Cine · Ciencia ficción

El día de la revelación: Spielberg todavía se toma en serio el asombro

Steven Spielberg vuelve a mirar hacia lo desconocido y me devuelve una forma de entender la ciencia ficción que echaba de menos: espectacular, emocional, trascendental y sin miedo a tomarse en serio.

Hay películas que espero con curiosidad y otras a las que llego con unas expectativas difíciles de disimular. Con El día de la revelación estaba claramente en el segundo grupo. El tráiler me había parecido brutal y tenía muchas ganas de comprobar qué iba a hacer Steven Spielberg regresando a un territorio que forma parte inseparable de su cine: la ciencia ficción, el contacto con lo desconocido y esa fascinación por aquello que existe más allá de lo que somos capaces de comprender.

El riesgo de llegar así a una película es evidente. Cuanto más esperas de ella, más fácil resulta que la realidad se quede por debajo de lo que habías imaginado.

No me ocurrió.

El día de la revelación me ha encantado. Su desarrollo estuvo a la altura de lo que había despertado en mí el tráiler y, durante sus casi dos horas y media, volví a experimentar sensaciones que relaciono inevitablemente con el cine fantástico y de ciencia ficción de los años 80 y 90. No porque Spielberg se limite a mirar hacia atrás o a copiar su propio cine, sino porque todavía conserva algo que echo en falta en parte del espectáculo contemporáneo: la capacidad de tomarse en serio el asombro.

Y yo también quiero tomármelo en serio.

Quiero poder mirar una pantalla, aceptar durante un par de horas que quizá no estamos solos y dejarme fascinar por las implicaciones de esa posibilidad sin que alguien tenga que hacer inmediatamente un chiste para recordarme que, en realidad, todo esto es una película.

Imagen de El día de la revelación, película de ciencia ficción dirigida por Steven Spielberg
El día de la revelación recupera el asombro ante lo desconocido que siempre ha acompañado a buena parte del cine fantástico de Spielberg.

Ficha técnica

  • Título: El día de la revelación
  • Título original: Disclosure Day
  • Año: 2026
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Steven Spielberg
  • Historia: Steven Spielberg
  • Guion: David Koepp
  • Reparto principal: Emily Blunt, Josh O’Connor, Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo y Wyatt Russell
  • Fotografía: Janusz Kamiński
  • Música: John Williams
  • Duración: 145 minutos
  • Género: Ciencia ficción

Tráiler

El tráiler fue precisamente una de las razones por las que llegué con tantas ganas a la película. Me pareció brutal y consiguió transmitirme desde el principio esa mezcla de misterio, espectáculo y sensación de acontecimiento que después encontré también en el largometraje.

Sinopsis

La posibilidad de que exista vida extraterrestre deja de pertenecer al terreno de las teorías, las creencias y las conspiraciones cuando la humanidad se aproxima a una revelación capaz de modificar para siempre nuestra percepción del universo y del lugar que ocupamos en él.

A partir de ahí, Spielberg construye una historia alrededor de algo mucho más grande que la mera existencia de seres procedentes de otros mundos: qué hacemos nosotros cuando aquello que parecía imposible se convierte en real y cómo reaccionamos ante una verdad que afecta simultáneamente a toda la humanidad.

Volver a sentir aquella ciencia ficción

Mientras veía El día de la revelación aparecieron en mi cabeza varias películas. Pensé, inevitablemente, en E.T., el extraterrestre. Pensé en Encuentros en la tercera fase. Incluso pensé en Super 8, la película de J. J. Abrams que conectaba deliberadamente con aquel imaginario cinematográfico asociado a Spielberg y Amblin.

Pero más que referencias concretas, lo que regresaba era una sensación.

Una forma de entender el cine fantástico.

Hay algo en El día de la revelación que me transportó al cine de los años 80 y 90, cuando una gran producción podía permitirse ser espectacular y comercial y, al mismo tiempo, aspirar a producir una fascinación genuina por lo desconocido. Un cine capaz de plantear acontecimientos gigantescos, incluso megalómanos, relacionados con el fin del mundo tal y como lo conocemos o con el comienzo de una nueva era, y hacerlo sin avergonzarse de su propia solemnidad.

Eso es importante.

Porque una de las cosas que más he agradecido de la película es precisamente que Spielberg no parezca tener miedo de ser Spielberg.

Puede parecer una obviedad, pero para mí no lo es.

Escena de El día de la revelación, de Steven Spielberg
El espectáculo de Spielberg vuelve a encontrar espacio para el misterio, la solemnidad y la fascinación.

Una película que no necesita disculparse mediante la ironía

Hay una tendencia en parte del cine comercial contemporáneo que me termina cansando: la necesidad de introducir humor o ironía casi como mecanismo de defensa.

Una escena se pone demasiado seria y aparece el chiste. Algo resulta demasiado fantástico y un personaje hace un comentario irónico. El momento amenaza con volverse solemne y enseguida alguien parece encargado de recordarnos que tampoco debemos tomárnoslo demasiado en serio.

Entiendo que ese tono pueda funcionar en determinadas películas. El problema aparece cuando parece convertirse en una obligación.

En El día de la revelación agradecí precisamente lo contrario.

Spielberg permite que lo extraordinario sea extraordinario.

Deja espacio al misterio. Deja espacio a la fascinación. Deja que una imagen sea grande sin necesitar inmediatamente rebajarla. Y permite también que aparezcan cuestiones espirituales y trascendentales sin convertirlas en un chiste ni dar la impresión de que la propia película se avergüenza de estar formulándolas.

Eso me devolvió una manera de relacionarme con la ciencia ficción que echaba de menos.

No necesito que una película de este tipo sea hermética, pequeña o minoritaria para considerarla interesante. El día de la revelación es cine fantástico claramente comercial, pensado para impactar y para ser disfrutado en grande, y precisamente ahí reside parte de su atractivo.

El espectáculo no tiene por qué estar reñido con las ideas.

Spielberg permite que lo extraordinario sea extraordinario. Y yo agradezco poder dejarme llevar sin que la película necesite rebajar cada momento solemne mediante un chiste.

Fascinación visual e intelectual

Lo que sentí viendo la película podría resumirlo como una mezcla de fascinación visual e intelectual.

Por una parte está el espectáculo. Spielberg sabe construir imágenes capaces de quedarse en la memoria y sabe manejar esa escala en la que lo íntimo y lo gigantesco pueden convivir. Hay momentos que funcionan por lo que vemos, por cómo se administra la información y por la sensación de estar contemplando algo que supera a los personajes.

Pero la fascinación no se queda ahí.

Lo que plantea la película me llevó inevitablemente a pensar en nuestra propia existencia.

¿Qué ocurriría si supiéramos realmente que no estamos solos?

No creerlo. No sospecharlo. No defenderlo desde una determinada religión o desde una teoría. Saberlo.

La diferencia me parece enorme.

Porque una cosa es imaginar que en algún punto de un universo prácticamente inconcebible por sus dimensiones puede existir otra forma de vida, y otra muy diferente es enfrentarse a una prueba que obligue a toda la humanidad a aceptar que comparte ese universo con alguien más.

Ahí El día de la revelación dejó de ser para mí únicamente una película sobre extraterrestres.

Se convirtió también en una película sobre nosotros.

Nuestra pequeñez

Hay algo profundamente inquietante y, al mismo tiempo, fascinante en asumir nuestra pequeñez.

Vivimos nuestras vidas concediendo una importancia enorme a nuestros problemas, nuestras fronteras, nuestras diferencias, nuestras creencias y nuestras certezas. Construimos explicaciones sobre quiénes somos y sobre cuál es nuestro lugar en el mundo. Pero basta con levantar la mirada y pensar durante un momento en la escala del universo para que muchas de esas certezas empiecen a tambalearse.

La película me llevó precisamente hasta ahí.

Más allá de las religiones, ¿compartimos realmente el universo con otros seres? ¿Somos una excepción? ¿Somos una casualidad? ¿Hay alguien más mirando hacia fuera y formulándose exactamente la misma pregunta?

No tengo las respuestas, evidentemente.

Y creo que parte del placer está precisamente en no tenerlas.

La ciencia ficción funciona especialmente bien para mí cuando no pretende convertir cada misterio en una explicación técnica, sino cuando utiliza lo imposible para hacernos mirar de otra manera aquello que damos por sentado. En este caso, nuestra propia existencia.

Quizá por eso conecté tanto con el componente espiritual y trascendental de El día de la revelación.

No hablo necesariamente de espiritualidad religiosa. Hablo de esa sensación de encontrarnos frente a algo que nos supera. De asumir que quizá nuestro conocimiento es diminuto comparado con todo lo que ignoramos. De la posibilidad de que un descubrimiento sea tan grande que marque un antes y un después no para un personaje o para un país, sino para la propia humanidad.

Ese tipo de ciencia ficción me fascina.

Y Spielberg sabe perfectamente cómo manejarla.

Imagen de ciencia ficción de El día de la revelación
La película utiliza lo desconocido para plantear una pregunta mucho más cercana: cuál es realmente nuestro lugar en el universo.

Spielberg y la mirada hacia lo desconocido

Pensar en Spielberg y en los extraterrestres significa inevitablemente volver a Encuentros en la tercera fase y E.T.. Son películas muy diferentes entre sí, pero comparten algo que sigue resultándome reconocible décadas después: mirar hacia lo desconocido no únicamente desde el miedo.

Lo desconocido también puede producir fascinación.

Puede despertar curiosidad.

Puede obligarnos a cambiar.

Y puede hacernos mirar el cielo como si hubiera algo detrás que todavía no entendemos.

El día de la revelación me reconectó con esa parte de su cine. No sentí que estuviera viendo simplemente a un director veterano recuperando algunos de sus viejos temas para jugar con la nostalgia. Sentí que esas preocupaciones todavía estaban vivas.

Eso cambia mucho las cosas.

Porque la nostalgia por sí sola tiene un recorrido limitado. Reconocer una referencia puede producir satisfacción, pero esa satisfacción desaparece rápidamente si detrás no existe nada más.

Aquí sí encontré algo más.

Encontré esa combinación de espectáculo, emoción, misterio y pregunta existencial que explica por qué determinadas películas fantásticas permanecen en nuestra memoria mucho después de haber olvidado los detalles exactos de sus argumentos.

Emily Blunt y unos personajes en los que creer

También disfruté muchísimo de los personajes y, especialmente, de Emily Blunt.

Su interpretación me pareció brutal.

En una película que maneja ideas y acontecimientos de semejante tamaño, era fácil que los personajes acabaran convertidos simplemente en piezas necesarias para que avanzase la trama. Sin embargo, yo conecté con ellos y creí en lo que estaba ocurriendo a través de sus reacciones.

Y en el caso de Blunt hay, además, uno de esos momentos que sé que voy a recordar durante mucho tiempo.

A partir de aquí necesito entrar en escenas concretas.

Aviso de spoilers: a partir de este punto se comentan momentos concretos de El día de la revelación. Si todavía no la has visto y quieres llegar a ella sin conocerlos, recomiendo dejar la lectura aquí y volver después de verla.

Cuando Emily Blunt empieza a “hablar” marciano

La escena en la que el personaje de Emily Blunt comienza a “hablar” marciano es uno de esos momentos que justifican por sí mismos mi fascinación por la película.

Es una imagen, una interpretación y una idea.

Y, sobre todo, es extraña.

Me gusta que lo sea.

La ciencia ficción necesita de vez en cuando recuperar la capacidad de producir extrañeza. No todo tiene que parecernos familiar desde el primer segundo. No todo necesita una explicación inmediata que coloque cada pieza en su sitio y nos permita continuar cómodamente con la película.

Hay momentos en los que quiero no entender.

Quiero preguntarme qué demonios está ocurriendo.

Quiero sentir que el personaje está experimentando algo que ni él ni yo somos capaces de procesar completamente.

Ese momento consiguió engancharme precisamente por eso. La interpretación de Emily Blunt contribuye a que lo fantástico tenga peso y a que la situación no se convierta simplemente en una ocurrencia extravagante.

La película cree en el momento.

Spielberg cree en él.

Y como espectador yo pude creer también.

Fotograma de El día de la revelación relacionado con el misterio extraterrestre de la película
Algunos momentos funcionan precisamente porque Spielberg permite que lo extraño siga siendo extraño.

El campo de trigo y las imágenes que permanecen

Algo parecido me ocurre con la escena del campo de trigo.

Hay imágenes cinematográficas que cumplen perfectamente su función narrativa y después desaparecen de nuestra cabeza. Y hay otras que, por algún motivo, sabes que vas a conservar.

Para mí esta pertenece al segundo grupo.

El campo de trigo conecta además con ese imaginario del contacto extraterrestre que forma parte de décadas de cultura popular, pero Spielberg consigue que vuelva a producirme fascinación. No importa que hayamos visto cientos de imágenes relacionadas con visitantes de otros mundos, señales inexplicables o fenómenos imposibles.

La cuestión no es solamente qué se muestra.

La cuestión es cómo consigues que el espectador vuelva a mirar.

Ahí encuentro otra de las grandes virtudes de la película. Aunque pueda parecer que la ciencia ficción lo ha contado ya todo, sigo pensando que debemos concederle la oportunidad de sorprendernos.

Hay que dejarse llevar.

Puede parecer una defensa demasiado sencilla, pero para mí es fundamental.

¿Está realmente todo inventado?

Uno de los problemas de enfrentarnos a una nueva película de ciencia ficción es la enorme memoria audiovisual que llevamos encima.

Hemos visto invasiones extraterrestres. Primeros contactos. Viajes espaciales. Fines del mundo. Inteligencias artificiales. Distopías. Utopías. Paradojas temporales. Universos paralelos.

Podemos caer fácilmente en la conclusión de que ya está todo inventado.

Quizá sea verdad en cierto sentido.

Pero entonces podríamos decir exactamente lo mismo del amor, de la muerte, de la familia, de la guerra o de prácticamente cualquier gran tema sobre el que llevamos contando historias desde hace siglos.

La originalidad no consiste siempre en descubrir un asunto que jamás haya imaginado nadie.

A veces consiste en conseguir que volvamos a sentir algo frente a él.

Y El día de la revelación consiguió eso conmigo.

Durante 145 minutos acepté su propuesta. Me interesaron la trama, los personajes y sus giros. Me dejé llevar por su espectáculo. Me fascinaron sus imágenes y, cuando quiso elevar la mirada hacia cuestiones más trascendentales, fui con ella.

No sentí la necesidad de colocarme por encima de la película.

Y quizá esa sea una de las claves de mi entusiasmo.

Las críticas y el derecho a dejarse llevar

Sé que El día de la revelación ha recibido críticas bastante menos entusiastas que la mía.

Y no termino de conectar con ellas.

No porque crea que una película de Spielberg tenga que gustar obligatoriamente ni porque piense que mi experiencia deba ser compartida por todo el mundo. Precisamente lo interesante del cine es que dos personas pueden sentarse ante las mismas imágenes y salir de la sala habiendo vivido experiencias completamente distintas.

En mi caso funcionó.

Funcionó muchísimo.

No encontré durante el visionado esa necesidad de desmontar lo que estaba viendo para comprobar si cada pieza soportaba un análisis destinado a demostrar sus defectos. Me apetecía entrar en la propuesta y dejar que la película hiciera su trabajo.

Creo que especialmente en el cine fantástico y en la ciencia ficción necesitamos conservar esa disposición.

Dejarse llevar no significa renunciar al sentido crítico.

Significa aceptar las reglas de una historia durante el tiempo suficiente para descubrir hasta dónde quiere llevarnos.

Después podremos discutirla, encontrar problemas, comparar, analizar sus mecanismos o decidir que no ha funcionado. Pero si desde el principio nos negamos a aceptar cualquier posibilidad de asombro porque creemos haberlo visto todo, quizá también estemos renunciando a una parte esencial del placer del cine fantástico.

Yo, desde luego, no quiero hacerlo.

Una película comercial, y no pasa nada

Recomendaría El día de la revelación especialmente a quienes disfrutan del cine fantástico y no tienen ningún problema con que sea abiertamente comercial.

Porque lo es.

Es una película grande, pensada para impactar, con una trama que busca mantener al espectador enganchado y con un director que conoce perfectamente las herramientas del gran espectáculo cinematográfico.

Pero para mí «comercial» no funciona aquí como un defecto.

Spielberg lleva décadas demostrando que es posible utilizar las herramientas del cine popular para hablar de miedos, familias, infancia, pérdida, guerra, memoria, tecnología o de nuestra relación con lo desconocido.

En esta ocasión, lo que más me ha interesado es precisamente esa capacidad de utilizar una gran película de ciencia ficción para devolverme a una pregunta extraordinariamente sencilla y extraordinariamente difícil:

¿Estamos solos?

Y detrás de ella aparece inmediatamente otra:

¿Qué cambiaría si supiéramos que no?

Un 10 que no pretende ser una sentencia

10 / 10

Le pongo un 10 sobre 10.

Y quiero explicar qué significa ese diez.

No significa que pretenda demostrar que El día de la revelación es objetivamente perfecta. Tampoco que todos sus espectadores tengan que reaccionar de la misma manera. Ni siquiera necesito convertir mi entusiasmo en una discusión contra quienes han salido decepcionados.

Es un diez personal.

El diez de una experiencia cinematográfica que me dio prácticamente todo lo que esperaba encontrar cuando entré a verla.

Me gustó su esencia.

Me gustó su contenido.

Me gustó la trama.

Me gustaron sus giros.

Me gustaron los personajes.

Me encantó Emily Blunt.

Me fascinó visualmente.

Y, sobre todo, me interesó esa dimensión espiritual y trascendental que apareció detrás del espectáculo.

Cuando terminó sentí emoción.

Y ganas de volver a verla.

No se me ocurre una manera mucho más clara de explicar mi nota.

Spielberg todavía consigue que mire hacia arriba

Quizá por eso, después de darle vueltas, lo que más me queda de El día de la revelación no es únicamente una escena, un giro o una interpretación.

Es una sensación.

La de volver a encontrarme con una ciencia ficción que no tiene miedo de mirar hacia arriba.

Una ciencia ficción que acepta nuestra pequeñez y encuentra fascinación en ella.

Que puede hablar de extraterrestres sin reducirlos únicamente a una amenaza que hay que destruir. Que puede imaginar un acontecimiento gigantesco y preguntarse qué significaría para nuestra forma de comprender el mundo. Que puede ser comercial, espectacular y accesible sin renunciar por ello al misterio.

Y una película que, cuando necesita ponerse seria, se pone seria.

Sin pedir perdón.

Sin necesidad de que un personaje aparezca inmediatamente para hacer un comentario irónico y tranquilizarnos.

A mis ojos, eso tiene muchísimo valor.

Spielberg me ha llevado de nuevo a E.T., a Encuentros en la tercera fase, al recuerdo de determinado cine de los 80 y 90 e incluso a las sensaciones que posteriormente películas como Super 8 intentaron recuperar.

Pero El día de la revelación no me ha gustado únicamente por aquello que me recuerda.

Me ha gustado por lo que consiguió hacerme sentir ahora.

Me hizo mirar nuestra existencia desde un lugar diferente durante un par de horas. Pensar en la posibilidad de que compartamos el universo con alguien más. Preguntarme qué quedaría de algunas de nuestras certezas si mañana apareciera una prueba incontestable de que no estamos solos.

Y me recordó algo todavía más sencillo: que no quiero perder la capacidad de dejarme llevar por una película.

Puede que hayamos visto casi todo.

Puede que la ciencia ficción lleve décadas imaginando visitantes de otros mundos.

Puede que reconozcamos sus códigos antes incluso de que aparezcan en pantalla.

Pero todavía queda el asombro.

Y Spielberg, al menos conmigo, todavía sabe cómo encontrarlo.

10/10.

La conversación continúa

¿Crees que el cine de ciencia ficción todavía puede hacernos mirar lo desconocido con auténtico asombro o hemos visto ya tantas versiones del contacto extraterrestre que resulta imposible recuperar aquella fascinación?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *