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‘Jurassic World Renacer’ (2025): ¿Un refrito o un reinicio real?

‘Jurassic World: Renacer’ (2025): El Chicle Se Estiró Demasiado

Poster oficial Jurassic World Renacer

Ficha Técnica de «Renacer»

  • Título: Jurassic World: Renacer (Rebirth)
  • Dirección: Gareth Edwards
  • Guion: David Koepp
  • Reparto: Scarlett Johansson, Jonathan Bailey, Manuel Garcia-Rulfo, Rupert Friend, Mahershala Ali
  • Año: 2025
  • Productor: Steven Spielberg (Exec.)

Mi Valoración de «Experto Amateur»

★★☆☆☆

(2 de 5 estrellas) – Más de lo mismo, pero con otro nombre.

Sinopsis (La Promesa)

«En un mundo que lucha por encontrar el equilibrio años después de la caída de Isla Nublar, los dinosaurios ya no están contenidos. Son una realidad global. ‘Renacer’ nos lleva a un nuevo rincón del planeta donde un equipo de científicos y aventureros se topa con una nueva amenaza biotecnológica que podría redefinir el futuro de ambas especies.»

Tráiler Oficial

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Crítica: ¿Renacer o Refrito?

Como fan del cine, de las sagas y de los años noventa, he de decir que tanta matraca con la vuelta a los origines de Jurassic Park casi me había convencido de que iba volver a ese 1993, mi primer recuerdo cinematográfico, donde vería dinosaurios y me obsesionaría durante años con ellos. Pero lejos de la verdad, la película, aunque buscando ese rollo ‘remember’ casi ochentero, que no llega a noventero, se queda en el cuarto o quinto intento de reflotar algo que, si bien es rentable, está lejos de generar la nostalgia y la emoción de la primera película. Quizás, como en la música, tanto remezclar y renacer cosas, hacen que el chicle se estire de más.

Llegamos a 2025 y nos venden «Renacer». Un título potente. «Rebirth». Suena a borrón y cuenta nueva. Y lo necesitaba, vaya que si lo necesitaba. Después de la trilogía de ‘World’, que empezó bien y acabó… bueno, acabó con langostas gigantes, la franquicia pedía a gritos un reseteo. Y traen a Gareth Edwards, un director que sabe de monstruos (como demostró en ‘Godzilla’ 2014 y ‘Monsters’), y a David Koepp, el guionista de la peli original. ¡El guionista de ‘Parque Jurásico’ 1! ¿Qué podía salir mal? Pues parece que todo. Tenían la oportunidad de oro de volver al terror, a la tensión, al «Spielberg» más puro. Y nos han dado, otra vez, una película de acción genérica con dinosaurios.

El marketing te vendía un «nuevo comienzo». Nuevos personajes, nueva amenaza. Y sí, Scarlett Johansson le pone ganas, se nota que es una estrella y sabe llevar el peso de la peli. Pero su personaje es un refrito de otros. Es un poco Alan Grant (la experta reticente), un poco Owen Grady (la que conecta con los bichos) y un poco Sarah Harding (la que se mete donde no la llaman). No hay un personaje que digas «este es icónico». Son todos plantillas. El resto del reparto está ahí para correr, gritar y soltar datos de exposición (que si la nueva compañía, que si el nuevo ADN, que si «oh dios mío, este es más grande»). No hay alma. No hay un Ian Malcolm soltando filosofía del caos, no hay un John Hammond con su sueño roto.

Lo que más me duele es la promesa rota de «volver a los orígenes». La peli empieza bien, con una escena tensa, casi de terror, en la selva. Piensas: «Vale, esta vez sí». Pero a los 20 minutos, la trama mete un acelerón y volvemos a lo de siempre: una corporación malvada (¿cuántas van ya?) que, ¡sorpresa!, está haciendo cosas malas con ADN de dinosaurio. ¿De verdad? ¿Esa es la idea de «Renacer»? Es la misma trama de ‘El Mundo Perdido’, ‘Jurassic Park 3’ y ‘El Reino Caído’. Cambian el nombre de la empresa (ahora no es InGen, ni Biosyn, es… otra) pero el plan es el mismo. Y claro, todo sale mal y hay que correr.

Escena de los protagonistas en Renacer

Hablemos de los dinosaurios. Visualmente, la película es un espectáculo. No le puedes quitar eso. El CGI es impecable, y se agradece que Edwards intente jugar con la escala, haciendo que los bichos parezcan enormes e imponentes. Hay algunas escenas acuáticas que están muy bien rodadas, con mucha tensión. Pero, ¿hay algún momento que se te quede grabado a fuego? ¿Hay algo que se acerque a la escena del T-Rex y los coches? ¿O a los raptores en la cocina? No. Aquí todo es más grande, más ruidoso y más rápido. Tenemos el «dino-malo» de turno, que es más grande y más listo que el anterior (otra vez…), y que acaba peleando con el T-Rex de siempre (otra vez…). Es el mismo final de ‘Jurassic World’ 1 y ‘Dominion’. Es la fórmula agotada.

Lo que me saca de quicio es que esta peli es cobarde. No se atreve a ser lo que ‘Jurassic Park’ fue: una película de terror y ciencia ficción con dilemas morales. ‘Renacer’ es una peli de acción de los 2000. Es ‘Fast & Furious’ con dinosaurios. Los personajes sobreviven a cosas imposibles, hay explosiones por todas partes, y la tensión se diluye entre tanto ruido. Yo no quiero ver a Scarlett Johansson esquivando misiles en una moto mientras un raptor la persigue. Yo quiero verla escondida en un armario, sin respirar, mientras la garra del raptor busca el picaporte. ¿Es mucho pedir?

Además, la película está llena de guiños y «fan service» que ya cansan. Vuelve la música de John Williams, por supuesto, pero la meten en momentos donde no pega, solo para que el fan de los 90 (como yo) sienta algo. Vuelven a mencionar a Hammond, vuelve a salir el logo antiguo… Son parches de nostalgia puestos sobre un guion que no tiene nada nuevo que contar. Es como si la saga estuviera atrapada en un bucle, condenada a repetir la misma historia una y otra vez, solo cambiando a los actores y subiendo el número de dientes del dinosaurio antagonista.

El T-Rex vuelve en Jurassic World Renacer

Entiendo que soy un «experto amateur», que quizás le pido demasiado. A fin de cuentas, ¿quién va a ver estas pelis? La gente que quiere ver dinosaurios comiendo gente. Y eso, la película te lo da. Hay buenas escenas de caza, hay variedad de especies (algunas nuevas bastante chulas, todo hay que decirlo). Si vas al cine a desconectar el cerebro, comer palomitas y ver un espectáculo de CGI de 200 millones de dólares, la peli cumple. Es entretenida. Te lo pasas bien en el momento. Pero es entretenimiento vacío, de usar y tirar. Sales del cine y a los diez minutos ya te has olvidado de la mitad de la trama.

El problema es el título: «Renacer». No puedes llamar a tu película «Renacimiento» y darme la misma fórmula de siempre. Es publicidad engañosa. Esta película no renace nada. Es la sexta secuela. Es el sexto parque que sale mal. Es el sexto plan corporativo que se va al traste. Es la misma lección sobre «no jugar a ser Dios» que ya nos sabíamos con la primera. No hay evolución, no hay riesgo. Solo hay un producto perfectamente empaquetado para ser rentable, pero sin una pizca de la magia, el asombro o el terror que hizo grande a la original.

El nuevo dinosaurio amenaza en Renacer

En conclusión, ‘Jurassic World: Renacer’ es una decepción. Una gran decepción. Es la confirmación de que esta saga ya no tiene nada más que contar. Es, como dije al principio, un chicle que se ha estirado tanto que ya no solo no tiene sabor, sino que se ha roto. Fui al cine esperando volver a sentirme como ese niño de 1993 y salí sintiéndome como un adulto al que le han intentado vender la misma moto por sexta vez. Y esta vez, ya no pico. Es hora de dejar descansar a los dinosaurios.

Y vosotros, ¿qué opináis? ¿Creéis que esta saga necesita un «Renacer» de verdad o deberían haberla dejado extinguirse en paz?

Lost in Translation (2003): Una carta de amor a lo invisible

Ficha técnica

Título original: Lost in Translation
Dirección y guion: Sofia Coppola
Año: 2003
Duración: 102 minutos
Reparto: Bill Murray, Scarlett Johansson
Música: Kevin Shields, Air, The Jesus and Mary Chain
Fotografía: Lance Acord
Producción: American Zoetrope


La película que me encontró

Algunas películas no se ven, se viven. No se entienden: se sienten. Lost in Translation fue eso para mí. Una experiencia emocional más que narrativa. Una revelación silenciosa. La descubrí en mi adolescencia, ese tiempo borroso en el que uno empieza a mirar la vida con ojos propios. Y me encontró vulnerable, curioso, desconectado y con hambre de sentido. Fue la primera vez que entendí que el cine podía hablarme directamente, sin necesidad de tramas ruidosas ni finales cerrados.

Durante años, esta película ha sido mi refugio emocional. Me ha acompañado como un susurro fiel en momentos duros, y como una melodía suave en etapas de gozo. Es cine que entiende el alma. Que no necesita gritar para conmover. Que deja espacio al espectador para estar, sin pedirle que entienda. Como la vida, como el amor, como el dolor verdadero.

Una voz entre el ruido

Sofia Coppola estrenó esta película en 2003, cuando el cine parecía cada vez más ruidoso, más rápido, más saturado. Ella eligió lo contrario: silencio, contemplación, humanidad. Y acertó con una pureza que asombra. Lost in Translation no es solo cine de autor: es cine que escucha. Que observa. Que respira con sus personajes.

Lejos de moralinas, de arcos convencionales o explicaciones, Coppola apostó por un retrato existencial. Por una historia sin moraleja, sin moraleja, sin espectáculo. Solo personas. Dos almas en tránsito. Una ciudad que no entienden. Un hotel donde el tiempo se diluye. Una intimidad que nace sin nombre.

Bob y Charlotte

Hay películas que construyen arquetipos. Esta construye seres humanos. Bob Harris (Bill Murray) y Charlotte (Scarlett Johansson) no son personajes diseñados para gustar o emocionar. Son honestos. Confusos. Imperfectos. Profundamente humanos.

Bob es un actor venido a menos, atrapado entre el pasado y la rutina. Su rostro dice más que cien líneas de diálogo. Murray hace lo que pocos actores saben hacer: estar. No actúa, existe. En silencio, en incomodidad, en resignación.

Charlotte es una joven que no sabe qué hacer con su vida. Está casada, sí, pero perdida. Observa la ciudad con los ojos del alma rota. Scarlett, con apenas 18 años, construye un personaje de una madurez estremecedora. Y Coppola la filma con una ternura casi espiritual. No la explota, la cuida. No la decora, la comprende.

La ciudad que no habla nuestro idioma

Tokio, en esta película, no es una postal ni un decorado. Es un cuerpo vivo, ajeno, ruidoso, hermoso y alienante. Un personaje más. Una metáfora perfecta del estado interior de Bob y Charlotte. Porque Lost in Translation no ocurre solo en Japón, ocurre dentro de ellos. El verdadero viaje es emocional.

Las luces, los neones, los ascensores silenciosos, los karaokes absurdos, las calles infinitas: todo parece diseñado para perderse. Y al perderse, encontrarse. Es la paradoja de esta ciudad que no habla nuestro idioma, pero nos obliga a escuchar.

El arte de no decir nada

Sofia Coppola entendió algo que muchos directores olvidan: lo no dicho tiene un poder brutal. Esta película está llena de silencios, de miradas, de respiraciones. De lo que se siente y no se explica. Es una oda a lo invisible.

La pausa no es lentitud, es reverencia. La quietud no es vaciamiento, es intensidad contenida. Cada vez que los personajes se callan, ocurre algo. Un crujido interno. Un destello. Una pregunta que queda flotando en el aire.

La música como latido del alma

Es imposible hablar de Lost in Translation sin detenerse en su banda sonora. No acompaña: cuenta. No adorna: guía. Canciones como “Alone in Kyoto” o “Sometimes” dicen lo que las palabras no pueden. Están ahí para sostener el clima emocional, para expandirlo, para envolvernos.

Y el final. Ese final que es pura eternidad emocional. Bob abraza a Charlotte, le dice algo que no escuchamos. Y entonces suena “Just Like Honey”. Y ya no importa qué se dijo. Porque lo sentimos. Porque lo sabemos. Porque algo se cerró y algo se abrió para siempre.

El susurro que queda para siempre

¿Qué se dijeron en ese susurro? ¿Qué palabra despidió la relación más íntima que nunca fue romance? Nunca lo sabremos. Y eso está bien. Porque Lost in Translation es precisamente eso: lo que no se puede traducir. Lo que no se puede nombrar.

Ese momento final no es un clímax. Es una ofrenda. Un recordatorio de que algunas conexiones son fugaces pero eternas. De que a veces dos personas se encuentran para salvarse, aunque sea por unos días. Aunque luego la vida siga.

Melancolía como forma de vida

Esta película me enseñó a amar la melancolía. No como tristeza, sino como sensibilidad ante lo perdido, lo imposible, lo bello y fugaz. La adolescencia, las mudanzas, los duelos, los amores que no fueron: Lost in Translation me acompañó en todos esos momentos. No para explicarlos, sino para estar conmigo.

Con el tiempo, la he visto en nuevas etapas. Siempre distinta, siempre igual. Porque Lost in Translation no cambia: soy yo quien cambia. Y ella me acompaña. Como una vieja amiga que no necesita decir nada para consolarte.

Una mujer detrás de la cámara

Sofia Coppola no solo dirigió esta obra. La parió con su sensibilidad. Con su mirada femenina que no impone, que no juzga, que no dramatiza. Solo observa. Escucha. Deja ser.

En su cine hay espacio. Hay ternura. Hay tiempo. Eso es radical hoy. Filmar así es un acto de resistencia emocional. Porque lo que importa no es lo que pasa, sino cómo nos sentimos al pasar.

El legado

Han pasado más de veinte años. Y Lost in Translation sigue igual de viva. No ha envejecido. No ha perdido potencia. Porque no se basa en modas ni en giros de guion. Su fuerza está en lo que no caduca: la soledad, la conexión, el deseo de ser visto por alguien aunque sea por un momento.

Es una película que nos susurra al oído en un mundo que nos grita. Y ese susurro no se olvida.

Lo que queda

Al final, esta no es solo mi película favorita. Es una parte de mí. Como una canción que estuvo cuando más la necesitaba. Como una carta que alguien escribió sin saber que iba a salvarte.

Lost in Translation es eso: un abrazo invisible. Una pausa en medio del ruido. Un faro para los que no saben a dónde ir. Y aunque no pueda traducirse del todo, aunque no tenga una explicación cerrada, hay algo que sí puedo decir con certeza: gracias.

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