- Título Original: Havoc
- Año: 2025
- País: Estados Unidos
- Dirección: Gareth Evans
- Guion: Gareth Evans
- Reparto: Tom Hardy, Timothy Olyphant, Forest Whitaker, Jessie Mei Li, Justin Cornwell, Luis Guzmán
- Compañías: Severn Screen, One More One Productions, XYZ Films.
- Distribuidora: Netflix
- Género: Acción / Thriller Policíaco
Estragos: Tom Hardy reparte leña en una asfixia narrativa que pierde el norte
A ver, no os voy a engañar, salir del salón de tu casa después de meterte en vena las casi dos horas de Estragos (Havoc en su título original) es como bajarse de una montaña rusa a la que le han quitado los frenos a mitad de recorrido, y encima te han tirado un cubo de agua sucia por la cabeza. Tienes el pulso a mil, las manos sudadas, pero también un regusto raro y muy frustrante en el paladar. Había expectación, muchísima. Hablamos de Gareth Evans, el tipo que reescribió las reglas del cine de hostias moderno con The Raid (Redada Asesina), juntándose con un peso pesado de la fisicalidad bruta como es Tom Hardy. Sobre el papel, esto era un cheque en blanco para los que amamos la adrenalina. Y lo es… hasta que deja de serlo.
La propuesta es desconcertante cuanto menos. Evans nos entrega una película de acción pura y durísima en su primer tramo, que no se conforma con darnos coreografías espectaculares en los bajos fondos, sino que, en un giro de guion que le sienta como a un Cristo dos pistolas, intenta meterte en la cabeza de su protagonista a base de martillazos emocionales. Y ahí, amigos míos, es donde la cinta tropieza estrepitosamente. De repente, el thriller de supervivencia se convierte en una espiral de locura bastante facilona y de mercadillo que lastra todo lo construido. Costó mucho llegar a los créditos finales sin soltar algún resoplido de exasperación. ¿La disfruté? Sí, en sus estallidos de violencia. ¿Quiero volver a verla? Probablemente no entera. Vamos a diseccionar por qué esta cinta de Netflix es canela fina en su forma de partir caras, pero vaya chasco cuando intenta hacerse la profunda.
El legado de Gareth Evans: Un primer acto que es pura poesía violenta
No se puede hablar de Estragos sin aplaudir, hasta que duelan las manos, sus primeros cuarenta y cinco minutos. Es cine de acción de manual. De manual de los buenos, de los que deberían ser de lectura obligatoria en cualquier escuela de cine que se precie. La película te agarra por las solapas desde el minuto uno, presentándonos ese negocio de drogas abocado al desastre, y no te suelta. Aquí no hay exposiciones largas ni voces en off mastodónticas para explicarte quién manda en las calles. Evans confía en lo visual, y su gramática visual, cuando se trata de violencia, no tiene parangón.
La coreografía de las primeras secuencias es simplemente hipnótica. Han conseguido un equilibrio brutal entre la pesadez física de un actor como Tom Hardy y el movimiento de cámara fluido, casi como una danza macabra. Si en The Raid veíamos a Iko Uwais desatar el Silat con una agilidad felina, aquí Hardy es un tanque sin frenos. Cada puñetazo pesa, cada impacto contra una pared duele al otro lado de la pantalla. El director galés recupera esa crudeza callejera que tan bien maneja y nos mete de lleno en pasillos estrechos, clubes nocturnos de neón barato y callejones donde la vida no vale un duro. Durante esta primera parte, uno está pegado a la pantalla pensando: «Madre mía, Evans lo ha vuelto a hacer. Nos va a volar la cabeza». El ritmo es impecable, el peligro de rescatar al hijo del político se siente real, y la trama de corrupción policial fluye de manera orgánica entre tiroteo y tiroteo.
Sin embargo, un arranque arrollador no garantiza una buena película. Plantea una promesa, un pacto con el espectador: te voy a dar tensión constante y lógica interna. Y es precisamente este pacto inicial el que hace que el desarrollo posterior escueza tanto. Nos ponen la miel en los labios con una narrativa de supervivencia urbana pura, del gato y el ratón, para luego arrebatárnosla sin previo aviso y darnos un tratado psicológico de Todo a Cien.
Tom Hardy y un reparto estelar atrapados en el fango
Vamos a detenernos un momento en el reparto, porque hay mucha tela que cortar. Tom Hardy hace de Tom Hardy. Y eso, para el tipo de personaje que interpreta, es exactamente lo que la película pedía a gritos. Su detective es un hombre roto, un tipo de moralidad gris que respira pesadamente, gruñe más que habla y parece cargar con el peso de toda la ciudad en sus hombros caídos. Físicamente, lo da todo. Acaba magullado, cubierto de sangre, sudor y barro, transmitiendo una fisicalidad agotadora. Te crees a pies juntillas que este tío es capaz de llevarse por delante a un batallón de matones si su vida, o la del crío al que tiene que salvar, depende de ello.
A su lado, tenemos nombres que deberían elevar el caché de cualquier producción. Forest Whitaker aparece con su habitual presencia imponente, encarnando al político de turno. Su personaje es el eje sobre el que orbita el gran misterio de la red de corrupción que asola la metrópolis. Y luego está Timothy Olyphant, un actor que nació para llevar trajes caros y soltar frases lapidarias con una media sonrisa cínica, moviendo los hilos desde las sombras del crimen organizado. El problema no son ellos. Ninguno está mal. El problema es que el guion, firmado por el propio Evans, los utiliza como meros arquetipos y, peor aún, los abandona a su suerte cuando la película decide ponerse «experimental».
A medida que Hardy profundiza en la madriguera del conejo de la corrupción, perdiendo la noción de en quién confiar, sus interacciones con el resto del reparto pierden fuerza. Los diálogos, que al principio eran secos y funcionales (como debe ser en un noir moderno), se vuelven crípticos, grandilocuentes y pretenciosos. Es como si la película se olvidara de que nos importaba el rescate, para centrarse en que nos importe el trauma interior del protagonista, un trauma que, francamente, está escrito con brocha gorda.
El tono agónico: La fina y peligrosa línea entre la tensión y la asfixia
Y aquí entramos en el terreno más pantanoso de la cinta: el cambio de tono. Una cosa es que una película sea oscura. A los cinéfilos de pro nos encanta la oscuridad; el cine noir clásico, el polar francés y el thriller coreano moderno viven y respiran de esa miseria moral. Otra cosa muy distinta es soltar un yunque de tres toneladas sobre los hombros del espectador con la única y sádica intención de aplastarlo. Estragos elige sin dudarlo este segundo camino. Superado el ecuador del metraje, la cinta adopta un tono agónico que, lejos de enriquecer la experiencia narrativa, la vuelve francamente agotadora.
Gareth Evans parece obsesionado con la idea de que no debemos «disfrutar» de la acción, como si se sintiera culpable por el festín de sangre del primer acto. Cada set-piece o pelea cuerpo a cuerpo empieza a venir seguida (e incluso intercalada mediante un montaje paralelo desquiciante) de momentos de puro y duro sufrimiento existencial. Y ojo, no me entendáis mal; es necesario que el protagonista de un thriller sufra las consecuencias físicas y psicológicas de sus actos violentos para darle peso dramático a la historia (ahí está Logan o la infravalorada En la mente del asesino). El fallo garrafal de Havoc es la sobredosis, la falta total de medida.
La paleta de colores, ya de por sí sucia, se apaga hasta casi los tonos monocromáticos. La música incidental se transforma en un zumbido industrial, disonante y constante que taladra el cerebro, y los ya mencionados diálogos se reducen a lamentos ahogados. Llegó un punto, rondando la hora y cuarto, en el que la película no me estaba entreteniendo, ni me estaba provocando una reflexión profunda, ni me estaba desafiando intelectualmente; simplemente me estaba machacando por agotamiento. Es una agonía impostada. En obras maestras de la tensión constante como Hijos de los Hombres (Cuarón) o Mad Max: Fury Road (Miller), la agonía del espectador nace de la situación objetiva, urgente e implacable a la que se enfrentan los personajes. Aquí, en Estragos, la agonía parece inyectada de forma artificial por un director que se dijo a sí mismo: «Vamos a hacer que Hardy sufra muchísimo, vamos a hacerlo inaguantable, para que los críticos digan que somos cine de autor profundo». Y no, amigos, así no funciona. Provocar angustia por sistema, sin un anclaje emocional sólido, es hacer trampas jugando al solitario.
La espiral de la «locura fácil»: El gran y sonoro tropiezo del guion
Llegamos al meollo del asunto, al punto exacto que me hizo cruzar los brazos en el sofá, resoplar mirando al techo y pensar «ya la hemos liado»: el descenso a la locura del protagonista. Cuando una narrativa se adentra en la fractura psicológica de un personaje sometido a un estrés extremo y a la revelación de que todo su mundo (en este caso, la policía y el sistema) está podrido, debe hacerlo armado con un bisturí de precisión. Requiere sembrar pistas sutiles desde el principio, desarrollar el trauma de manera creíble y jugar con la percepción de la realidad de forma inteligente y engañosa. Ejemplos de esto hay muchos, desde la paranoia de Taxi Driver hasta la reciente e inquietante desintegración de Joker.
¿Qué hace el guion de Estragos? Tira el bisturí a la basura, coge una motosierra y elige el atajo más cutre posible. La película se precipita por una espiral de locura que tira de todos y cada uno de los clichés habidos y por haber del subgénero del «descenso a los infiernos psicológicos». De buenas a primeras, tenemos a Tom Hardy sufriendo alucinaciones visuales y sonoras metidas con calzador. Vemos espejos que no reflejan la realidad (¡vaya, qué recurso tan fresco y original en el año 2026!), pesadillas recurrentes con una iluminación roja saturada de videoclip de los 90, flashbacks confusos con voces distorsionadas haciendo eco en su cabeza… Es pereza narrativa en su máximo esplendor.
En lugar de construir una paranoia orgánica, justificando por qué la mente de un detective curtido en mil batallas se quiebra de esa manera bajo el peso de la corrupción de su ciudad, la película simplemente pulsa un botón gigante rojo que pone «MODO LOCURA ON». Esto tiene un efecto colateral desastroso: provoca una desconexión total e irreparable con el personaje de Hardy. Ya no sufres con él ni temes por su vida, porque lo que sucede en la pantalla deja de tener unas reglas lógicas establecidas. Si la realidad tangible de la película puede moldearse caprichosamente con trucos baratos de montaje cada vez que el director no sabe cómo avanzar, la amenaza física del submundo criminal —esa que tan magistralmente nos vendieron al inicio— desaparece por completo. Pasa de ser un thriller policial duro como una piedra a un drama psicológico difuso donde todo da un poco igual.
Fotografía, diseño de producción y sonido: El arte (literal) de incomodar
Llegados a este punto de la crítica, parece que hay que tirar la película al fuego. Pero no es así. Si hay algo que salva a Estragos de caer en el cajón del olvido absoluto y la mediocridad es, indiscutiblemente, su empaque audiovisual. Técnicamente, la película es una bestia parda. Visualmente, y a pesar de la paleta depresiva que comentaba antes, el trabajo de fotografía es de una crudeza bellísima.
Los encuadres están diseñados milimétricamente para ser asfixiantes. Evans abusa (en el buen sentido) de los primeros planos cerrados, pegados a las caras sudorosas y magulladas, utilizando unas lentes que deforman ligeramente los márgenes del fotograma. Esto sí acentúa esa sensación de paranoia y de que el mundo se cierra sobre el protagonista de manera efectiva. El diseño de producción del submundo criminal no tiene peros: las secuencias de acción nocturnas están enmarcadas por luces de neón parpadeantes, farolas fundidas y luces de emergencia de coches patrulla que bañan los escenarios en un aura roja y azul sucia y tóxica. Transmite la sensación de que solo con respirar el aire de esas calles, ya estás enfermando. La ciudad es el enemigo definitivo, más grande que cualquier mafioso al que Hardy le parta el brazo.
Y luego está el apartado sonoro. Madre mía, el sonido de esta película. Si lo escuchas con unos buenos auriculares o un sistema de cine en casa en condiciones, es un personaje más, y uno con muy mala leche. El diseño sonoro está calculado para sacarte de tus casillas y mantenerte alerta. Destaca un uso magistral de los silencios repentinos, que te dejan el oído zumbando justo después de una ráfaga atronadora de ametralladora. Los golpes cuerpo a cuerpo suenan húmedos, pesados, viscerales; sientes el crujir del hueso. Contrasta de maravilla con unos graves de fondo que retumban en el pecho como si fuera el latido desacompasado de la ciudad. Es una auténtica lástima que todo este virtuosismo técnico esté puesto al servicio de una historia que acaba divagando hacia la nada, porque el nivel de producción y artesanía audiovisual es de primerísima división mundial.
Un trago amargo, denso, pero que no puedes evitar apurar
La gran paradoja de lo nuevo de Gareth Evans es que, a pesar de sus evidentes costuras y roturas narrativas, y a pesar de ese empeño casi masoquista por amargarnos la existencia durante su segunda mitad, la quieres terminar de ver. Te cuesta mucho, sí. Miras de reojo el móvil o la barra de tiempo de Netflix pensando «por el amor de Dios, cuándo va a acabar esta turra psicológica de baratillo». Pero al mismo tiempo, hay un magnetismo macabro y sucio en su factura técnica, y en la brutal presencia de Tom Hardy, que te impide apartar la mirada del todo. Quieres saber cómo se resuelve el entuerto de la conspiración, aunque íntimamente ya te huelas que la resolución va a ser tan tramposa, acelerada y pretenciosa como el nudo que la precedió.
Lo Top (Para levantarse a aplaudir)
- El primer acto: Una masterclass pura y dura de ritmo, tensión policial y acción callejera. Debería enseñarse a los aspirantes a director.
- Las coreografías: La violencia física es brutal, seca, realista y dolorosamente coreografiada. Hardy es un animal en pantalla.
- La técnica y el sonido: Un diseño de producción inmersivo y un montaje de sonido agobiante y técnicamente intachable. Te sumerge en el fango y en la sangre.
Lo Que No (Para llevarse las manos a la cabeza)
- La «locura» de manual: Un descenso psicológico plagado de tropos baratos, alucinaciones de baratillo y recursos visuales propios de estudiante de primero de cine.
- La agonía impostada: Ese empeño del director en crear un tono asfixiante y depresivo que acaba por cansar y agotar al espectador de manera absolutamente gratuita.
- Un guion que abandona a sus estrellas: Actores de la talla de Forest Whitaker o Timothy Olyphant quedan diluidos en una conspiración que pierde el norte frente a los delirios del protagonista.
Crítica Provisional: El Veredicto Final
A la hora de la verdad, no os voy a mentir: puntuar o recomendar Estragos (Havoc) es un campo de minas. Como experiencia puramente física y visceral, tiene destellos y secuencias que, por sí solas, ya justifican que le dediques tus horas frente a Netflix. Si eres un yonqui confeso del cine de acción de alto octanaje, su primera mitad te va a inyectar directamente en las venas exactamente la adrenalina que tu cuerpo necesita, recordando irremediablemente a las cimas creativas de su director.
Sin embargo, si la analizamos como obra completa, como un thriller cohesivo, la película se pega un tiro en el pie por culpa de su propia y desmedida ambición. Quiso volar demasiado alto. Quiso escapar de la etiqueta de «película de hostias» para ascender hacia los altares del «cine de culto de trauma psicológico y denuncia social». Y al hacerlo, sus alas construidas con un guion perezoso y clichés baratos se derritieron al instante, cayendo en picado hacia el siempre aburrido terreno de la pretensión.
Me costó sudores llegar al final, me dejó baldado físicamente y algo cabreado por ver semejante potencial audiovisual tirado por la borda. Y a pesar de todo, la disfruté en sus chispazos de genio. Estragos es, en esencia, una película fallida, no nos engañemos. Pero es un fracaso ruidoso, visualmente arrollador, rodado con un nervio poco común hoy en día y que, sin duda alguna, generará encendidos debates polarizados en redes sociales. Si tienes estómago y te atreves con ella este fin de semana, ve con la mentalidad adecuada: goza como un niño con la impecable montaña rusa inicial de tollinas, pero abróchate muy fuerte el cinturón anímico para aguantar estoicamente la mareante e injustificada caída libre de su tramo final.