Cine · Análisis crítico
La primera película utilizaba a Torrente para retratar una parte incómoda de la sociedad española. La sexta entrega se limita a vendernos de nuevo al personaje, ahora envuelto en la polarización política del momento.
Por desgracia, sí: terminé de ver Torrente presidente. La frase puede parecer una manera fácil de buscar el chiste, pero describe bastante bien mi experiencia con una película que me produjo, sobre todo, hastío. He visto toda la saga y, después de seis entregas, tengo la sensación de que aquel personaje que nació como una caricatura incómoda se ha convertido en una marca satisfecha de reconocerse a sí misma.
Ficha técnica
- Título: Torrente presidente
- Año: 2026
- Dirección y guion: Santiago Segura
- Duración: 102 minutos
- País: España
- Género: comedia y sátira política
- Música: Roque Baños
- Fotografía: Javier Salmones
- Reparto: Santiago Segura, Gabino Diego, Ramón Langa, Carlos Areces y un amplio reparto de intérpretes y rostros mediáticos
- Valoración personal:
Terminarla también forma parte de escribir sobre cine
Intento escribir sobre todo lo que veo, tanto sobre los aciertos como sobre los errores. Eso implica terminar algunas películas que no me están interesando y tratar de explicar después por qué no han funcionado para mí. En este caso, llegar al final no cambió la impresión que se iba formando desde los primeros minutos. Al contrario: confirmó la sensación de estar ante una necesidad de estirar el chicle una vez más.
La novedad consiste en situar a Torrente dentro de la política institucional. El personaje es empujado a liderar un partido populista construido alrededor de la demagogia, el ruido y la falta de escrúpulos. Sobre el papel, el contexto parece ofrecer muchas posibilidades. La España actual, atravesada por la polarización, la política convertida en espectáculo y las identidades enfrentadas, podría ser un terreno fértil para una sátira incómoda.
Sin embargo, la película utiliza esa coyuntura principalmente como envoltorio. La política no parece el objeto de un análisis especialmente afilado, sino el decorado nuevo elegido para volver a representar los mismos chistes.
La primera película todavía observaba a Torrente
Para mí, la primera entrega es la única que conserva una verdadera capacidad de crítica social. Torrente, el brazo tonto de la ley presentaba a un personaje racista, machista, corrupto, sucio y convencido de su propia superioridad. Lo importante no era únicamente contemplar sus excesos, sino observar el mundo en el que podía existir y la mentalidad que representaba.
Torrente era ridículo, pero también reconocible. Su comicidad nacía de la distancia entre la imagen heroica que tenía de sí mismo y la miseria que el espectador veía en pantalla. El personaje funcionaba porque la película parecía saber que estaba delante de alguien criticable. No necesitaba convertirlo en portavoz de una tesis política concreta: bastaba con dejar al descubierto sus prejuicios, su mezquindad y su patética forma de relacionarse con los demás.
El problema es que las secuelas fueron copiando y recalentando esa fórmula. Los escenarios cambiaron, aumentó el tamaño de la producción y se acumuló un reparto cada vez más llamativo, pero la operación de fondo continuó siendo prácticamente la misma. La sexta película lleva esa repetición a un punto en el que ya no encuentro una variación significativa, salvo el tema político elegido como reclamo.
De personaje criticable a marca celebrada
Durante estos años se ha producido, además, una apropiación del personaje. Torrente ya no es solamente la caricatura de una serie de comportamientos despreciables. Se ha convertido en un icono reconocible, repetible y comercializable. Parte del público no se ríe necesariamente de él, sino con él, y algunas de las personas o actitudes que podrían ser objeto de la burla parecen contemplar su aparición dentro de este universo como un motivo de orgullo.
Ahí es donde la sátira pierde fuerza. Cuando quienes deberían sentirse señalados desean participar en el chiste, quizá el chiste ya no los está señalando. La película puede presentar cada intervención como una muestra de pluralidad o como una voluntad de repartir golpes en todas direcciones, pero ese equilibrio termina siendo inofensivo. Todos aparecen, todos reciben una pequeña caricatura y casi todos pueden salir satisfechos por haber formado parte del acontecimiento.
Lo que hace años podía percibirse como rompedor ahora resulta previsible. La incorrección ya no sorprende por sí misma. Vivimos rodeados de mensajes, vídeos, polémicas y declaraciones públicas que compiten diariamente por elevar el tono. En ese contexto, limitarse a reunir referencias reconocibles y pronunciarlas en voz alta no equivale a construir una sátira.
La polarización como reclamo comercial
Torrente presidente aprovecha el proceso de polarización política del país, pero no creo que llegue a examinarlo con profundidad. Utiliza nombres, perfiles mediáticos y polémicas reconocibles para generar ruido, disfrazando la operación de buena intención y de una supuesta voluntad de reírse de todos.
La diferencia entre una sátira que reparte golpes y una película que evita comprometerse no siempre está en el número de objetivos, sino en la precisión. Se puede atacar a todo el espectro político y, aun así, decir algo concreto. Aquí, en cambio, la acumulación de alusiones provoca que ninguna llegue demasiado lejos. El reconocimiento sustituye a la idea: aparece una cara conocida, entendemos la referencia y la película continúa hacia la siguiente.
Esa estrategia parece diseñada para prolongar la conversación fuera de la pantalla. Importa quién aparece, quién acepta participar, quién puede molestarse y qué fragmento circulará después por redes sociales. La película encuentra así una manera de mantenerse en el centro del ruido político sin arriesgar una posición demasiado definida. La provocación funciona como campaña promocional antes que como mirada crítica.
El bar como museo del gag reciclado
Las escenas del bar resumen buena parte de mis problemas con el humor de esta entrega. Podría escoger casi cualquiera de sus gags como ejemplo: vuelven los tipos reconocibles, las conversaciones construidas alrededor del exabrupto, las respuestas previsibles y la confianza en que la mera presencia de Torrente active la risa.
El humor me parece baladí. No encuentro una elaboración que actualice al personaje o que aproveche de verdad el contexto político. Percibo más bien un refrito de recursos que ya funcionaron en otras películas, acompañado por buena parte de los rostros asociados a la saga y por algunas incorporaciones elegidas por su capacidad para generar conversación.
El problema no es únicamente que el humor resulte ofensivo o desfasado. Una comedia puede ser incómoda, vulgar y agresiva si sabe para qué utiliza esas herramientas. El problema es que aquí la incorrección parece haberse convertido en una rutina. Se repite porque forma parte del producto Torrente, no porque cada gag encuentre un blanco nuevo o revele algo sobre los personajes.
Tráiler de Torrente presidente
Un reparto entendido como reclamo
La acumulación de intérpretes, colaboradores y caras mediáticas forma parte de la identidad de la saga desde hace tiempo. En esta ocasión, esa fórmula encaja especialmente bien con el argumento político: cada nueva aparición puede funcionar como referencia, cameo, provocación o guiño al espectador.
Sin embargo, la cantidad no sustituye a la construcción de una película. Cuando una aparición parece pensada principalmente para que reconozcamos a la persona que entra en plano, el relato se detiene y se transforma en una sucesión de presentaciones. Más que personajes, hay presencias. Más que situaciones cómicas desarrolladas, hay encuentros destinados a producir una reacción inmediata.
La saga ha convertido esta estrategia en una de sus señas de identidad, pero aquí refuerza la impresión de estar ante un producto que conoce muy bien su mecanismo comercial. El contexto político aporta nuevos nombres; la estructura permite colocarlos delante de Torrente; el público reconoce el guiño y la maquinaria continúa.
Torrente nació como una caricatura de aquello que convenía criticar y ha terminado convertido en una marca que muchos de los criticados desean exhibir.
Lo que funciona y lo que no
No rescato ningún elemento de la película. No porque todo deba ser perfecto para justificar una entrada, sino porque aquello que podría haberme interesado —la sátira política, la actualización del personaje o el análisis de la polarización— queda subordinado a la repetición de la fórmula.
La película sabe qué es Torrente como producto, conoce a su público y comprende el valor promocional de cada polémica. Esa conciencia industrial puede explicar su eficacia comercial, pero no mejora mi experiencia como espectador. Saber fabricar un acontecimiento no equivale a construir una comedia que tenga algo nuevo que aportar.
Tampoco se la recomendaría a los seguidores incondicionales de la saga. Quienes hayan disfrutado de las entregas anteriores reconocerán sus ingredientes habituales, pero para mí ese reconocimiento ya no es suficiente. Después de seis películas, la familiaridad se ha convertido en agotamiento.
Una estrella para una fórmula agotada
Terminé Torrente presidente con hastío y con la impresión de que la saga continúa porque el personaje todavía conserva un enorme valor como marca. La primera película utilizó a Torrente para mostrar una realidad desagradable. Las siguientes, y especialmente esta sexta entrega, han terminado utilizando esa realidad para seguir vendiendo a Torrente.
La polarización política podría haber permitido revisar qué significa hoy un personaje como este y por qué algunos de sus rasgos han dejado de parecer excepcionales. La película prefiere convertirla en una colección de nombres, guiños y polémicas. Donde esperaba una sátira encontré una estrategia de reconocimiento. Donde podía haber riesgo encontré una fórmula. Y donde quizá debía aparecer una revisión del personaje, volvió a aparecer el mismo chiste.
La conversación continúa
¿Creéis que Torrente sigue funcionando como una crítica de determinados comportamientos o se ha convertido definitivamente en un icono celebrado por las mismas personas a las que pretendía caricaturizar?
