Poster oficial de John Q

Ficha Técnica

  • Título original: John Q
  • Año: 2002
  • Dirección: Nick Cassavetes
  • Reparto estelar: Denzel Washington, Robert Duvall, James Woods, Anne Heche, Kimberly Elise
  • Género: Drama / Thriller social
  • Duración: 116 minutos
★★★★☆

4.5 de 5 estrellas provisionales

«John Q. Archibald (Denzel Washington) es un hombre común que trabaja en una fábrica y se desvive por su familia. Su vida da un vuelco dramático cuando su hijo pequeño colapsa durante un partido de béisbol y es diagnosticado con una grave enfermedad cardíaca. Al descubrir que su seguro médico no cubre el trasplante de corazón necesario para salvar la vida del niño, y ante la fría burocracia del hospital, John toma una decisión desesperada: secuestrar la sala de emergencias para exigir que pongan a su hijo en la lista de donantes.»

Voy a ser totalmente sincero con vosotros desde el principio: tengo una debilidad enorme por el Denzel Washington de principios de los 2000. Quizás es la nostalgia hablando, no lo sé, pero hay algo en esa época del cine, justo antes de que todo se volviera franquicias de superhéroes, que me toca la fibra. Y «John Q» es, para mí y para mucha gente de mi generación (los que crecimos en los 80 y maduramos en los 90/00), una de esas películas pilares. No soy un crítico de cine de Cahiers du Cinéma, solo soy un tipo que ve muchas películas y que se emociona fácilmente, y os digo que pocas veces he visto a un actor echarse una película a la espalda con la fuerza bruta y el carisma con el que lo hace Denzel aquí. Es la definición de «ese padre que todos querríamos tener», un tipo dispuesto a pelear como gato panza arriba contra el mundo entero si tocan a los suyos. Y vaya si pelea.

La película arranca de una manera casi engañosamente tranquila. Nos presenta la vida de los Archibald. Son gente normal, currantes, que viven al día y hacen malabares con las facturas. Denzel interpreta a John, Kimberly Elise a su mujer, Denise. Tienen una química increíble que te hace creerte esa familia desde el minuto uno. Vemos los problemas cotidianos, el coche que casi no arranca, la preocupación por llegar a fin de mes, pero también vemos un amor a raudales en esa casa. Es vital que la película dedique tiempo a esto, porque necesitamos entender qué es lo que está en juego. Necesitamos enamorarnos de esa pequeña unidad familiar para que, cuando llegue el golpe, nos duela tanto como a ellos. Y el golpe llega seco, rápido, en un partido de béisbol, cuando el pequeño Mike se desploma. Ahí empieza la verdadera pesadilla.

Lo que sigue es, sinceramente, una de las críticas más feroces que el cine comercial de Hollywood ha hecho al sistema sanitario estadounidense. Y digo «feroz» porque, aunque a veces la película peque de ser un poco melodramática (que lo es, no nos engañemos), la situación de base es terroríficamente real para millones de personas. La escena en la que John se enfrenta a la administradora del hospital (una Anne Heche que hace un trabajo excelente siendo la cara fría de la burocracia) y al cirujano estrella (James Woods, brillante como el médico arrogante que ha olvidado su juramento hipocrático por el dinero) es desgarradora. Es la impotencia hecha escena. Ver a un hombre fuerte, trabajador, que ha hecho todo «bien» según las reglas de la sociedad, siendo tratado como un número, como basura, simplemente porque su seguro tiene letra pequeña, es algo que te hierve la sangre. Es en este punto donde la película deja de ser un drama familiar para convertirse en un thriller de denuncia social.

Denzel Washington y Kimberly Elise en un momento tenso

La desesperación de unos padres ante la burocracia médica.

Y llegamos al punto de no retorno. El momento en que John Q. Archibald decide que ya no va a pedir más favores. La escena en la que saca la pistola y cierra las puertas de la sala de urgencias es magistral en su ejecución. No es la acción de un terrorista entrenado, ni de un villano de película de acción. Es el acto torpe, tembloroso y absolutamente desesperado de un padre acorralado. Nick Cassavetes, el director, maneja muy bien la tensión en este espacio cerrado. De repente, el hospital, ese lugar de sanación, se convierte en una olla a presión. Y aquí es donde Denzel Washington simplemente se sale del mapa. Su actuación no es la de un tipo duro al uso; puedes ver el miedo en sus ojos, la duda, y al mismo tiempo, esa determinación inquebrantable de que su hijo no se va a morir ese día.

Dentro de la sala de rehenes, la película se convierte en un estudio de personajes fascinante. Los rehenes son un microcosmos de la sociedad: tenemos al tipo de clase alta que cree que su tiempo vale más que el de los demás, a una embarazada a punto de dar a luz, a un chico de la calle herido, a médicos y enfermeras asustados… Lo interesante es cómo la dinámica cambia. Al principio, John es el «malo», el loco con el arma. Pero a medida que pasan las horas y la gente empieza a entender *por qué* está haciendo lo que hace, la lealtad empieza a cambiar. Es casi como una versión acelerada del Síndrome de Estocolmo, pero basada en la empatía pura y dura. La gente empieza a ver que el verdadero villano no es el hombre con la pistola, sino el sistema que lo empujó a cogerla. Hay momentos de humor negro, de tensión extrema y de humanidad compartida dentro de esas cuatro paredes que funcionan increíblemente bien.

Mientras tanto, fuera del hospital, se desata el circo mediático y policial. Y aquí tenemos otro duelo actoral de altura. Por un lado, Robert Duvall como el negociador de la policía, Grimes, un tipo veterano, cansado, que entiende perfectamente la posición de John y que intenta resolver la situación sin que nadie salga herido. Duvall aporta esa calma y esa humanidad necesaria para equilibrar la intensidad de Denzel. Por otro lado, tenemos al jefe de policía interpretado por Ray Liotta, que solo ve una situación táctica que hay que resolver por la fuerza para ganar puntos políticos. Este choque entre la policía empática y la policía militarizada es otro de los temas secundarios interesantes que toca la película. Y cómo no, los medios de comunicación, convirtiendo la tragedia personal de un hombre en un espectáculo nacional, con la gente de la calle vitoreando a John como si fuera un héroe popular moderno, un Robin Hood de la sanidad.

John Q tomando el control de la sala de urgencias

El momento en que un hombre común cruza la línea por amor.

Pero volvamos a Denzel, porque realmente es el motor de todo esto. Hay escenas en esta película que se me quedaron grabadas a fuego. La conversación telefónica con su mujer mientras está atrincherado, donde la fachada de tipo duro se rompe y vemos al marido asustado, es brutal. O el momento en que, desesperado porque el tiempo se acaba y el corazón para su hijo no llega, toma la decisión final, la más extrema de todas. No voy a hacer spoilers graves por si alguien no la ha visto (¡corred a verla!), pero el clímax de la película, la resolución que John plantea, es uno de los momentos más tensos y emotivos que recuerdo haber visto en un thriller de este tipo. Es el sacrificio definitivo, planteado con una crudeza que te deja sin aliento. Denzel maneja esa intensidad sin caer en la sobreactuación, manteniendo siempre esa dignidad del trabajador que solo pide lo justo.

Mucha gente criticó la película en su momento por ser demasiado manipuladora emocionalmente. Y, a ver, no voy a mentir, lo es. «John Q» sabe exactamente qué botones pulsar para hacerte llorar y para hacerte enfadar. Utiliza la música, los primeros planos del niño enfermo y los discursos apasionados para llevarte exactamente a donde quiere. ¿Pero sabéis qué? Como consumidor medio de cine, a veces eso es exactamente lo que quiero. Quiero una película que no se ande con sutilezas, que me agarre por el cuello y me obligue a sentir algo intenso. No todo el cine tiene que ser sutil y cerebral. A veces necesitamos este tipo de catarsis emocional, este grito primario contra las injusticias del mundo, aunque esté envuelto en un paquete de Hollywood un poco brillante.

Además, creo que la película ha envejecido terriblemente bien, por desgracia. Veintitantos años después, el debate sobre la sanidad en Estados Unidos (y la privatización en otros lugares) sigue exactamente igual, o peor. Las historias de gente arruinada por facturas médicas o a la que se le deniegan tratamientos vitales por tecnicismos siguen llenando los periódicos. Por eso «John Q» sigue resonando tanto hoy en día. Porque aunque la situación del secuestro sea extrema, la premisa base, el miedo a no poder salvar a un ser querido porque no tienes suficiente dinero en el banco, es un miedo universal y muy actual. La película funciona porque conecta con esa ansiedad básica de la clase trabajadora.

El desenlace con la policía rodeando a John Q

El tenso enfrentamiento final entre la ley y la justicia moral.

El desenlace de la película es agridulce, como no podía ser de otra manera. No hay una solución mágica donde todo el mundo sale ganando sin consecuencias. Las acciones de John tienen un precio, y él está dispuesto a pagarlo. La escena final, el juicio mediático y legal, y la última mirada entre padre e hijo, te dejan con un nudo en la garganta pero también con una extraña sensación de esperanza. Es la confirmación de que, a veces, hay que romper las reglas para hacer lo correcto, aunque el sistema te castigue por ello. Es un mensaje peligroso, quizás, pero increíblemente potente en el contexto de la historia.

En resumen, «John Q» no será una obra maestra del cine de autor, pero es una película condenadamente efectiva. Es un thriller trepidante que te mantiene pegado al asiento, sí, pero sobre todo es un drama humano con un corazón enorme, impulsado por una de las mejores interpretaciones de la carrera de Denzel Washington. Es la película que cimentó su imagen como el héroe del hombre común, el tipo capaz de enfrentarse a gigantes con nada más que su voluntad y su amor de padre. Si sois de los que os gustan las películas que os hacen sentir cosas intensas, que os hacen enfadaros con el mundo y luego reconciliaros con la humanidad, tenéis que revisitar este clásico de los 2000. Es amor de padre a raudales y tensión de la buena.

¿Hasta dónde serías capaz de llegar tú por salvar la vida de un hijo si el sistema te diera la espalda? ¿Crees que el fin justifica los medios en un caso como el de John Q? ¡Os leo en los comentarios! 👇