Cine · Primer visionado · Nicolas Cage
La vi en una mañana muerta de vacaciones, sin expectativas y con la neurona medio dormida. Quizá por eso entré tan fácil. Quizá por eso también me decepcionó tanto.
Últimamente veo muchas películas raras de Nicolas Cage. No porque espere encontrar siempre algo bueno, ni porque me haya entregado a su filmografía más excéntrica como si fuera una religión privada, sino porque me produce una mezcla muy concreta de admiración y apatía. Le admiro por lo que representa, por su condición de actor polifacético, por esa capacidad de pasar del exceso a la vulnerabilidad en un solo gesto y por seguir siendo, para muchos millennials, una figura perfectamente reconocible incluso cuando rueda cosas que parecen condenadas a la periferia del catálogo. Pero también me da pereza. Y esa combinación, que en teoría debería alejarme de él, es precisamente la que hace que vuelva.
Tráiler
Sinopsis breve
Un hombre regresa a la playa de su infancia con la intención de surfear junto a su hijo, pero el reencuentro con ese lugar se convierte en una espiral de humillación, tensión territorial y deterioro mental.
Una película escogida desde la apatía
Vi The Surfer por la apatía de una mañana de vacaciones en casa de verano. No hubo ritual cinéfilo, no hubo entusiasmo previo, no hubo ni siquiera tráiler. Vi que salía Nicolas Cage, vi que estaba en Prime Video y pensé algo parecido a: venga, a dormir la neurona un rato. Me parece una forma bastante honesta de entrar en cierto tipo de películas. No todo lo que vemos llega a nosotros por convicción. A veces llega por cansancio, por inercia, por esa disponibilidad inmediata de una plataforma y por el magnetismo inexplicable de un actor al que llevas años mirando con una mezcla de respeto y desgana.
Quizá por eso mismo, cuando una película así funciona, el efecto es todavía mejor: te sorprende en un estado de defensa baja. El problema es que cuando no funciona, la decepción también adquiere un tono muy concreto. No es solo que la película sea mala o fallida, sino que te saca incluso de esa modorra cómoda en la que habías aceptado entrar. Eso es más o menos lo que me pasó aquí.
Una rareza más, pero no necesariamente una buena
The Surfer parte de una premisa bastante simple: un hombre vuelve a la playa de su infancia con la intención de surfear con su hijo y termina enfrentándose a un grupo local que convierte el territorio en una especie de espacio de humillación, jerarquía y violencia soterrada. La película empuja esa situación hacia el delirio, el desgaste físico y mental, y la sensación de que todo puede acabar convirtiéndose en una pesadilla febril. Ese punto de partida, en teoría, me interesaba. O mejor dicho: estaba dispuesto a dejarme arrastrar por él aunque no me interesara demasiado desde el principio.
La impresión que me dejó al terminarla fue muy clara: es rara de narices. Un viaje raro a una mente rara, un punto más dentro de esa clase de cine que parece vivir de su propia incomodidad. Pero que una película sea rara no es un mérito automático. Hay rarezas que te absorben, que consiguen convertir su lógica torcida en una experiencia hipnótica. Y luego están las que simplemente acumulan excentricidad, tensión y comportamiento errático sin que eso termine construyendo nada especialmente sólido. Para mí, The Surfer cae bastante más en lo segundo que en lo primero.
El momento en que la película pierde su rumbo
Lo que más se me quedó clavado no fue una imagen de violencia, ni una explosión de locura marca Cage, ni siquiera una de esas escenas pensadas para circular descontextualizadas por internet. Fue, más bien, el momento en que sentí que el guion cambiaba de dirección y dejé de entender qué quería hacer la película. Hay un punto en el que yo esperaba que aquello derivara hacia algo mucho más cruel, más extremo, incluso más desesperado. Pensé que podía acabar en un territorio cercano al de Eden Lake, con esa sensación de espiral sin salida, de brutalidad incómoda y de castigo sostenido. En cambio, la película toma un rumbo que a mí me descolocó para mal: no me resultó inquietante, sino decepcionante.
Ahí se rompió del todo mi relación con ella. No porque necesitara que fuera más salvaje por puro morbo, sino porque sentí que estaba renunciando a las implicaciones más duras de lo que había puesto en marcha. Como espectador, me quedé fuera. Dejé de entender las intenciones, dejé de ver con claridad hacia dónde iba y, lo que es peor, dejé de creer que la propia película lo supiera. Esa sensación de pérdida de rumbo me pesó más que cualquier exceso formal o interpretativo.
No me molestó que The Surfer fuera rara; me molestó que, cuando parecía que iba a atreverse a algo, decidiera quedarse mucho más blanda de lo que prometía.
Ni siquiera Nicolas Cage me salvó esta vez
Y aquí viene lo más llamativo para mí: ni siquiera Nicolas Cage logró sostener la experiencia. Eso, en una película de Nicolas Cage, ya me parece bastante significativo. Porque muchas veces uno entra en este tipo de propuestas precisamente por él. Da igual que el proyecto tenga pinta de artefacto de festival pasado por el filtro del delirio, o de producción de plataforma destinada a espectadores con tolerancia alta al desconcierto: Cage suele funcionar como reclamo, como excusa o como promesa de que al menos habrá algo memorable. Esta vez, en cambio, yo no salvaría ni a Nicolas.
Quizá parte del problema sea que sigo mirándolo también como un referente generacional. Para muchos de nosotros, Cage no es solo un actor extravagante ni un meme reciclado hasta el infinito. También es una presencia de fondo, una figura que ha sobrevivido a muchas mutaciones del cine comercial y del consumo irónico de internet. Por eso sigo entrando en sus películas raras incluso cuando sospecho que me van a dejar frío. Pero The Surfer me confirmó que esa fidelidad tiene un límite. Y ese límite aparece cuando el actor deja de ser suficiente para compensar la inconsistencia de todo lo demás.
Lo que funciona y lo que no
Si tengo que ser directo, lo que menos me convenció no fue solo el giro narrativo, sino el conjunto de secundarios. Me parecieron malísimos. Y eso, en una película que depende tanto de la presión ambiental, de la intimidación y de la sensación de amenaza constante, es un problema serio. Si quienes rodean al protagonista no sostienen el clima, la película pierde cuerpo. En lugar de volverse opresiva, se vuelve aparatosa. En lugar de inquietar, posa. En lugar de arrastrarte a su pesadilla, te deja mirando desde fuera.
También me pasa algo con este tipo de cine que confía demasiado en que la rareza ya sea una personalidad. No siempre lo es. A veces lo raro es solo raro. Y eso no alcanza para construir una película que se quede contigo por las razones adecuadas. The Surfer tiene una premisa aprovechable, un contexto físico interesante y una figura central que, en teoría, podría convertir cualquier desvarío en algo magnético. Pero en mi caso todo eso acabó pesando menos que la sensación de estar viendo una película que no sabe rematar lo que insinúa.
La decepción también forma parte del rito
Supongo que por eso esta película me interesa más como síntoma que como experiencia cinematográfica satisfactoria. Me interesa por lo que revela de ese hábito algo absurdo de seguir viendo ciertas películas solo porque aparece Nicolas Cage en pantalla. Me interesa porque conecta con una forma de consumo muy concreta: abrir una plataforma, dejarse llevar, aceptar una propuesta por pura inercia y descubrir después que ni siquiera esa pasividad inicial consigue amortiguar la decepción. Hay algo casi generacional en eso también: seguimos entrando en ciertos nombres aunque ya no sepamos muy bien qué esperamos de ellos.
En ese sentido, The Surfer no me ha servido para reconciliarme con el Nicolas Cage más excéntrico, sino para recordar que la fascinación no siempre basta. A veces admirar a un actor y sentir apatía por él al mismo tiempo te lleva exactamente a esto: a pasar una mañana de vacaciones viendo una película rara que no recomendarías a nadie y a salir con la sensación de haber asistido a una promesa incumplida.
Conclusión
Le pondría una estrella. Y no la recomendaría, a no ser que fueras mi enemigo. Me parece la forma más honesta de resumir lo que me ha dejado The Surfer. No porque deteste el cine incómodo, ni porque necesite que todas las películas expliquen perfectamente su rumbo, sino porque aquí sentí que el desconcierto no llevaba a ninguna parte estimulante. Entré por la mezcla habitual de apatía, curiosidad y fidelidad extraña hacia Nicolas Cage, y salí con la impresión de que ni siquiera él merecía esta vez el esfuerzo.
Imágenes de la película
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