictivo del thriller de sobremesa, ese que te mantiene pegado al sofá mientras meriendas, pero con un envoltorio de lujo, una fotografía cuidada y, por supuesto, el magnetismo de su estrella principal.

La película está clarísimamente dividida en dos partes. La primera es un ejercicio de tensión clásica, casi hitchcockiana pero con un toque moderno y chic. Vemos a Millie intentando encajar en un mundo de privilegios que no le pertenece, aguantando los desplantes de una Nina Winchester (interpretada por una solvente Amanda Seyfried) que parece estar siempre al borde del colapso nervioso. El ritmo en este primer tramo es pausado pero constante, cocinando a fuego lento esa sensación de incomodidad que tanto nos gusta a los fans del género. Es previsible, sí, pero terriblemente «disfrutona».

Escena La Asistenta

Hablemos de Sydney Sweeney. Se ha convertido en la auténtica gallina de los huevos de oro de Hollywood y aquí demuestra por qué. Hay quien dirá que no está haciendo «papelones de Oscar», pero es que no le hace falta. Sweeney tiene esa cualidad de las estrellas de antes: su rostro y su lenguaje corporal llenan la pantalla de una forma que hace que no puedas apartar la vista. Al igual que en su día vimos a Natalie Portman o Scarlett Johansson aparecer en absolutamente todos los proyectos posibles, Sydney está en su cresta de la ola. Su Millie es vulnerable pero tiene un fuego interno que te hace dudar de sus intenciones desde el primer fotograma.

La segunda parte de la película es donde todo explota. Entramos en el terreno de los giros de guion locos y las revelaciones que, si has leído el libro o has visto suficientes telefilmes de Antena 3 un sábado tarde, verás venir a kilómetros. Pero ahí reside la magia: es un placer culpable en toda regla. La dirección de Paul Feig intenta elevar el material dándole un aire más oscuro y menos paródico de lo habitual en él, logrando que la atmósfera de la mansión se sienta como una jaula de oro donde cualquiera puede ser el depredador o la presa.

Sydney Sweeney en La Asistenta

Lo que más me ha gustado es cómo maneja las «sombras» de los personajes. Aquí nadie es un santo. La película juega constantemente con nuestra empatía, haciendo que saltemos de un bando a otro. Sydney Sweeney sabe explotar esa ambigüedad de maravilla. No es solo una cara bonita; hay una inteligencia en cómo elige estos papeles que parecen ligeros pero que le permiten lucirse como el centro absoluto del universo cinematográfico actual. Es resultona, es magnética y, sobre todo, es muy consciente del producto que está vendiendo.

En cuanto al apartado técnico, la banda sonora cumple con creces a la hora de subrayar los momentos de tensión, aunque a veces peca de intrusiva. La escenografía es impecable: esa casa es un personaje más, con sus pasillos infinitos y su ático opresivo. La química entre Sweeney y Seyfried es el verdadero motor de la cinta. Verlas enfrentarse en un duelo de pasivo-agresividad es, sencillamente, lo mejor de la función. Es un choque de trenes entre la estrella consolidada y la que viene arrasando con todo.

Clímax de La Asistenta

¿Es perfecta? Ni de lejos. El guion tiene agujeros por los que cabría un camión y algunas decisiones de los personajes rozan lo absurdo. Pero, ¿acaso buscamos realismo lógico en un thriller de este tipo? Buscamos entretenimiento, evasión y un poco de mala leche, y en eso La asistenta cumple con creces. Es la confirmación de que Sweeney ha llegado para quedarse y que Hollywood va a seguir explotando su imagen hasta la saciedad, algo que, honestamente, no me molesta mientras los resultados sean así de entretenidos.

En conclusión, me he encontrado con una película que me ha dado exactamente lo que esperaba. No me ha volado la cabeza con su originalidad, pero me ha mantenido entretenido las casi dos horas que dura. Es ese tipo de cine que necesitamos para desconectar del mundo, una historia de intrigas domésticas llevada al extremo con un reparto que sabe perfectamente en qué liga está jugando. Si te gustan los libros de Freida McFadden o simplemente quieres ver a Sydney Sweeney dominando la pantalla, esta es tu película.

¿Hasta dónde llegarías por un nuevo comienzo?

La asistenta nos deja claro que los secretos más oscuros no se esconden en el pasado, sino tras las puertas de las casas que parecen perfectas.


¿Qué te ha parecido el giro final? ¿Crees que Sydney Sweeney es la nueva reina del thriller o solo una moda pasajera? ¡Cuéntamelo en los comentarios, que necesito debatir ese final!

Lo que nadie te cuenta de Prisioneros de Ghostland: Una experiencia agotadora.

Póster Prisioneros de Ghostland

Ficha Técnica

  • Título original: Prisoners of the Ghostland
  • Año: 2021
  • Dirección: Sion Sono
  • Reparto: Nicolas Cage, Sofia Boutella, Bill Moseley, Nick Cassavetes
  • Género: Acción / Thriller / Fantástico / Western post-apocalíptico
  • Duración: 103 minutos
  • País: Estados Unidos / Japón
★☆☆☆☆
(1.5 de 5)

En la traicionera frontera de la ciudad de Samurai Town, un ladrón de bancos sin escrúpulos (Nicolas Cage) es liberado de la cárcel por un rico señor de la guerra conocido como The Governor (Bill Moseley). A cambio de su libertad, el prisionero debe aventurarse en un oscuro universo sobrenatural para rescatar a la nieta desaparecida del Gobernador. Pero hay un pequeño detalle: lleva un traje de cuero cargado de explosivos que detonarán si no cumple su misión en cinco días… o si se excita demasiado.

Voy a ser totalmente sincero con vosotros: terminé de ver Prisioneros de Ghostland y me quedé mirando la pantalla en negro durante cinco minutos, intentando procesar si lo que acababa de presenciar era una obra de arte incomprendida o una tomadura de pelo de proporciones bíblicas. Tras pensarlo fríamente, dormir un poco y volver a repasar mentalmente las escenas, la balanza se inclina peligrosamente hacia lo segundo. Estamos ante un caos absoluto que prometía ser la locura definitiva de Nicolas Cage y se queda en un delirio aburrido y sin sentido.

Sobre el papel, la idea sonaba increíble. Sion Sono, el director japonés conocido por su cine extremo, visceral y poético (quien haya visto Love Exposure sabe de lo que hablo), se unía a Nicolas Cage en su etapa más desatada. Nos vendieron esta película como «la más salvaje que Cage ha hecho nunca». Y claro, uno va con las expectativas por las nubes, esperando sangre, gritos, sobreactuación gloriosa y una estética cyberpunk. Lo que nos encontramos, en cambio, es una mezcla indigesta de Mad Max de mercadillo, western teatral y simbolismo japonés que no termina de cuajar por ningún lado.

Escena Nicolas Cage Ghostland

El problema principal no es que la película sea rara. A mí me encanta lo raro. Me fascina el cine que se arriesga. El problema es que Prisioneros de Ghostland confunde ser excéntrica con ser interesante. La trama es una excusa barata: un héroe (Cage) tiene que rescatar a una chica (Sofia Boutella) en un mundo post-apocalíptico llamado «Ghostland». Hasta ahí, todo correcto. Pero la ejecución es tan confusa y el ritmo tan irregular que llega un momento en el que dejas de intentar entender la lógica del mundo y simplemente rezas para que pase algo emocionante. Y lamentablemente, pasan muy pocas cosas que realmente enganchen.

Hablemos del elefante en la habitación: Nicolas Cage. Todos sabemos que Cage es un género en sí mismo. Cuando está bien dirigido, es un genio; cuando se deja llevar por el «Cage Rage», es un meme con patas. Aquí, Cage parece estar tan perdido como nosotros. Sí, grita. Sí, pone caras imposibles. Sí, lleva un traje con bombas pegadas a los testículos (literalmente). Pero su actuación se siente cansada, como si estuviera cumpliendo un trámite para pagar otra deuda más. Hay un momento concreto donde grita la palabra «¡TESTÍCULO!» con toda la fuerza de sus pulmones, y aunque debería ser un momento cumbre de humor absurdo, se siente triste. Es como ver a un mago repetir su viejo truco una y otra vez ante un público que ya no se sorprende.

Visualmente, la película tiene sus luces y sus sombras. Hay que reconocer que el diseño de producción es atrevido. Samurai Town, con su mezcla de arquitectura japonesa tradicional y neones occidentales, tiene un aire visual potente. El uso del color es saturado y agresivo, creando postales que quedarían genial en un fondo de pantalla, pero que no sostienen una narrativa de casi dos horas. Sion Sono intenta crear una atmósfera onírica, casi teatral, donde los personajes se mueven como títeres en un escenario, pero el bajo presupuesto se nota demasiado en los momentos clave, haciendo que lo que debería ser épico parezca una función de fin de curso con disfraces caros.

Escena Sofia Boutella

Y luego está «Ghostland», ese páramo al que envían al protagonista. Se supone que es un lugar donde el tiempo se ha detenido tras un desastre nuclear, lleno de fantasmas y marginados que intentan detener las agujas de un reloj gigante. La metáfora sobre el tiempo, Hiroshima y Fukushima está ahí, lanzada a la cara del espectador sin ninguna sutileza. Sion Sono quiere hablar del trauma nuclear de Japón, y eso es loable, pero lo entierra bajo tantas capas de basura estética y diálogos incomprensibles que el mensaje pierde toda su fuerza emocional. Los «fantasmas» no dan miedo, dan pena, y los villanos carecen de carisma real más allá de su vestuario estrafalario.

Sofia Boutella hace lo que puede con el poco material que le dan. Es una actriz física, con una presencia magnética, pero su personaje es poco más que un objeto a rescatar que de vez en cuando da alguna patada. Es frustrante ver a actores con talento atrapados en un guion que parece escrito en una servilleta durante una noche de fiebre. No hay química entre los personajes, no hay desarrollo, y por lo tanto, no hay tensión. Cuando las bombas del traje de Cage empiezan a pitar, realmente te da igual si explotan o no. De hecho, parte de ti desea que exploten para que la película termine antes.

El ritmo es otro de los grandes enemigos de esta cinta. Para ser una película de acción y fantasía, se hace eterna. Hay escenas de gente caminando, gente gritando coros ininteligibles y planos estáticos que se alargan hasta la extenuación. No es un ritmo contemplativo de cine de autor, es un ritmo de «no tenemos suficiente metraje para llegar a la hora y media, así que alarga esa toma». La acción, cuando llega, es caótica y está mal editada, abusando de cortes rápidos que impiden disfrutar de la coreografía (si es que la había).

Samurais y post apocalipsis

En resumen, Prisioneros de Ghostland es una oportunidad perdida. Podría haber sido una joya del cine de culto, una mezcla explosiva de Oriente y Occidente, una locura divertidísima. Pero se queda en un ejercicio de estilo vacío, pretencioso y, lo que es peor, aburrido. Es una película que se cree mucho más lista y gamberra de lo que realmente es. Si eres un completista acérrimo de Nicolas Cage y necesitas ver absolutamente todo lo que hace, adelante, bajo tu propia responsabilidad. Pero si buscas entretenimiento, coherencia o simplemente una buena película de acción bizarra, aquí no la vas a encontrar.

Me duele decirlo porque quería que me gustara. Quería defender esta rareza. Pero al final, la sensación que te queda es la de haber perdido el tiempo en un sueño febril del que te alegras de despertar. Nick, amigo, te queremos, pero por favor, empieza a leer los guiones antes de firmar. O al menos, asegúrate de que el traje explosivo tenga un detonador real para acabar con nuestro sufrimiento antes.

¿Tú también has sobrevivido a Ghostland?

Me muero de curiosidad. ¿Soy yo el único que piensa que esto no hay por dónde cogerlo o ves algo de genialidad en este caos? ¿Es la peor peli de Nicolas Cage o ese puesto sigue siendo de The Wicker Man?

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Olvida la física, disfruta el caos: Por qué deberías ver Geostorm hoy

Póster Geostorm

Ficha Técnica

  • Título: Geostorm (Geostorm)
  • Año: 2017
  • Dirección: Dean Devlin
  • Reparto: Gerard Butler, Jim Sturgess, Abbie Cornish, Ed Harris, Andy García
  • Género: Acción / Ciencia Ficción / Catástrofes
  • Duración: 109 minutos
  • País: Estados Unidos
★★★★☆ (4/5)

*Valoración basada en el disfrute puro, no en la ciencia.*

Un sistema de satélites diseñado para controlar el clima global y proteger a la humanidad de desastres naturales comienza a fallar misteriosamente, atacando la Tierra. Jake Lawson (Gerard Butler), el arquitecto de la estación espacial, debe regresar al espacio para descubrir la amenaza real antes de que una ‘Geotormenta’ mundial borre todo rastro de vida en el planeta.

Voy a empezar esta reseña siendo totalmente honesto con vosotros, porque aquí no hemos venido a ponernos el monóculo ni a analizar la semiótica del cine iraní de los años 70. Aquí hemos venido a pasarlo bien, a desconectar del estrés de la semana y a ver cómo el mundo se va al garete mientras comemos palomitas. Y en ese sentido, Geostorm es una absoluta maravilla incomprendida. Es una de esas películas que, si se hubiera estrenado en 1996, justo entre Independence Day y Twister, hoy sería considerada un clásico de culto intocable. Pero tuvo la mala suerte de llegar en 2017, en una época donde el cinismo y la necesidad de que todo tenga «lógica científica» nos ha quitado un poco la capacidad de soñar con explosiones absurdas.

Lo primero que te golpea al ver la película es esa sensación reconfortante de «ya he estado aquí antes». Y no lo digo como algo negativo, al contrario. Es como volver a casa. Dean Devlin, que fue el productor y guionista de la mayoría de los éxitos de Roland Emmerich, sabe exactamente qué teclas tocar para hacernos vibrar. Tenemos al héroe renegado que es más listo que nadie pero tiene problemas con la autoridad, tenemos al hermano burócrata con el que se lleva mal, tenemos la cuenta atrás con números rojos gigantes y, por supuesto, tenemos la destrucción masiva de monumentos icónicos. ¿Es cliché? Sí. ¿Nos encanta? Absolutamente.

Pero hablemos del elefante en la habitación, o mejor dicho, del escocés en la estación espacial: Gerard Butler es un tesoro nacional (aunque sea de Escocia, ya me entendéis). Hay algo en este hombre que eleva cualquier material que toca. En manos de otro actor, el personaje de Jake Lawson podría haber sido insoportable o ridículo. Pero Butler le imprime ese carisma de tipo duro con corazón de oro, esa energía de «estoy demasiado viejo para esta mierda pero voy a salvar el mundo igual» que tanto nos gusta. Cuando le ves ponerse el traje espacial, sabes que todo va a salir bien, aunque la física diga lo contrario.

Gerard Butler en el espacio

Butler haciendo lo que mejor sabe hacer: fruncir el ceño y salvar el día.

La trama es deliciosamente absurda. La idea de una red de satélites llamada «Dutch Boy» (El Niño Holandés) que controla el clima lanzando cápsulas para disipar huracanes es tan científicamente improbable que da la vuelta y se convierte en genialidad. La película no te pide que te creas la ciencia, te pide que aceptes las reglas del juego. Y una vez que lo haces, el viaje es frenético. No hay tiempos muertos. En un momento estás viendo una ola de frío congelar instantáneamente una playa en Río de Janeiro, y al siguiente estás en una persecución de coches eléctricos mientras el suelo explota en Hong Kong. Es un buffet libre de catástrofes y tú tienes el plato lleno.

Un aspecto que me sorprendió gratamente es el ritmo. Muchas películas de catástrofes actuales pecan de ser demasiado largas o de tomarse demasiado en serio a sí mismas, intentando meter dramas familiares complejos que a nadie le importan. Geostorm va al grano. Sí, hay una trama de hermanos entre Butler y Jim Sturgess, pero está al servicio de la acción. No hay relleno innecesario. La película entiende que hemos pagado la entrada para ver el caos, y nos lo da en dosis industriales. La edición es ágil, saltando de la tensión claustrofóbica en la Estación Espacial Internacional a la intriga política en la Casa Blanca sin que te pierdas en el camino.

Y hablando de intriga política, qué maravilla ver a actores de la talla de Ed Harris y Andy García pasándoselo bomba. Se nota cuando un actor está allí solo por el cheque y cuando está allí para divertirse. Aquí, Ed Harris, con esa mirada de acero, aporta una gravedad necesaria que equilibra la locura espacial. Ver a leyendas del cine participando en este tipo de blockbusters sin complejos valida nuestra propia experiencia como espectadores. Si Ed Harris se lo toma en serio (dentro de lo que cabe), nosotros también podemos.

Visualmente, la película tiene momentos muy potentes. Quizás el CGI no sea el de Avatar, pero tiene una estética muy particular, muy de videojuego de alta gama, que funciona perfectamente para lo que la historia requiere. La escena de los rascacielos cayendo como fichas de dominó en Hong Kong por el calor extremo es visualmente impactante. O esa ola gigante que amenaza Dubai. Son postales del apocalipsis diseñadas para ser consumidas con la boca abierta. Hay una belleza extraña en la destrucción digital que Geostorm explota muy bien, usando colores saturados y planos amplios para que no nos perdamos ni un detalle del desastre.

Escena de destrucción climática

Cuando el clima se convierte en el villano: un espectáculo visual desatado.

Pero lo que realmente hace que esta película se gane un hueco en mi estantería (y en mi corazón) es su falta de pretensiones. Vivimos en una era de cine de superhéroes interconectados, de universos expandidos y de dramas que buscan el Oscar desesperadamente. Geostorm es una «película de sábado por la tarde» en el mejor sentido posible. No quiere cambiarte la vida, quiere alegrarte la tarde. Es cine honesto. Te promete satélites locos y tormentas gigantes, y eso es exactamente lo que te entrega. Esa honestidad es una cualidad muy infravalorada hoy en día.

También hay que destacar el papel de Abbie Cornish como la agente del servicio secreto Sarah Wilson. En un género que a menudo relega a las mujeres a papeles de «damisela en apuros» o «científica que explica la trama», ella es la que reparte leña en la Tierra. Su escena conduciendo el taxi presidencial marcha atrás mientras dispara es uno de los momentos más «badass» de la película. La química con Jim Sturgess funciona porque es ligera y divertida, sin empalagar. Es refrescante ver a una pareja de acción que colabora de igual a igual para salvar al presidente (y al mundo).

La banda sonora, aunque genérica en algunos puntos, cumple su función de elevar la épica. Esos trombones y percusiones fuertes cada vez que algo explota son la «comida reconfortante» auditiva de los fans del cine de acción. Acompaña perfectamente el crescendo final, donde la cuenta atrás llega a los segundos finales. Porque, seamos sinceros, ¿qué sería de una película así sin una cuenta atrás que se detiene en el último segundo? Es un cliché, sí, pero es NUESTRO cliché. Es parte del ritual.

Reflexionando un poco más a fondo, Geostorm también nos habla, aunque sea de forma muy rudimentaria, sobre nuestra ansiedad climática. Aunque la solución que plantea es pura fantasía tecnológica, el miedo subyacente es real. Ver la naturaleza desatada es un terror primario. La película canaliza ese miedo y nos da una fantasía de control: la idea de que, si somos lo suficientemente listos y valientes (y tenemos a Gerard Butler), podemos domar a la bestia. Es una catarsis necesaria en tiempos donde a veces nos sentimos impotentes ante el cambio climático real.

No puedo dejar de mencionar el diseño de producción de la estación espacial. Es gigantesca, laberíntica y llena de piezas móviles. Me recordó a esas naves de las películas de ciencia ficción de los 80, donde todo parecía usado y funcional, no como las naves inmaculadas de Apple Store que vemos en el cine moderno. Se siente como un lugar donde la gente trabaja y suda. Ese realismo sucio ayuda a aterrizar (perdón por el juego de palabras) la trama espacial y hace que el peligro se sienta más físico y menos virtual.

El equipo en acción

Tensión, miradas intensas y tecnología imposible. La fórmula perfecta.

En conclusión, si te acercas a Geostorm buscando fallos de guion, los vas a encontrar a patadas. Si buscas rigor científico, te va a dar un derrame. Pero si te acercas a ella con el corazón abierto de un niño que solo quiere ver cosas grandes chocando y héroes improbables triunfando, te vas a encontrar con una joya. Es una carta de amor al cine de catástrofes de los 90, firmada con cariño y pirotecnia. A veces, la mejor cultura no es la que te hace pensar, sino la que te permite sentir y disfrutar sin barreras.

¿Placer culpable o genialidad?

«A veces necesitamos que el cine sea simplemente eso: un espectáculo ruidoso que nos haga olvidar que mañana es lunes. Geostorm no pide perdón por ser lo que es, y por eso la aplaudo.»

¿Y tú? ¿Eres del equipo ‘Ciencia estricta’ o del equipo ‘Gerard Butler lo arregla todo’? ¡Te leo en los comentarios! 👇

The Equalizer 3: Denzel Washington vuelve a demostrar por qué es eterno

The Equalizer 3 Poster

Ficha técnica

Título original: The Equalizer 3

Año: 2023

Dirección: Antoine Fuqua

Reparto: Denzel Washington, Dakota Fanning, Eugenio Mastrandrea

Género: Acción, Thriller

Duración: 109 minutos

País: Estados Unidos

Valoración

★★★★☆ (4 de 5)

Robert McCall cree haber dejado atrás su violento pasado, pero cuando se instala en un pequeño pueblo del sur de Italia descubre que sus nuevos amigos viven bajo el control del crimen organizado. Cuando los acontecimientos se vuelven mortales, McCall sabe exactamente qué hacer: convertirse en el protector de los oprimidos.

The Equalizer 3 fue una de esas películas que vi casi sin pensarlo demasiado, pero que acabaron dejándome una sensación muy especial. No solo porque Denzel Washington siempre funciona —eso ya lo damos por hecho—, sino porque aquí hay algo distinto, algo más reposado, más crepuscular, más consciente del paso del tiempo. Cuando la vi a principios de 2025 sentí una conexión inmediata con el personaje, como si Robert McCall y yo estuviésemos en un punto parecido: mirando atrás, recordando todo lo vivido, pero sin renunciar a seguir adelante.

Esta tercera entrega de la saga no intenta reinventar nada. Y lo digo como algo positivo. Sabe perfectamente lo que es y lo que quiere ofrecer: acción directa, justicia personal y un protagonista que se mueve entre la calma absoluta y la violencia más implacable. Pero esta vez, el escenario italiano lo cambia todo. Italia no es solo un fondo bonito, es casi un personaje más, y eso se nota desde el primer minuto.

Equalizer haciendo amigos

Ver a McCall haciendo amigos, integrándose poco a poco en la vida del pueblo, es algo que no habíamos visto tan claramente en las anteriores películas. Aquí hay más silencios, más miradas, más pequeños gestos cotidianos. Antoine Fuqua parece interesado en mostrarnos al hombre detrás del justiciero, al tipo cansado que solo quiere tomarse un café tranquilo y ver pasar los días sin sobresaltos.

Y es ahí donde Denzel vuelve a demostrar por qué es uno de los grandes. No necesita discursos largos ni escenas exageradas para imponerse. Le basta con estar. Con caminar. Con mirar. Su presencia llena la pantalla incluso cuando no hace nada aparentemente importante. Es un actor que envejece con una elegancia brutal, y esta película lo aprovecha al máximo.

El pueblo italiano en el que se refugia McCall es precioso, pero también está podrido por dentro. Esa dualidad entre belleza y corrupción es uno de los grandes aciertos del film. Todo parece tranquilo, casi idílico, hasta que empiezas a rascar un poco y descubres que la mafia controla cada rincón, cada negocio, cada vida. Y claro, ahí es donde McCall no puede quedarse de brazos cruzados.

El pueblo italiano

La violencia en The Equalizer 3 es seca, directa y, en muchos momentos, incómoda. No es una película que glorifique la sangre porque sí, aunque tampoco se corta cuando tiene que mostrarla. Cada estallido de acción parece justificado, casi inevitable. McCall no disfruta matando, pero tampoco duda cuando sabe que es necesario. Es un código moral muy claro, aunque discutible, y la película no intenta suavizarlo.

Me gustó especialmente el ritmo. No va con prisas, y eso puede desesperar a algunos, pero a mí me pareció muy acertado. Deja que la historia respire, que conozcamos a los personajes secundarios, que entendamos lo que está en juego. Cuando la violencia llega, lo hace con más fuerza precisamente porque se ha tomado su tiempo.

El personaje de Dakota Fanning aporta un contrapunto interesante. No roba protagonismo, pero sí sirve para ampliar el mundo de McCall y recordarnos que su lucha no es solo personal. Hay algo casi melancólico en su relación, como si ambos supieran que pertenecen a un mundo que nunca termina de encajar del todo.

Problemas en The Equalizer 3

No todo es perfecto. Hay momentos en los que la película parece repetirse a sí misma, como si siguiera un manual demasiado conocido. Algunos villanos son un poco planos y ciertos conflictos se resuelven de forma demasiado rápida. Pero incluso con esos defectos, el conjunto funciona porque el corazón está en el sitio correcto.

The Equalizer 3 se siente como una despedida, aunque nunca se diga explícitamente. Hay algo de final de etapa, de cierre de círculo. Ver a McCall caminando por esas calles italianas, aceptando quién es y lo que representa, resulta sorprendentemente emotivo para una película de acción.

Para mí, fue una de las películas que más disfruté en 2025. De esas que puedes volver a ver sin cansarte, porque siempre encuentras un gesto nuevo, una mirada distinta, una escena que te había pasado desapercibida. Acción pura, sí, pero también una reflexión sobre el paso del tiempo y las segundas oportunidades.

Denzel Washington nunca se agota. Nunca baja el nivel. Y en una saga como The Equalizer, ambientada además en mi querida Italia, era muy difícil que algo saliera mal. Puede que no sea la mejor película de acción de la historia, pero sí una de las más honestas dentro de su género.

¿Puede un hombre encontrar la paz después de haber vivido toda su vida entre la violencia, o simplemente aprende a convivir con ella?

Ben Affleck y Morgan Freeman contra el apocalipsis: Reseña de Pánico Nuclear (2002

Póster de la película Pánico Nuclear

Ficha Técnica

Título Original: The Sum of All Fears

Dirección: Phil Alden Robinson

Año: 2002

País: Estados Unidos

Guion: Paul Attanasio, Daniel Pyne (Basado en la novela de Tom Clancy)

Música: Jerry Goldsmith

Reparto: Ben Affleck, Morgan Freeman, James Cromwell, Liev Schreiber, Bridget Moynahan, Alan Bates, Ciarán Hinds

Mi Valoración:

★★★★★

«En 1973, un avión israelí que transportaba una bomba nuclear es derribado en el desierto. Casi treinta años después, la bomba es encontrada por un grupo de terroristas neonazis que planean hacerla estallar en suelo estadounidense durante un evento deportivo de masas. Su objetivo es provocar una guerra devastadora entre Estados Unidos y Rusia. El joven analista de la CIA, Jack Ryan, es el único que parece entender la terrible amenaza, pero convencer a los altos mandos de la inminencia del desastre será una tarea casi imposible.»

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=WcVJWhJV-u8?si=8XLYX874ey4em05c&w=560&h=315]

Pánico Nuclear: El Thriller de Catástrofes que el Tiempo Olvidó

A veces, te apetece una de esas películas. Ya sabes a cuáles me refiero. Una de esas que te ponen al borde del asiento, con el mundo pendiendo de un hilo y un héroe que, contra todo pronóstico, tiene que salvar el día. El cine de catástrofes y los thrillers de espionaje tuvieron su época dorada, y en ese mar de producciones, algunas se convirtieron en clásicos y otras, injustamente, quedaron flotando en el limbo del «me suena haberla visto». Hoy quiero rescatar una de estas últimas: Pánico Nuclear (The Sum of All Fears). Puede que no sea la obra maestra que redefinió el género, pero os aseguro que es una joya para los que, como yo, disfrutamos con una buena dosis de tensión global, conspiraciones y un par de actores que llenan la pantalla sin esfuerzo.

Estrenada en 2002, la película llegaba con la difícil tarea de reiniciar la saga de Jack Ryan, el famoso analista de la CIA creado por Tom Clancy. Dejábamos atrás a Harrison Ford y a Alec Baldwin para dar la bienvenida a un Ben Affleck en plena cresta de la ola. ¿Era el actor adecuado? El debate sigue abierto, pero lo que es innegable es que Affleck le da al personaje un aire diferente, más vulnerable y menos experimentado, lo que en el contexto de esta historia funciona sorprendentemente bien. No es el agente curtido que todo lo sabe; es un analista brillante pero sobrepasado por los acontecimientos, un tipo que se ve arrastrado a un torbellino de decisiones que podrían costar millones de vidas. Y ahí, en esa fragilidad, reside parte del encanto de su interpretación.

Ben Affleck como Jack Ryan en una escena de Pánico Nuclear

Pero si Affleck es el corazón dubitativo de la operación, Morgan Freeman es el cerebro sereno y la autoridad moral. Como William Cabot, el Director de la CIA, Freeman hace lo que mejor sabe hacer: ser Morgan Freeman. Su presencia es magnética, su voz impone un respeto casi reverencial y cada una de sus escenas eleva el nivel de la película. La química entre él y Affleck es uno de los pilares de la cinta. Vemos una relación de mentor y pupilo, donde la experiencia y la calma de Cabot guían los impulsos y el conocimiento teórico de Ryan. Es una dinámica que nos creemos, que nos importa, y que sirve como ancla emocional en medio del caos geopolítico que se desata.

La trama es puro Tom Clancy: una bomba nuclear perdida durante la Guerra del Yom Kippur es encontrada por traficantes de armas y vendida a un grupo de neonazis con un plan diabólico. No quieren conquistar el mundo, sino destruirlo enfrentando a las dos superpotencias, Estados Unidos y Rusia. Su plan: detonar la bomba en suelo estadounidense y hacer que parezca un ataque ruso. Sencillo, ¿verdad? Lo que hace que la película funcione es cómo va tejiendo la red de tensión. Vemos las piezas del puzle encajar lentamente mientras nuestros protagonistas corren a contrarreloj, a menudo sin saber exactamente contra qué luchan. La película se toma su tiempo para presentar a los villanos, sus motivaciones y la logística de su plan, lo que le da una capa de realismo que da verdadero miedo.

Y entonces llega el momento que, para mí, define la película y la eleva por encima de la media. La escena del estadio de fútbol americano en Baltimore. No voy a entrar en demasiados spoilers, pero la forma en que se construye la secuencia es magistral. La normalidad de un evento deportivo, la multitud, el presidente de los Estados Unidos entre los asistentes… y de fondo, la amenaza silenciosa que solo nosotros, los espectadores, y un desesperado Jack Ryan conocemos. La explosión y sus consecuencias son impactantes, no tanto por el espectáculo visual (que también lo es), sino por el caos y el pánico que desata. La huida del presidente, con el convoy presidencial tratando de abrirse paso entre el apocalipsis, es una de esas escenas que se te quedan grabadas. Es cruda, es visceral y te hace sentir la magnitud de la catástrofe de una forma que pocas películas consiguen.

Morgan Freeman como William Cabot en Pánico Nuclear

Después de la detonación, la película cambia de marcha. Pasa de ser un thriller de investigación a una carrera contrarreloj para evitar el holocausto nuclear. Aquí es donde el guion brilla, mostrando la fragilidad de la paz mundial. Vemos cómo los malentendidos, la desinformación y las presiones políticas pueden llevar a los líderes más poderosos del mundo al borde de la aniquilación mutua. La tensión en el Pentágono, en el Kremlin y a bordo del Air Force One es casi insoportable. Los protocolos se activan, los misiles se preparan y todo depende de si un analista de la CIA puede hacer llegar el mensaje correcto a las personas adecuadas. Es una reflexión escalofriante sobre lo cerca que podemos estar del fin del mundo por culpa de un simple error de comunicación o de una mala interpretación.

Claro está, la película no es perfecta. Siendo un «experto amateur» y no un crítico profesional, puedo permitirme señalar sus fallos sin destriparla. El ritmo a veces es irregular, especialmente en su primer acto, que puede resultar algo lento mientras se colocan todas las fichas en el tablero. La subtrama romántica entre Jack Ryan y la doctora Cathy Muller (interpretada por Bridget Moynahan) se siente un poco forzada y metida con calzador, como si fuera una exigencia del estudio para añadir un toque humano que la película no necesitaba con tanta urgencia. Quita tiempo a lo que de verdad importa: la conspiración y la tensión política.

Sin embargo, estos pequeños tropiezos no impiden que el conjunto sea tremendamente entretenido. La dirección de Phil Alden Robinson es sólida y funcional, sabe cómo manejar las escenas de acción y, lo que es más importante, cómo generar suspense en despachos y salas de control. La banda sonora del legendario Jerry Goldsmith acompaña a la perfección, subrayando la gravedad de la situación sin resultar estridente. Es cine de catástrofes hecho con oficio, con respeto por la inteligencia del espectador y con un par de actuaciones protagonistas que sostienen todo el tinglado con una solvencia admirable.

Escena de tensión política en Pánico Nuclear

En definitiva, «Pánico Nuclear» es mucho más que «otra película de acción con Ben Affleck». Es un thriller político sorprendentemente relevante, incluso hoy en día. Nos recuerda que las mayores amenazas no siempre vienen de enemigos declarados, sino de actores invisibles que explotan nuestras debilidades y desconfianzas. Es una película que merece ser redescubierta. No os cambiará la vida, no es «El Padrino» de los thrillers de espionaje, pero os dará dos horas de entretenimiento de calidad, con momentos genuinamente memorables y una sensación de peligro inminente muy bien conseguida. Por eso, aunque mi valoración se quede en dos estrellas sobre cinco, es una de esas películas que dejan un buen sabor de boca, una de esas que recomiendas a un amigo en una tarde de domingo con un: «Oye, ¿te acuerdas de aquella…? Pues deberías volver a verla».

Y tú, ¿qué otra película de catástrofes o espionaje crees que ha sido injustamente olvidada por el gran público?

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