Ficha Técnica
- Título original: Stagecoach
- Año: 1939
- Duración: 96 min.
- País: Estados Unidos
- Dirección: John Ford
- Guion: Dudley Nichols (Relato: Ernest Haycox)
- Música: Richard Hageman, W. Franke Harling, John Leipold, Leo Shuken
- Fotografía: Bert Glennon (B&W)
- Reparto: John Wayne, Claire Trevor, Thomas Mitchell, Andy Devine, John Carradine
Mi Valoración
★ ★ ★ ★ ★3/5 – Una historia simple, pero una ejecución que cambió el cine para siempre.
«Varios personajes, a cada cual más diferente, inician un largo, duro y peligroso viaje en una diligencia. Entre ellos, un fuera de la ley en busca de venganza, una prostituta a la que han echado del pueblo, un jugador, un médico borracho y la mujer embarazada de un militar. Las relaciones entre ellos, durante el accidentado trayecto por el Monument Valley, serán difíciles y tensas, pero la necesidad de sobrevivir al continuo ataque de los indios hará que surja la solidaridad.»
Tráiler
[youtube https://www.youtube.com/watch?v=QR8sgrxClaQ?si=WtUU4mDXSNqQtjsu&w=560&h=315]Crítica de un Treintañero a un Clásico de 85 años
Ver una película de 1939 habiendo nacido en 1988 es una auténtica locura. Es un ejercicio de humildad, de perspectiva y, sobre todo, de amor al cine. Porque seamos sinceros, ¿se puede amar de verdad el séptimo arte sin haber visitado sus cimientos? Hace tiempo que ando barruntando la idea de empezar a insertar clásicos con mayúsculas en mis visionados semanales. Y bueno… Filmin, esa plataforma que es un tesoro para cualquier cinéfilo, me da la opción, así que aquí estoy, enfrentándome al primero de, espero, muchos. Y el elegido ha sido «La Diligencia» de John Ford. ¿El resultado? Un viaje en el tiempo fascinante y, a la vez, una experiencia que me genera sentimientos encontrados, de ahí ese 3 sobre 5. Un 3 por la historia, que hoy nos puede parecer plana, pero se merecería un 5 por el simple hecho de haberla filmado hace más de 80 años y haber sentado las bases de todo un género.
Lo primero que te golpea al ver «La Diligencia» es su aparente simplicidad. La premisa es tan directa como el trayecto del carruaje: un grupo de personas variopintas debe viajar de un punto A a un punto B atravesando territorio hostil. Fin. Hoy en día, que estamos acostumbrados a giros de guion imposibles, multiversos y narrativas no lineales, esto puede saber a poco. Pero ahí radica la primera genialidad de Ford: en la simpleza del qué, para centrarse en el quién y el cómo. La diligencia no es solo un vehículo, es un microcosmos de la sociedad. Una olla a presión sobre ruedas donde las convenciones sociales se evaporan ante el peligro real. Dentro de ese espacio claustrofóbico conviven la virtud y el pecado, el valor y la cobardía, la esperanza y la desesperación.
Y qué personajes. Tenemos a Dallas, la prostituta expulsada de la ciudad, tratada como una paria por los «respetables» pero que demuestra tener más corazón y entereza que todos ellos juntos. El Doctor Boone, un médico alcohólico que parece un despojo humano pero que esconde una competencia y una humanidad que emergen cuando más se necesitan. Hatfield, el jugador sureño y caballero de honor caduco. El banquero Gatewood, epítome de la hipocresía y la avaricia capitalista. Y por supuesto, Ringo Kid. La entrada en escena de John Wayne, con ese rápido movimiento de rifle y esa mirada desafiante, es historia del cine. Ford no solo nos presentó a un actor, nos presentó a un arquetipo, al héroe del western que perduraría durante décadas. Es fascinante ver cómo estos personajes, que hoy nos parecen clichés, fueron en su momento moldes originales que definirían el género.
Como espectador moderno, es imposible no analizar la película con los ojos de 2025. La representación de los nativos americanos es, sin duda, problemática. Son presentados como una fuerza de la naturaleza salvaje y anónima, una amenaza sin rostro que sirve únicamente como catalizador de la acción y para unir a los protagonistas blancos. Es un reflejo de su tiempo, y hay que entenderlo en ese contexto, pero no por ello deja de chirriar. Del mismo modo, el papel de la mujer, aunque Claire Trevor le da una dignidad increíble a Dallas, está supeditado a la redención a través del amor de un hombre. Son aspectos que te sacan momentáneamente de la película y te recuerdan la distancia temporal que te separa de ella.
Pero entonces, John Ford te agarra de la solapa y te vuelve a meter de lleno en su mundo. Y lo hace con un dominio visual que te deja sin aliento. Esto es algo que no envejece. «La Diligencia» fue la primera película que Ford rodó en Monument Valley, y al hacerlo, no solo encontró un escenario, sino que creó una iconografía. Esas formaciones rocosas no son un simple fondo; son un personaje más, un testigo silencioso y majestuoso de la épica humana que se desarrolla a sus pies. La fotografía en blanco y negro de Bert Glennon extrae una belleza cruda y una escala monumental que el color, quizás, habría diluido. Cada plano está compuesto con una precisión pictórica. Ford sabe exactamente dónde poner la cámara para maximizar el drama, la tensión o la grandiosidad del paisaje. No hay un solo encuadre dejado al azar.
Y luego está la acción. ¡La secuencia de la persecución! Es fácil caer en la condescendencia y pensar que, acostumbrados al CGI y a las coreografías milimétricas de John Wick, una escena de acción de 1939 nos va a parecer rudimentaria. Nada más lejos de la realidad. La persecución de los apaches a la diligencia es una lección de montaje, ritmo y, sobre todo, de riesgo físico real. Cuando ves al especialista Yakima Canutt saltar de caballo en caballo y pasar por debajo de la diligencia a toda velocidad, no hay truco digital. Es un hombre arriesgando el pellejo para crear un momento inolvidable. La tensión es palpable, el polvo se te mete en los ojos y el estruendo de los disparos y los cascos de los caballos retumba de una forma visceral que mucha acción moderna es incapaz de replicar. Es pura energía cinematográfica.
El clímax de la película no es la persecución, sino el enfrentamiento final de Ringo en las calles de Lordsburg. Ford vuelve a demostrar su maestría. En lugar de un tiroteo frenético, nos regala un duelo tenso, filmado con una economía de medios brillante. Los planos de las calles vacías, las miradas, los gestos… todo construye una atmósfera cargada de fatalidad. Es la culminación del viaje de Ringo, y aunque el resultado es predecible, el camino hasta él es cine en estado puro. La resolución de la historia de amor entre Ringo y Dallas, aunque pueda parecer precipitada, ofrece un cierre que, en su contexto, era profundamente satisfactorio y hasta subversivo: los dos parias, los expulsados por la sociedad «civilizada», son los únicos que encuentran un futuro juntos, cabalgando hacia el amanecer, lejos de la hipocresía.
En conclusión, mi calificación de 3 estrellas viene de esa dualidad. Como producto de entretenimiento puro para un espectador de hoy, «La Diligencia» puede tener un ritmo más pausado y una trama más lineal de lo que estamos acostumbrados. La historia, en su esqueleto, es simple. Sin embargo, como artefacto cultural, como lección de cine y como obra fundacional, es un 5 de 5 sin discusión. Es una película que hay que ver no solo por lo que es, sino por todo lo que significó y todo lo que vino después gracias a ella. Me alegro enormemente de haber empezado este viaje por los clásicos con ella. Me ha enseñado que, a veces, las historias más «planas» son las que tienen los cimientos más profundos y que el buen cine, el de verdad, tiene un lenguaje que, a pesar de las arrugas, nunca envejece del todo.
Y tú, ¿qué clásico crees que es imprescindible ver para entender el cine de hoy?
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